Epílogo 2.0. Un viaje a Mykonos, un síndrome del impostor, un nuevo cambio de ruta y unas paces consigo misma
Un viaje a Mykonos, un síndrome del impostor, un nuevo cambio de ruta y unas paces consigo misma
Izan
Ahora mismo nos encontramos en una terracita de la Pequeña Venecia mientras el sol nos da de pleno en la cara.
Hemos pasado los últimos días recorriendo esta isla que nos ha enamorado por completo, aunque también hemos pasado gran parte del tiempo enredados entre las sábanas de nuestra inmensa cama de hotel.
Fabiola no mentía cuando decía que ella era de viajar a buenos hoteles con camas extragrandes.
Y yo no era nadie para llevarle la contraria cuando se encargó de la reserva de nuestra habitación. Es lo único que hizo ella misma.
Echando la vista atrás, me parece imposible que ya hayan pasado más de dos años desde que ella forma parte de mi vida.
Cuando la conocí, con ese disfraz de mujer letal, enfundada en látex amarillo, no llegué a imaginarme que desearía pasar el resto de mi vida con ella.
Tan distintos y tan iguales a la vez. Tampoco ayudaron ciertas actitudes y comentarios suyos, pero hoy en día eso ya no es así, ha quedado en el pasado.
Ha trabajado mucho en ese sentido y no puedo estar más orgulloso de la mujer que tengo al lado.
Reconozco que no las tenía todas conmigo, como es bien sabido por todos.
Yo soy un tipo muy sencillo, que viste de mercadillo, no lleva joyas caras ni se preocupa en exceso por su aspecto.
Ella es todo lo contrario a mí, y quizá por eso la vida, que en ocasiones es muy caprichosa, nos ha juntado, para que encajemos tan bien a pesar de nuestras visibles diferencias.
Me pilla observándola y me dedica una de esas sonrisas que siempre me muero por besar.
—¿En qué piensas?
—En lo preciosa que eres.
—Cállate...
Tiro de ella y la obligo a sentarse en mi regazo.
—Estamos en un lugar público, Izan. Contrólate.
—Solo quiero besar con mucha lengua a mi novia.
—Mira que eres tonto.
Apoya su espalda en mi pecho y entrelaza sus dedos con los míos.
—¿Te lo estás pasando bien de vacaciones conmigo? —suelta, sorprendiéndome.
—Claro que sí. ¿A qué viene esta pregunta?
—A que siempre has viajado con Marc o Gi. Igual te parece una tontería, pero me siento un poco impostora.
Separo mis manos de las suyas y hago que se gire, dejándonos cara a cara.
—Pues sí, Fabiola, me parece una pregunta de mierda. ¿Crees que sería más feliz estando aquí con mis hermanos?
—No es eso..., es que... siento que quizá te estoy cortando las alas.
No contesto. Tan solo cojo su rostro entre mis manos y acerco mi boca a la suya, sin besarla.
—Daría todo lo que tengo a cambio de estar aquí contigo si fuera necesario. A solas. Tú y yo. Ellos van a seguir estando siempre ahí. Incondicionalmente. Para mí... y para ti.
—Lo sé —susurra.
—Pues deja de pensar y verbalizar gilipolleces. Eres la persona a la que más quiero en este mundo, Mambita. No lo olvides nunca.
—De acuerdo. —Suspira antes de volver a hablar —. Tengo una pregunta que hacerte.
Fabiola
—¿Qué pasa? —contesta Izan separando nuestras caras más de lo que nos gustaría.
—Bueno, la verdad es que no es una pregunta, porque ya lo he hecho.
—¿El qué?
—Un cambio de ruta.
Pongo mi mano sobre su pecho y noto cómo su corazón se ha desbocado de repente. Presiento que sabe lo que estoy a punto de decir.
—Sé que tenemos programados aún varios días en este maravilloso lugar, pero tengo que reconciliarme conmigo misma y con un lugar que no quiero que sea sinónimo de dolor nunca más. Y te he comprado unos auriculares nuevos, inalámbricos, por si esto no sale bien.
Izan traga saliva, porque ya sabe de qué se trata. Él ha vuelto a sus recuerdos al igual que yo.
—Solo necesito que me digas que confías en mí.
Que sabes que esta vez, cuando te despiertes, allí estaré yo, a tu lado; que tendremos sexo salvaje antes de conseguir salir de la cama para desayunar; que mi padre nos irá a buscar a ambos al aeropuerto y nos echará la bronca por volver con dos maletas de más llenas de cosas que no necesitamos.
Me mira, en silencio, y yo ya empiezo a tener pensamientos intrusivos de que esto no ha sido una buena idea.
—Y se reirá cuando le enseñemos las fotos porque me harás vestirme de príncipe de cuento para cenar con Bella y Cenicienta. Y, cómo no, tendrá ganas de cortarme los huevos cuando, entre todas esas fotos, vea alguna en la que te meto la lengua hasta la campanilla.
—¿Es un sí?
—Contigo, siempre. Pero quiero mis auriculares con cable.
Lo beso, muchas veces, porque ahora mismo no puedo ser más feliz, y porque el trabajo que han hecho mi prima y Marc para preparárnoslo todo les ha llevado lo suyo.
—¿Cuándo nos vamos?
—En tres días. Entonces, ¿tienes ganas de volver conmigo a París?
—Si tú supieras...