Si vuelves a mirarme así Capítulo 11
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Capítulo 11

Los días posteriores a la marcha de Jaime se me hicieron larguísimos, así que cuando aquel mediodía escuché cierto revuelo en la finca, agradecí la distracción.

Llevaba demasiado tiempo encerrada en mi propia cabeza, demasiado tiempo preguntándome por qué no había llamado, por qué no había enviado ni un mensaje y por qué parecía haberse evaporado justo cuando más lo necesitaba.

Intentaba no pensar en ello, pero era imposible.

Cada vez que sonaba un teléfono cerca de mí levantaba la cabeza.

Cada vez que escuchaba un coche entrar en la propiedad sentía una pequeña sacudida de esperanza.

Y cada vez que comprobaba que no era él, la decepción resultaba un poco más difícil de ignorar.

Aquella mañana estaba ayudando a Sonia en una de las despensas cuando Rodolfo apareció anunciando que Hugo acababa de llegar a Montealto.

La noticia recorrió la casa como un incendio.

En apenas unos minutos parecía que todo el mundo tenía algo que hacer cerca de la entrada principal.

Y cuando digo todo el mundo, era literalmente todo el mundo.

Empleados, jardineros, personal de mantenimiento e incluso algunos trabajadores de las bodegas que casualmente se encontraban por allí.

No tardé en comprender que aquello no tenía nada de casual.

Beatriz llevaba días preparando el regreso de su hijo mayor.

Días.

Probablemente semanas.

Y estaba dispuesta a convertirlo en el acontecimiento social del año.

Cuando salí al patio principal junto a Sonia e Irene, me encontré con una escena digna de una película. Los jardines parecían recién estrenados, no había una sola hoja fuera de sitio y varias personas iban y venían con flores, bandejas o cualquier cosa susceptible de parecer importante.

—Madre mía —murmuré.

—Eso mismo he dicho yo —respondió Sonia.

Lucía apareció en ese momento a mi lado.

—Te juro que si coloca una alfombra roja no me sorprendería.

Su comentario consiguió arrancarme una sonrisa.

Una pequeña.

Pero sonrisa al fin y al cabo.

Nos quedamos observando el camino principal mientras el ruido de un motor comenzaba a acercarse desde la entrada de la finca.

El coche apareció unos segundos después.

Negro.

Elegante.

Impecable.

Y en cuanto se detuvo frente a la casa, el silencio se extendió entre todos los presentes.

La puerta se abrió.

Y entonces apareció Hugo.

La última imagen que conservaba de él era la de un chico atractivo y algo distante de veintitantos años cuando se marchó a Estados Unidos.

El hombre que acababa de bajar del coche no tenía absolutamente nada que ver con aquel recuerdo.

Era alto.

Más que Jaime.

Más que Ignacio.

Con los hombros anchos, el cabello oscuro no demasiado corto y unos ojos claros que destacaban incluso desde la distancia. Vestía con elegancia, pero sin aparentar esfuerzo alguno. No llevaba nada especialmente llamativo y, aun así, resultaba imposible apartar la vista de él.

Lucía soltó aire con lentitud.

—Vale.

—¿Qué?

—Retiro todas mis quejas sobre la espera.

La miré.

—Lucía.

—Estoy siendo objetiva.

—Tú tienes novio, recuérdalo. Y además es tu…

—Mi sangre no la lleva. Te lo recuerdo. Pero Jacobo me tiene obnubilada, también te lo digo. Parece haberme rociado con un spray anti resto de tíos buenos —murmuró con una sonrisilla—. Eso sí, ojos tengo. Y Hugo parece un modelo de portada de revista.

Mientras tanto, Hugo observó la finca durante unos segundos. No parecía emocionado. Tampoco incómodo. Más bien transmitía la sensación de alguien que regresaba a un lugar que conocía perfectamente, pero respecto al que ya no sabía exactamente qué sentir.

Entonces apareció Beatriz.

Y la diferencia entre ambos fue tan evidente que hasta resultó chocante.

Ella prácticamente corrió hacia él.

Con los brazos abiertos.

Con una sonrisa enorme.

Con una emoción tan ensayada que nos asqueó.

Lo abrazó inmediatamente.

Le acarició la cara.

Le habló sin darle tiempo a responder.

Y, sin embargo, la reacción de Hugo fue mucho más contenida.

Educada.

Pero claramente contenida.

Respondió levemente a su abrazo.

La saludó.

Sin embargo, había cierta distancia en cada gesto.

Una barrera invisible que no terminaba de desaparecer.

Y eso me llamó la atención inmediatamente.

Porque no parecía enfadado.

Pero tampoco parecía feliz de verla.

La siguiente persona que se acercó fue Ignacio.

Y entonces sí ocurrió algo diferente.

Algo auténtico.

El dueño de Montealto avanzó hacia él con una sonrisa enorme y lo estrechó contra su pecho con una fuerza que hizo sonreír incluso a varios empleados.

—Hijo.

Aquella palabra llegó perfectamente hasta donde estábamos.

