Si vuelves a mirarme así Capítulo 5
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Capítulo 5

No recordaba la última vez que había dormido tan bien.

Cuando abrí los ojos, tardé varios segundos en orientarme.

Durante un instante me quedé inmóvil bajo las sábanas, observando el techo de madera de la habitación y escuchando el silencio que me rodeaba.

No era un silencio vacío. Era uno de esos silencios agradables que están llenos de pequeños sonidos: el rumor lejano del río, algún pájaro escondido entre los árboles y el crujido ocasional de la vieja casona acomodándose al nuevo día.

Entonces comprendí dónde estaba.

Asturias.

La finca.

La casona.

Y una sonrisa apareció sola.

Lo primero que hice fue girarme buscando a Jaime.

La mitad de la cama estaba vacía.

La almohada conservaba todavía la forma de su cabeza, pero él ya no estaba allí.

Lo imaginé despierto desde hacía horas. Nunca había sido capaz de quedarse quieto demasiado tiempo. Y la noche anterior me comentó que debería ocuparse de sus asuntos desde temprano.

Apoyé la cabeza de nuevo sobre la almohada y me permití unos minutos más.

Esa era una rareza absoluta para mí.

En Montealto vivía pendiente del despertador.

Desde que murió mi madre tenía la sensación constante de que, si me relajaba demasiado, algo acabaría saliendo mal.

Siempre me acostaba pensando en la hora a la que debía levantarme, en las tareas del día siguiente o en la posibilidad ínfima de que la alarma no sonara.

Allí, en cambio, había dormido de un tirón.

Sin sobresaltos.

Sin preocupaciones.

Como cuando era niña.

Cuando por fin me levanté y abrí los ventanales, el paisaje volvió a dejarme sin palabras.

La luz de la mañana cubría los prados de un verde increíble. El río atravesaba la propiedad reflejando destellos dorados y una ligera neblina flotaba todavía sobre algunas zonas del terreno. A lo lejos se distinguían las montañas, enormes y tranquilas, vigilándolo todo.

—Es que esto no puede ser real —murmuré.

Después de una ducha rápida bajé a la cocina.

La casa seguía completamente vacía.

Eso me encantaba.

Durante toda mi vida había convivido con decenas de personas entrando y saliendo continuamente. Empleados, proveedores, invitados, directivos de las bodegas... Montealto rara vez permanecía en silencio.

Aquella finca asturiana era justo lo contrario.

Preparé un desayuno delicioso. Café, zumo de naranja, fruta, tostadas y algo de embutido que encontré en la nevera junto con otros manjares que alguien debió dejar allí antes de nuestra llegada. Luego lo llevé todo al porche principal.

Y allí me quedé.

Sentada.

Sin prisas.

Disfrutando de cada bocado.

El aire olía al rocío de la mañana.

Los pájaros parecían haber decidido ofrecer un concierto privado.

Y sentí algo parecido a la libertad.

Cuando terminé el desayuno, decidí explorar un poco más.

Seguí uno de los senderos que descendían hacia el río.

A medida que caminaba iba descubriendo pequeños rincones que el día anterior no había tenido tiempo de ver.

Había puentes de madera, bancos escondidos entre los árboles, zonas cubiertas de flores silvestres y pequeñas praderas donde pastaban varios caballos.

Me encontraba observando uno de aquellos prados cuando una voz apareció de repente detrás de mí.

—¡Buenos días!

El susto fue tan monumental que pegué un salto mortal.

La chica que acababa de aparecer se echó a reír de inmediato.

—Madre mía, perdón.

—Casi me da algo.

—Lo siento.

—No, no. Es culpa mía por estar en otro planeta.

Seguía riéndose cuando se presentó.

Se llamaba Nora.

Tendría más o menos mi edad y desprendía una energía contagiosa. Era rubia, llevaba una coleta alta y vestía ropa de campo que indicaba claramente que estaba mucho más acostumbrada que yo a moverse por aquellos terrenos.

Pronto descubrí que se encargaba de los caballos y de buena parte del mantenimiento exterior de la finca.

—¿Así que tú eres la famosa chica que ha venido con él desde Jerez?

—¿Famosa?

—Jaime me habló de ti cuando me dijo que os encontraría aquí.

Saberlo me hizo sonreír.

—Espero que bien.

—Bastante bien, la verdad.

Seguimos caminando juntas hasta llegar a las cuadras.

Y ese recinto terminó de enamorarme del lugar.

El edificio era precioso. Piedra, madera oscura, flores en las ventanas y unos establos impecablemente cuidados. Varios caballos asomaban la cabeza curiosos mientras Nora me iba presentando a cada uno.

Parecía conocerlos mejor que a muchas personas.

—Este es Duque.

—Hola, Duque.

