Capítulo 6
Me desperté antes de que sonara ninguna alarma.
Tremenda novedad en mi vida.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando el techo de madera de la habitación mientras intentaba recordar cuándo había sido la última vez que había dormido tan profundamente. De veras que era una situación magnífica, todo un lujo. Lo normal es que durmiera a medias.
Aquella mañana no.
Aquella mañana abrí los ojos porque mi cuerpo decidió que ya había descansado suficiente.
Y nada más.
Giré la cabeza.
Jaime seguía dormido.
Una sonrisa apareció sola.
No sé cuánto tiempo me quedé observándolo. Quizás unos segundos. Quizás más. Lo cierto era que me gustaba aquella versión suya. La que no llevaba un teléfono sonando cada cinco minutos. La que no estaba pendiente de reuniones, informes o llamadas de las bodegas.
La que simplemente dormía.
Me levanté despacio para no despertarlo y crucé la habitación hasta el ventanal.
La vista volvió a dejarme sin palabras.
Las montañas aparecían cubiertas por una ligera niebla que empezaba a disiparse. El río brillaba entre los árboles y la hierba parecía recién pintada.
Nunca había visto tanto verde junto.
Jamás.
Apoyé una mano sobre el cristal.
Y sonreí.
Porque me sentía feliz.
Tan simple como eso.
Feliz.
Cuando me giré, descubrí que Jaime ya tenía los ojos abiertos.
—Se te va a quedar cara de panoli si sigues contemplando así el paisaje.
—Porque no me avisaste de que veníamos al mismo paraíso.
—Me alegra que te guste, pero no aspiro solo a que lo veas a través del ventanal. Hoy nos vamos de excursión.
—Vaya por Dios, y yo que he venido sin cantimplora.
—Muy graciosilla tú. Cuando veas lo que tengo ganas de enseñarte, te vas a quedar sin palabras. Se te quitarán las ganas de hacer chistes.
—Dime, por favor, que hablas del paisaje…
—Lo que yo diga, que no tienes tú guasa ni nada…
La cocina era enorme y acogedora al mismo tiempo. Preparé café, fruta, tostadas y varios bocadillos mientras Jaime fingía ayudar. Fingía, porque su aportación principal consistía en robar comida cada vez que yo me daba la vuelta. Digamos que no estaba muy familiarizado con esas labores.
—¿Puedes dejar de comerte el picnic?
—Estoy comprobando la calidad.
—Llevas cinco controles de calidad.
—Soy muy profesional.
—Eres un desastre.
—Y tú una tiquismiquis, ¿quieres relajarte? Que estamos de vacaciones.
—Será que, gracias a los Alcázar, no tengo yo muchas de esas.
—Ahora toda la culpa es de los Alcázar, siempre de los Alcázar —rio.
—No me quejo, que sé que el mercado laboral está de pena, pero tampoco es que mis condiciones laborales sean para tirar cohetes.
—Lo hablaré con Ignacio cuando regrese.
—Ni se te ocurra, que no quiero que los demás me vean como una enchufada.
—Pues entonces no te quejes…
—Ok, ok. Ya me ha quedado claro que mi futuro laboral es tan gris como esta… Iba a decir relación, pero soy una ilusa si pienso eso —medité en alto.
—No te me pongas ahora triste, ¿me oyes?
—Triste, no. Solo hago un ejercicio de realismo.
—Pues a mí me gusta más cuando haces otro tipo de ejercicios.
—Ya, sin ropa y mirando para Cuenca, no creas que me chupo el dedo.
—Pues podrías hacerlo, porque me parecerías de lo más sexi.
—De lo más pardilla te parecería. Mira, no me busques la lengua, hazme el favor.
—Eso sí que no puedo prometerlo.
Me guiñó el ojo y entendí a la primera que me la seguiría buscando, pero de otra manera. Y es que el beso que depositó en mi boca para hacerme callar provocó que nuestras lenguas se entrelazaran.