Y por primera vez desde que había bajado del coche vi desaparecer parte de aquella contención.

Hugo le devolvió el abrazo.

De verdad.

Sin reservas.

Sin distancia.

Durante unos segundos dejó de parecer un hombre sofisticado y volvió a parecer simplemente alguien que echaba de menos a una persona importante.

—Me alegra verte.

La sonrisa de Ignacio se amplió todavía más.

—Y a mí tenerte en casa.

Lucía me dio un codazo.

—Ya tengo aquí más competencia.

La miré sin entender.

Ella señaló discretamente hacia Hugo.

—Míralo.

—No voy a seguirte el juego.

—Cobarde.

—Ridícula.

—Realista.

El intercambio de palabras terminó con las dos aguantando la risa como pudimos.

Mientras tanto, Hugo comenzó a saludar a distintas personas de la finca. Y eso fue probablemente lo que más me sorprendió.

Recordaba nombres.

Muchos nombres.

Preguntaba por familiares.

Por hijos.

Por problemas de salud.

Por gente que llevaba años trabajando allí.

No actuaba como alguien que se considerara superior al resto.

Todo lo contrario.

Parecía sinceramente interesado.

Rodolfo recibió un abrazo.

Irene dos besos y una pregunta sobre su rodilla.

Incluso varios jardineros terminaron sonriendo al comprobar que los recordaba.

Eso provocó que me cayera mejor en apenas cinco minutos.

A Lucía la cogió en volandas y le hizo varios comentarios sobre lo bonita y mayor que estaba.

En cuanto a mí, se acercó y me aseguró que lamentaba muchísimo la pérdida de mi madre, mientras me daba un sincero abrazo. No lo esperaba y las lágrimas de emoción afloraron a mi rostro. No pude contenerlas y le di unas sentidas gracias.

A Beatriz, que me tenía en el punto de mira, no le hizo ni pizca de gracia la escena y miró a su marido con la clara intención de volver a acaparar a su hijo.

Entonces Ignacio decidió intervenir.

—En unos días celebraremos una gran fiesta.

Los comentarios encantados no tardaron en aparecer.

Pero a Hugo no pareció entusiasmarle la idea. En absoluto.

—No hace falta, Ignacio.

—Claro que hace falta —insistió el patriarca.

—De verdad que no. Me sentiría mejor si mi vuelta a casa quedase en eso simplemente.

Beatriz apareció inmediatamente a su lado y le tomó del brazo antes incluso de que terminara de protestar.

—Todo Montealto está deseando celebrarlo. No creo que quieras hacerle ese feo. Te recuerdo que has vuelto a Andalucía, y que aquí se celebra todo, ¿o es que lo has olvidado?

La sonrisa de Hugo se volvió extraña.

Como si no estuviera ya acostumbrado a aquella clase de situaciones.

De todos modos, actuó como si hubiera renunciado a discutir ciertas cosas con su madre.

—Mamá...

—No se diga más. A Ignacio y a mí nos alegra el alma que estés aquí y queremos compartir esa alegría con nuestra gente, hijo. No veo qué puede haber de malo en ello.

Y, dicho aquello, comenzó a conducirlo hacia el interior de la casa prácticamente a rastras.

Ignacio los siguió riéndose.

Los empleados empezaron a dispersarse.

Y yo me quedé observando cómo desaparecían tras la puerta principal.

No sabía exactamente por qué.

Pero tuve la sensación de que la llegada de Hugo iba a poner patas arriba muchas más cosas de las que cualquiera de nosotros imaginaba.

Los días siguientes transcurrieron envueltos en una extraña mezcla de actividad y melancolía.

Montealto parecía haberse transformado de repente en una especie de hormiguero.

Todo el mundo corría de un lado para otro preparando la gran fiesta que Beatriz había decidido organizar para celebrar el regreso de Hugo.

Llegaban flores constantemente, los cocineros no hablaban de otra cosa que del menú y hasta los jardineros parecían trabajar el doble para que no hubiera una sola hoja fuera de sitio cuando aparecieran los invitados.

Yo intentaba mantenerme ocupada entre todo aquel movimiento porque, sinceramente, no sabía qué otra cosa hacer.

Cada vez que me quedaba quieta, pensaba en Jaime.

Y ese pensamiento empezaba a doler demasiado.

Al principio me había repetido una y otra vez que existiría alguna explicación. Un problema urgente. Cualquier cosa. Sin embargo, los días seguían pasando y el teléfono continuaba completamente en silencio.

Nada.

Y cuanto más lo pensaba, más difícil me resultaba entenderlo.

Precisamente por eso terminé agradeciendo que Hugo se convirtiera en una especie de entretenimiento involuntario para toda la finca.

La primera vez que apareció por la cocina fue tan inesperada que todos nos quedamos mirándolo como si hubiera entrado un extraterrestre.

Yo estaba ayudando a Irene a preparar varias bandejas cuando escuché una voz detrás de mí.

—Buenos días.

