Si vuelves a mirarme así Capítulo 1
3%
Si vuelves a mirarme así

Si vuelves a mirarme así

Por Marco A. C.

© inepub.com

Capítulo 1

Limpiar aquel ventanal era casi una condena. No porque fuera difícil, sino porque medía más que el salón de muchos pisos y porque, cuando terminaba un extremo, el sol de Jerez encontraba la forma de señalar alguna huella en el otro.

Aun así, me ofrecía voluntaria para trabajar en la cocina.

Era la estancia más viva de toda la finca Montealto.

No voy a negar que fuera una tarea ardua, pero tampoco diré que me disgustara del todo.

Desde allí se veían los viñedos extendiéndose en líneas perfectas, el camino de albero que llegaba hasta la entrada principal, los patios blancos del cortijo y, más allá, las naves antiguas de Bodegas Montealto, donde durante décadas el apellido Alcázar había pesado tanto como una firma estampada en oro sobre una etiqueta de vino exquisito.

La finca era enorme, elegante, antigua sin mostrar signos de vejez, llena de buganvillas, arcos, suelos hidráulicos, puertas de madera oscura y ese olor particular que mezclaba cocina, tierra caliente, flores recién regadas y barricas al fondo.

Para cualquiera que llegara de fuera, Montealto debía de parecer un lugar de postal.

Para mí era bastante más complicado que eso, porque no solo trabajaba allí: había nacido allí.

Mi madre, María Suárez, había entrado en la casa de los Alcázar siendo muy joven y siguió trabajando en ella incluso después de quedarse embarazada de mí.

Desde pequeña me contó la verdad, sin adornos y sin esa delicadeza que los adultos usan a veces para suavizar lo que no tiene arreglo: mi padre se quitó de en medio cuando supo que iba a tener una hija.

Durante años imaginé que quizás volvería, que tal vez habría una explicación menos fea, una carta perdida, una culpa antigua, cualquier cosa que convirtiera su ausencia en algo menos vulgar. Pero nada.

Luego crecí, dejé de esperar milagros y entendí que algunas personas no necesitaban grandes motivos para marcharse.

Mi madre me crio en Montealto, entre los turnos del servicio, las meriendas robadas en la cocina, los veranos interminables, las carreras por los patios y la vida de una familia que nunca fue la mía y que, sin embargo, marcó cada rincón de mi infancia.

Cuando ella murió a causa de una cruel enfermedad, yo acababa de terminar Bachillerato y no tenía ni idea de qué iba a hacer con mi vida. Me quedé sin madre, sin casa propia y sin un plan que no se derrumbara al pensarlo dos segundos.

Ignacio Alcázar, dueño de la finca y de las bodegas, pudo haberme ayudado durante unos meses y luego dejar que siguiera mi camino, pero no lo hizo.

Me ofreció quedarme en el puesto de mi madre y, aunque aquello no era exactamente el futuro con el que una sueña con dieciocho años, en ese momento fue una tabla en mitad del océano.

Ignacio siempre había tratado bien al servicio.

Era un hombre serio, educado, de esos que saludaban por el nombre y preguntaban por la familia sin que pareciera una cortesía vacía.

Había enviudado muchos años antes de Blanca, su primera esposa, una mujer buena a la que todos recordábamos con cariño y que era la madre de Lucía Alcázar, mi mejor amiga desde que ambas éramos dos niñas con las rodillas llenas de arañazos y la cabeza llena de planes disparatados.

Lucía nunca me trató como la hija de una empleada.

Ni de pequeñas, cuando jugábamos a escondernos entre las cortinas del salón noble y ella acababa metiéndome en líos que después yo intentaba explicar fatal; ni de mayores, cuando la diferencia entre nuestras vidas se volvió demasiado evidente para fingir que no existía.

Ella era una Alcázar, la hija de Ignacio, heredera de un apellido que abría puertas antes incluso de llamar.

