Capítulo 9
Volver a Montealto fue como subirme a un potro de tortura imaginario.
No me gustaba sentirme así, pero es lo que tiene haber rozado la libertad con la punta de los dedos y estar a punto de perderla de nuevo, aunque esa libertad hubiera tenido mucho más de ficticia que de real.
Durante el viaje de regreso había intentado convencerme de que no pasaba nada.
Al fin y al cabo, seguía siendo mi casa.
Había crecido allí. Conocía cada rincón del cortijo, cada sendero entre los viñedos, cada patio, cada puerta y cada escalón.
Sin embargo, a medida que nos acercábamos a Jerez, empecé a tener la sensación de que regresaba de un lugar que me había cambiado más, de un modo irreparable.
Asturias me había hecho bien.
Muchísimo bien.
Por primera vez en años no experimenté ese sentido de la pertenencia a un lugar ni tampoco el peso del deber.
Y, sobre todo, había tenido a Jaime para mí sola.
Aunque último seguía pareciéndome un milagro.
Cuando las puertas de Montealto aparecieron finalmente ante nosotros, sentí una mezcla extraña de tristeza y nostalgia.
—¿En qué piensas? —me preguntó Jaime mientras avanzábamos por el camino principal.
Observé los viñedos extendiéndose a ambos lados.
Después la casa.
Después el patio.
—En que voy a echar de menos Asturias.
—Yo también.
—Y en que seguramente tu madre estará escondida detrás de alguna cortina esperando nuestro regreso, en plan La vieja del visillo, ya sabes.
—Mi madre no es vieja…
—A ver, de chasis está perfecta, pero es que con tanto retoque… Se va a quedar como un colador de tanto pinchazo, eso es lo que dice Irene. Joder, qué bocazas, se me ha escapado… Pero que yo pienso lo mismo, ¿eh? Así que puedes poner el comentario en mi boca.
—En tu boca lo único que pienso poner es esto —murmuró antes de darme un besazo de tuerca que me humedeció a tope.
Su beso me hizo temblar.
—Tienes una obsesión preocupante con mi madre, eso sí tengo que decírtelo.
—Tengo instinto de supervivencia, guapo. Que no todos hemos nacido con una flor en el culo como tú.
—Tu culo es precioso, no le hace falta ninguna flor.
—Y hablando de obsesiones, ¿tú no estás un poquito obsesionado también con él?
No me dio tiempo a añadir nada más.
La puerta principal se abrió de golpe y, al llegar a la altura de la casa, me bajé del coche a la estampida, como si temiera que Beatriz pudiera intuir más de la cuenta si nos veía juntos.
Entonces una figura rubia salió prácticamente disparada hacia mí.
—¡Aitana!
Su voz me alegró el alma.
—¡Lucía!
Mi querida niña me abrazó con tanta fuerza que casi me hizo perder el equilibrio.
No nos veíamos desde hacía apenas una semana.
Pero cualquiera habría pensado que llevaba años desaparecida.
—Madre mía, qué ganas tenía de verte.
—Lo dice la que se va de vacaciones cada dos por tres. Para una vez que me voy yo…
—Tampoco me voy tanto.
—Qué va, solo tienes una agenda como la de una ministra, niña. Entonces, ¿me has echado de menos?
—No sabes cuánto… Estoy loca por contarte todo lo que se cuece por aquí.
Cuando por fin me soltó, dio un paso atrás y me observó de arriba abajo.
Aquello nunca era buena señal.
Nunca.
—¿Qué?
Lucía entrecerró los ojos.
—No sé.
—¿Qué no sabes?
—Hay algo raro.
—Lucía...
—No, espera.
Se llevó una mano a la barbilla como si estuviera resolviendo un caso policial especialmente complejo.
—Vienes cambiada.
—¿Qué tontería es esa?
—Lo digo muy en serio, pareces otra.
—Sí, sí, he ido a un programa de esos de la tele en los que te hacen un cambio que no te conoce ni la madre que te parió. Y aquí está el resultado —bromeé mientras daba una vuelta sobre mí misma.
—Aitana, pareces feliz.
—Sí, sí, eso también lo han hecho ellos. Cambio radical de chapa y pintura, por dentro y por fuera.
—Eres más tonta…
Volvió a observarme.
—Estoy convencida de que por el camino alguien ha secuestrado a Jaime y tú te has largado con otro distinto, porque el artífice de esto no puede ser él.
—Calla, que te va a escuchar.
—Pues que me escuche, ¿crees que le temo o algo?
—Tú no temes a nadie, fierecilla. Eso me consta, pero no quiero ser objeto de polémica.
La sensación de volver a ver a Lucía consiguió aliviar de golpe gran parte de la tristeza que arrastraba desde la noche anterior. Era imposible estar mucho tiempo deprimida cerca de ella.
