Capítulo 12
La noche de la fiesta llegó mucho antes de lo que me habría gustado.
Llevábamos días preparándola y, aun así, cuando aquella tarde terminé de colocar las últimas bandejas junto al equipo de catering, tuve la sensación de que todo había ocurrido de repente.
Montealto parecía otro lugar.
Los jardines, que normalmente ya eran impresionantes, se habían transformado en algo digno de una miniserie.
La enorme carpa blanca ocupaba buena parte de la explanada principal y estaba iluminada por cientos de pequeñas luces cálidas que colgaban entre los árboles.
Habían colocado arreglos florales por todas partes, centros de mesa espectaculares y una iluminación cuidadosamente diseñada para que cada rincón pareciera sacado de una película.
Incluso las fuentes estaban iluminadas.
Y los viñedos que rodeaban la finca aparecían bañados por una luz suave que convertía el paisaje en algo casi mágico.
Mientras ayudaba a revisar una de las mesas de aperitivos, no pude evitar mirar varias veces hacia la entrada principal.
Buscándolo.
Aunque sabía perfectamente que era inútil.
Porque Jaime seguía sin aparecer.
Y lo peor era que ya ni siquiera sabía qué pensar.
Si estaba enfadado.
Si estaba evitándome.
Si realmente había decidido desaparecer de mi vida.
O si, simplemente, estaba permitiendo que su madre ganara aquella batalla.
Fuera cual fuera la respuesta, empezaba a doler demasiado.
—Como sigas mirando hacia la entrada, vas a hacerle un agujero a la puerta.
La voz de Lucía me sacó de mis pensamientos.
Me giré.
Y durante unos segundos olvidé completamente cualquier otra preocupación.
—Cielo santo, cariño, qué bonita estás.
Lucía sonrió.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Aquello arrancó una carcajada de su garganta.
Estaba espectacular.
Llevaba un vestido largo de color azul noche que realzaba todavía más sus ojos claros. El tejido caía con elegancia sobre su figura y el cabello rubio aparecía recogido parcialmente en un peinado sofisticado que dejaba varios mechones sueltos alrededor del rostro.
Parecía una princesa.
Lucía giró sobre sí misma con teatralidad.
—¿Crees que Jacobo sobrevivirá?
—No.
—Yo tampoco.
—Aunque reconozco que el pobre hombre lleva años entrenando para esto.
—Eso también es verdad.
Las dos nos echamos a reír.
Fue entonces cuando mi mirada se desplazó hacia el interior de la carpa.
Y comprendí que aquella noche iba a ser uno de los acontecimientos sociales más importantes que Montealto había organizado en años.
Prácticamente toda la élite de Jerez estaba allí.
Empresarios.
Bodegueros.
Propietarios de fincas.
Abogados.
Políticos.
Familias conocidas de toda la provincia.
El murmullo constante de las conversaciones llenaba el ambiente mientras los camareros comenzaban a circular entre los invitados con bandejas de champán y aperitivos.
Los hombres lucían impecables.
Muchos llevaban esmoquin negro, aunque varios de los más jóvenes habían optado por versiones blancas que resultaban especialmente elegantes bajo la iluminación de la carpa.
Jacobo era uno de ellos.
Alto, atractivo y perfectamente peinado, parecía sacado de una campaña publicitaria de relojes caros. Lucía lo observó durante unos segundos y después fingió aburrimiento.
—No está mal, mi chico, ¿eh?
—Ve hacia él, que aquí hay mucha lagarta que te lo intentará robar.
—¿Y crees que alguna lo conseguirá?
—Desde luego que no…
—Pues entonces.
— Es lo que tienen las guapas , como canta Alejandro Sanz.
—Lo dices como si tú no lo fueras, Aitana.
—Vas a compararme contigo… Estoy monísima con la mierda de cofia esta que Beatriz nos hace ponernos como parte del uniforme.
—Es lo que tienen las madrastras crueles de cuento, sí. Que no tratan bien a nadie…
—Mal rayo la partiera. Perdona, que se me ha escapado.
—¿Qué tengo que perdonarte exactamente? Porque lo iba a decir yo misma. Me lo has quitado de la boca, ladronzuela.
—Sí, tú dale ideas a Beatriz para que me eche de aquí.
—Que tu contrato está blindado, tonta, como el de los futbolistas.
—Sí, y vengo a cobrar más o menos lo mismo.
—Eso no, vale, pero que está blindado, lo está. Te lo aseguro. Mi padre sabe que no le perdonaría que permitiera que Beatriz te echase.
—Qué buena eres conmigo, Lucía.
—Y tú qué tonta, si piensas que tienes que agradecérmelo. Somos amigas, amigas de verdad.
Muy cerca de Jacobo se encontraba Hugo.
Y entendí inmediatamente por qué acaparaba todas las miradas femeninas.
El esmoquin blanco resaltaba el tono bronceado de su piel y la seguridad tranquila que transmitía resultaba casi magnética. Sin embargo, seguía existiendo algo contenido en él. Una especie de distancia que aparecía incluso cuando sonreía.