Al girarme, me encontré con Hugo apoyado en el marco de la puerta.

Sonriendo.

Con toda la naturalidad del mundo.

Durante unos segundos nadie reaccionó.

No porque fuera desagradable.

Todo lo contrario.

Era porque aquello no ocurría.

Los miembros de la familia no aparecían por la cocina a charlar.

Lucía sí.

Lucía llevaba haciéndolo toda la vida.

Pero nadie más.

Hugo, sin embargo, entró como si aquello fuera lo más normal del mundo. Saludó a todos de un modo afectuoso. No daba la impresión de estar haciendo un esfuerzo por resultar simpático.

Simplemente era así.

El Hugo que se marchó años atrás de Jerez era una persona más introvertida. Los años en Estados Unidos, lejos de la familia, parecían haberle venido bien, muy bien.

Cuando se marchó, unos minutos después, tras preguntar qué se almorzaría, Sonia fue la primera en romper el silencio.

—Qué tío más guay.

Y la verdad era que todos pensábamos lo mismo.

Lo sorprendente fue descubrir que aquello no era una excepción, pues siguió apareciendo por distintas partes de la finca.

A veces entraba en la cocina para tomar café.

En otras ocasiones se detenía a hablar con los jardineros o con los trabajadores de las bodegas.

Incluso vi a Rodolfo conversando con él durante casi media hora en el despacho de administración mientras revisaban unas facturas.

Poco a poco, todo el servicio empezó a comentarlo.

Esa tarde, mientras ayudaba a colocar centros florales para la fiesta, terminé comentándolo precisamente con Lucía.

Estábamos a solas en uno de los salones principales, rodeadas de cajas, cintas decorativas y flores por todas partes, cuando la conversación derivó inevitablemente hacia el recién llegado.

—Tu hermano está revolucionando al personal.

Lucía soltó una carcajada mientras colocaba unas hortensias dentro de un jarrón.

—¿Hugo?

—Sí, no va a ser “el desaparecido”.

—Te refieres a “el heredero en paradero desconocido”.

—No quiero hablar de él, me hace daño.

—Vale, vale. En fin, que Hugo es un encanto, sí. Me siento una hermana menor mimada, le doy un 11 sobre 10.

Seguimos trabajando unos segundos más antes de que volviera a hablar.

—Me he enterado por mi padre de que Beatriz llevaba bastante tiempo queriéndolo traer de vuelta.

—Eso me lo imagino. Tu madrastra es más tonta que una caída de espaldas y nadie se tragaba que la relación entre ellos estuviera intacta cuando lo cierto es que Hugo no volvía por aquí ni aunque se lo mandara el médico.

Lucía soltó otra risa.

—No, no te haces una idea de lo que ha insistido. Llamadas, correos, propuestas de trabajo, invitaciones, chantaje emocional... Esa arpía ha probado absolutamente todo.

—¿Y cómo lo ha conseguido finalmente? ¿Ha logrado ablandarlo?

Por primera vez, Lucía pareció pensarlo antes de responder.

—Nueva York.

Dejé unas flores sobre la mesa.

—¿Qué pasó exactamente?

—La empresa donde trabajaba.

Yo sabía que Hugo había hecho carrera en Estados Unidos y poco más.

—Pensaba que era director general.

—Lo era. CEO de una firma financiera enorme.

—Entonces no entiendo nada.

Lucía dejó el jarrón y se sentó sobre el borde de una mesa.

—Por lo visto, el fundador de la empresa llevaba años manipulando balances y ocultando pérdidas millonarias. Utilizaba sociedades pantalla, movía dinero entre fondos y maquillaba las cuentas para que pareciera que todo funcionaba perfectamente.

Me quedé mirándola.

—Hasta que la ha pifiado a lo grande.

Lucía asintió.

—Cuando las autoridades empezaron a investigar, todo explotó por los aires. La empresa terminó hundiéndose y hubo juicios por todas partes.

—¿Y Hugo?

—No tuvo nada que ver. De hecho, colaboró desde el principio con la investigación. Pero cuando una empresa así cae, cae para todos.

Lo que me contaba tenía bastante sentido.

—Y entonces Beatriz jugó sus cartas.

—Exacto. Llevaba años esperando una oportunidad. Cuando vio que Hugo estaba libre, sin un proyecto inmediato y algo cansado de todo aquello, decidió que era el momento perfecto para recuperarlo.

Me acerqué a una de las ventanas.

Desde allí podía verse parte de los jardines donde estaban montando la enorme carpa para la fiesta. Todo Montealto parecía girar alrededor de Hugo aquellos días.

Y, sin embargo, la persona en la que yo seguía pensando era otra.

Porque mientras llegaban flores y preparativos, Jaime continuaba desaparecido. Cada mañana me despertaba esperando encontrar alguna explicación. Cada noche me acostaba sin haber recibido ninguna.

Y por mucho que intentara convencerme de lo contrario, empezaba a tener la sensación de que aquel silencio estaba diciendo más cosas que cualquier conversación.