Si tú supieras 109. Un acto de presencia requerido, una presentación, una mesa de delicatessen y «un cameo de excepción»
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109. Un acto de presencia requerido, una presentación, una mesa de delicatessen y «un cameo de excepción»

Un acto de presencia requerido, una presentación, una mesa de delicatessen y «un cameo de excepción»

Izan

Realmente, no me apetece estar aquí, pero mis padres me han dicho que tengo que ser profesional.

Saben que ese es el único motivo que me podía hacer poner un pie en este sitio.

Vuelvo a estar en una fiesta organizada por Fabiola y su familia, a la que hace más de un mes que no veo.

He tenido tiempo para pensar largo y tendido sobre nuestra relación, pero aún no he llegado a una conclusión.

—Ey, has venido. —Marc aparece ante mí con sus mejores galas.

—No me quedaba otra, hermano. Mis padres han usado todas sus armas.

—No podías faltar, hazme caso...

—¿Qué quieres decir?

—Anda, mira, Gisela y Jon —dice Marc evadiendo mi pregunta.

—¿Quién es la chica que los acompaña?

—Claro, aún no has tenido el placer de conocerla. Es Cami, amiga íntima desde pequeña de Cande y Fabi.

—Me habló de ella...

—Pues entonces te habrá contado todo lo que hizo por ella desde bien pequeña. Lo que engaña la Dama de Hierro, ¿verdad? Así es como he bautizado a la madre de la cuquita número dos. Parece ser que sí que tiene corazón debajo de la armadura.

Gi, Jon y Cami se acercan a nosotros y me presentan a esta última, que me mira detenidamente, estudiándome y poniéndome cara de aprobación. Menos mal.

—¿Dónde está lo más guapo de esta fiesta? —pregunta alguien a nuestras espaldas. Nos giramos y ahí está la dueña de esa voz—. Lógicamente, soy yo, pero queda muy bien decir esa frase como si me refiriese al resto. Perdonadme, pero es que estoy realmente espectacular.

—Siempre estás bellísima. —Abrazo a Cande fuertemente—. Sé de uno que debe de estar tirándose de los pelos —bromeo en un susurro.

—¿Dónde está?

—Cuando te sueltes de mí, disimula; lo tenemos al fondo a la derecha.

—Gracias, Izan. Te quiero mucho.

—Yo a ti más, mariposilla mía.

Después de estar un rato con mi gente, me voy a conversar con mis padres.

—Hijo, deberías probar todo lo que hay en esa mesa de allí. Está buenísimo.

—Papá, te dije que haría acto de presencia, pero no pienso quedarme toda la noche.

—Sabes que después de esto pasamos a otra sala para cenar, ¿verdad?

—¿No es tipo cóctel?

—No, lo siento.

Cuando hace una semana mis padres me dijeron que era bueno para la empresa que viniese con ellos a esta fiesta de Navidad, les contesté que lo sentía mucho, pero que declinaba la invitación.

No me apetecía tener que encontrarme ni con Fabiola ni con sus padres.

Me comentaron que con que me dejase ver durante un rato en el cóctel sería más que suficiente.

Ahora me doy cuenta de que era una encerrona en toda regla, aunque no sé la causa.

—Hola, cariño. Esto está riquísimo. Por cierto, ¿mis hijos dónde están?

—Hola, madri —saludo a la madre de mis amigos mientras le doy un sonoro beso en la mejilla—. Están en la otra parte del salón. ¿Necesitas que vaya a buscarlos?

—No te preocupes. Solamente quiero tener vigiladas a las fieras. Estás muy guapo.

—Tú, que me ves con buenos ojos.

—Estos ojos que te echan de menos porque te ven poco.

Admito que, desde que volví destrozado de París, no he estado muy comunicativo con mi familia y me he comportado como un ermitaño. Puede que esté metiéndoles en el cuerpo de nuevo la preocupación por mi bienestar.

—Prometo que me verás más. Y ahora, si me disculpáis, voy a probar eso que decís que está tan comestible.

Dejo a mis padres y a mi madrina conversando y me voy a la mesa de los dulces, donde hay una chica preciosa acompañada de un tipo muy guapo que no deja de mirarla como si se la fuese a comer. Realmente, creo que es lo que piensa hacer.

—Hola —me saluda ella con una amplia sonrisa cuando acabo a su lado.

«Joder, qué ojazos tiene».

—¿Me recomendáis alguno en especial?

—No puedes dejar de comerte uno de estos. Están de vicio —interviene el chico.

—Eso lo dice porque es su tarta favorita, pero sí, está buenísima. Toma, prueba.

La chica me da una minitarrina en la que se ve nata y me tiende una cucharilla. La meto y veo algo rojo, me lo llevo a la boca, lo saboreo y se me cierran los ojos del gusto.

—La red velvet es lo mejor de este mundo y nadie la hace mejor que ella...

«Vale, eso ha sonado muy erótico-festivo».

—No sé si lo hace todo igual de bien, pero yo solo por esto me quiero casar con ella.

—Hola...

«Joder. Fabiola».