No parecía desear alejarse de allí.
Pero tampoco parecía disfrutar especialmente siendo el centro de atención.
—Le están presentando a media Andalucía —murmuré.
—Y está deseando escapar.
—Eso parece.
—Porque es inteligente, aunque no lo suficiente para haberse mantenido lejos de su madre más tiempo.
Lucía tomó una copa de una bandeja cercana.
Mi mirada buscó automáticamente a Beatriz.
No tardé en encontrarla.
Era imposible no hacerlo.
Vestida con un elegante traje de noche color burdeos, se movía entre los invitados como una reina supervisando su reino. Saludaba, sonreía y recibía felicitaciones por la vuelta de Hugo con una satisfacción que en absoluto intentaba ocultar.
Entonces sus ojos encontraron los míos.
Solo fue un segundo.
Un instante.
Pero bastó.
La sonrisa desapareció.
Y aquella mirada fría, afilada y cargada de advertencias regresó exactamente igual que la noche que había irrumpido en mi habitación.
Después continuó caminando.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si yo ni siquiera existiera.
Noté cómo se me encogía ligeramente el estómago.
—Ni caso.
La voz de Lucía llegó inmediatamente.
—Lo intento.
—No. Lo haces porque te estás viniendo abajo y te vas a terminar consumiendo.
Sus palabras me hicieron sonreír.
Porque Lucía siempre tenía aquella habilidad.
La de impedir que me hundiera demasiado.
Mientras tanto, los invitados continuaban llegando y la carpa comenzaba a llenarse por completo.
Fue entonces cuando Lucía me reveló lo que ocurriría.
—Por cierto, aún no sabes la mejor parte.
—¿Cuál?
—Mi padre va a anunciar una nueva línea de vinos.
—¿Esta noche?
—Sí.
—¿Y tiene algo que ver con Hugo?
Lucía sonrió.
—Todo. La idea ha sido de la pamplinosa de su madre.
Se acercó un poco más.
—La nueva colección se llamará Renacer.
—Bonito nombre.
—La idea es lanzar una gama prémium inspirada en las grandes bodegas internacionales. Mi padre llevaba años trabajándola en secreto y ha decidido presentarla aprovechando el regreso de Hugo.
—Tiene sentido. Mi madre siempre decía que Ignacio no da puntada sin hilo.
—Es cierto. Quiere que sea el símbolo de una nueva etapa.
Y por alguna razón pensé inmediatamente en Jaime.
En el enorme vacío que había dejado.
En su silla vacía aquella noche.
Porque, por muy impresionante que fuera la fiesta, por muy espectacular que resultara la presentación o por muy elegante que pareciera todo el mundo, había una ausencia imposible de ignorar.
Al menos para mí.
La música descendió poco a poco de volumen cuando Ignacio avanzó hacia la pequeña plataforma situada en el centro de la carpa.
Las conversaciones fueron apagándose hasta convertirse en un murmullo casi inexistente. Los invitados ocuparon sus lugares, los camareros dejaron de circular por unos instantes y todas las miradas comenzaron a dirigirse hacia el propietario de Montealto.
Yo permanecía cerca de una de las mesas del catering junto a Sonia, observando la escena desde cierta distancia.
Ignacio sonreía.
Se le veía feliz.
Orgulloso.
Aquella noche era importante para él.
Quizás más de lo que muchos imaginaban.
Y durante unos segundos conseguí olvidarme de todo lo demás.
De Jaime.
De Beatriz.
De las amenazas.
De las semanas horribles que acababa de vivir.
Solo durante unos segundos.
Porque entonces ocurrió.
Justo cuando Ignacio abrió la boca para comenzar a hablar, el sonido de un motor atravesó el silencio.
Todo el mundo giró la cabeza automáticamente.
La verja principal acababa de abrirse.
Un coche oscuro avanzó por el camino iluminado que conducía hasta la carpa y terminó deteniéndose a pocos metros de los invitados.
La extrañeza se extendió por el jardín.
Algunos comenzaron a murmurar.
Otros intercambiaron miradas.
Y yo sentí una sacudida extraña en el pecho.
Una sensación que no supe identificar hasta que la puerta del conductor se abrió.
Después ya no fui capaz de pensar.
Porque era Jaime.
Durante un segundo completo creí que estaba imaginándolo.
Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que me mareé.
Habían pasado demasiados días.
Demasiadas noches.
Demasiadas preguntas sin respuesta.
Y allí estaba.
Con un esmoquin blanco impecable.
Más guapo que nunca.
Más lejano que nunca.
Sin darme cuenta avancé varios pasos.
No fui consciente de ello hasta después.
Solo sé que me moví.
Porque necesitaba verlo mejor.
Porque necesitaba comprobar que era real.
Y no fui la única.
Beatriz prácticamente salió disparada hacia él.
La sonrisa que apareció en su rostro fue inmediata.
Desbordante.
Casi histérica.
Sin embargo, en su precipitación no calculó bien la distancia.
