Capítulo 4
La primera noche en Asturias terminó siendo incluso mejor de lo que había sospechado durante el viaje.
Después de instalarme con él en la habitación principal, recorrer media casona con la emoción de una niña pequeña y asomarme a todos los ventanales posibles para admirar aquel paisaje imposible, terminé sentada frente a la chimenea del salón principal con una manta sobre las piernas y una taza de chocolate caliente entre las manos.
Y eso que era primavera, pero menuda rasca que hizo al caer el sol.
La casa parecía sacada de otro siglo.
Las vigas de madera oscura cruzaban los techos, los suelos crujían suavemente al caminar y cada rincón parecía guardar una historia distinta. Fuera, la oscuridad había cubierto los prados y las montañas, aunque todavía podía escucharse el murmullo constante del río atravesando la finca.
—¿Lista?
Levanté la cabeza.
Jaime acababa de aparecer sonriendo de una forma que me dio que pensar.
—¿Qué se supone que debo contestar? Porque yo puedo estar lista, pero tú eres un listillo de manual.
—Confía en mí.
—Las últimas palabras de muchas víctimas.
—Qué dramática eres.
Dejé la taza sobre la mesa.
—¿Adónde vamos?
—Sorpresa.
—Espero no tener que arrepentirme.
Cinco minutos después caminábamos por un sendero iluminado por pequeñas farolas que serpenteaba entre los árboles. El aire era frío, pero agradable, y el cielo estaba tan despejado que podían verse cientos de estrellas.
—No sabía que aquí hubiera más edificios.
—Porque no los has visto todos.
—¿Y qué escondes exactamente?
—Paciencia.
Cuando la pequeña construcción apareció entre los árboles, me detuve en seco.
Era una cabaña de piedra y madera situada junto al río, con grandes ventanales iluminados desde el interior.
—¿Qué es eso?
La sonrisa de Jaime se amplió.
—Ven y lo descubrirás.
Nada más entrar comprendí por qué parecía tan satisfecho consigo mismo.
—No puede ser.
—Sí puede ser. Soy un hombre de recursos, lo que sucede es que no me valoras lo suficiente.
—Jaime...
—¿Qué?
—¿Hay un spa privado en mitad del bosque?
—Sí, pero no te creas que ha crecido salvaje, como las vides. Ignacio lo mandó construir.
—Muy ingenioso.
Me quedé mirando el interior.
Había una zona de relajación con sofás, una sauna, enormes ventanales orientados hacia el río y, en el centro, un jacuzzi espectacular rodeado de piedra natural y madera.
Durante los siguientes minutos nos dedicamos a recorrer cada rincón del lugar mientras mis ojos hacían chiribitas y pensaba que debía estar soñando, pues no me cuadraba poder disfrutar tanto en tan poco tiempo.
Comenzamos a bromear y terminé lanzándole una toalla.
Él se echó a reír.
Su risa era contagiosa.
Siempre lo había sido.
Cuando por fin encendió el jacuzzi y el vapor empezó a elevarse por la estancia, la sensación de estar viviendo dentro de un sueño se volvió todavía más intensa.
Fuera solo existían los árboles, el río y la oscuridad de la noche asturiana.
Dentro, todo era calidez, risas y aquella tranquilidad extraña que aparecía cuando el resto del mundo quedaba muy lejos.
Durante un rato hablamos de cualquier cosa.
De Lucía.
De Ignacio.
De las bodegas.
De los caballos que había visto al llegar.
De los planes para los próximos días.
Y también de nosotros.
Porque allí, lejos de Montealto y de todas las complicaciones que siempre parecían acompañarlos, resultaba mucho más fácil imaginar que podían ser simplemente una pareja normal.
Una pareja feliz.
En algún momento la conversación se fue apagando.
No de forma incómoda.
Simplemente ocurrió.
Jaime se acercó un poco más.
Yo también.
Y el resto pareció perder importancia.
Sus dedos encontraron los míos bajo el agua caliente mientras una sonrisa aparecía lentamente en su rostro.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Traerte aquí ha sido la mejor idea que he tenido en mucho tiempo.
No pude evitar sonreír de pura felicidad.
—Eso es porque tus ideas suelen ser bastante malas.
—Qué cruel.
Se inclinó para besarme.
Despacio.
Sin prisas.
Y durante unos segundos olvidé completamente dónde estábamos.
Solo existía él.
El sonido del agua.
La luz tenue reflejándose en los ventanales.
Y aquella felicidad luminosa que llevaba acompañándome desde que llegamos a Asturias.
El vapor dibujaba pequeñas nubes sobre la superficie del agua mientras el jacuzzi llenaba la estancia de un murmullo constante y relajante. El entorno me sobrecogió y me sentí la protagonista de una película erótica.
La tensión del viaje fue desapareciendo poco a poco.
El agua caliente, el cansancio acumulado y la sensación de encontrarnos a cientos de kilómetros de Montealto contribuían a ello.
Allí no existían los pasillos donde podíamos ser descubiertos, ni las miradas de Beatriz, ni las normas que parecían perseguirnos siempre.
Jaime se encontraba frente a mí, observándome con una sonrisa tranquila que conseguía ponerme nerviosa incluso después de tantos meses. El reflejo de la luz sobre el agua suavizaba sus rasgos y hacía que todo pareciera más íntimo, más cercano.
—¿Qué? —le pregunté al notar que no apartaba la vista.
—Solo estaba pensando que merece la pena haberse peleado con mi madre para traerte aquí.
—Eres imposible.
—Y tú preciosa, cuando te ríes.
Su comentario consiguió que desviara la mirada durante un instante. No porque no estuviera acostumbrada a sus halagos, sino porque seguían afectándome bastante.
Jaime se acercó un poco más. El espacio entre ambos se redujo despacio, sin prisas, mientras la conversación iba perdiendo protagonismo. Yo podía escuchar el agua, el viento moviendo los árboles al otro lado de los cristales y el latido acelerado de mi propio corazón.
Cuando él le apartó un mechón de pelo húmedo de mi cara, sonreí.
—¿Sabes qué es lo mejor de este sitio?
—Sorpréndeme.
—Que por una vez siento que podemos ser nosotros mismos.
La expresión de Jaime cambió ligeramente. Más suave. Más sincera.
—Yo también.
Después me besó.
No fue un beso apresurado ni impulsivo. Fue lento, cariñoso y lleno de esa complicidad que habíamos construido durante meses. Apoyé una mano sobre su hombro y cerré los ojos, disfrutando de aquel momento sin pensar en el día siguiente ni en nada que pudiera esperarnos al regresar.
La noche continuó entre besos, caricias suaves y promesas susurradas junto al agua caliente, mientras el mundo parecía quedarse muy lejos de aquella pequeña construcción perdida entre los bosques asturianos. Y tuve la sensación de estar exactamente donde quería estar.
Mucho después abandonamos el spa y regresamos caminando hacia la casona bajo un cielo lleno de estrellas. Jaime rodeó mis hombros con un brazo y yo apoyé la cabeza contra él mientras atravesábamos el sendero.
Y entonces pensé que estaba sintiendo eso que llaman “felicidad”.