Capítulo 15
Unos días después, Jaime volvió a buscarme.
Lo hizo a media mañana, en uno de esos momentos en los que la casa parecía moverse por capas: el comedor terminando de recogerse, los proveedores entrando por la zona de servicio, Beatriz merodeando cerca del salón principal con aquella forma suya de supervisarlo todo sin tocar nada y yo intentando atravesar el pasillo con una bandeja de copas sin que se me notara que llevaba días viviendo con el corazón lleno de grietas.
Lo vi antes de que pronunciara mi nombre. Estaba junto a la puerta que daba al patio interior, vestido con un traje oscuro y una expresión seria que me hizo perder el ritmo de los pasos.
—Necesito hablar contigo —murmuró cuando pasé a su lado, lo bastante bajo para que nadie más lo oyera.
Por un segundo, por uno solo, fui idiota.
Volví a ser la Aitana de Asturias, la que había creído en él, la que se había imaginado una vida distinta en mitad de un paisaje verde, lejos de Montealto, lejos de su madre, lejos de todo lo que nos estaba aplastando.
Mi cabeza fue más rápida que mi dignidad y pensé que quizás había encontrado valor.
Que quizás venía a decirme que no podía seguir adelante con aquello.
Que quizás iba a proponerme marcharnos de verdad, aunque fuera una locura.
Que quizás la experiencia de Hugo le había abierto los ojos.
Después vi a Beatriz al fondo del pasillo.
—Ahora no —le respondí sin detenerme demasiado—. Tu madre anda por ahí, y no pienso propiciar que me ponga el carnet del paro en el bolso.
Jaime apretó los labios, miró en la misma dirección y asintió apenas, aunque sus ojos siguieron clavados en mí con una insistencia que me dejó las piernas flojas.
—Búscame en un rato, ella saldrá.
Continué caminando hacia la cocina con la bandeja entre las manos y la sensación de que acababa de abrirse una puerta que llevaba días cerrada a cal y canto.
Sonia me vio entrar y no necesitó más de dos segundos para adivinarlo.
—Ay, madre, qué rara vienes —comentó, dejando un paño sobre la encimera.
—Es que Jaime quiere hablarme de algo. Y parece importante
—Ya te veo con la maleta en la mano y huyendo por la carretera como una protagonista de una peli de sobremesa de Antena 3.
Intenté hacerme la ofendida, pero me salió fatal.
—No digas tonterías.
—Tonterías dice. Te acaba de mirar Jaime y has entrado aquí con cara de “me largo a Asturias a criar caballos y a vivir del amor”.
—No tengo esa cara.
—Tienes exactamente esa cara.
Debería haberme reído más. Debería haberle seguido la broma con algo mío, algo rápido, algo de lo que solía salir de mí sin esfuerzo antes de que todo se torciera.
Pero la esperanza me daba miedo. Muchísimo.
Era peor que el dolor, porque el dolor al menos ya lo conocía.
La esperanza, en cambio, podía volver a dejarme tirada en el suelo.
Esperé casi una hora.
Una hora eterna.
Cuando vi a Beatriz salir de la casa acompañada de Rodolfo, con instrucciones para no sé qué asunto de las bodegas, supe que aquella era la única oportunidad.
Dejé lo que estaba haciendo con una excusa pobre, tan pobre que Irene ni siquiera fingió creérsela, y subí por la escalera secundaria hacia la zona de los dormitorios con el corazón golpeándome tan fuerte que me parecía imposible que nadie lo oyera.
Jaime me esperaba en mi habitación.
Eso me detuvo en seco al abrir la puerta.
Durante un instante me pareció una imagen de otra vida: él allí, junto a la ventana, en el mismo espacio donde tantas veces había entrado a escondidas, con el rostro serio y los ojos brillantes.
Cerré la puerta despacio, cuidando de no hacer ruido, y antes de que pudiera hablar, él cruzó la distancia entre nosotros y trató de besarme.
