Si vuelves a mirarme así Capítulo 3
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Capítulo 3

Nunca había tardado tanto en preparar una maleta. Probablemente porque en mi joven vida no tuve muchas oportunidades de viajar y como que no estaba acostumbrada a lidiar con el equipaje.

Llevaba más de una hora sentada sobre la cama, rodeada de ropa doblada, zapatos, neceseres y una montaña de dudas tontas que no dejaban de aparecer en mi cabeza.

Cada vez que cerraba la cremallera, volvía a abrirla para comprobar que no olvidaba nada.

Después recordaba otra cosa, la añadía y volvía a empezar.

A esas alturas estaba convencida de que, si el viaje duraba dos meses más, terminaría llevándome media finca Montealto a Asturias.

Lo peor era que ni siquiera estaba nerviosa por la escapada. Bueno, sí. Pero no por Asturias. Y eso que no tenía la suerte de conocerla.

Estaba nerviosa porque iba a pasar una semana entera con Jaime. Una semana. La cifra seguía pareciéndome irreal y me generaba una ilusión brutal.

Hasta hacía unos días nuestros encuentros dependían de horarios imposibles, excusas improvisadas y rincones donde nadie pudiera descubrirnos. Ahora iba a compartir siete días completos con él.

Siete.

El número sonaba tan bien que tuve que sonreír sola.

—Qué cara de enamorada más preocupante.

Levanté la vista justo cuando Lucía entraba en mi habitación sin molestarse en llamar, como llevaba haciendo prácticamente toda la vida.

Rubia, de ojos claros exactamente iguales a los que había heredado de Blanca, su madre, atravesó la estancia y se dejó caer sobre mi cama sin la menor ceremonia.

Siempre me había parecido preciosa. No de esa belleza fría y perfecta que intimidaba al resto de la gente, sino de la que invitaba a acercarse.

Quizás porque debajo del apellido Alcázar seguía estando la misma niña que compartió meriendas, secretos y trastadas conmigo desde que nació, unos años después que yo.

—No tengo cara de enamorada.

—No, qué va. Ahora resulta que tengo mucha imaginación.

—Desbordante.

—Aitana, desbordada estás tú por esta escapada que se te ha presentado.

—Escapada será para ti, que estás acostumbrada a levantarte aquí y tomar el brunch en Londres, guapita de cara. Esta para mí es la aventura de mi vida.

—Ya, pero no solo por el destino, que ya te adelanto que te va a fascinar. Pero claro, no será eso solo lo que te fascine.

No pude evitar reírme.

—Ya me extrañaba que no vinieras a darme caña.

—Es mi deporte favorito, no me lo perdería por nada del mundo.

—Pues ten cuidado, porque puede convertirse en un deporte de riesgo —le advertí mientras le tiraba un almohadón, iniciando una inevitable guerra.

Cuando por fin terminamos, Lucía se acomodó entre los cojines y observó el desastre que habíamos montado en el dormitorio.

—Por cierto, vengo de soportar a Beatriz durante tres cuartos de hora interminables.

—Mis condolencias.

—Gracias.

—¿Ha sobrevivido alguien más?

—Por poco. Ha conseguido discutir con el mozo de cuadras, con Rodolfo y hasta con una maceta con la que se ha dado en el dedo meñique.

—No se lo habrá partido, porque cualquiera la aguanta.

—No, no ha habido suerte. Pero sus maldiciones han sonado en distintos idiomas.

—Nunca decepciona.

—Jamás.

Ambas pusimos los ojos en blanco, pues esa mujer era insufrible. Aquella era una de las pocas cosas buenas de Beatriz: el material infinito que proporcionaba para burlarse de ella.

Cuando la risa fue apagándose, Lucía me observó durante unos segundos.

—Me alegro mucho por ti, ¿sabes?

—¿Por el viaje?

—Por todo.

Bajé la vista hacia la ropa que seguía desperdigada por la cama.

—Todavía no me creo que vaya a pasar.

—Pues créetelo.

—¿Y si sale mal?

—Qué quieres que te diga, lo habrás vivido. Sabes que a mí no me gusta un pelo “el heredero”, pero si tú estás loquita por él…

—No lo llames así, que tiene nombre.

—Es que prefiero no recordarlo.

—No seas mala, no me hagas sufrir —le pedí porque sabía de sobra que ella no lo tragaba. La diferencia de caracteres siempre los separó, desde que se conocieron. Y tampoco ayudaba que Beatriz siempre lo pusiera por las nubes delante de su padre.

Sin embargo, la expresión divertida desapareció poco a poco de su rostro.

—Solo te voy a pedir una cosa.

—¿Qué?

—No bajes la guardia del todo con Jaime.

—¿Otra vez con eso? No, por favor, que eres muy cargante...

—Sí, otra vez con eso.