Yo era Aitana Suárez, la hija de María, la chica que limpiaba habitaciones, preparaba bandejas y conocía mejor que nadie las normas no escritas de una casa donde todo el mundo tenía un sitio asignado, aunque nadie lo dijera en voz alta.

Aun así, Lucía seguía entrando en la cocina para buscarme, seguía contándome sus problemas, seguía defendiéndome cuando Beatriz, la segunda esposa de Ignacio, decidía que humillar a alguien del servicio era una forma aceptable de entretenerse cuando estaba aburrida.

Beatriz llevaba años casada con Ignacio, pero jamás consiguió que la casa la quisiera. Delante de su marido se mostraba impecable, correcta, casi dulce cuando le convenía; en cuanto Ignacio salía de una habitación, su voz cambiaba lo justo para recordarnos a todos quién mandaba.

Sus hijos no llevaban el apellido Alcázar, porque ella los aportó a su segundo matrimonio tras pasar por un divorcio en el que debió hacer que al padre de sus hijos le doliera la cabeza.

Pero eso no le impedía hablar de su hijo Jaime (el menor de los dos) como si fuera el único candidato ideal para heredar la fortuna de su marido.

Jaime trabajaba con Ignacio en las bodegas y ocupaba un puesto importante pese a no haber cumplido los treinta.

Alto, de pelo castaño, de sonrisa fácil y ropa impecable llevada con esa despreocupación de quien nunca ha tenido que preguntarse si algo era demasiado caro, se movía por la finca con la seguridad de los que han crecido sabiendo que nadie les cerraría una puerta.

Tenía los ojos oscuros y un encanto que usaba casi sin darse cuenta, aunque eso no lo hacía menos efectivo.

Yo estaba enamorada de él hasta un punto que me daba vergüenza reconocer incluso a solas.

Lo nuestro, si podía llamarse “lo nuestro” sin pecar de ingenua, era clandestino.

Llevábamos meses viéndonos a escondidas, cruzando mensajes tarde, robando besos en rincones donde nadie pasaba y fingiendo delante de todos una distancia que a mí me costaba más de lo que debería.

Y, a todo esto, ya habíamos compartido cama.

Solo Lucía, Irene y Sonia lo sabían. Lucía porque me conocía demasiado bien y porque había visto a Jaime salir una noche por la puerta equivocada con la camisa mal abrochada y cara de no saber mentir; Irene, porque en aquella casa no ocurría nada importante sin que ella acabara enterándose; y Sonia porque también era mi amiga y porque, aunque parecía más parada que yo, tenía ojos para rato.

Irene, el ama de llaves, fue el mejor apoyo de mi madre y trató de ocupar el vacío que su marcha dejó en mi interior. Me reñía por trabajar de más, por dormir poco, por confiar en quien no debía y por hacer bromas en momentos poco oportunos, que según ella eran casi todos.

Rodolfo, el mayordomo, era distinto: discreto, elegante, más serio en apariencia, pero con un corazón enorme y una paciencia que ni los santos de las capillas antiguas del cortijo.

Sonia, en cambio, era mi refugio de cada día, una doncella joven, dulce y prudente, tan capaz de guardar un secreto como de mirarme con cara de “te lo dije” cuando me empeñaba en meterme sola en un jardín con espinas.

Aquella mañana, mientras repasaba el cristal con el paño, Irene entró en la cocina con una bandeja y me miró por encima de las gafas, que llevaba colgadas de una cadenita dorada pese a no necesitarlas casi nunca para ver de lejos.

“Aitana, cariño, si frotas un poco más acabarás sacándole brillo al paisaje”, comentó, y Sonia, que acababa de aparecer con una caja de copas, se rio por lo bajo antes de añadir que llevaba tres días limpiando con cara de anuncio de perfume.

Les saqué la lengua porque la dignidad, en según qué mañanas, estaba sobrevalorada, y seguí con mi tarea fingiendo que no sabía a qué se referían.

La noche anterior Jaime me había escrito hasta tarde y me confesó que quería verme a solas, que tenía algo importante que contarme.

