Si vuelves a mirarme así Capítulo 17
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Capítulo 17

Esa noche ninguno de los dos quiso marcharse del hospital.

Los médicos habían insistido en que Lucía estaba fuera de peligro, pero ni Hugo ni yo fuimos capaces de alejarnos de allí.

Jacobo, que volvió a Jerez como las balas, tuvo que hacer el camino de vuelta hacia Málaga por motivos laborales inaplazables y urgentes, no sin antes hacernos prometer que le mantendríamos informado todo el tiempo.

Cuando el reloj superó las once, una enfermera terminó apiadándose de nosotros y permitió que permaneciéramos ambos en la habitación mientras no molestáramos.

Lucía dormía profundamente bajo el efecto de la medicación.

Su respiración era tranquila y el monitor emitía un sonido constante que, lejos de ponerme nerviosa, terminaba resultando casi reconfortante.

Después del miedo que habíamos pasado aquella mañana, escuchar aquel ritmo regular era la mejor noticia del mundo.

Hugo se levantó y apareció al cabo de un rato con una bolsa de papel y dos botellas de agua.

—He encontrado un sándwich que parece comestible y otro que igual hace que nos ingresen también a nosotros. Te dejo elegir.

Aquella tontería consiguió arrancarme una sonrisa.

—Qué caballero.

—Llevo años entrenando para estos momentos.

Nos sentamos junto a la pequeña mesa de la habitación mientras cenábamos en silencio. De vez en cuando, alguno levantaba la vista hacia Lucía para comprobar que seguía durmiendo y después continuábamos comiendo sin demasiadas ganas.

Cuando terminaron las visitas y el hospital empezó a quedarse más tranquilo, apagaron parte de las luces del pasillo.

Hugo acercó un pequeño sofá que había junto a la ventana y yo ocupé otro que apenas era más grande que una silla larga.

Ninguno estaba preparado para dormir allí, pero los dos estábamos demasiado cansados para protestar.

Recuerdo despertarme varias veces durante la madrugada.

En una ocasión vi a Hugo levantarse para arropar a Lucía porque se había descubierto sin darse cuenta. En otra lo encontré mirando por la ventana del hospital con los brazos cruzados, completamente despierto mientras el resto del edificio parecía dormir.

Y cuando volvió a sentarse, nuestros ojos se encontraron un instante.

Al amanecer, una enfermera entró para llevarse a Lucía, para hacerle varias pruebas complementarias. Entre electroencefalogramas, resonancias y otras exploraciones, nos explicaron que tardarían varias horas en devolverla a la habitación.

En cuanto desapareció por el pasillo, Hugo me miró.

—Ven.

—¿Adónde?

—A desayunar.

—No tengo hambre.

—Yo tampoco. El sándwich de anoche me revolvió el estómago, pero habrá que echarle algo al estómago.

Sonrió ligeramente.

—Creo que en la cafetería, no obstante, nos pondrán algo más decente que lo de la jodida máquina.

Simplemente comenzó a caminar hacia la cafetería del hospital y terminé siguiéndolo.

Nos sentamos junto a una ventana desde la que se veía parte del jardín exterior. El café no es que fuera el mejor del mundo y las tostadas sí eran de mi gusto, pero después de la noche que llevábamos, aquello sabía casi a gloria.

Durante unos minutos ninguno habló demasiado. Yo removía el café una y otra vez mientras observaba distraídamente a la gente entrar y salir del hospital.

Fue Hugo quien rompió el silencio.

—Esta noche no has parado.

Levanté la cabeza.

—¿Perdón?

Él sonrió.

—Has hablado dormida.

Sentí cómo el calor me subía inmediatamente a las mejillas.

—No he hablado dormida. Dime que no es verdad.

—Te lo digo si quieres, pero has hablado.

Tomó un sorbo de café intentando contener la risa.

—Y bastante.

—Mientes.

—Ojalá, menudo discurso que has dado.

Apoyó los codos sobre la mesa.

—Has mencionado varias veces a Jaime.

Quise desaparecer allí mismo.

—Dios mío.

—También has mencionado algo de un caballo, de Asturias y de una tortilla de patatas.

Todo el calor de mi cuerpo, y me temo que un extremo tono rojizo también, se instalaron en mis mejillas.

—No pienso volver a dormir cerca de ti.

—Vaya por Dios…

La sonrisa fue apagándose poco a poco.

Su expresión cambió.

Me observó unos segundos antes de hablar otra vez.

—Te noto muy triste.

Bajé la vista hacia la taza.

No tenía sentido fingir.

—Supongo que es normal.

Él permaneció callado un instante.

—Siento no haber conseguido convencer a Jaime.

Aquellas palabras hicieron que levantara la cabeza.

—¿Llegaste a hablar con él?

Asintió despacio.

—Sí. Y descubrí cosas de mi hermano que preferiría no haber descubierto nunca.

Me quedé esperando.

Él soltó aire lentamente antes de continuar.

—Ha tomado su camino.

No añadió nada más.

Comprendí lo que quería decir.

Me obligué a sonreír.

—Da igual.

Jugueteé con la cucharilla.

—He terminado aceptándolo.

Hugo me observó en silencio.

—He asumido que Jaime nunca me quiso, pero…

No pude terminar la frase.

Porque él me interrumpió con una serenidad que desarmaba.

—Eso no significa que deje de doler.

Nuestros ojos se encontraron.

Y sentí que acababa de resumir exactamente todo lo que llevaba días intentando explicar sin conseguirlo.

—Hay personas que quieren mal.

Continuó hablando con la vista perdida en el ventanal.

—Confunden querer con poseer. O con necesitar. O con sentirse cómodos.

Después volvió a mirarme.

—Pero eso no significa que tú no merezcas otra forma de amor.

No respondí.

Porque el nudo de la garganta volvía a hacerse demasiado grande.

Hugo tomó la taza entre las manos y sonrió con cierta tristeza.

—Estoy muy decepcionado con Jaime.

La frase sonó pesada.

Casi dolorosa.

—No solo por ti.

Guardó silencio unos segundos.

—También porque, después de tantos años fuera, esperaba encontrar a un hermano distinto.

Negó lentamente.

—Y, sin embargo, cada día veo más cosas de mi madre en él.

Aquello me hizo estremecer.

Porque yo también lo había pensado.

Pero jamás me habría atrevido a decirlo en voz alta.

La conversación cambió de rumbo gracias a un comentario inesperado.

—Eso sí.

Hugo sonrió.

—Hay alguien que ha conseguido poner de acuerdo a toda la familia.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

—Patricia.

No pude evitar echarme a reír.

—¿Por qué?

—Porque creo que no le cae bien a nadie, excepto a mi señora madre, claro.

Su comentario terminó rompiendo la tensión.

—Es imposible que una persona pueda caminar con tanta superioridad —añadió y le di la razón.

Los dos terminamos riéndonos con ganas.

Una risa limpia.

Necesaria.

Y durante unos minutos el hospital dejó de parecer un lugar triste.

Cuando regresamos a la planta de neurología, tuvimos que esperar un rato.

Una enfermera apareció poco después con una sonrisa tranquila.

Las pruebas realizadas hasta ese momento habían resultado normales, como nos habían adelantado.

Respiré aliviada.

Hugo también.

Y cuando por fin la instalaron en la habitación y vimos a Lucía protestando porque el desayuno del hospital no llevaba arándanos, comprendí que lo peor ya había pasado.