Si vuelves a mirarme así Capítulo 13
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Capítulo 13

Me desperté convencida de que todo había sido una pesadilla.

Durante unos segundos permanecí quieta, observando el techo de mi habitación mientras intentaba recordar por qué tenía aquella sensación de angustia clavada en el pecho.

La luz de la mañana se filtraba por las cortinas y todo parecía demasiado normal.

El silencio de la casa era el de cualquier otro día.

Los pájaros seguían cantando en los jardines.

Algún trabajador ya debía de estar recorriendo los viñedos. Montealto seguía en su sitio.

Y durante un instante ridículo, muy ridículo, seguí pensando que quizás había soñado todo lo ocurrido la noche anterior.

Que Jaime no había aparecido con Patricia.

Que no había existido ningún anuncio.

Que Lucía no había entrado en la cocina con aquella cara de funeral.

Que el compromiso no era real.

Después me incorporé lentamente.

Y vi el uniforme doblado sobre la silla.

Vi las flores que habían sobrado de la fiesta.

Vi las marcas del maquillaje que había intentado limpiar antes de acostarme.

Y recordé.

Todo.

El peso regresó de golpe.

Me dejé caer otra vez sobre la almohada y cerré los ojos.

Ni siquiera había presenciado el anuncio.

Pasé el resto de la noche refugiada en la cocina junto a Irene, limpiando, recogiendo y fingiendo que tenía algo útil que hacer.

Mientras tanto, fuera, Ignacio había presentado la nueva línea de vinos.

Los invitados habían brindado. Los fotógrafos habrían hecho fotografías.

Y, en algún momento, delante de todo el mundo, Jaime y Patricia se habían convertido oficialmente en una pareja prometida.

La sola idea me revolvía el estómago.

La mañana transcurrió despacio.

Demasiado despacio.

Intenté trabajar. De verdad que lo intenté. Pero apenas era capaz de concentrarme. Me equivocaba constantemente, olvidaba cosas sencillas y tenía la sensación de estar caminando dentro de una niebla espesa.

Al mediodía salí de la casa para llevar unas cajas al almacén.

Necesitaba aire.

Necesitaba alejarme un poco de todo.

Y fue entonces cuando lo vi.

Estaba esperándome.

No apareció por casualidad.

No me encontró por accidente.

Me estaba esperando.

Sentí que el corazón daba un salto tan brusco que casi me hizo daño.

Durante una fracción de segundo quise correr hacia él.

Durante otra, quise salir corriendo en dirección contraria.

Al final hice lo único que me permitió el orgullo.

Seguí caminando.

Como si no existiera.

—Aitana.

Su voz me alcanzó inmediatamente.

No respondí.

—Aitana, por favor.

Continué avanzando.

Entonces noté sus dedos cerrándose alrededor de mi muñeca.

Me giré tan rápido que incluso él pareció sorprenderse.

—Suéltame.

—Necesito hablar contigo.

—Y yo necesito que me sueltes.

Intentó acercarse.

No se lo permití.

—Te lo digo completamente en serio. Si no me sueltas ahora mismo, te voy a cruzar la cara.

Mi amenaza consiguió que aflojara la presión.

No del todo.

Pero sí lo suficiente.

Nos quedamos observándonos unos segundos.

Y fue horrible.

Porque seguía siendo Jaime.

Seguía siendo el hombre del que me enamoré como una pipiola.

Y al mismo tiempo parecía un desconocido.

—Cinco minutos.

—No.

—Aitana.

—Vete con Patricia.

El golpe fue evidente.

Lo vi en su cara.

Pero no me produjo ninguna satisfacción.

Porque yo también estaba sufriendo.

—Por favor.

Su voz sonó cansada.

Bastante.

Y aquello terminó siendo peor que si hubiera sonado arrogante.

Finalmente lo seguí.

No porque quisiera escucharle.

No porque estuviera preparada para perdonarlo.

Sino porque necesitaba respuestas.

Necesitaba entender cómo habíamos pasado de Asturias a aquello.

Terminamos detrás de las bodegas, junto a una antigua construcción de piedra donde nadie podía escucharnos.

Durante unos segundos ninguno habló.

Yo fui la primera en romper el silencio.

—¿Cuánto tiempo?

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Patricia.