Desde entonces mi cabeza barajó mil teorías distintas, todas emocionantes, todas imprudentes y todas destinadas a hacerme parecer una idiota si resultaban no ser ciertas.

Sonia me observó con una sonrisa pequeña mientras ordenaba las copas sobre la mesa auxiliar, e Irene suspiró de esa forma suya que mezclaba cariño y advertencia.

Ninguna mencionó el nombre de Jaime, pero en la cocina flotó igualmente, pegado a mi piel con una fuerza que me habría delatado ante cualquiera con un mínimo de atención.

Seguí limpiando porque necesitaba hacer algo con las manos y porque mirar demasiado mis propias ilusiones nunca había sido buena idea.

Desde el ventanal vi moverse a un par de trabajadores cerca de las bodegas, un camión entrando por el camino secundario y a Rodolfo cruzando el patio con paso firme, probablemente camino del salón donde Beatriz habría pedido alguna cosa imposible solo por comprobar si alguien era capaz de cumplirla.

La mañana estaba marcada por ese ritmo de casa grande que nunca se detiene: puertas que se abrían, vajilla colocándose, voces lejanas, el rumor de la finca despierta bajo el sol.

Entonces apareció el coche de Jaime por el camino principal y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sonreí. No pude evitarlo.

El coche avanzó despacio sobre el albero y se detuvo frente a la entrada, justo donde los invitados importantes bajaban sin mancharse los zapatos.

Durante un segundo pensé en la noche, en su mensaje, en aquello importante que quería contarme, y sentí una alegría tonta, privada, casi infantil. Después vi que no venía solo.

Patricia bajó del asiento del acompañante con un vestido claro, unas gafas de sol de lo más pijas y ese aire de niña bien que parecía recién salida de una reunión de señoritas en un club privado, aunque fueran poco más de las once de la mañana.

La había visto varias veces en eventos de Montealto, siempre rodeada de gente con apellidos compuestos, joyas de precios estratosféricos y conversaciones sobre viajes, caballos o inversiones.

Jaime rodeó el coche y ambos se quedaron hablando junto a la puerta.

Desde la cocina no podía oírles, pero no necesitaba hacerlo para entender la familiaridad con la que Patricia le tocó el brazo, ni la manera en que él inclinó la cabeza hacia ella con una confianza que no se parecía en nada a la de dos simples conocidos.

Intenté buscar una explicación razonable, un encuentro entre amigos, una visita, una tontería sin importancia; mi mente empezó a trabajar a toda velocidad, ofreciéndome salidas para no tener que mirar de frente lo que estaba viendo.

Entonces Patricia se acercó un poco más y Jaime no se apartó.

El beso fue breve, apenas un roce, tan rápido que cualquiera habría podido restarle importancia si no hubiera estado enamorada del hombre que lo recibía.

Para mí, en cambio, bastó. Bastó para que el paño se me quedara inútil entre los dedos, para que la luz de la cocina pareciera demasiado fuerte, para que la voz de Sonia se perdiera al fondo y para que todas las frases de Jaime, todos sus mensajes, todas sus promesas dichas a media voz en rincones escondidos, cambiaran de forma en mi memoria.

Patricia lo miró con sonrisa satisfecha y Jaime se quedó unos segundos mirándola antes de que ambos entraran en la casa con total parsimonia.

Me aparté del cristal tarde, torpe, intentando que nadie notara nada, pero las lágrimas ya me habían alcanzado la barbilla y Sonia dejó las copas sobre la mesa sin hacer ruido.

Irene no preguntó. No hizo falta que lo hiciera; esta vez supe que lo había entendido todo por la forma en que se acercó despacio y me quitó el paño de la mano.

El ventanal quedó reluciente, abierto al paisaje perfecto de Montealto, mientras yo permanecía allí, en mitad de una cocina que había sido mi hogar durante veinticinco años, comprendiendo que a veces una podía conocer cada rincón de una casa y aun así no saber nada del hombre al que había dejado entrar en su vida.