Si tú supieras Epílogo. Un año y medio después, un viaje en furgoneta, un tripulante inesperado y un beso para todos los públicos
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Epílogo. Un año y medio después, un viaje en furgoneta, un tripulante inesperado y un beso para todos los públicos

Epílogo

Un año y medio después, un viaje en furgoneta, un tripulante inesperado y un beso para todos los públicos

Izan

—¿Estás segura de que lo has metido todo?

—Mira que eres pesado... Sí, Izan, lo he metido todo.

—Pesado, no: previsor.

—Vale que en ocasiones me dejo alguna que otra cosa olvidada, pero hoy no es el caso.

—Menos mal... porque estaríamos jodidos.

Hoy es 24 de junio de 2028 y estamos a punto de salir de casa. Hace justo dos años no sabíamos que en un laberinto de Viena iba a abrirme en canal con ella. Debo ser sincero: necesitaba hacerlo porque algo me decía que Fabiola iba a ser la mujer más importante de mi vida.

Suena el telefonillo y sé quién está llamando.

—Venga, que nos van a sacar el alma como no bajemos ya.

—¿Crees que esto es buena idea? —Fabiola me mira con cara de cachorrillo y yo la beso, porque no puedo no hacerlo.

—La mejor. ¿Quién no querría irse unos días con amigos, todos metidos en una furgoneta?

—Yo, que preferiría hacerme poco más de una hora en avión.

—Nosotros no somos tan simples... —replico antes de besarla en el cuello.

—No sigas o tendré que desnudarte.

—No me opongo a eso en ningún momento.

—Cállate.

—Me encanta cuando me dices cosas cariñosas.

Antes de coger nuestro equipaje comprobamos que todas las puertas y ventanas estén bien cerradas.

Es eso o que Pennywise y Ghostface acaben tomando el sol en las hamacas del jardín.

Spoiler : escapar, no se escapan, pero nos ponen las tumbonas perdidas de pelos y nuestros padres pueden volverse locos antes de dar con ellos.

—Todo en orden.

Salimos y nos los encontramos a todos fuera con cara de hastío por la espera.

—¿De verdad que no queréis que pille unos billetes de avión o de tren? —pregunta mi compañera de vida.

—Ni de coña, Fabs. Aquí todos juntos oliendo a humanidad, como tiene que ser. Por cierto..., somos uno más —suelta su prima de repente.

La miro, me mira, me sonríe y yo le sonrío de vuelta.

En estos dos años Cande se ha ganado un pedazo muy grande de mi corazón.

Junto con Marc y Gi, es la persona que siempre está para escucharme, a pesar de que muchas veces tiene que aguantar mis problemas con su propia prima.

Nunca me juzga, me da sus mejores consejos y tiene un plato en la mesa para mí todos los domingos en casa de sus padres.

No podría vivir sin ella y sé que, si ha dado el paso de traer a quien creo que está a punto de aparecer, tiene largo y tendido que confesar.

—Genial. Todo el mundo es bien recibido —la tranquilizo.

—¡Izan! Ya somos ciento y la madre.

No nos pilla de nuevas a ninguno que Fabiola se ponga un poco nerviosa cuando las cosas se escapan de su control.

—Pues seremos ciento y la madre y... un nuevo integrante. Venga, Mambita, que es solo hasta llegar allí. Luego, cada uno para su habitación a hacer cochinadas, y tan amigos.

—Cochinadas, vosotros, mamones, que yo estoy a palo seco. —Marc sigue buscando el amor verdadero.

—Porque quieres, hermano —le contesto entre risas.

—También es verdad.

Vamos metiendo nuestras cosas en modo tetris en la furgoneta y veo que la gente empieza a escoger sus asientos.

Jon empezará conduciendo y Gi hará de copiloto.

Detrás de ellos se acomodan Cami y Fabiola, dejándome el asiento que hay a su lado.

Y atrás del todo veo cómo se meten Cande y Marc, que están girados hacia mí.

—Izan, prometo contártelo todo —susurra Cande para que solo Marc y yo podamos oírla.

—Más te vale, mariposilla. ¿Estás segura de esto?

—Más que en toda mi vida.

—Bien, pues aquí nos tienes a los dos. Como te vuelva a hacer daño, le meteré una paliza. Primer aviso.

—Joder, me encanta: sois como los hermanos mayores que nunca tuve, o como mis primos de Zumosol.

—Exactamente. Recuerda que somos una familia.

—Y yo estoy feliz por ello. ¿Crees que Fabs se huele algo?

—Tonta no es y sabe que folláis como conejos en repetidas ocasiones.

—Sí, pero sigue sin querer conocer nuestra historia y ya va a hacer dos años que nos pilló en mi casa.

—Repito: no es tonta. Lo hace como mecanismo de defensa porque se sentiría muy dolida sabiendo que lleváis mintiéndole desde críos. Prefiere pensar que es algo relativamente nuevo y esporádico.

—Pero no lo es...

—Y lo sabe, pero esa información la borra de su mente. Llegará el día en el que el mundo conozca vuestra historia y estoy seguro de que tendrá el final feliz que te mereces.

Le guiño un ojo, cierro el maletero y me voy a mi sitio.

—¿Todo en orden? —pregunto nada más sentarme.

—Sí, mi capitán —contesta Jon mirándome por el espejo retrovisor.

—Cuñado, que esto no es un barco. —Río.

—Pues es una pena, porque me pone muy burro un hombre en uniforme. Tú no, claro, que eres el novio de mi hermana. —Marc siendo Marc.

Todos nos reímos de lo que acaba de soltar y Jon arranca y sigue las indicaciones de Waze para llegar a la siguiente parada, que está solamente a diez minutos de nuestra casa.