—Lucía...

Ella suspiró.

—No digo que sea mala persona. No lo es. Pero a veces le veo cosas que no me encajan.

Fruncí el ceño.

—Porque no eres un puzle, eres una pija.

—Solo digo que tengas cuidado.

—Y yo digo que estás equivocada. Punto final. No vamos a discutir.

La verdad era que conocía perfectamente el motivo de aquella insistencia. Lucía llevaba años protegiéndome, pese a ser menor que yo. En mi caso, tampoco quería que le diera ni el viento. Siempre fuimos uña y carne.

—Además, si fuera como dices, no estaría coladita por él. Y sabes que lo estoy, a ti no te puedo engañar.

—Para mi desgracia y, aparte, ese argumento no tiene ninguna base científica.

—Tiene toda la base científica del mundo, pero tú eres de letras…

—Sí, solo te falta decir que soy “letrasada” —bromeó.

Después se hizo un silencio agradable mientras ella observaba la habitación y yo terminaba de guardar algunas cosas en la maleta.

Era de esos que solo existen entre personas que se conocen demasiado bien.

Finalmente dejé una camiseta doblada sobre la cama y la miré.

—Gracias.

Lucía parpadeó.

—¿Por qué?

—Por tratarme siempre como una amiga.

Su expresión cambió de inmediato.

Como si aquella idea le pareciera completamente absurda.

—Claro que te trato como una amiga.

—No todo el mundo lo hace en esta casa.

—Beatriz no cuenta. Ella no es una Alcázar y no lo será nunca.

Me señaló con un dedo.

—Y tú… tú eres mi mejor amiga.

Sentí un nudo extraño en la garganta.

Se levantó de la cama y me rodeó con los brazos antes de que pudiera protestar.

—Y tú eres mi niña. La niña con los ojos claros más bonitos del mundo…

—Sí, de portada de revista son ahora, no te digo…

—Mucho más, tontuela. Mucho más.

Le devolví el abrazo riéndome.

—Pásatelo bien en Asturias.

—Lo intentaré.

—No. Pásatelo muy bien.

—Vale.

—Y llámame.

—Que sí. Cada día…

—Y si Jaime hace alguna tontería...

—Lucía.

—...lo entierro entre barricas.

Aquello terminó de arrancarme una carcajada.

Cuando se separó de mí, seguía sonriendo.

Y mientras la veía salir de la habitación, comprendí que, pasara lo que pasara en Asturias, siempre tendría un hogar esperándome en Montealto.

Y también una amiga capaz de declararle la guerra a medio mundo si alguien se atrevía a hacerme daño.

El viaje comenzó mucho mejor de lo que había imaginado.

Cuando Jaime apareció delante de la casa principal de Montealto al volante de un deportivo descapotable negro que probablemente costaba más que todas mis pertenencias presentes y futuras juntas, tardé varios segundos en reaccionar.

Me había imaginado una berlina elegante, un coche de empresa o cualquier cosa razonable para recorrer media España.

Aquello no era razonable.

Aquello era una fantasía con ruedas.

—No me mires así —se rio mientras colocaba mi maleta en el maletero—. Llevo años queriendo hacerme con un coche como este y ya era hora.

—Y yo llevo años queriendo una isla privada y me temo que me voy a quedar chafada.

—Bueno, igual un día tú y yo nos largamos a una.

—Venga ya, farsante, tú formas parte de esta tierra. No te irías de aquí jamás. Eres más jerezano que vuestros viñedos. A quién querrás engañar…

—A ti desde luego que no, preciosa. Monta ya, que nos vamos.

—Ni que fuera a montar a caballo.

—Tardaríamos demasiado, pero por ti haría el camino incluso andando.

—Sí, el Camino de Santiago harías tú desde aquí, como no eres pijo ni nada…

—Ya estamos…

A medida que dejábamos atrás Jerez y los paisajes conocidos de Andalucía, la sensación de aventura fue creciendo dentro de mí.

El sol acompañó buena parte del recorrido y el techo permaneció abierto durante horas.

El viento me revolvía el pelo constantemente y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía ninguna obligación pendiente, ningún pasillo que limpiar ni ninguna mirada vigilante de Beatriz esperando el menor error.

Solo estaba yo.

Bueno, y Jaime.

La música sonó durante prácticamente todo el trayecto. Él se empeñó en controlar la lista de reproducción al principio, pero semejante idea duró poco.

—Ni hablar. Llevas tres canciones seguidas eligiendo tú.

—Porque tengo mejor gusto.

—Eso es discutible.

—Imposible.

Cinco minutos después le había quitado el móvil de las manos y estaba buscando mis propias canciones.

Durante el viaje fueron sonando Espresso , de Sabrina Carpenter; APT. , de Rosé y Bruno Mars; Mi ex tenía razón , de Karol G; Azizam , de Ed Sheeran, y también varias canciones españolas que terminamos cantando a voz en grito, aunque ninguno de los dos afinara especialmente bien.

