Capítulo 10
Aquella noche me costaría muchísimo dormirme.
Había regresado a Montealto convencida de que echaría de menos la casona y la compañía de Jaime, pero no esperaba sentir aquella especie de tristeza instalada en el pecho desde que había cruzado las puertas de la finca.
Todo seguía exactamente igual que cuando me marché. Los viñedos continuaban extendiéndose hasta el horizonte, el patio principal estaba tan impecable como siempre y las paredes de la casa conservaban el mismo aspecto señorial de toda la vida. Sin embargo, yo ya no me sentía exactamente igual.
Quizás porque Asturias había sido la primera vez, desde la muerte de mi madre, que me había permitido bajar la guardia por completo.
Quizás porque había pasado una semana entera sintiéndome libre.
O quizás porque había disfrutado de Jaime sin esconderme todo el rato.
Fuera cual fuera el motivo, me encontraba sentada sobre la cama, terminando de ordenar algunas cosas de la maleta, con la sensación de que la realidad acababa de alcanzarme otra vez.
Por eso, cuando escuché abrirse la puerta de golpe, ni siquiera levanté la cabeza al principio.
—Lucía, te juro que algún día voy a poner una cerradura porque me vas a matar de un infarto.
La frase se quedó suspendida en el aire.
Porque la persona que acababa de entrar no era Lucía.
Era Beatriz.
Y bastó una sola mirada para comprender que algo iba terriblemente mal.
Nunca la había visto así. Ni siquiera en los peores momentos.
Beatriz siempre había sido una mujer de apariencia impecable, elegante hasta cuando estaba enfadada.
Incluso sus desprecios solían venir envueltos en una sonrisa educada a la par que afilada o en comentarios cuidadosamente calculados.
Aquella noche no había nada de eso. Toda la sofisticación habitual había desaparecido. Solo quedaba la rabia.
Una rabia inmensa.
Sus ojos estaban clavados en mí con una intensidad que me puso el estómago del revés. Los labios permanecían tensos y cada músculo de su cuerpo parecía estar haciendo un esfuerzo enorme por contener una explosión que amenazaba con producirse en cualquier momento.
Durante varios segundos ninguna habló.
Yo seguía junto a la cama.
Ella permanecía de pie junto a la puerta.
Y el silencio empezó a volverse insoportable.
—Señora Beatriz...
—No te hagas la tonta. Es que no se te ocurra hacértelo porque no respondo, ¿me oyes? ¿Me oyes o no me oyes, estúpida?
Aquellas palabras bastaron para que sintiera un escalofrío recorriéndome la espalda. Ella nunca me había insultado directamente.
Además, su voz sonó tan fría que casi parecía ajena a ella.
Beatriz cerró la puerta con lentitud y avanzó unos pasos hacia el interior de la habitación. No levantó la voz. No gritó. Y precisamente por eso resultó mucho más aterradora.
—Sabes perfectamente por qué estoy aquí, niñata.
Sentí cómo el corazón comenzaba a latirme cada vez más deprisa.
Porque lo comprendí al instante.
Porque ya no había forma de fingir.
Porque la expresión de triunfo que apareció brevemente en sus ojos confirmó lo que ya sospechaba.
Lo sabía.
De algún modo lo sabía.
—Llevo meses observando cosas que no quería ni creerme —continuó—. Miradas. Excusas. Ausencias. Comportamientos que empezaban a repetirse demasiado. Y después llegó la excusa de mi hijo, todo por llevarte por delante.
Me costaba respirar.
No por la acusación.
Sino porque comprendí que estaba completamente sola frente al peligro.
—¿De verdad pensabas que no iba a darme cuenta? ¿De verdad me tomas por una ingenua? ¿Crees que no tengo ojos en la cara?
No respondí.
No encontraba ninguna respuesta que pudiera mejorar la situación.
Beatriz soltó una breve risa sin humor.
—Qué desgraciada.
Se cruzó de brazos y me observó de arriba abajo con un desprecio tan evidente que me hizo daño.
—No sé qué clase de fantasía te has construido en la cabeza, pero voy a dejarte una cosa muy clara. Eres una empleada de esta casa. Una doña nadie, exactamente.
La frase cayó como una piedra.
—Y Jaime es mi hijo.
Aquellas palabras no eran nuevas. Llevaba años escuchando versiones más suaves del mismo mensaje.
Siempre había existido una línea invisible entre nosotros y ellos.
Una línea que Ignacio ignoraba muchas veces y que Lucía directamente despreciaba, pero que Beatriz se encargaba de recordar constantemente.
Aquella noche la estaba dibujando con fuego.
—Jamás consentiré algo así. Ya lo hice una vez y es que no puedo ni creerme que la historia se repita. Y justo ahora, ahora que mi hijo mayor vuelve, probablemente porque es consciente de que lo único que hice al apartarlo de esa harapienta fue velar por su futura.
