Si vuelves a mirarme así Capítulo 14
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Capítulo 14

Después de dejar a Jaime junto a las bodegas, seguí caminando sin saber muy bien adónde iba.

Necesitaba moverme. Necesitaba sentir que avanzaba hacia algún sitio, aunque fuera mentira.

Lo único que tenía claro era que no quería volver todavía a la casa principal.

No quería cruzarme con nadie. No quería soportar miradas de pena ni preguntas bienintencionadas.

El camino terminó llevándome hasta una zona de los viñedos donde apenas pasaba gente.

Allí las cepas se extendían en largas hileras perfectamente alineadas, y el silencio solo se veía interrumpido por el sonido del viento moviendo las hojas.

Normalmente, aquel lugar me transmitía calma.

Aquel día, sin embargo, ni siquiera el paisaje conseguía aliviar el nudo que llevaba dentro.

Me apoyé sobre una de las vallas de madera y cerré los ojos unos segundos. La conversación con Jaime seguía repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza. Su expresión. Sus dudas. Su incapacidad para dar el paso que yo le había pedido.

Sobre todo eso.

Porque podía entender el miedo.

Podía entender la presión.

Lo que no conseguía aceptar era que hubiera elegido vivir sin mí antes que vivir sin Montealto.

—Empiezo a pensar que nadie tiene buenas noticias hoy.

La voz me hizo abrir los ojos.

Al girarme, vi a Hugo acercándose por el camino de tierra con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Ya no llevaba el traje impecable de la fiesta.

Había cambiado el esmoquin por una camisa blanca remangada y unos pantalones oscuros mucho más sencillos.

Aun así, seguía transmitiendo aquella seguridad tranquila que parecía acompañarlo constantemente.

Intenté recomponerme antes de que llegara hasta donde estaba.

No funcionó demasiado bien.

Porque bastó una mirada para que comprendiera que algo iba mal.

—Creo que es peor de lo que esperaba —comentó cuando llegó a mi altura.

Apoyó los antebrazos sobre la valla y observó los viñedos unos segundos antes de volver la cabeza hacia mí.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Depende.

—¿Tu pena obedece a algo más que a la reacción de mi madre anoche?

La respuesta debió de reflejarse en mi cara.

Porque soltó aire despacio y negó con la cabeza.

—Ya me lo imaginaba.

Durante unos segundos permanecimos contemplando el paisaje. No había prisa en su forma de estar allí. No parecía alguien que viniera buscando explicaciones por simple curiosidad. Más bien daba la impresión de que estaba intentando entender algo.

Finalmente fue él quien rompió el silencio.

—Por cierto, no hace falta que me des las gracias —murmuró sin ningún tono de reproche.

—¿Sabes que iba a hacerlo?

—Sí. Se intuye en el ambiente. Y no es necesario.

Negó ligeramente con la cabeza y añadió con naturalidad:

—No hice nada extraordinario. Mi madre se portó como una auténtica energúmena delante de tropecientas personas y tú no te lo merecías en absoluto. Cualquiera habría intervenido.

—No estoy tan segura.

—Es lo menos que podría hacer. Tu madre siempre fue un pilar fundamental en esta casa, alguien de confianza para nosotros. Aunque solo fuera por eso, ella debería… En fin, qué tontería, eso a la mía se la trae al pairo.

La conversación podría haber terminado ahí. De hecho, durante unos segundos pensé que terminaría ahí. Sin embargo, Hugo siguió observándome con atención, como si estuviera intentando encajar piezas que todavía no terminaban de formar una imagen completa.

—Y ahora, ¿me contarás el resto?

Aquella frase me hizo tensarme.

—¿El qué? —disimulé.

—Lo que te dolió de verdad.

No apartó la mirada de mí mientras hablaba.

—Déjalo, no puedo hablar de ello.

Soltó una breve risa sin humor.

—Ni siquiera lo has intentado.

Bajé la vista.

Porque sabía exactamente a qué se refería.

—¿Por qué te odia mi madre? ¿Tienes algo con mi hermano? Vi cómo miraste hacia Jaime.

Durante unos segundos jugué con una de las tablas de la valla. Pensé en inventar una excusa. Pensé en cambiar de tema. Pensé en decirle que no era asunto suyo.

Pero estaba cansada.

Demasiado cansada.

Y, por alguna razón, sentía que él merecía conocer la verdad.

Así que terminé contándoselo.

Lo hice despacio. Sin dramatismos. Empezando por el principio.