Al principio me dio vergüenza.

Después dejé de preocuparme.

Quizás porque Jaime tenía esa capacidad extraña para conseguir que todo pareciera fluir.

Las horas fueron pasando entre bromas, cafés en áreas de servicio, discusiones acaloradas sobre qué cantante era mejor y conversaciones que saltaban de un tema a otro sin ningún orden.

Cuando cruzamos Castilla y el paisaje empezó a transformarse, me descubrí observando por la ventanilla casi todo el tiempo.

El cambio fue tan gradual que apenas me di cuenta al principio.

Los tonos secos desaparecieron.

La tierra comenzó a cubrirse de verde.

Aparecieron bosques.

Montañas.

Praderas.

Y una cantidad de vegetación que resultaba casi imposible para alguien acostumbrado al sur.

—Madre mía...

Jaime sonrió sin apartar la vista de la carretera.

—Lo sé.

—Es precioso.

—Todavía no has visto nada.

Y tenía razón.

Porque cuando finalmente entramos en Asturias sentí algo muy parecido al enamoramiento.

Todo parecía sacado de una fotografía.

Las montañas se elevaban cubiertas de árboles, las nubes se deslizaban sobre las cumbres y cada curva descubría un paisaje todavía más bonito que el anterior.

Había vacas pastando en prados inmensos, pequeñas aldeas escondidas entre la vegetación y ríos que aparecían de repente junto a la carretera.

—No entiendo cómo existe un sitio así.

—Eso mismo pensé yo la primera vez.

—Quiero quedarme aquí para siempre.

—Llevas exactamente quince minutos en Asturias.

—Y ya he tomado una decisión.

Jaime soltó una carcajada.

—Qué peligro tienes.

Una hora después comprendí que aún no había visto lo mejor.

La finca apareció al final de un camino rodeado de árboles.

O más bien la casona.

Porque aquello no era exactamente una finca al estilo andaluz.

Era una enorme casona asturiana construida casi por completo en piedra y madera, con balcones llenos de flores, tejados inclinados y ventanales enormes orientados hacia las montañas.

A pocos metros corría un río de aguas cristalinas que atravesaba la propiedad como si hubiera decidido instalarse allí para siempre.

Me quedé inmóvil.

Literalmente inmóvil.

—No puede ser.

—Sí puede ser, siento contradecirte, pequeña.

—Jaime...

—¿Qué?

—Esto es una locura —murmuré conmocionada ante tanta belleza.

A nuestro alrededor se extendían hectáreas y hectáreas de terreno verde. Había praderas cercadas, pequeños puentes de madera sobre el río y varios caballos pastando cerca de uno de los establos.

El sonido del agua llegaba incluso desde donde estábamos.

El aire olía a hierba húmeda.

Y el silencio era tan agradable que daba pena romperlo.

—Creo que acabo de enamorarme.

—Lo suponía.

—No hablo de ti.

—Eso ha sido cruel.

—Pero sincero.

Él negó con la cabeza mientras sonreía.

Cuando bajamos del coche y empezamos a caminar hacia la casa, algo llamó mi atención.

No había nadie.

Ni un jardinero.

Ni personal de mantenimiento.

Ni empleados entrando y saliendo.

Nada.

Fruncí el ceño.

—Espera un momento.

—¿Qué?

—¿Dónde está todo el mundo? Creí que al menos habría un par de personas.

La sonrisa de Jaime se volvió sospechosa.

Muy sospechosa.

—Bueno...

—Jaime.

—Digamos que exageré un poco algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Mi madre quería que viniera la mujer que normalmente se ocupa de supervisar la finca, junto con su marido y su hija.

—¿Y?

—Y esa mujer me cae fatal.

Me eché a reír.

—No te creo.

—Te prometo que es insufrible.

—Qué casualidad, como tu bendita madre. Seguro que fue ella quien la contrató.

—Pues no te puedo llevar la contraria. Y, además, tenías que venir tú.

Lo dijo con tanta naturalidad que tardé unos segundos en reaccionar.

Jaime se acercó un poco más.

—Así que aproveché la situación. Le expliqué a mi madre que necesitaba a alguien de absoluta confianza, que conociera perfectamente cómo funcionaban nuestras propiedades y que pudiera encargarse de cualquier imprevisto.

—Manipulador.

—Eficiente.

—Mentiroso.

—Selectivamente creativo.

Volví a reír.

Y mientras observaba aquella casona increíble, el río, los caballos y las montañas que parecían proteger toda la propiedad, comprendí que aquella semana prometía ser mucho más especial de lo que había imaginado.

Muchísimo más.

Y me sentí feliz.

Inmensamente feliz.