—Belén no era eso que usted dice. Ella estuvo aquí alguna vez, la conocí. Era una chica común y corriente —me atreví a decirle porque la comparación dolía en partes de mí que no sabía ni que existieran.
—Una andrajosa, eso es lo que era. Y no paré hasta dispararla con una catapulta, bien lejos de Montealto. Atrévete a sacar los pies del tiesto, y correrás la misma suerte. No volverás a pisar esta finca.
—No puede decidir eso.
Aquello fue un error.
Lo supe inmediatamente.
Los ojos de Beatriz se estrecharon.
—Ten muchísimo cuidado con lo que dices.
La amenaza llegó envuelta en una calma que daba miedo.
—Muchísimo cuidado.
Después se acercó un poco más.
No demasiado.
Lo justo para que comprendiera que hablaba completamente en serio.
—Voy a darte una única oportunidad para terminar esto. Lo dejas. Inmediatamente.
Mi garganta se cerró.
Porque en aquel momento comprendí que no estaba intentando asustarme.
No.
Estaba advirtiéndome.
Y aquello resultaba mucho peor.
—Si no lo haces —continuó—, te aseguro que lamentarás haber tomado esta decisión.
Sus ojos no abandonaron los míos ni un segundo.
—Puedo echarte de esta casa.
Noté cómo se me encogía el estómago.
—Puedo asegurarme de que no vuelvas a trabajar para nadie relacionado con nosotros.
Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos.
—Y puedo hacerte la vida tan difícil que terminarás deseando no haber conocido nunca a mi hijo.
Aquello fue lo que más me dolió.
No las amenazas.
No el desprecio.
Aquello.
Porque comprendí hasta qué punto estaba dispuesta a llegar.
Nos observamos unos segundos interminables.
Y entonces ocurrió algo todavía peor.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Satisfecha.
Cruel.
Como si estuviera convencida de haber ganado.
—Aléjate de Jaime o en esta casa nos olvidaremos de que, si sigues aquí, es porque has vivido siempre bajo este techo.
La lástima es que seas tan ingrata de darnos este disgusto, sintiéndote digna de alguien como mi hijo.
Y da gracias a Dios de que no te eche esta misma noche a patadas, que es lo que tengo ganas de hacer.
Después se dio la vuelta y abandonó la habitación.
El portazo resonó por toda la planta.
Y yo me quedé inmóvil.
Sentada sobre la cama.
Temblando.
Después, apenas dormí.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar sus palabras. Volvía a sentir aquel miedo que me había acompañado desde que salió de la habitación. Porque Beatriz no era una mujer que lanzara amenazas vacías. Si decía algo, lo hacía convencida de poder cumplirlo.
Y eso era precisamente lo que me aterraba.
A la mañana siguiente bajé a la cocina con una sensación horrible instalada en el pecho. Irene estaba preparando café cuando entré. Bastó una sola mirada para que dejara inmediatamente lo que estaba haciendo. Me conocía mejor que yo misma y entre nosotras no había secretos.
Y supo que algo iba mal antes incluso de que abriera la boca.
Un poco después, Sonia también estaba sentada con nosotras mientras yo terminaba de contar lo ocurrido.
La indignación fue creciendo poco a poco en sus rostros.
Sonia no dejaba de negar con la cabeza. Irene permanecía más callada, pero la dureza de su mirada decía mucho más que cualquier comentario.
—Esa mujer ha perdido completamente el juicio —murmuró Sonia.
—Juicio no ha tenido nunca —respondió Irene.
Yo jugueteaba con la taza entre las manos.
—¿Y si lo hace?
Las dos me miraron.
—¿El qué?
—¿Y si me echa?
Aquella era la verdadera pregunta.
La que llevaba toda la noche atormentándome.
Irene se levantó de su silla y se sentó junto a mí. Después me tomó una mano exactamente igual que hacía mi madre cuando algo me preocupaba.
—Escúchame bien.
Su voz era firme.
Tranquila.
Protectora.
—No va a pasarte nada.
—Pero...
—Nada.
Negó con la cabeza.
—Tu madre trabajó aquí toda su vida. Y te prometo que no te pasará nada.
Fue entonces cuando apareció Lucía.
Entró en la cocina como un vendaval y bastó una sola mirada para que comprendiera que algo ocurría. Cuando terminó de escuchar la historia, el color desapareció de su rostro.
—La mato.
—Lucía...
—Lo digo completamente en serio.
Irene suspiró.
—A tu madrastra no le gusta verte aquí sentada con nosotras.
—Pues que se fastidie.
—Lucía.
—No pienso moverme. Que venga a liármela a mí también, a ver si tiene valor.
Y cumplió su palabra.
Se sentó a mi lado.
Me rodeó los hombros con un brazo.
Y apoyó la cabeza contra la mía.
—No estás sola, Aitana. No pienso permitir que te suceda nada malo. No estás sola.
Aquellas tres palabras consiguieron emocionarme más que cualquier otra cosa.
Porque sentí que quizás Beatriz no tenía tanto poder como ella creía.