Terminamos desayunando en el porche mientras el sol terminaba de elevarse sobre las montañas.
Y entonces comenzó la excursión.
Los primeros kilómetros fueron maravillosos.
Los segundos también.
Los terceros empezaron a parecer eternos.
A mitad de mañana estaba convencida de que Jaime había decidido deshacerse de mí.
—Quiero que quede constancia de que esto no era una excursión.
—¿No?
—No.
—¿Qué es entonces?
—Un intento de asesinato cuidadosamente planificado.
—Claro.
—Llevamos caminando tres días.
—Llevamos una hora.
—Tres días.
—Aitana.
—No pienso cambiar mi versión. Es la que le daré al juez. Y menos mal que el tiempo es bueno, que si no… Si no podríamos vernos como la pobre gente esa de La Sociedad de la Nieve que pasaron las de Caín, pero que conste que, en este caso, sería yo quien te comería a ti.
—Yo sí que te voy a comer a ti enterita, pero viva…
—Eres algo que comienza por “s”. Adivina.
—¿Un salido? No jodas…
—Eso también. Pero iba a decir un sádico.
— Pack completo.
—¡Bingo! Lo vas pillando…
—A ti sí que te voy a pillar por banda. Ven aquí, guapísima…
La verdad era que estaba disfrutando como una niña.
Las bromas y las muestras de cariño entre ambos eran constantes.
Y el entorno no podía acompañar más.
Cada curva del sendero mostraba un paisaje nuevo.
Bosques.
Praderas.
Pequeños arroyos.
Zonas donde el único sonido era el viento moviendo las hojas.
En algún momento dejamos de hablar.
Y ese silencio fue precisamente lo que más me sorprendió.
Porque normalmente siempre estaba pensando.
Siempre.
Incluso cuando parecía relajada.
Incluso cuando sonreía.
Mi cabeza nunca se detenía.
Allí sí.
Allí, caminando entre montañas, descubrí que podía simplemente existir.
Sin preocuparme por nada más.
Cuando alcanzamos una zona elevada desde la que podía contemplarse gran parte del valle, me quedé completamente paralizada.
—Madre mía...
La expresión se quedó corta.
Muy corta.
El paisaje era espectacular.
Las montañas parecían no terminar nunca.
Las nubes avanzaban lentamente.
Y el cielo ocupaba medio mundo.
—Ahora entiendo por qué insistías tanto. Es obvio que tienes buen gusto, pero tanto….
—Claro que tengo buen gusto. Para todo —murmuró mientras se relamía.
—Pues no te hagas ilusiones porque lo primero que haremos será comer. Me siento como si llevara medio mes en huelga de hambre. Así que ya me puedes ayudar. Sí, tú, no pongas cara de “no he hecho eso en mi vida”, que no se te van a caer los anillos por tan poco.
Extendimos la manta sobre la hierba.
Y entonces llegó el momento del picnic.
La cara de Jaime fue cambiando poco a poco mientras iba sacando cosas de la mochila.
Primero los bocadillos.
Luego la fruta.
Después varios dulces.
El café.
Unas galletas.
Más fruta.
Y algunas exquisiteces más, dulces y saladas.
—Aitana.
—¿Qué?
—¿Piensas abrir un restaurante aquí arriba? Has traído comida como para dar de comer a todo el que pase por aquí.
—¿Y quién piensas que va a pasar? Si me has traído donde Cristo perdió la chancla, so chalado.
—Me encanta cuando me dices cosas tiernas.
—Tierno está este pan, mira. Tú más bien eres duro, duro de pelar…
—No soy duro, pero seguro que te encantará saber que tú me pones así, durísimo.
—Solo faltaba que fueras un pichafloja. Venga, a comer de una puñetera vez.
Terminó riéndose mientras aceptaba una de las tostadas.
Comimos despacio.
Sin mirar el reloj.
Sin prisas.
Sin ningún motivo para movernos de allí.