Demasiado imposible.
Jaime desapareció con la excusa de que Ignacio quería verlo para hablar de varios asuntos relacionados con las bodegas. Yo aproveché para ir a mi habitación, dejar la maleta y cambiarme de ropa.
Apenas había terminado cuando escuché unos golpes en la puerta.
Mentira.
Lucía nunca llamaba.
Entró a continuación. Solo lo hizo por despistar, sin esperar mi contestación.
—Tenemos que hablar.
—Que estás equivocada, que he estado todo el tiempo con Jaime, niña… Tiene sus cosas buenas, aunque tú no lo sepas.
—Como la canción que me gusta… Y la versión de Clara Lago, es que la clava.
—Hablando de clavar, no veas qué noches hemos…
—¿Me vas a hablar de tus polvos con Jaime? Es que te mato…
—Vale, vale. Siéntate.
Se dejó caer sobre la cama exactamente igual que había hecho cientos de veces a lo largo de los años.
Yo ocupé el sillón que había junto a la ventana.
Y entonces sonrió.
Aquella sonrisa.
La de "tengo información".
—¿Qué has roto?
—Nada.
—Entonces es grave.
—Es mejor que grave.
Me crucé de brazos.
—Habla.
—Tengo dos bombazos.
—Empieza por el primero. Y dime que Beatriz no me está esperando en algún rincón con una escopeta de caza.
—Si lo hiciera, ya te adelanto que nos dispararía a las dos. Yo no me iría de rositas…
—No, no le conviene. Eres la hija de su marido, la única Alcázar de pura cepa que hay en estas tierras, por mucho que le joda que sus hijos no lo sean.
Lucía intentó mantener una expresión seria.
Duró exactamente tres segundos.
—Vale, vale. Eso es verdad, pero lo que voy a contarte no tiene nada que ver con la bruja esa. Estoy saliendo con Jacobo.
La noticia me sonó a música celestial.
—¡¡Ole!! —chillé mientras me levantaba de un salto y me ponía a taconear.
Su boca se abrió.
—Mírala, si parece la flamenca del WhatsApp.
—Si es que llevo años sabiéndolo, ¿cuántas veces te lo he dicho?
—Millones.
—Y me he quedado corta. Por favor, todas queremos que nos miren como Jacobo te mira a ti. Ese niño te quiere desde antes de ser una erección de su padre.
—Estás loquísima, te lo juro.
—Y él más loco todavía por ti. Vas a ser la chica más feliz del globo. Sabía de sobra que eso no se quedaba en una amistad, cuánto amor se habría perdido el mundo de ser así.
—Los amigos también se quieren.
—Sí, pero no babean como él babea contigo, preciosa.
Aquello consiguió que ambas termináramos riéndonos.
Porque era verdad.
Absolutamente verdad.
Jacobo llevaba enamorado de Lucía desde tiempos inmemoriales.
Y Lucía llevaba fingiendo no darse cuenta prácticamente el mismo tiempo.
Se dejó caer dramáticamente sobre las almohadas.
—Bueno, pues ya está.
—¿Ya está? No, no…
—Sí.
—¿Y cómo ha pasado? A mí no me dejes así. Quiero hasta el último detalle.
Sus ojos se entornaron y su expresión se transformó.
Más suave.
Más sincera.
—Pues resulta que el señorito decidió que esperar otros diez años quizás era excesivo.
—Ha tenido una idea brillante. De otro modo, igual se te hubiera declarado ya en la residencia de ancianos.
—Deja, deja…
—Pues que ha hecho muy bien de abalanzarse sobre ti, tonta del culo…
—Tampoco se me abalanzó, que no es un animal.
—No es tan malo que se te abalancen —murmuré pícara.
—No me digas que Jaime es una fiera en la intimidad porque aparecerán imágenes en mi mente que ni mil sesiones de psicólogo podrán borrar.
—Esos son problemas de ricos, los pobres tenemos que resetear la mente a pelo, sin divanes de por medio.
—No digas eso, que tú no eres pobre.
—Qué va, echa un vistazo a mi cuenta corriente y lo debatimos. Pero eso no importa. A ver. Cuéntamelo bien.
Y me lo contó.
Con detalles.
Con todos los detalles.
Resultó que Jacobo llevaba semanas insistiendo en que hablaran seriamente y ella había seguido evitando la conversación porque, según sus propias palabras, era una cobarde emocional. Y por eso ni siquiera me lo contó, porque sabía que la hubiera empujado a la fuerza.
La conversación había terminado exactamente como cualquiera con dos ojos funcionales podía prever.
Con un beso.
Y con ambos admitiendo algo que llevaban años sabiendo.