—Y esa diva que te ignora es Niebla.

—Creo que no le gusto.

—No le gusta nadie.

Acabé riéndome.

Poco a poco fui relajándome cada vez más. Acaricié varios caballos, ayudé a preparar algo de comida y escuché historias sobre la finca, sobre las montañas y sobre algunos animales que aparecían por la zona.

Entonces Nora me lanzó una mirada sospechosa.

—Una pregunta.

—Dime.

—¿Sabes montar?

—Hace años que no lo hago.

—Eso no responde.

—Sí. Creo que no se me habrá olvidado.

—Perfecto.

—¿Perfecto para quién?

—Para nosotras.

Un minuto después estaba subiendo a un caballo.

Lo cierto era que, una vez encima del animal, todo regresó con bastante facilidad. Los movimientos, la postura, la sensación de avanzar por senderos abiertos.

Muchas veces lo hice de niña en Montealto, junto a Lucía, pero la llegada de Beatriz acabó con esas costumbres nuestras.

Nora sonrió satisfecha.

—Ves como sí sabías.

—No me acostumbres demasiado.

—Demasiado tarde.

El paseo fue una maravilla.

Recorrimos praderas interminables, atravesamos pequeños bosques y seguimos varios caminos desde los que podían contemplarse las montañas en todo su esplendor.

El viento me revolvía el pelo mientras el caballo avanzaba con tranquilidad y comprendí que aquel lugar estaba empezando a significar algo para mí.

No era solo bonito.

No era solo una finca espectacular.

Era la primera vez en mucho tiempo que sentía que podía respirar sin preocuparme por nada.

Y mientras cabalgaba junto a Nora bajo aquel cielo inmenso, tuve la sensación de que acababa de encontrar una versión de mí misma que llevaba años perdida.

Cuando Jaime regresó a la finca aquella tarde, yo seguía convencida de que Asturias era uno de los lugares más bonitos que había visto en mi vida. Y totalmente mágico.

Lo descubrí nada más verlo aparecer por el camino principal.

Venía caminando desde la zona de oficinas de la propiedad con una carpeta bajo el brazo y el móvil en la mano. Parecía cansado, pero en cuanto me vio junto a las cuadras, con Nora y uno de los caballos, su expresión cambió por completo.

—No puede ser, no me digas que has montado.

Me eché a reír.

—¿Qué pasa ahora?

—Que te dejo sola una mañana y te conviertes en amazona.

—Siempre he sabido montar.

—Pues no debiste dejar de hacerlo.

La frase salió tan rápida que ni siquiera pensé la respuesta.

—Eso se lo dices a la bruja de tu madre.

Durante dos segundos nos quedamos mirándonos.

Después Jaime soltó una carcajada tan fuerte que incluso Nora terminó riéndose.

—No es gracioso —se disculpó finalmente.

—No qué va, casi te revuelcas por la hierba del ataque de risa que te ha dado, pero gracia no tiene ni una pizca.

—No.

—Nada de nada. Estoy siendo víctima de una injusticia.

—Aitana, acabas de llamar bruja a mi madre con una naturalidad que asusta.

—Porque es una bruja.

—Ya imaginaba que no te bajarías del burro.

—No. Me he bajado del caballo. Y en cuanto a lo de tu madre, todo el mundo lo sabe.

—Vamos a dejarlo, anda.

La broma terminó con los tres riéndonos mientras yo intentaba fingir una dignidad que no era tal.

Un rato después Nora se marchó y Jaime me propuso salir.

—¿Salir adónde?

—A conocer territorio astur, evidentemente.

—¿Y tus reuniones importantísimas?

—Ya he terminado por hoy.

—Qué trabajador.

—Mucho. ¿O también eso lo vas a negar? Porque te recuerdo que forma parte de mi innegable encanto.

—No me hagas hablar…

Lo cierto era que tampoco necesitaba insistir demasiado.

Un rato después recorríamos algunas de las carreteras más maravillosas que había visto jamás.

La tarde estaba despejada y el paisaje parecía sacado de una postal. Atravesamos pequeños pueblos de piedra, carreteras rodeadas de montañas y praderas donde las vacas pastaban con una tranquilidad que se contagiaba.

Terminamos en una plaza llena de terrazas donde la gente hablaba, reía y disfrutaba del buen tiempo.

—Todo lo que veo me fascina.

—Y todavía no has probado la sidra.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una promesa.

Y resultó tener razón.

Nos sentamos en una mesa exterior bajo el sol suave de la tarde y pasamos más de una hora probando sidra, compartiendo platos y observando a la gente.

Yo seguía deslumbrada con la costumbre de escanciarla.

—Te juro que si lo intento termino bañando a media plaza.

—Pagaba por verlo.

—Qué poco me quieres.

