Capítulo 2
El resto del día fue una tortura.
No ocurrió nada extraordinario. De hecho, si alguien me hubiera preguntado al anochecer cómo transcurrió la jornada en Montealto, probablemente habría respondido que igual que cualquier otra.
Irene organizó al personal, Rodolfo supervisó varias entregas para las bodegas, Beatriz encontró tres motivos distintos para quejarse de asuntos que no tenían la menor importancia y la finca continuó funcionando con la precisión de siempre.
Sin embargo, para mí todo había cambiado en el instante en que vi a Patricia darle a Jaime aquel beso.
Intenté trabajar. Lo intenté de verdad. Me refugié en tareas que normalmente hacía sin pensar, convencida de que mantener las manos ocupadas impediría que mi cabeza siguiera dando vueltas a lo mismo. No funcionó.
Cada vez que me quedaba sola unos minutos volvía a aparecer la misma imagen. Patricia sonriendo. Jaime admitiendo lo que iba a pasar. Aquel gesto breve que para cualquiera podría haber parecido insignificante y que para mí fue suficiente para convertir una mañana feliz en un verdadero suplicio.
Lo más doloroso era que me había permitido ilusionarme.
Durante meses viví pendiente de los mensajes que me enviaba, de los ratos robados entre una obligación y otra, de las promesas que dejaba caer cuando hablábamos a solas. Me convenció de que lo nuestro era real. Quizás por eso el golpe resultó tan fuerte.
Cuando terminó la cena y pude retirarme a mi habitación, sentí cierto alivio. Necesitaba estar sola. Necesitaba ordenar todo aquello antes de enfrentarme a nadie. Traté de relajarme, me senté sobre la cama y abrí un libro por pura inercia. No leí una sola línea.
Unos golpes suaves en la puerta me hicieron levantar la cabeza.
No necesité preguntar quién era.
Su voz llegó apenas un segundo después.
—Aitana, necesito hablar contigo —murmuró Jaime.
Cerré los ojos. Aquello era exactamente lo que no quería. O lo que creía no querer.
Porque una parte de mí deseaba escucharlo. Deseaba que existiera una explicación capaz de borrar lo que había visto por la mañana. Otra parte, mucho más herida, prefería mantener la distancia y conservar intacta la indignación.
—No tengo ganas de hablar con nadie —le respondí al fin.
Al otro lado de la puerta se hizo un breve silencio.
—Entonces sal al jardín cuando se te pase el enfado. Voy a estar junto a la fuente y no pienso moverme de allí hasta que vengas.
Supe que hablaba en serio. Lo conocía demasiado bien. Era testarudo y obstinado como él solo.
Tardé casi veinte minutos en bajar. Veinte minutos durante los que intenté convencerme de que no debía hacerlo.
Veinte minutos durante los que imaginé todas las explicaciones posibles y descarté la mayoría por absurdas.
Cuando finalmente abandoné mi habitación y crucé los pasillos silenciosos de la casa, ya no estaba tan enfadada como al principio.
Seguía dolida, seguía confundida, pero sobre todo necesitaba respuestas.
La noche había caído sobre Montealto y el jardín parecía otro lugar completamente distinto al de la mañana. Las luces exteriores dibujaban caminos dorados entre los árboles y el sonido del agua de la fuente acompañaba el silencio. Encontré a Jaime exactamente donde había dicho que estaría.
Me observó acercarme sin moverse. No sonreía. No parecía relajado. Al menos, cabía la posibilidad de que aquel niño pijo pudiera figurarse en parte mi dolor.
De hecho, por primera vez desde que lo conocí, tuve la sensación de que estaba realmente preocupado.
Me detuve frente a él y crucé los brazos.
—Supongo que ya sabes por qué estoy aquí.
Jaime asintió despacio.
—Lo sé. Y también sé que llevas todo el día sufriendo por algo que no tiene nada que ver con la realidad. Te he visto el ceño fruncido durante horas. Y ya te adelanto que te estás equivocando.
Su respuesta consiguió irritarme de nuevo.
—Curiosa forma de describir lo que vi esta mañana. Serás caradura…
—Lo que viste esta mañana fue a Patricia haciendo algo que lleva intentando hacer desde hace años.
Lo miré con incredulidad.
Él dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza.
—Aitana, escucha. Mi madre adora a Patricia.
Lleva media vida intentando emparejarme con ella porque encaja perfectamente en el mundo que tiene planeado para mí.
Es hija de una familia amiga, tiene el apellido adecuado, las amistades ideales y todas esas cosas que la vuelven loca.
Patricia lo sabe y lleva aprovechándose de eso desde que éramos adolescentes.
Quise interrumpirlo, pero no me dejó.
—¿Crees de verdad que, si estuviera interesado en ella, pasaría meses escondiéndome para verte a ti? ¿Crees que me complicaría la vida de esta manera teniendo una opción mucho más fácil delante?
Reconozco que me hizo dudar. Porque era una buena pregunta. Demasiado buena.
—Te besó.
—Sí. Es cierto. Pero eso no significa nada, apenas fue un roce de labios.