Me aparté.
No de forma brusca, pero sí lo suficiente para dejarle claro que ya no tenía permiso para tocarme como si nada hubiera ocurrido.
—No seas bobo, Jaime —dije, intentando que la voz no me temblara—. Me has pedido hablar. Pues habla.
Él se quedó muy quieto. Durante unos segundos pareció dolido, aunque yo ya no sabía distinguir si era dolor verdadero o simple frustración por no obtener lo que esperaba. Bufó y miró hacia la puerta, como si incluso allí dentro siguiera pendiente de que alguien pudiera descubrirnos.
—No puedo renunciar a ti, Aitana. Te aseguro que lo he intentado, pero no puedo.
El aire se me quedó atravesado y la esperanza comenzó a invadirme de pies a cabeza.
Aquellas palabras eran exactamente las que había deseado escuchar.
Exactamente.
Y aun así hubo algo en la forma de decirlas que me puso en alerta.
—Entonces no lo hagas, déjala y vámonos —le respondí, con una calma que me costó muchísimo sostener.
Jaime cerró los ojos un instante, y ahí lo supe. Antes de que añadiera nada. Antes de que siguiera hablando. Lo supe porque su silencio tuvo la forma exacta de una derrota.
—No puedo hacerlo. También lo he intentado, pero no puedo. No puedo renunciar a mi vida entera.
La esperanza se me cayó de las manos.
—Ya…
—Aitana, escúchame. No puedo perderlo todo.
No puedo quedarme fuera de Montealto, fuera de las bodegas, fuera de lo único para lo que me he preparado durante años.
Mi madre se ha calmado con el compromiso.
Ignacio también parece más tranquilo. Patricia.
.. Patricia entiende cómo funciona Montealto. Ella pertenece a mi mundo.
Le miré sin pestañear.
Cada frase era peor que la anterior.
Cada palabra iba arrancando una capa de algo que hasta ese momento me había negado a ver.
—¿Y yo qué entiendo, Jaime?
Él dio un paso hacia mí, como si quisiera recuperar la cercanía que yo le había negado al entrar.
—Tú me entiendes a mí. Siempre me has entendido. Por eso estoy aquí. Porque no puedo dejarte. Porque no quiero dejarte.
La náusea fue lenta.
No llegó de golpe.
Fue subiendo poco a poco mientras mi cabeza empezaba a unir todas las piezas.
—¿Qué me estás proponiendo? Porque te juro que comienzo a no entender nada de lo que me quieres decir, a no ser que pretendas…
Jaime no respondió enseguida. Y, otra vez, su silencio fue más claro que cualquier explicación.
—Podemos seguir viéndonos —dijo al fin, con la voz más baja—.
Con cuidado. Sin que nadie lo sepa. Yo me casaré con Patricia, sí, pero eso no cambia lo que siento por ti.
No cambia lo que deseo cuando estoy contigo.
No cambia el Jaime en el que me conviertes.
No cambia cómo vibro a tu lado, cuando te hago mía.
Durante un segundo no pude moverme. Sentí que iba a vomitar. Intenté caminar hacia la puerta, pero los músculos no me respondían.
Le observé como se observa algo que una no reconoce, aunque haya estado delante durante años.
—¿Tu amante? ¿Convertirme en tu amante? ¿Es eso lo que me estás proponiendo? Amante —pronuncié con lentitud.
La palabra salió limpia, fría, casi tranquila.
Jaime apretó la mandíbula.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Convertirme en la otra? ¿Servicio extra de Montealto? ¿Capricho privado del señorito?
—No eres eso para mí. Nunca lo has sido, Aitana.
—Claro que sí. A mí no me vengas con esas porque, para tu desgracia, te tengo una noticia: soy pobre, pero no idiota.
Me reí, pero no porque tuviera gracia. Me reí porque si no lo hacía, iba a romper algo. En concreto, iba a romperle algo en la cabeza.