—Al contrario. Me encantaría presenciar semejante espectáculo.

Acabé dándole un golpe en el brazo.

Después seguimos paseando.

Entrábamos en tiendas.

Salíamos.

Nos reíamos de cualquier tontería.

Era una sensación extraña.

Porque durante meses nuestra relación había estado condicionada por la clandestinidad.

Por las prisas.

Por el miedo a que alguien nos descubriera.

Allí, en cambio, podíamos caminar juntos sin preocuparnos de nada.

En una pequeña tienda de artesanía me detuve frente a un escaparate.

Había figuras de madera, cerámica pintada a mano y todo tipo de objetos tradicionales.

Pero algo llamó inmediatamente mi atención.

Un pequeño búho tallado en madera.

Era precioso.

—Mira eso.

Jaime se acercó.

—¿El búho?

—Sí.

—¿Y qué tiene de especial?

—La dependienta acaba de decir que trae suerte. Y es una monería, no me digas que no.

—Ah.

—Y buena falta me hace.

—¿Tan mal estamos?

—Jaime, tu madre lleva años intentando acabar conmigo. Y con el resto del servicio.

Él soltó una carcajada.

—Exagerada.

—Estoy convencida de que le ha dado una poción a Ignacio, que es el único que no ve quién es esa mujer.

—¿Una poción?

—Sí.

—¿Para qué exactamente?

—Para que no se dé cuenta de que está casado con la jodida Cruela de Vil.

—Venga ya…

—Lo siento. Pero es la verdad. Hablo completamente en serio.

—Ya lo veo, ya.

—Seguro que tiene un caldero escondido.

—Aitana...

—Y un gato negro.

—Por favor.

—Y seguramente un laboratorio secreto donde prepara las jodidas pociones de amarre para segundos maridos.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Jaime de tanto reír.

—No puedo contigo.

—Porque sabes que tengo razón.

—Porque estás loca.

Terminamos comprando el búho.

O mejor dicho, lo compró él.

Intenté hacerlo yo.

No me dejó.

—Considéralo un regalo, pese a que has puesto a mi madre a caldo.

—Y lo volvería a hacer, a mí no me vas a callar con un simple búho.

—¿Ahora es un simple búho? Creía que era una monería que te volvería loca de felicidad. Bueno, loca ya estás, eso es innegable.

—Por tu culpa, por tu jodida culpa.

—O sea, que estás loca por mí.

—No he dicho eso.

—Se te ve en los ojos, estás perdida.

—Y tú eres un creído…

Guardé la pequeña figura con una sonrisa que no conseguí ocultar.

La tarde continuó entre paseos, cafés y más bromas de esas. Descubrimos miradores preciosos, caminamos junto a otro río y terminamos viendo cómo el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas.

Cuando regresamos a la finca ya era de noche.

Las luces de la casona brillaban entre los árboles.

Preparamos una cena sencilla, compartimos una botella de vino de Montealto que Jaime insistió en abrir, pese a tratarse de una botella de una añada especial que su padre guardaba como oro en paño, y terminamos acomodados junto a la chimenea.

El fuego crepitaba suavemente.

La casa permanecía en silencio.

Y el cansancio agradable de un día bien aprovechado comenzaba a aparecer.

—Ha sido uno de los mejores días de mi vida, te lo aseguro —le confesé feliz.

Jaime me observó durante unos segundos.

—El mío también.

Su respuesta puso mi corazón a dar saltos.

Porque sonaba sincera.

Completamente sincera.

Más tarde subimos a la habitación.

Hablamos un rato más.

Hicimos planes para el día siguiente.

Y acabamos tumbados juntos bajo las mantas mientras la lluvia empezaba a golpear suavemente los ventanales al tiempo que hacíamos el amor con verdadera hambre el uno del otro.

Al terminar, apoyé la cabeza sobre su pecho.

Escuché los latidos de su corazón.

Y cerré los ojos.

En aquel momento no pensé en Beatriz.

Ni en Montealto.

Ni en nada que pudiera esperarnos al regresar.

Solo en Asturias.

En el búho de la suerte que descansaba sobre la cómoda.

Y en la sensación maravillosa de estar exactamente donde quería estar.

Aquella noche me dormí convencida de que nada podía estropear lo que estábamos viviendo.

Y eso, precisamente, era lo que volvía aquellos recuerdos tan peligrosos.

La felicidad se instaló en mi interior de un modo que nunca había conocido. La suerte no fue, precisamente, mi compañera de viaje en la vida y, sin embargo, sentía ese viaje como un punto de inflexión, como un giro de tuerca…

Había amado en secreto a Jaime durante años antes de que él terminara posando sus ojos en mí y, de la noche a la mañana, estaba allí, a su lado. Y no era un sueño. Se trataba de la más deliciosa de las realidades.