Capítulo 7
Me desperté convencida de que Jaime escondía algo.
No tenía ninguna prueba.
Ninguna.
Pero después de casi una semana entera juntos había aprendido a reconocer ciertas expresiones. Y la sonrisa que llevaba puesta durante el desayuno pertenecía a la categoría de "estoy tramando algo y me lo estoy pasando estupendamente viéndote sufrir".
—No me gusta esa cara —le aseguré, apuntándole con el cuchillo de untar mantequilla.
Jaime levantó la vista de la taza de café.
—¿Puedes dejar de apuntarme con ese cuchillo?
—¿Con este? Pero si corta menos que un martillo.
—Pero me puedes sacar un ojo con él.
—Y luego la tiquismiquis soy yo, hay que joderse… Larga ya lo que tengas que largar.
—Tiquismiquis e impaciente, las dos cosas.
—Y dale. Que no soy impaciente, lo único que pasa es que quiero que lo sueltes ya.
—Claro, claro, ¿quién va a pensar que eres impaciente por eso?
Llevaba toda la mañana intentando averiguar qué ocurría y no había conseguido absolutamente nada. Ni un hilo del que tirar.
Nada.
Lo único que sabía era que debía ponerme ropa cómoda y llevar una chaqueta.
Y eso podía significar prácticamente cualquier cosa.
Una hora más tarde seguía igual de perdida.
El coche avanzaba por una carretera estrecha rodeada de montañas mientras yo intentaba adivinar el destino observando cada cartel que aparecía.
—¿Vamos a alguna ruta?
—No.
—¿A un pueblo?
—No.
—¿A un mirador?
—No exactamente.
—Qué hombre más desesperante.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Para mí, sí, disfruto desesperándote.
—Y que lo digas. Me las pagarás.
Llegó un momento en que decidí rendirme.
Apoyé la cabeza contra la ventanilla y me dediqué a contemplar el verde paisaje que me conquistó desde nuestra llegada.
Asturias seguía empeñada en parecer irreal.
Bosques.
Montañas.
Praderas interminables.
Pequeñas aldeas escondidas entre la vegetación, como si fueran de cuento.
Parecía imposible que existiera tanta belleza concentrada en tan pocos kilómetros.
Finalmente abandonamos la carretera principal y tomamos un desvío que terminaba en una amplia explanada.
Al principio no entendí qué hacíamos allí.
Después levanté la vista.
Y me quedé sin palabras.
—No.
Jaime sonrió.
—Sí.
A unos metros de distancia, varios operarios trabajaban alrededor de un enorme globo aerostático que comenzaba a hincharse lentamente.
La tela de colores se elevaba poco a poco mientras los quemadores lanzaban grandes llamaradas hacia el interior.
Durante varios segundos fui incapaz de reaccionar.
—Jaime...
—¿Qué?
—¿Es lo que creo que es?
—Depende.
—¿Voy a subirme ahí?
—Exactamente.
—¡La madre que te parió!
—No, mi madre no viene.
—Gracias a Dios, porque me jodería el plan, ¡y es el mejor plan de mi vida!
Creo que nunca me había visto tan sorprendida.
Ni siquiera cuando descubrí la finca.
Ni cuando me llevó al spa.
Ni cuando apareció aquel deportivo descapotable.
Nada se acercaba a aquello.
—Estás completamente loco.
—Eso ya lo sabías y por eso te has enamorado de mí.
—Para el carro, que lo mío no es enamoramiento.
—Ya, ya…
No conseguía dejar de sonreír.
Y él tampoco.
El piloto se acercó poco después para explicarnos cómo transcurriría el vuelo. Era un hombre amable, con años de experiencia, que parecía tan acostumbrado a ver caras de emoción como la mía que sonreía constantemente.
Su modo de hablar me tranquilizó bastante.
No porque estuviera asustada.
Sino porque de repente comprendí que el plan era real.
Que iba a ocurrir de verdad.
Y que dentro de unos minutos estaría contemplando Asturias desde el cielo.
Cuando llegó el momento de subir a la cesta, mi corazón latía tan deprisa que parecía decidido a adelantarse al globo.
El despegue fue increíblemente suave.
Tanto que apenas me di cuenta.
Un momento estábamos en tierra.
Al siguiente ya no.
La sensación resultó imposible de describir.
No era como un avión.
No era como una montaña rusa.
No era como nada que hubiera experimentado antes.
Simplemente comenzamos a elevarnos.
Despacio.
Con tranquilidad.
Como si el mundo decidiera alejarse poco a poco de nosotros.
Y entonces apareció el paisaje.
Todo el paisaje.
Los valles.
Los bosques.
Los ríos.
Las montañas.
Las aldeas.
Kilómetros y kilómetros de naturaleza extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
Sentí un nudo en la garganta.
—Madre mía...
Fue lo único que conseguí decir.
Porque no existían palabras mejores.
Asturias desde arriba era todavía más bonita.
Muchísimo más.
Me apoyé sobre el borde de la cesta completamente fascinada.
El río parecía una cinta de plata serpenteando entre el verde.
Las carreteras se habían convertido en simples líneas.
Las casas parecían diminutas.
Y las montañas seguían dominándolo todo.
—¿Te gusta?
Giré la cabeza.
Jaime me observaba con una sonrisa tranquila.
—Creo que es la cosa más bonita que he visto nunca.
—¿Más que yo? Eso es imposible.
—Sigue así y tomas tierra antes de tiempo —le advertí.
Durante casi una hora flotamos sobre aquel paisaje.
Hubo momentos en los que hablamos.
Otros en los que simplemente contemplamos las vistas.
Y algunos en los que permanecimos completamente callados porque cualquier palabra habría estropeado el instante.
No recuerdo haberme sentido tan libre.
Tan ligera.
Tan feliz.
El viento nos empujaba suavemente mientras el sol iluminaba las montañas y yo tenía la sensación de estar observando el mundo desde una perspectiva completamente nueva.
Como si todo fuera más sencillo desde allí arriba.
Más pequeño.
Menos amenazante.
Cuando el piloto anunció que comenzaríamos el descenso sentí una punzada de pena.
No quería bajar.
No quería que terminara.
No quería despedirme de aquel último día.
Porque sabía lo que ocurriría después.
La vuelta.
Montealto.
La realidad.
Sin embargo, también comprendí algo.
No importaba.
Porque nadie podría quitarme aquella semana.
Ni aquellos recuerdos.
Ni aquella sensación de felicidad que había descubierto en Asturias.
El aterrizaje fue tan suave como el despegue.
Y cuando volvimos a tocar tierra permanecí unos segundos inmóvil, observando el globo mientras los operarios comenzaban a recogerlo.
Jaime apareció a mi lado.
—¿Ha merecido la pena?
Lo miré.
Después volví a mirar el cielo.
Y terminé abrazándolo con fuerza.
—Ha sido el mejor último día que podrías haberme regalado.
Por una vez no hizo ninguna broma.
Simplemente me rodeó con los brazos.
Y durante unos segundos permanecimos allí, bajo el enorme cielo asturiano, contemplando el globo que se alejaba poco a poco mientras yo intentaba guardar aquel momento para no olvidarlo jamás.
Y durante unos segundos, conocí la felicidad en toda su plenitud.