Si vuelves a mirarme así Capítulo 16
41%

Capítulo 16

Habían pasado unos días desde mi conversación con Jaime.

Unos días en los que apenas nos cruzamos por la finca y en los que yo hice auténticos esfuerzos por mantenerme ocupada.

Montealto seguía funcionando con la precisión de siempre, pero el ambiente era distinto.

Ignacio y Beatriz estaban fuera de España, inmersos en un viaje comercial por Argentina y Chile, donde las bodegas Montealto estaban negociando una importante alianza de distribución con varias casas vinícolas y participando en una feria internacional del vino en Mendoza, una de las regiones vitivinícolas más prestigiosas del continente.

La ausencia de ambos había relajado un poco el ambiente en la casa.

Al menos para mí.

No tener a Beatriz vigilando cada paso que daba era un descanso inesperado.

Incluso Lucía parecía más tranquila. Aquella mañana había bajado a la cocina descalza, con unos pantalones deportivos y una coleta improvisada, robando una tostada antes de que Irene pudiera regañarla y haciéndonos reír a todos con una imitación bastante lograda de su madrastra supervisando a los jardineros.

—"Ese geranio está tres centímetros desplazado hacia la izquierda. Así no durarás aquí. Otro mes que no cobras." —dijo exagerando la voz.

Sonia casi escupió el café de la risa.

Yo también terminé a carcajadas.

Hacía días que no me reía así.

Después del desayuno cada una volvió a sus tareas.

Irene revisaba unas listas para la despensa, Sonia ayudaba en el comedor principal y yo acompañé a Lucía hasta el salón porque quería enseñarme unos bocetos para una futura etiqueta de vinos que estaba diseñando con uno de los departamentos de marketing.

Nos sentamos junto a los enormes ventanales que daban a los jardines. El sol entraba con fuerza y el ambiente resultaba agradable. Lucía hablaba deprisa, moviendo las manos mientras me enseñaba varios diseños. Era de lo más pizpireta.

—Este parece de perfume de spot publicitario con tío bueno incluido.

Pasó la hoja.

—Este parece una botella de aceite. Tampoco.

Pasó otra.

—Y este parece que lo ha dibujado un niño de cinco años. Ni en broma.

Me eché a reír.

—Eres la peor crítica artística del planeta.

—Soy sincera, no hay más.

Seguimos comentando ideas durante unos minutos más. Ni que yo tuviera que ver con su mundo, pero me encantaba que a veces me involucrase en él, pues en esos momentos soñaba despierta.

Hasta que dejó de hablar.

Fue algo tan repentino que tardé unos segundos en darme cuenta.

Lucía se quedó completamente quieta.

La sonrisa desapareció de su cara.

Pensé que estaba escuchando algún ruido.

—¿Lucía?

No respondió.

Sus ojos parecían perdidos en algún punto del salón.

La carpeta cayó al suelo.

Y un segundo después todo ocurrió demasiado deprisa.

Su cuerpo empezó a temblar de forma brusca antes de desplomarse sobre la alfombra.

El golpe resonó en toda la estancia.

Yo me quedé paralizada.

No entendía nada.

Jamás había visto algo parecido.

—¡Lucía!

Me lancé hacia ella completamente aterrada.

Su cuerpo seguía moviéndose de forma involuntaria y sus brazos se contraían con fuerza mientras su respiración sonaba extraña.

Sentí que el pánico me bloqueaba.

No sabía qué hacer.

No sabía cómo ayudarla.

Solo sabía que la situación era dantesca.

—¡Ayuda! —grité con todas mis fuerzas.

Mi propio grito me sorprendió.

—¡Por favor! ¡Que venga alguien!

Volví a gritar todavía más fuerte.

La casa entera pareció despertar de golpe.

Escuché pasos corriendo por el pasillo.

Puertas abriéndose.

Voces.

Y apenas unos segundos después apareció Hugo.

Entró prácticamente corriendo en el salón y solo necesitó una mirada para comprender que la situación era grave.

Se arrodilló inmediatamente junto a ella mientras mantenía una calma que contrastaba por completo con el caos que había a nuestro alrededor.

—Aitana, escúchame.

Su voz era firme.

Segura.

Aquello consiguió que reaccionara.

—Llama a una ambulancia. Ahora mismo.

Asentí sin ser capaz de hablar.

Las manos me temblaban tanto que casi dejé caer el teléfono dos veces antes de conseguir marcar.

Mientras explicaba atropelladamente lo que estaba ocurriendo, veía a Hugo junto a Lucía intentando mantener la situación bajo control, hablándole aunque ella no pareciera escucharle y vigilando constantemente su respiración.

Él retiró una silla que podía golpearla y colocó su americana doblada bajo su cabeza mientras miraba el reloj.