Mi voz salió más fría de lo que esperaba.

—¿Cuánto tiempo llevabas con ella?

—Nunca he estado con ella hasta ahora.

Solté una carcajada amarga.

—¿Y pretendes que me lo crea?

—Es la verdad.

—Dime cuánto tiempo llevas engañándonos a las dos.

—Te juro que te equivocas.

Negué con la cabeza.

—¿Sabes qué es lo peor?

No esperé respuesta.

—Que intenté justificarte.

Me señalé el pecho.

—Intenté convencerme de que existía una explicación razonable. Pensé que estarías ocupado. Pensé que habría ocurrido algo. Pensé que, en algún momento, sonaría el teléfono.

Mi voz empezó a temblar.

—Y nunca llamaste. Normal. Si estabas la mar de entretenido jugando a los compromisos.

Jaime bajó la mirada.

—Mi madre lo descubrió todo, ya lo sabes.

Negó lentamente.

—No sabes hasta dónde llegó.

Entonces me contó lo ocurrido.

Cómo Beatriz había presionado a Ignacio.

Cómo llevaba semanas intentando apartarlo de determinadas decisiones en las bodegas.

Cómo había utilizado la imagen de la familia, los inversores, las relaciones comerciales y el futuro de Montealto como argumentos.

Y cómo, finalmente, había terminado lanzándole un ultimátum.

Mientras hablaba, yo permanecía inmóvil.

Porque una parte de mí sabía perfectamente que Beatriz era capaz de hacerlo.

Era exactamente el tipo de persona que utilizaba el cariño como un arma.

—Me dijo que si seguía contigo acabaría convenciéndolo.

Su voz sonaba derrotada.

—Que terminaría apartándome de las bodegas. Me quedaría sin trabajo y sin el brillante futuro que me espera.

—¿Y?

—Aitana...

—¿Y?

Por primera vez elevé la voz.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—Todo.

—No.

Negué con fuerza.

—Tiene que ver contigo.

Aquello lo dejó callado.

Y seguí hablando.

Porque ya no podía parar.

—Tiene que ver con lo que tú elegiste.

Mis lágrimas empezaron a caer.

Pero ya no me importaba.

—Porque al final renunciaste a mí, como era de esperar.

—No es tan sencillo.

—Claro que lo es.

Lo miré directamente.

—¿La amabas de antes?

—No, ya te lo he dicho. No te miento.

—¿La amas ahora?

—Tampoco.

—Entonces sí que es sencillo.

—No entiendes la presión.

Sonreí sin humor.

—Lo que no entiendo es… Déjalo, no mereces ni que malgaste mi tiempo contigo.

El silencio se hizo enorme entre nosotros.

—Aitana, sé que ahora no me crees y que debí decírtelo desde el principio, pero no te cases.

Y entonces pronuncié las palabras que llevaban varios minutos quemándome por dentro.

—Pues entonces no te cases.

Jaime levantó la cabeza.

—¿Qué?

—No te cases.

Di un paso hacia él.

—Fuguémonos.

Por primera vez pareció perder completamente el control de la situación.

—Aitana...

—Lo digo en serio.

Las lágrimas corrían ya libremente.

—Nos fugamos. Hoy. Ahora. A cualquier sitio.

Lo señalé directamente.

—Si me quieres, vámonos de aquí.

Aquello era lo más valiente que había hecho en mi vida.

Y también lo más humillante.

Porque vi la respuesta antes incluso de que hablara.

La vi en sus ojos.

En la duda.

En el miedo.

En todo aquello que pesaba más que yo.

—No puedo.

Dos palabras.

Solo dos.

Pero bastaron.

Retrocedí un paso.

Después otro.

Y de repente todo estuvo claro.

Dolorosamente claro.

—Ya entiendo.

—Aitana...

—No.

Negué despacio.

Ya no lloraba por rabia.

Ni siquiera por tristeza.

Lloraba por decepción.

Y aquella vez no intentó discutirlo.

Porque ambos sabíamos que era verdad.

Porque una persona puede quererte.

Puede quererte muchísimo.

Y aun así no quererte lo suficiente.

Y yo acababa de descubrir cuánto pesaba mi amor frente a Montealto, las bodegas, la familia y el apellido.

Mucho menos de lo que habría deseado.