Le hablé de Jaime y de mí. De cómo había comenzado todo.

De los meses escondiéndonos. De Asturias.

De la noche en que Beatriz irrumpió en mi habitación.

De las amenazas. Del ultimátum. Y, finalmente, de la conversación que acababa de mantener con su hermano.

Mientras hablaba, Hugo permaneció completamente callado.

No interrumpió una sola vez.

No hizo preguntas.

Simplemente escuchó.

Y cuanto más avanzaba el relato, más evidente resultaba que algo estaba cambiando en él.

Cuando terminé, tardó varios segundos en responder.

—No me lo puedo creer.

Aquella vez sí había rabia en su voz.

Una rabia contenida.

Controlada.

Pero real.

Se apartó de la valla y comenzó a caminar unos pasos por el sendero antes de detenerse de nuevo.

—Bueno, no. Claro que puedo creérmelo.

Se pasó una mano por el cabello y soltó una carcajada amarga.

—Porque es exactamente el tipo de cosa que haría.

—Hugo...

—No.

Negó con firmeza.

—Lo siento, pero no.

Durante unos instantes pareció debatirse consigo mismo. Como si estuviera intentando decidir cuánto contar y cuánto callar.

Al final terminó hablando.

—¿Sabes qué es lo peor?

Esperó a que levantara la vista.

—Que esta historia me resulta demasiado familiar.

La sonrisa que apareció en sus labios fue triste.

De esas que esconden muchas más cosas de las que muestran.

—Porque mi madre lleva toda la vida intentando decidir qué personas son adecuadas para nosotros y cuáles no.

La decisión apareció en su voz de repente.

Clara.

Firme.

Sin espacio para discusiones.

—Déjalo en mis manos. Hablaré con Jaime. No quiero que él cometa el mismo error que cometí yo. No luché lo suficiente por la persona que amaba y lo pagué caro. Muy caro.

—Pero yo no quiero que hagas nada. Tu hermano ya ha tomado una decisión. Y mi orgullo me impide…

—Si mi hermano te ama de verdad, deja de lado ese orgullo, Aitana. Es mi consejo.

—No servirá de nada.

—Eso ya lo veremos.

—Hugo, él ya ha elegido. Se ha quedado con Montealto.

Aquello hizo que me mirara directamente.

—Quizás.

Su respuesta llegó tranquila.

—O quizás ha pasado tanto tiempo escuchando la voz de mi madre que ha terminado confundiéndola con la suya propia.

Durante unos segundos ninguno habló.

El viento volvió a mover las hojas de los viñedos a nuestro alrededor mientras yo intentaba asimilar aquellas palabras.

Entonces él añadió algo más.

Algo que terminó quedándose conmigo.

—Hay personas que creen que el dinero protege de todo.

Bajó la vista un instante antes de continuar.

—Pero el dinero no te abraza cuando estás roto, no construye recuerdos contigo y tampoco se sienta a tu lado cuando las cosas van mal.

Levantó la cabeza.

—Las personas, sí.

Sentí que los ojos volvían a escocerme.

Y quizás él lo notó.

Porque dio un paso hacia mí y me rodeó con los brazos.

Fue un abrazo sencillo.

Sincero.

Sin segundas intenciones.

El abrazo de alguien que entendía perfectamente lo que significaba perder algo importante.

—Gracias —murmuré.

—Todavía no.

Sonrió ligeramente al separarse.

—Primero déjame intentarlo.

Más tarde encontré a Lucía en la biblioteca y le conté toda la conversación. Mientras hablábamos, ella permaneció sentada en uno de los sofás con las piernas recogidas bajo el cuerpo, escuchándome sin interrumpir apenas. Solo cuando terminé opinó.

—Hugo se lo está currando, desde luego que sí. Qué sorpresa. Además, es tío con principios. No creas que todo es bueno.

Una sonrisa divertida apareció en su rostro.

—Cuando cree que algo es injusto, se vuelve absolutamente insoportable.

—¿Insoportable?

—De un modo terrible.

Se echó a reír.

—Y además lleva años enfrentándose a Beatriz. Créeme, si alguien puede intentar hacer entrar en razón a Jaime, a mi padre y al resto del universo, probablemente sea él.

Su certeza consiguió arrancarme una pequeña sonrisa.

La primera sincera en mucho tiempo.

Y aunque seguía sin saber cómo terminaría aquella historia, sentí que no estaba luchando completamente sola.