Cuando los espasmos comenzaron a disminuir, la giró cuidadosamente sobre un costado y comprobó que seguía respirando antes de acariciarle el pelo con una mezcla de serenidad y angustia.

Irene llegó pocos segundos después completamente pálida.

Sonia rompió a llorar nada más entrar.

Rodolfo apareció detrás de ellas intentando mantener la serenidad.

Todo era un desastre.

El operador del servicio de emergencias me hizo varias preguntas que apenas fui capaz de responder.

Dije la dirección.

Expliqué que estaba convulsionando.

Que era la primera vez que ocurría.

Que necesitábamos ayuda urgente.

Cuando colgué, las piernas empezaron a fallarme.

Tuve que apoyarme contra una pared para no caerme.

Nunca había sentido tanto miedo.

Los minutos siguientes parecieron eternos.

Nadie hablaba más de lo imprescindible.

Solo se escuchaba la respiración entrecortada de Sonia, las indicaciones tranquilas de Hugo y, unos minutos después, el sonido lejano de una sirena que fue acercándose poco a poco hasta detenerse frente a la casa.

Los sanitarios entraron rápidamente y comenzaron a atender a Lucía con una eficacia que imponía respeto. Hicieron preguntas, tomaron constantes y prepararon el traslado mientras nosotros observábamos desde un lado sin atrevernos siquiera a estorbar.

Cuando finalmente la colocaron sobre la camilla, Hugo caminó junto a ella sin separarse ni un instante.

Antes de subir a la ambulancia, giró la cabeza hacia mí.

—Vienes conmigo.

No era una pregunta.

Asentí inmediatamente.

Subimos los dos a su coche mientras la ambulancia arrancaba con Lucía a bordo rumbo al hospital más cercano.

El trayecto fue espeluznante.

Ninguno de los dos hablaba.

El miedo llenaba todo el espacio.

Cuando llegamos al hospital, varios profesionales esperaban ya en la entrada de Urgencias y trasladaron a Lucía con rapidez hacia el interior.

Intentamos seguirla.

No nos dejaron.

La puerta automática se cerró delante de nosotros y, de repente, todo quedó en silencio.

Nos sentamos en la sala de espera sin mirarnos siquiera.

Alrededor seguía habiendo movimiento, enfermeros entrando y saliendo, familiares hablando en voz baja y teléfonos sonando a lo lejos.

Sin embargo, para mí el tiempo parecía haberse detenido.

Y mientras observaba aquella puerta cerrada, solo podía repetir una misma idea una y otra vez.

Que, por favor, no le pasara nada.

Que, por favor, todo hubiera sido solo un susto.

La sala de espera parecía haberse quedado suspendida en el tiempo.

No sabía cuánto llevábamos allí sentados.

Quizás una hora. Quizás dos. En los hospitales el reloj siempre parecía avanzar de otra manera, mezclando el sonido de los monitores lejanos con el de las puertas automáticas y las conversaciones en voz baja de familias que esperaban noticias igual que nosotros.

Hugo permanecía sentado a mi lado con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Desde que habíamos llegado, apenas pronunció unas pocas frases. Sin embargo, transmitía una calma que, de alguna manera, conseguía tranquilizarme incluso a mí.

Cuando por fin apareció un neurólogo acompañado por otra médica, los dos nos levantamos al mismo tiempo.

El doctor nos pidió que nos sentáramos de nuevo antes de empezar a hablar.

—Lo primero es tranquilizaros. Lucía está estable.

Sentí que el aire volvía a entrar en mis pulmones.

El médico continuó explicando que todas las pruebas urgentes realizadas hasta ese momento eran normales y que, por el aspecto inicial del episodio, todo apuntaba a una crisis convulsiva aislada.

—No podemos hablar de epilepsia ni mucho menos —aclaró con calma—.

Existen situaciones de estrés intenso, agotamiento físico o determinadas alteraciones metabólicas transitorias que pueden desencadenar una crisis como la que ha sufrido la paciente.

Vamos a completar el estudio con más pruebas y hemos decidido dejarla ingresada unos días en observación, pero el pronóstico inicial es tranquilizador.

Hugo formuló varias preguntas con una madurez clara. Quiso saber si existía riesgo inmediato, si podía repetirse aquella misma noche o si, llegado el momento, podría producirse un daño cerebral.

El médico negó una y otra vez.

—Ahora mismo no tenemos ningún dato que indique una enfermedad neurológica, ni siquiera leve.

Muchos pacientes sufren este tipo de episodios y no se les vuelven a repetir.

Lucía ya está consciente y nos ha comentado que, en los últimos días, ciertas circunstancias familiares la han llevado a sentirse muy nerviosa. Simplemente debemos ser prudentes.