Que estaban enamorados.
—Por cierto —añadió de repente—. Creo que no te he contado la mejor parte.
—¿Hay mejor parte?
—Mucho mejor.
—A ver.
Lucía adoptó una expresión solemne.
Ridículamente solemne.
—Mi chico se llama Jacobo de Alcunia y Valcárcel.
Parpadeé.
—Eso suena fatal, pero ya lo sabía. Llevo aprendiendo apellidos así desde que nací. Sois una raza aparte, muy rarita.
—No lo estás entendiendo.
—Oye, bonita, que no he hecho carrera, pero que tan tonta no soy. Son apellidos de pijo, como todos los vuestros.
—Y en su caso, también de marqués. Los suyos son apellidos de la nobleza. Resulta que un tío suyo, que no tiene hijos, le va a legar el título a su fallecimiento.
Sin decir palabra, me levanté e hice una reverencia exagerada.
Y bajé la cabeza.
—Mil disculpas, señora marquesa.
Lucía soltó una carcajada tan fuerte que terminó doblándose sobre la cama.
—Idiota.
—Vuestra excelencia.
—Voy a tirarte algo.
—Yo solo intento adaptarme al protocolo, señorita Escarlata.
—Oye, que esto no es Lo que el viento se llevó.
—Pues con tanta pamplina, va camino de serlo.
Cuando por fin conseguimos calmarnos, Lucía se acomodó mejor sobre la cama.
Y entonces su expresión cambió.
Solo un poco.
Lo suficiente para que yo lo notara.
—¿Y el segundo bombazo?
La sonrisa desapareció lentamente.
—Ah, eso. Es verdad. Te vas a quedar fría.
Su reacción consiguió llamar mi atención de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Beatriz dejará de ponerse Botox?
Lucía se incorporó.
—No, no es eso. Hugo vuelve.
Tardé varios segundos en procesarlo.
Porque aquel nombre no aparecía nunca en Montealto.
Porque llevaba años viviendo en Estados Unidos.
Porque casi se había convertido en una especie de fantasma familiar.
Siempre mencionado.
Nunca presente.
—¿Hugo? ¿El hijo mayor de Beatriz?
Ella asintió.
—Sí.
—¿El hermano de Jaime?
—El mismo. ¿Quién va a ser, si no? ¿Necesitas un croquis?
—Pensé que no le veríamos más el pelo, después del rifirrafe que tuvo con su madre.
—Sí, pensaba lo mismo. Pero se ve que todo pasa, yo qué sé. Igual ha decidido darle una segunda oportunidad.
—O darle en toda la cara con algo, qué sé yo.
—Hugo no es así.
—Pero Beatriz le hizo mucho daño con lo de Belén.
—Igual ya se le ha pasado. Belén se casó, ¿te dije que me la encontré en un catering? Ella estaba poniendo copas y me lo dijo.
—Ya, es lo que tenemos los pobres. Copas por poner a los ricos.
Belén había sido el primer amor de juventud de Hugo.
La conoció en un local de comida basura en el que la chica, con todo el desparpajo del mundo, se hizo con su corazón mientras le servía un helado con todos los toppings que Hugo pudo pedir para alargar el tiempo a su lado.
Se enamoraron, comenzaron a salir, Beatriz se enteró, montó en cólera, les hizo la vida imposible y Hugo terminó cursando un máster en Estados Unidos para que la sociedad de Jerez no se enterara de que su madre y él no se dirigían la palabra.
Por su parte, Belén se cansó de que Beatriz la tratara como una colilla y le echó en cara a Hugo que no hubiera luchado lo suficiente por ella.
Y cuando él cogió ese avión, la relación se rompió para siempre.
Hugo era muy joven entonces y, probablemente, ella tenía algo de razón en que no luchó del todo para salvar lo suyo.
En fin, que el corazón de ambos quedó hecho añicos y Beatriz tan satisfecha, aunque eso supusiera tener a su hijo mayor a miles de kilómetros y sin querer saber de ella. Antes muerta que sencilla.
Con semejante panorama, entenderéis que la historia se había repetido conmigo y con Jaime. Y que, visto lo visto, no me cabía ninguna duda de que, si Beatriz se enteraba de lo nuestro, trataría de estrangularme con sus propias manos. ¿Cuál podría ser la solución? Misterio absoluto.
La habitación quedó en silencio unos instantes.
No incómodo.
Solo sorprendido.
—¿Y cuándo llega?
Lucía soltó aire despacio.
—En unos días, como te lo cuento.
La miré.
Ella me miró.
Y algo me dijo que aquella noticia iba a traer bastantes más problemas de los que ninguna de las dos imaginaba todavía.
Muchísimos más.