Capítulo 8
Regresamos a la finca cuando el sol ya se había escondido detrás de las montañas.
Todavía llevaba una sonrisa pegada a la cara.
No conseguía quitármela.
Ni siquiera quería intentarlo.
Aquel vuelo en globo había sido una de las experiencias más excitantes de mi vida y, aunque Jaime intentaba fingir normalidad, sabía perfectamente que estaba encantado consigo mismo por haber acertado de pleno.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si acabaras de descubrir que soy la bomba. Al fin y al cabo, eso ya lo sabías…
—Eso está todavía en estudio.
—Mentira. Eres un mentiroso.
—Pero soy tu mentiroso preferido, di que no.
—No tengo otro, no quieras llevarte el mérito, que estás tú muy engreído.
Él soltó una risilla mientras aparcaba junto a la casona.
Lo que no sabía era que yo llevaba toda la tarde tramando algo.
Nada tan espectacular como un globo aerostático.
Era imposible competir con eso.
Pero sí algo que pudiera convertir aquella última noche en Asturias en un recuerdo especial.
Uno de esos que se quedan contigo para los restos.
Por suerte, Jaime tuvo que revisar unos correos y hacer unas llamadas relacionadas con las bodegas. Aproveché aquella hora para ponerme manos a la obra.
El porche de la casona era un sueño.
Y perfecto para lo que tenía en mente.
Lo primero que hice fue buscar velas.
Después flores.
Después una de las mantas bonitas del sofá.
Y cuando terminé de transformar la parte cubierta en una especie de restaurante improvisado para dos personas, di un paso atrás y contemplé el resultado.
No estaba nada mal.
Nada mal.
Luego llegó la parte complicada.
La cena.
Recordaba perfectamente cuál era el plato favorito de Jaime porque se lo había visto comer muchas veces en Montealto.
Solomillo a la pimienta.
Muy él.
Con patatas caseras.
Y una buena botella de Montealto para acompañar.
Cuando escuché sus pasos acercándose, estaba colocando los últimos detalles.
—Aitana...
Me giré.
La expresión de sorpresa en su cara compensó todo el esfuerzo.
—¿Qué es esto?
—Tu cena.
—¿Mi cena? Y yo que creí que lo mejor sería el postre…
—Y lo es —le aseguré guiñándole el ojo—. Pero antes tendrás que recuperar fuerzas.
—Sí, porque te garantizo que el desgaste será brutal.
—Brutal… Un poco bruto sí que eres cuando estás en la cama, para qué nos vamos a engañar.
—Nunca se me han quejado, la verdad.
—Ya, y eso que habrán sido muchas las que hayan desfilado por ella.
—Me parece que le haces demasiado caso a Lucía.
—Lucía me quiere bien… Y tú… tú ni siquiera sé si me quieres.
—O sea, que esta es la típica encerrona para forzarme a que diga las palabras mágicas.
—¿Las palabras mágicas? Te recuerdo que la única bruja que conozco es tu madre…
—Ya tardaba en salir de nuevo el chiste.
Durante los siguientes minutos nos sentamos a cenar mientras la noche se instalaba sobre las montañas.
Las velas iluminaban suavemente el porche.
El río seguía sonando a lo lejos.
Y el aire era agradable.
Mucho más templado que otros días.
—Tengo una pregunta.
Levanté la vista.
—Dispara.
—¿Cuándo has preparado todo esto?
—Mientras tú trabajabas.
—¿Y no se suponía que estabas descansando?
—Esto es descansar.
—Has estado partiéndote el lomo.
—Es a lo que estoy acostumbrada, ¿o te recuerdo de qué trabajo en Montealto?
—Buen argumento.
La cena transcurrió entre bromas constantes.
Como prácticamente toda la semana.
Hablamos de Nora.
De Lucía.
De Ignacio.
De los caballos.
Del globo.
Y también de aquella teoría mía según la cual Beatriz llevaba años administrando algún tipo de sustancia extraña a su marido.
—Sigo convencida.
—No existe ninguna poción.
—No puedes demostrarlo.
—Aitana.
—Es una explicación mucho más razonable que el amor, porque Ignacio no puede estar enamorado de tu señora madre.