Y quizás fue entonces cuando me di cuenta de algo.
Porque mientras observaba el paisaje, mientras escuchaba a Jaime hablar de cualquier tontería relacionada con las bodegas o mientras me reía de alguna de sus bromas, comprendí que llevaba días evitando pensar en la vuelta.
No quería hacerlo.
No quería pensar en Montealto.
No quería pensar en Beatriz.
No quería pensar en la realidad.
—¿Sabes una cosa?
Jaime levantó la vista.
—Dime.
Jugué unos segundos con el vaso antes de responder.
—Creo que hacía años que no dejaba la mente en blanco.
—Pues también puedo hacer que se te queden los ojos en blanco, guapísima.
—Menos coña, que estoy hablando en serio.
Me observó con atención.
—¿Tan raro es eso para ti?
—Muchísimo.
—Joder, qué estrés, ¿no?
—Siempre estoy pensando en algo. En el trabajo. En los horarios. En lo que puede salir mal. En lo que viene después.
Hice una pausa.
—Aquí no.
Aquello pareció hacerlo sonreír.
—Me alegro. Porque solo de escucharte…
—Ya, que estreso tus oídos de pijo. Perdón por hablar de mí misma por una vez.
—Que no, tonta, si me encanta que lo hagas.
—Más te vale, porque pienso seguir haciéndolo.
Y era verdad.
No quería nada más.
Solo aquel momento.
Aquella montaña.
Aquella tranquilidad.
Aquella sensación de que el mundo entero se había quedado muy lejos.
Pasamos buena parte de la tarde allí arriba.
Tumbados sobre la manta.
Hablando a ratos.
Callando otros.
Mirando el cielo.
Observando las nubes.
Riéndonos de pamplinas.
Era una felicidad tan sencilla que casi daba miedo.
Porque sabía que no duraría para siempre.
Ninguna felicidad lo hacía.
No sé exactamente en qué momento decidimos unir nuestros cuerpos de nuevo.
Quizás fue mientras observábamos las nubes avanzar despacio sobre las montañas. Quizás mientras el viento movía la hierba que nos rodeaba
Apoyé la cabeza sobre el hombro de Jaime y cerré los ojos unos segundos. Apartó un mechón de pelo que el viento había empujado sobre mi cara y sonrió de esa forma que siempre conseguía derretirme.
—Me gusta verte así.
—¿Así cómo?
—Feliz.
Por alguna razón, aquella palabra me emocionó a tope.
Porque era exactamente eso.
Feliz.
Sin complicaciones.
Sin matices.
Simplemente feliz.
Me acerqué para besarlo.
El beso comenzó igual que muchos otros, pero terminó convirtiéndose en algo distinto. Más íntimo. Más húmedo. Más lleno de todo aquello que ninguno de los dos parecía capaz de expresar con palabras.
Su mano se deslizó por mi espalda mientras me acomodaba junto a él y acabábamos tumbados sobre la manta, olvidándonos durante unos minutos de las vistas, del sendero y de cualquier intención de emprender el regreso.
El mundo parecía haberse reducido a aquella cima.
A la luz de la tarde.
Al sonido lejano del viento.
Y a nosotros.
Apoyé una mano sobre su pecho y cerré los ojos cuando noté sus labios junto a mi cuello. Ese gesto consiguió arrancarme una sonrisa involuntaria.
—Así no vamos a bajar nunca de la montaña.
—Es una posibilidad que estoy dispuesto a asumir.
—Lucía diría que eres una mala influencia.
—Lucía lleva años pensando eso.
—Y probablemente tenga razón.
Se echó a reír.
Aquella risa grave y tranquila que tanto me gustaba.
Después volvió a acercarse y me fue desnudando con lentitud, como si el paso del tiempo fuese ajeno a él.
No había prisa.
No había urgencia.
Solo esa sensación agradable de estar exactamente donde queríamos estar.