Sabía muy bien a qué se refería. Esa niña siempre sintió mis problemas como propios y, a pesar de que trataba de disimularlo, sufrió mucho viendo el estado psicológico en el que Jaime me dejó. A pesar de ser tan divertida e ingeniosa, también contaba con una sensibilidad extrema.

Cuando por fin nos permitieron verla, Lucía estaba despierta.

Se encontraba muy pálida, todavía desorientada y con una vía puesta en el brazo izquierdo, pero en cuanto nos vio aparecer, consiguió dibujar una sonrisa cansada.

—¿Qué os ha parecido mi forma de lograr que me echarais cuenta?

Aquella broma hizo que a mí se me escapara una risa mezclada con lágrimas.

Hugo se acercó con delicadeza a la cama.

Le acarició el pelo con una sensibilidad que jamás le había visto y permaneció unos segundos sin decir nada.

La preocupación seguía escrita en sus ojos.

Lucía terminó rompiendo el silencio.

—No llames a mi padre, te lo pido por favor.

Hugo levantó la cabeza.

—Lucía...

—Prométemelo.

Su voz seguía siendo débil, pero muy firme.

—No quiero que vuelvan.

Los dos comprendimos inmediatamente a quién se refería en realidad.

No era Ignacio.

Era Beatriz.

Lucía cerró los ojos unos segundos antes de continuar.

—Sé perfectamente lo que hará tu madre. Y siento hablar así de ella, pero cancelará el viaje, montará un espectáculo y convertirá esto en un drama nacional. Paso.

Volvió a abrirlos para mirar directamente a Hugo.

—Y ahora mismo no puedo soportarla. Lo siento.

Él permaneció callado unos instantes.

Después asintió lentamente.

—De acuerdo. Te entiendo perfectamente. Sabes que tampoco la soporto. Te haré caso.

—¿De verdad?

—Asumo yo la responsabilidad.

Le apretó suavemente la mano.

—Si mañana las pruebas siguen bien, ya veremos qué hacemos.

Lucía respiró con algo más de tranquilidad.

Poco después apareció Jacobo, a quien avisamos. La noticia le pilló en Málaga, y regresó todo lo deprisa que pudo.

Entró prácticamente corriendo por el pasillo preguntando por ella antes incluso de llegar a la habitación. Venía alterado y con la americana mal colocada.

Al verla consciente, suspiró.

—Me has quitado diez años de vida.

Lucía sonrió débilmente.

—Otro exagerado.

Jacobo se acercó hasta la cama y le besó la frente en un gesto de lo más tierno.

Hugo observó la escena con una sonrisa pequeña.

Después apoyó una mano sobre el hombro de Jacobo.

—Está bien. Por lo visto, solo se trata de un susto que tu novia nos ha regalado. No hay ninguna razón para temer nada.

Jacobo soltó el aire lentamente.

Parecía necesitar escuchar aquellas palabras.

La tranquilidad apenas duró unos minutos.

Porque entonces volvió a abrirse la puerta.

Y entraron Jaime y Patricia.

Ninguno de nosotros los había avisado. Probablemente alguien de la finca se lo comentó.

Jaime fue el primero en acercarse.

Parecía sinceramente preocupado.

Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse un instante en mí.

Yo aparté la mirada de él.

No quería volver a cruzarla.

No todavía.

Patricia caminaba un paso por detrás.

Elegante incluso para acudir a un hospital, con un conjunto claro y un bolso que seguro costaba más que mi sueldo de varios meses.

Cuando pasó junto a mí, apenas inclinó la cabeza a modo de saludo.

Pero sus ojos hablaron por ella.

Fue solo un segundo.

Un gesto mínimo.

Una mirada cargada de superioridad.

De esas que parecen decir que cada persona ocupa el lugar que le corresponde.

Y comprendí inmediatamente que lo sabía.

Sabía que Jaime y yo habíamos sido algo más.

No hizo ningún comentario.

No necesitaba hacerlo.

Aquella mirada bastó.

Noté cómo el estómago volvía a encogerse, aunque esta vez no era tristeza.

Era una mezcla de rabia y dignidad herida.

Por suerte, Hugo se adelantó antes de que nadie pudiera crear una situación incómoda.

Con una naturalidad absoluta comenzó a explicar el diagnóstico provisional a Jaime, restando dramatismo a la situación y desviando la atención hacia las pruebas pendientes y el tiempo que Lucía permanecería ingresada.

Lo hacía con una serenidad admirable, manejando cada conversación con una facilidad sorprendente y consiguiendo que el ambiente volviera poco a poco a la calma.

Mientras lo observaba, no pude evitar pensar que Montealto siempre había creído que el gran heredero era Jaime.

Y, sin embargo, era Hugo quien parecía sostener a toda la familia cuando el suelo empezaba a resquebrajarse bajo sus pies.