Porque seguía teniendo una familia dentro de aquellas paredes.
Aunque no compartiéramos apellido.
Los dos días siguientes los viví como una pesadilla.
No ocurrió nada especialmente grave. Nadie volvió a amenazarme. Beatriz ni siquiera se cruzó conmigo más de un par de veces y, cuando lo hizo, mantuvo aquella sonrisa impecable que utilizaba delante del resto del mundo. Sin embargo, precisamente por eso todo resultó todavía peor.
Porque Jaime desapareció.
Simplemente desapareció.
La mañana siguiente a nuestro regreso se marchó de viaje por asuntos relacionados con las bodegas. Eso fue lo que escuché comentar a Rodolfo durante el desayuno. Nadie me dio más explicaciones. Nadie me dijo cuánto tiempo estaría fuera. Y, lo que más me dolió, él tampoco.
Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Ni una explicación.
Nada.
Al principio intenté convencerme de que existiría algún motivo razonable. Quizás había surgido un problema urgente. Quizás todo había ocurrido demasiado deprisa. Quizás estaba intentando solucionar algo antes de hablar conmigo.
Pero las horas fueron pasando.
Después un día entero.
Después otro.
Y el silencio seguía allí.
Pesando cada vez más.
Aquella tarde me encontraba sentada junto a Lucía en uno de los bancos del jardín trasero.
La primavera jerezana era calurosa y el sol calentaba bastante, aunque yo apenas le prestaba atención.
Tenía una taza de café entre las manos y llevaba más de diez minutos mirando el mismo punto sin verlo realmente.
—Sigues esperando que aparezca.
La voz de Lucía me sacó de mis pensamientos.
Suspiré.
Se acomodó mejor en el banco y me observó durante unos segundos.
—Aitana, han pasado dos días.
—Sé contar, cariño.
—Y ni siquiera te ha llamado ni escrito. Nada.
Aquellas palabras me escocieron.
Porque eran verdad.
Una verdad imposible de discutir.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de buscarle excusas.
Bajé la vista hacia el café.
—No le estoy buscando excusas.
—Sí lo haces.
Quizás tenía razón.
Porque una parte de mí seguía intentando justificarlo.
Intentando entender por qué no contactaba conmigo.
Era lo que más me estaba rompiendo por dentro.
—A lo mejor simplemente no quiere enfrentarse a ella —murmuré.
Lucía soltó aire despacio.
—Y si es así tampoco te merece.
La miré.
—No digas eso.
—Lo digo completamente en serio.
Su tono era suave, pero firme.
—Aitana, si de verdad te quiere, debería estar aquí.
No respondí.
Porque una parte de mí pensaba exactamente lo mismo.
Y otra se negaba a aceptarlo.
Lucía apoyó una mano sobre la mía.
—Quizás deberías olvidarte de Jaime.
Su idea me hizo levantar la cabeza de golpe.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—No. No lo sabes.
Noté cómo la emoción empezaba a cerrarme la garganta.
—Tú no entiendes esto.
—Claro que lo entiendo.
—No, Lucía.
Negué con la cabeza.
—No lo entiendes.
Durante unos segundos ninguna habló.
Y cuando volví a hacerlo, mi propia voz sonó mucho más vulnerable de lo que me habría gustado.
—¿Tú ves cómo quieres a Jacobo?
Lucía se quedó inmóvil.
—Pues yo le quiero igual a él.
Me miró compasiva.
—No es un capricho.
No era una frase para convencerla.
Era la verdad.
—No es una aventura ni una tontería pasajera. Yo también tengo recuerdos, Lucía. Yo también he construido cosas con Jaime. Yo también tengo momentos que significan algo.
Noté cómo los ojos comenzaban a escocerme.
—Tengo Asturias. Tengo todas las conversaciones. Tengo todos los días que hemos pasado juntos. Tengo las veces que me ha hecho reír cuando pensaba que no podía más. Tengo los planes. Los secretos. Los recuerdos.
Tragué saliva.
—Y ahora me pides que lo olvide como si fuera tan fácil.
La expresión de Lucía se suavizó inmediatamente.
Porque comprendió que ya no estaba hablando de Jaime.
Estaba hablando del dolor.
Del miedo.
De la sensación de haber sido abandonada.
—Aitana...
—Y encima, si lo dejo, será exactamente lo que quiere Beatriz.
Aquello salió cargado de rabia.
—Será darle la razón.
—No.
Lucía negó despacio.
—No sería darle la razón.
—Claro que sí.
—No.
Su voz se volvió más firme.
—Sería protegerte.
Aparté la mirada.
Porque no quería escuchar aquello.
Porque no quería plantearme siquiera la posibilidad.
—Y además —continuó—, sinceramente creo que mereces algo mejor que un hombre que desaparece por las buenas en el peor momento y te abandona a tu suerte.
Aquella idea me atravesó.
Porque era injusta.
Porque era dolorosamente lógica.
Y porque no encontré ninguna respuesta capaz de rebatirla.