112. Una canción compartida, una declaración en toda regla, un perdón bidireccional y un fin de acto
Una canción compartida, una declaración en toda regla, un perdón bidireccional y un fin de acto
Fabiola
Le he puesto mi corazón en bandeja delante de toda esta gente sin importarme lo más mínimo lo que opinen y siento que me va a dejar abandonada como el que deja la croqueta de la vergüenza.
Sé que, en estos momentos, apoyado contra la puerta, está metido de lleno en una encrucijada consigo mismo mientras sopesa los pros y los contras de las decisiones que pueda tomar.
Y yo estoy muerta de miedo por que pueda salir de esta sala sin mirar atrás.
Veo cómo mi madre se levanta de su silla para venir hacia mí y cómo mi prima hace lo mismo desde su posición, pero se ven interrumpidas por una voz que rompe el silencio que nos acompaña.
—¡«Si supieran»! —grita Izan con todas sus fuerzas, y yo no entiendo nada.
—¿Qué?
—Que esa es nuestra canción —dice mientras se acerca cada vez más a mí—.
Ese es el título de la canción más escuchada en mi Spotify porque es lo único que hace que te sienta cerca.
Y, si los aquí presentes supieran algo sobre lo que siento por ti, sabrían que la primera vez que te vi vestida de amarillo pensé que eras lo más precioso que había visto jamás, porque para mí lo eres, Fabiola.
Que la primera vez que te toqué todo mi mundo se puso patas arriba.
Que cuando te besé supe que querría hacerlo muchas veces más, y ahora puedo decirte que quiero hacerlo el resto de mi vida.
Que estuve jodidamente orgulloso de nosotros cuando ganamos esos mil euros y que no te dije ninguna mentira: me moría por besarte.
Que quise protegerte con uñas y dientes tanto en el lugar donde comimos esos dónuts como cuando sabía que estabas padeciendo la mayor de tus fobias.
Que ese laberinto sirvió para que te abriese mi corazón al doscientos por ciento, mostrándote todas mis debilidades.
Que me encantaría vivir mil holi parties contigo.
Que en esa casa flotante rodeado de gatos solo deseaba que esa casa fuese nuestra y esos mininos viviesen con nosotros.
Que me muero por ver nuestra foto besándonos en el mural del beso, que estoy seguro de que está por ahí.
—Foto número doce —admito con una media sonrisa mientras no dejo de llorar.
—Quiero hacer un listado interminable de películas, ir al videoclub de tus tíos a por ellas y que las veamos. Quiero todo eso y muchas cosas más. Quiero que nos vayamos de viaje y volvamos juntos de la mano. Eso es lo único que no hemos cumplido.
—Lo siento...
—Yo también lo siento, Mambita. Pero te perdono porque esas riñoneras que has hecho me encantan y las quiero todas —me dice una vez que está junto a mí.
—Cállate... Las tienes en mi casa esperándote.
—Me encanta cuando me mandas callar.
—Y a mí me encantas tú.
Coge mi cara entre sus manos y me besa profundamente, haciéndome sentir que mi existencia tiene sentido de nuevo. No pienso separarme de él jamás.
—Un aplauso para estos chicos que han representado tan bien la mejor comedia romántica de todos los tiempos.
—Candela se levanta mientras todos los presentes la miran sin entender nada—.
¡Bravo! Venga, ya se pueden ir a la otra sala, que va a empezar el guateque. Ya no hay más actos que ver por aquí.
Mi prima saca a todo el mundo, incluida mi madre, y me quedo con Izan en medio de este escenario en el que he echado toda la carne en el asador. Me ha quedado al punto.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso llevarte a mi casa y vamos a follar como si no hubiese un mañana.
—Me encanta tu plan.
—Te quiero, Mambita.
—Te quiero, Perroflauta.