—Es que no hace falta que a uno le metan la lengua hasta la campanilla para que se llame “beso”, ¿te enteras? Y encima ni te inmutaste, anda que la rechazaste o algo.
—Porque apenas me dio tiempo a reaccionar.
Sus ojos permanecieron fijos en los míos. No había nerviosismo. No había culpabilidad. Solo una especie de resignación que me dio que pensar.
—Lo que ocurrió esta mañana fue exactamente eso: un beso tonto. Un beso que no esperaba y que no significó absolutamente nada. Si no monté una escena fue porque bastante complicada es ya mi relación con mi madre como para darle otro motivo más para organizar una guerra.
—No digas eso, anda... Quien lo lleva fatal con ella es tu hermano Hugo, que no aparece por aquí ni amarrado. Ese no vuelve de Estados Unidos ni aunque lo deporten. Pero tú… tú eres el ojito derecho de Beatriz, no te hagas el mártir.
—Y aun así, mi madre es una mujer difícil. Es verdad lo que dices, pero ni a mí me pone las cosas fáciles. A menudo me tengo que tomar una pastilla para soportarla.
—Y ya salió de nuevo el mártir. Si tuvieras que aguantarla como jefa, entonces sí que sabrías lo que vale un peine.
—Un peine vale bien poco, no como tú, que vales un imperio.
—No me hagas la rosca.
—No digo más que la verdad.
Bajé la vista unos segundos.
La rabia empezaba a perder fuerza.
—Entonces... ¿De verdad no la quieres?
Cuando volví a mirarlo, descubrí una expresión tan descarada que me desarmó mucho más que cualquier declaración.
—Aitana, la única mujer que me importa eres tú. Tú sí que no te enteras…
Aquellas palabras llegaron tan claras que durante unos segundos me quedé sin saber qué responder.
Porque no había dobles sentidos. Solo se trataba de una afirmación sencilla y directa. Y que coincidía exactamente con lo que mis oídos deseaban escuchar.
El alivio me recorrió de golpe. Y también cierta vergüenza. Porque llevaba todo el día imaginando escenarios catastróficos.
—Eres un idiota.
Jaime terminó sonriendo.
—Probablemente.
—Y podrías haberme evitado doce horas de sufrimiento.
—Eso puede que sea mi culpa.
Una pequeña risa escapó de mis labios antes de que pudiera impedirlo. Eso pareció relajarle.
—Ahora que hemos aclarado eso —continuó—, puedo contarte lo que quería decirte desde anoche.
La curiosidad regresó de inmediato.
—Empiezo a pensar que no existe ninguna noticia importante.
—Existe.
—Pues habla de una vez o calla para siempre, puñetero.
Jaime dio un paso más cerca y bajó la voz.
—La semana que viene me voy a Asturias.
La decepción debió reflejarse en mi cara porque se echó a reír.
—Espera, impaciente. No he terminado.
Entonces me explicó que Ignacio quería que revisara varios asuntos relacionados con una finca familiar que tenían allí. Nada especialmente emocionante. Lo emocionante llegó después.
Porque, según me contó, llevaba días insistiendo en que necesitaba llevar personal de confianza durante aquella estancia. Había discutido con su madre más de una vez por ese asunto y, contra todo pronóstico, terminó consiguiendo permiso.
Tardé unos segundos en entender por dónde iba.
Y cuando lo asumí, me quedé completamente inmóvil.
—No puede ser.
—Sí puede.
—Jaime...
—Te vienes conmigo, preciosa.
La noticia consiguió borrar definitivamente todo lo ocurrido durante el día.
Pasar una semana entera con él. Sin prisas. Sin encuentros robados de unos minutos. Sin la sensación constante de estar escondiéndonos.
Parecía demasiado bueno para ser real.
—Si tu madre llega a sospechar el motivo por el que lo haces, va a odiarme todavía más.
—Eso ya lo hace gratis. Además, está demasiado centrada en sí misma como para percatarse de nuestra historia.
Volví a reír. Y aquella vez lo hice de verdad. Me gustó ese “nuestra historia” que salió de sus labios.
Jaime aprovechó el momento para acercarse todavía más. Sus dedos buscaron los míos con naturalidad y los entrelazó despacio antes de mirar hacia la casa para asegurarse de que nadie andaba cerca.
Cuando comprobó que seguíamos solos, volvió a centrar toda su atención en mí.
—¿Ya me has perdonado?
Lo observé unos segundos. Después asentí. Y apenas tuve tiempo de hacerlo porque, al instante siguiente, sus labios encontraron los míos.
El beso fue lento, intenso. Muy distinto al que me había destrozado aquella mañana.
Y cuando se separó apenas unos centímetros, apoyó la frente contra la mía durante un instante y sonrió.
—Ven conmigo.
—¿Adónde?
—A mi habitación. Ya sabes dónde.
Aquella vez no hubo dudas, enfado o miedo.
Solo la felicidad absurda y luminosa de quien unas horas antes creía haber perdido algo importante y acababa de descubrir que seguía teniéndolo entre las manos.
Así que lo seguí hacia la casa, convencida de que aquel era el mejor final posible para un día horrible.