Su cercanía fue suficiente para que todo lo demás desapareciera.
No pensé en las montañas, ni en el camino de vuelta, ni siquiera en el paso de las horas. Solo en él.
En la forma en que me rodeó con los brazos y me atrajo despacio hacia su cuerpo, como si quisiera memorizar cada centímetro de distancia que dejaba de existir entre nosotros.
Cerré los ojos.
Sentía el calor de su piel.
La firmeza de su abrazo.
La seguridad extraña y maravillosa que siempre aparecía cuando estaba así, tan cerca.
Sus labios recorrieron mi frente, mi mejilla, la curva de mi cuello, con una lentitud que consiguió estremecerme mucho más que cualquier gesto apresurado. Una corriente cálida me recorrió de arriba abajo y terminé aferrándome a él, incapaz de evitar la sonrisa que apareció en mis labios.
Todo parecía más intenso allí arriba.
El roce de sus dedos sobre mi espalda.
La forma en que acariciaba mi cabello.
La sensación de sus manos recorriéndome despacio, sin prisas, provocando pequeños escalofríos que me obligaban a cerrar los ojos una y otra vez.
Me acerqué todavía más.
Si hubiera podido, me habría quedado así durante horas.
Simplemente disfrutando de su presencia.
De su olor.
De la forma en que me miraba.
De esa penetración que fundió nuestros cuerpos en uno solo.
Porque había algo en aquella mirada que siempre conseguía derribar todos mis muros por completo.
Algo que me hacía sentir especial.
Deseada.
Querida.
Importante.
Apoyé una mano sobre su pecho y sentí el latido firme de su corazón bajo mis dedos. Él sonrió levemente antes de besarme otra vez mientras sus embestidas iban subiendo de nivel.
Y otra.
Y otra más.
Besos lentos.
Cariñosos.
Llenos de una intimidad que iba mucho más allá de las palabras.
Al terminar, durante un largo rato permanecimos así, abrazados sobre la manta, dejando que el tiempo avanzara sin prestar atención a las agujas del reloj. La felicidad me envolvía de una forma tranquila, profunda, casi adictiva.
Yo había perdido completamente la noción de la hora.
Y también las ganas de recuperarla.
Porque allí arriba no existían los problemas.
Ni Montealto.
Ni Beatriz.
Ni las consecuencias que nos esperaban al regresar.
Solo existía aquella felicidad sencilla que me llenaba el pecho cada vez que lo miraba.
Y mientras permanecía entre sus brazos, contemplando las montañas iluminadas por la luz dorada de la tarde, tuve la sensación de que habría sido capaz de quedarme allí para siempre.
Porque durante aquellas horas el mundo había desaparecido.
Porque no existían las consecuencias ni los problemas.
Porque, por una vez, el futuro podía esperar.
Cuando el sol empezó a descender, las montañas se tiñeron de tonos más dorados.
Y durante unos minutos todo pareció todavía más bonito.
Recogimos las cosas despacio.
Ninguno quería marcharse.
Pero tampoco teníamos elección.
La bajada resultó más tranquila.
Quizás porque estábamos cansados.
Quizás porque ambos intentábamos conservar un poco más aquel día.
Llegamos a la casona cuando ya empezaba a oscurecer.
Las luces brillaban en las ventanas.
El río seguía sonando entre los árboles.
Y el humo de la chimenea comenzaba a elevarse hacia el cielo.
Al verla, sentí algo parecido a regresar a casa.
Menuda pamplina.
Llevábamos allí muy poco tiempo.
Pero aun así fue exactamente lo que sentí.
Y mientras caminaba junto a Jaime hacia la entrada, con las piernas cansadas y el corazón sorprendentemente ligero, pensé que aquel había sido uno de los días más felices de mi vida.
Uno de esos días que permanecen contigo para siempre.
De los que recuerdas incluso muchos años después.
De los que siguen arrancándote una sonrisa cuando todo lo demás ha cambiado.