—Eso es exactamente lo que me estás pidiendo. No trates de edulcorarlo porque no podrás hacer que suene dulce. Ya te digo que suena de lo más amargo.
—Te estoy diciendo que te quiero, no que seas la otra.
—No. No insultes mi inteligencia.
Aquella vez no temblé.
Ni un poco.
Había tardado mucho en darme cuenta, pero abrí los ojos de golpe. Es lo que tienen ciertos amores que se han fraguado a fuego lento y en los que una no ha prestado atención a las señales. Y eso que señales hubo.
—No me quieres, Jaime. No me quieres, no me has querido nunca y jamás me querrás. Esa es la única verdad.
Su expresión cambió.
—No digas eso. No puedo soportarlo.
—Lo digo porque acabo de entenderlo todo. Y no me vas a callar.
Di un paso atrás, no por miedo, sino porque necesitaba ver su cara completa mientras lo decía.
—No me quieres a mí. Tampoco quieres a Patricia.
En realidad, no quieres a nadie. Solo quieres no perder nada.
Quieres las bodegas, quieres a tu madre tranquila, quieres a Ignacio orgulloso, quieres una esposa que encaje en las fotos y también quieres una mujer escondida que te haga sentir que eres valiente sin obligarte a serlo.
Quieres el cuento completo como si fueras un príncipe azul que merece el más feliz de los finales cuando tu comportamiento es el de un sapo.
Jaime se quedó pálido.
—Eso no es justo.
—No. Lo que no es justo es que hayas venido aquí a ofrecerme las sobras de tu vida y encima esperes que te lo agradezca. No voy a quedarme con las migajas. Que no tenga un apellido con peso no me convierte en una fregona con patas que no puede aspirar a que la quieran.
—Yo nunca te he tratado así.
—Y tampoco me has dado mi sitio. Y mucho menos lo haces ahora.
Los ojos empezaron a arderme, pero no lloré. No todavía. Me dolía demasiado incluso para eso.
—Yo te quería, Jaime. Te quería de verdad.
Creí que Asturias significaba algo. Creí que habíamos construido recuerdos, que había algo nuestro, algo limpio, algo que merecía la pena proteger.
Y ahora vienes a decirme que me deseas, pero que vas a casarte con otra.
¿Te escuchas? ¿No te das asco? ¿De verdad no te lo das? Porque eso sí que me sorprende.
Él intentó tocarme otra vez.
Le aparté la mano antes de que llegara a rozarme.
—No vuelvas a tocarme. No lo hagas más en lo que te queda de miserable vida o atente a las consecuencias.
La orden lo dejó inmóvil.
Y en aquel instante, por fin, vi la verdad completa. No al hombre que había imaginado, ni al chico que me había besado entre viñedos, ni al hijo presionado por una madre despiadada. Vi a alguien mucho más pequeño. Más cómodo. Más cobarde. Vi al verdadero Jaime.
Más parecido a Beatriz de lo que jamás habría querido admitir.
—Odio el momento en que me enamoré de ti —susurré.
Aquello sí le dolió.
Lo vi.
Y no me importó lo suficiente.
—Porque si no lo hubiera hecho, ahora mismo no me estaría dando tanta vergüenza haber creído que tú eras distinto.
Abrí la puerta y me aparté para que saliera.
Jaime permaneció unos segundos sin moverse, como si esperara que yo retirara aquellas palabras, que suavizara el golpe, que le dejara una rendija por la que colarse de nuevo.
No lo hice.
—Vete —dije.
Y aquella vez obedeció.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, no lloré de inmediato. Me quedé en mitad de la habitación, con las manos heladas y el pecho lleno de una calma espantosa, comprendiendo que acababa de perder algo mucho peor que una historia de amor.
Acababa de perder la versión de mí misma que todavía creía que Jaime podía salvarla de todo aquello.