O quizás simplemente no me vio.
Porque chocó conmigo.
Todo ocurrió en una fracción de segundo.
Noté el golpe.
Perdí el equilibrio.
Ella también.
Y la siguiente imagen que recuerdo es a Beatriz en el suelo.
Con el vestido de alta costura manchado de tierra.
Delante de toda la élite de Jerez.
El silencio que se extendió por el jardín fue absoluto.
Sepulcral.
Nadie respiraba.
Nadie se movía.
Durante unos instantes nadie pareció comprender qué acababa de pasar.
Beatriz sí.
Porque se levantó casi inmediatamente.
Y cuando lo hizo, la expresión de su cara era la de una persona a punto de explotar.
—¡¿Pero tú eres idiota?!
El grito resonó por toda la carpa.
Varios invitados dieron un respingo.
Otros bajaron la vista.
Yo me quedé muda.
—¡¿No ves por dónde caminas?!
Lo suyo ya no era enfado.
Era humillación.
Rabia.
Y algo más.
Algo que llevaba demasiado tiempo acumulándose.
—¡Siempre igual!
Sus ojos brillaban.
Y por primera vez tuve la sensación de que estaba perdiendo completamente el control.
—¡Siempre estorbando! ¡Siempre en medio! ¡Siempre sin saber cuál es tu lugar!
Noté que me ardían las mejillas.
No porque me cogiera de sorpresa que me hablara así.
Sino porque había cientos de personas observándonos.
Porque estaba convirtiéndome en un espectáculo.
Porque me sentía pequeña.
Ridículamente pequeña.
Ignacio dio un paso hacia ella.
Pero no llegó.
Porque Hugo intervino primero.
Y lo hizo con una tranquilidad que resultó casi admirable.
—Mamá. Ya está bien, ¿no te parece? Ha sido un accidente. Aitana no se merece que le hables así. Es una persona leal a la familia desde su nacimiento. Se acabó.
Nada más.
Sin levantar la voz.
Sin dramatismo.
Sin tensión.
Simplemente unas palabras que yo no esperaba.
Beatriz se volvió hacia él.
—Hijo, no quiero discutir contigo. Pero tengo mis razones para…
—Pues guárdatelas para ti. Porque no vamos a montar un circo aquí.
Su objetivo era calmar a Beatriz.
Y, sorprendentemente, parecía estar funcionando.
Hugo le tomó el brazo.
—Ven.
—Hugo...
—Ven conmigo.
Hugo se la llevó.
Y entonces volví a mirar hacia Jaime.
Y vi algo que me destrozó.
La puerta del acompañante acababa de abrirse.
Y Patricia descendía del coche.
Elegante.
Perfecta.
Con una sonrisa suave.
Como si perteneciera exactamente a aquel lugar.
Como si llevara allí toda la vida.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
No físicamente.
Mucho peor.
Porque de repente todo encajó.
Los días desaparecido.
Las llamadas que nunca llegaron.
El silencio.
La distancia.
Todo.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí.
Quizás unos segundos.
Quizás más.
Solo recuerdo que me di la vuelta.
Y empecé a caminar.
Después a correr.
Y que terminé refugiándome en la cocina.
Porque era el único lugar donde quería estar.
El único lugar donde todavía me sentía segura.
Cuando Irene me encontró ya estaba llorando.
No pude evitarlo.
Ni siquiera lo intenté.
Ella no hizo preguntas.
No al principio.
Simplemente me abrazó.
Y me dejó llorar.
Como había hecho tantas veces cuando era pequeña.
Como había hecho mi madre antes que ella.
No sé cuánto tiempo pasó.
Quizás diez minutos.
Quizás quince.
Hasta que la puerta volvió a abrirse.
Y apareció Lucía.
La expresión de su rostro fue suficiente para que supiera que algo iba todavía peor.
Muchísimo peor.
—Aitana...
Su voz sonó rota.
Me limpié las lágrimas.
—¿Qué pasa?
Lucía permaneció sin saber qué decir unos segundos.
Como si buscara las palabras adecuadas.
Como si deseara no tener que pronunciarlas.
Y entonces comprendí que lo mío no era una sospecha.
Era una certeza.
—Mi padre me acaba de decir que hay más cosas que anunciar esta noche.
El miedo volvió a instalarse en mi pecho.
—¿Qué cosas?
Lucía bajó la mirada.
Y aquello me bastó.
Porque ya lo sabía.
Antes incluso de que hablara.
Antes incluso de escuchar las palabras.
Ya lo sabía.
Noté cómo se me cerraba la garganta.
—Lucía...
—Lo siento.
Su voz se quebró.
—De verdad que lo siento.
Durante unos segundos ninguna fue capaz de hablar.
Hasta que finalmente pronunció la frase.
La frase que terminó de romperme.
—Después de la presentación de la nueva línea de vinos... van a anunciar el compromiso de Jaime y Patricia.
La cocina quedó completamente en silencio.
Y por primera vez en muchos años sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.