En cuanto nos acercamos a la urbanización, miro a mi izquierda y veo cómo Fabiola intenta no sonreír, pero no lo consigue.

Acaba de confirmar sus sospechas sobre el pasajero que nos falta y venimos a recoger.

De pronto, una cabeza llena de pelos azules y morados se mete entre nosotros, y luego Candela mira intensamente a su prima.

—Fabs, yo...

—Cande, me encanta que se una a nuestro viaje.

Su sonrisa ahora es la más amplia que posee y le da un beso a su prima en la cara para después soltar todo el aire retenido.

—Joder, me iba a dar un puto parraque.

Se abre la puerta del maletero y todos nos giramos para ver a nuestro nuevo acompañante.

—Hola, preciosa —saluda a la mariposilla, que se sonroja.

—Hola, Aitor —responde Cande como si con ella no fuera la cosa.

—Hola, chicos, gracias por dejarme unirme a vosotros.

—Venga, anda, sube de una vez, que bastante es que me hacéis viajar de esta guisa como para encima pasarme más tiempo del necesario aquí dentro.

Por cierto, Aitor, estoy muy contenta de que te vengas con nosotros.

Siéntate al ladito de mi prima y arrejúntate bien, que Marc es de los que necesitan espacio al viajar —suelta Fabiola sin que nadie más abra la boca.

—Si tengo que hacerlo por Marc, cumpliré con ello.

—Claro, claro, todo por el bien común...

Aitor sube a la furgoneta y, como bien le ha pedido Fabiola, se pega a Candela, a la que besa con todas sus ganas nada más tomar asiento. El espejo retrovisor nos hace a todos partícipes de ello.

—Estoy muy orgulloso de ti. Has hecho muy feliz a tu prima —le digo con una amplia sonrisa.

—Se merece todo lo bueno de este mundo. Y él también.

El miércoles llegamos sin ningún imprevisto y los días siguientes visitamos la ciudad como buenos turistas, a pesar de que los ocho la hemos pisado en innumerables ocasiones.

Ahora mismo son las nueve de la mañana del sábado y estamos todos de nuevo en la furgoneta, ya que vamos a acompañar a Fabiola al sitio en el que tendrá lugar el enlace.

Ha sido quien ha confeccionado el vestido de la novia y el de todas sus damas de honor.

El encargo le llegó por medio de Duna, la influencer gastronómica que conoció hace años, cuando la contrató para una de las fiestas de Ralentí.

Quedaron tan complacidos con sus creaciones y tan prendados de ella que, aparte de confiar en su buen hacer en todas las ocasiones siguientes, la han convertido en una gran amiga, y más desde lo ocurrido en la cena de Navidad de la empresa de hace año y medio.

Han sido ya varias las veces que ella y su novio, Gael, han quedado con nosotros.

La última fue cuando le estaba haciendo un vestido de dama de honor para la boda de su prima Greta, y ahora ha vuelto a contar con Fabiola para la boda de una de sus mejores amigas.

Todos estuvimos encantados con la idea de acompañarla, porque necesitábamos cualquier excusa para poder hacer un viaje juntos.

Llegamos al lugar donde tendrá lugar el enlace y Fabiola busca con la mirada a Duna, a quien ve al otro lado del vestíbulo.

—Tú encárgate de tus cosas y no te preocupes por nada —le comento dándole un beso.

—Vale, amor. Pero estate atento al móvil —me dice alejándose.

—¿Sabes si va a estar mucho tiempo aquí? —me pregunta Marc en cuanto se acerca a mí.

—No lo creo. Vosotros podéis iros a tomar algo por ahí mientras yo me quedo esperándola. Os avisaré en cuanto acabe.

—Tengo una idea mejor: nos quedamos y nos lo tomamos en la terracita del bar tan ricamente contigo.

Miro a mi alrededor y no veo ninguna cara conocida más que la de mi amigo del alma.

—¿Dónde has dejado al resto?

—Mi hermana se ha llevado a Cami a la barra a pedir porque la ruleta de chupitos le quemaba en el bolso. —Se ríe y yo hago lo mismo—. Y nuestro cuñado, pues va detrás de ella, como siempre. Cande y Aitor... los he visto camino al baño. Hay que ver lo sincronizados que tienen los esfínteres.

—Claro, claro.

Indico a Marc que vayamos hacia la terraza y, cuando estamos ya instalados, percibo que me vibra el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.

—Dime, Mambita —hablo nada más descolgar, levantándome y dando unos cuantos pasos para huir del bullicio reinante.

—Izan... —gimotea, poniéndome en alerta de inmediato.

—¿Qué te pasa? —pregunto alterado porque se me ocurren mil cosas horribles en este momento.

—Que la novia dice que no se casa.

—Joder, menos mal.

—¿Qué dices?

—Yo qué sé, me has puesto nervioso. Pensaba que te había pasado algo a ti. Bueno, no es culpa tuya y supongo que te pagarán igualmente por tu trabajo.

—Pobrecilla, yo creo que está enamorada de uno de sus amigos.

—Ya tenemos bastantes dramas con los nuestros como para preocuparnos de los ajenos. Esto es una señal.

—¿De qué?

—De que necesitas unas vacaciones. Unas de verdad. Tú y yo. Solos. Quince días. Mykonos...

—Te quiero. Te quiero tanto que solo podría quererte más, si eso fuera posible, si, cuando consiga tranquilizar a todas estas mujeres y volver contigo, me dices que ya has comprado los billetes. Bueno, o si me dices que Marc o mi prima se han encargado de hacerlo.

—Menuda chantajista estás hecha...

—¿Eso es un sí?