Jaime casi se atragantó de la risa.
—Qué mala eres.
—Realista.
Terminamos riéndonos a mandíbula batiente.
Otra vez.
Como llevábamos haciendo durante días.
Y quizás fue entonces cuando me di cuenta de que aquella era la parte que más iba a echar de menos.
Las montañas eran preciosas.
La finca era increíble.
El paisaje parecía sacado de una película.
Pero lo mejor de aquella semana había sido lo fácil que resultaba todo cuando estábamos solos.
Sin secretos.
Sin prisas.
Sin interrupciones.
Sin el peso constante de Montealto sobre nuestras cabezas.
Más tarde recogimos juntos.
Después entramos en la casa.
Y acabamos en el enorme cuarto de baño de la planta superior.
Aquello terminó exactamente como era de esperar.
Empapándome.
Porque Jaime tenía la madurez emocional de un niño de diez años cuando había agua de por medio.
—¡Jaime!
—Ha sido un accidente.
—Te voy a asesinar.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque estás loca por mí.
Aquello me hizo reír tanto que tuve que apoyarme en el lavabo.
—No es un argumento jurídico válido y además no tienes la certeza de que sea así.
—Como si no me lo revelaran tus ojos.
—¿Y no te revelan también que ahora mismo estoy a punto de asesinarte?
—Más bien me revelan que te mueres porque vuelva a hacerte mía.
—¿No ha sonado un poquito posesivo? No soy de nadie, que lo sepas.
—Tomo nota, pero te gusta sentirte mía.
—¡Que te calles ya, bocachancla!
La ducha acabó convirtiéndose en el escenario de una guerra que ninguno de los dos ganó y en el que hicimos el amor como fieras.
Y precisamente por eso fue perfecta.
Cuando por fin nos metimos en la cama ya era bastante tarde.
La habitación permanecía a oscuras salvo por la luz tenue que entraba desde el exterior.
Me acomodé junto a él.
Escuchando el río.
Escuchando el silencio.
Escuchando aquella paz que tanto me había costado encontrar.
Durante varios minutos ninguno habló.
Y descubrí que no quería dormir.
No porque no tuviera sueño.
Sino porque sabía lo que ocurriría después.
La mañana.
Las maletas.
La despedida.
La vuelta.
—¿En qué piensas?
La pregunta llegó en voz baja.
Sonreí.
Porque sabía que terminaría notándolo.
Siempre lo hacía.
—No quiero dormirme.
—¿Por qué?
Me quedé observando el techo unos segundos.
Después giré la cabeza hacia él.
—Porque cuando me despierte, el hechizo se habrá terminado.
Mi frase sonó más triste de lo que pretendía.
Mucho más.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Noté cómo sus dedos buscaban los míos bajo las mantas.
—También podemos hacer otra escapada.
—Sí, claro, como si no me hubieras puesto ya bastante en el punto de mira con esta.
—No digas bobadas, nadie sospecha de nadie.
—Eso espero, porque no quiero que tu madre me pique para hacer albóndigas.
—No le gustan las albóndigas, por esa parte puedes quedarte tranquila.
—Cierto, a ella todo lo que no sea carne wagyu le parece una vulgaridad…
—¿Podemos dejar a mi madre fuera de esta cama?
Quizás tenía razón.
Quizás sí.
Pero eso no cambiaba la sensación que tenía en ese momento.
La sensación de estar a punto de despedirme de algo que había sido maravilloso.
Me acerqué un poco más y apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Ha sido la mejor semana de mi vida, Jaime. Esa es la verdad.
La confesión salió de muy dentro de mí.
Sin pensarlo.
Sin adornos.
Solo la verdad.
Jaime permaneció unos segundos en silencio.
Y cuando habló, su voz sonó extrañamente emocionada.
—La mía también.
Cerré los ojos.
Y durante un rato seguimos despiertos.
Hasta que el cansancio terminó ganando la partida.
Y mientras me quedaba dormida entre el rumor del río y el calor de sus brazos, pensé que, pasaran los años que pasaran, siempre recordaría aquella última noche en Asturias.