Si tú supieras 106. Una cama para dos, un despertar angustioso, un traje culpable y una huida necesaria
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106. Una cama para dos, un despertar angustioso, un traje culpable y una huida necesaria

Una cama para dos, un despertar angustioso, un traje culpable y una huida necesaria

Fabiola

Me meto en la ducha como buenamente puedo, con un pie fuera y con sumo cuidado de no mojarme la cabeza. El día de hoy ha sido... Me ha superado.

Lo que menos me esperaba al levantarme hoy era descubrir quién es Izan en realidad, que me echase un polvo como si no significase nada para él, que acabase llevándome a un hospital y que, ahora, estuviese esperándome en mi propio salón. Las sorpresas que te da la vida.

Me envuelvo de nuevo en la toalla y observo mi reflejo en el espejo del baño. Tengo la cara hinchada y los ojos tristes, y no precisamente por el golpe.

Cuando salgo, me dirijo hacia donde está. Al sentirme, se gira y me observa.

—¿Estás bien?

—No mucho. Voy a vestirme.

Empiezo a caminar hacia mi habitación con ayuda de las dos muletas que me han dado en el hospital y, antes de perderlo de vista, lo miro, invitándolo a que me siga. Una vez que entro en mi dormitorio, me dirijo al vestidor para coger ropa interior y un pijama limpio.

—¿Fabiola?

—Me estoy vistiendo.

—Te espero aquí.

Cuando salgo, me lo encuentro sentado al borde de mi cama y me encantaría tener una de las cámaras de mi prima para inmortalizar este momento.

—¿Puedes tumbarte conmigo un rato hasta que me duerma?

—Claro.

Voy hacia allí, me estiro en la cama y siento cómo se pone a mi espalda y me rodea con un brazo. Nos sumimos en un absoluto silencio que rompo yo.

—No te he dado las gracias por lo que has hecho por mí.

—Hoy no he sido tu mejor compañía, aunque al final del día me haya arreglado un poco.

Quiero pedirte perdón por lo que ha pasado en la fiesta.

Nunca había hecho nada parecido y me jode en el alma que hayas sido tú la perjudicada.

Te he tratado como a una mierda, Mambita, y soy consciente de que no te lo merecías.

—Echaba de menos que me llamases así.

—Y yo echo de menos muchas cosas tuyas.

—¿Como qué?

—Tu sonrisa, el ver cómo te sonrojas, el verte libre, cómo tocas las perlas de tus pendientes cuando estás nerviosa...

—Tú lo haces con el arete de tu nariz —lo interrumpo—. Yo echo de menos tus manos tocándome con todos esos anillos, tus chalecos, tus pulseras de cuero haciéndome cosquillas cuando me acaricias el cuello, tus riñoneras, rozarme con tu barba de varios días... Te echo de menos en general.

—Nos echamos de menos... —suspira.

—Mucho. Te echo de menos todos los días desde que volvimos. No estoy bien, Izan.

—Yo tampoco. Venga, descansa. Mañana será otro día y seguro que es mucho mejor que este.

Noto que el brazo que me rodea se mueve suavemente, haciendo que abra los ojos. Miro el reloj de mi mesita, que marca las cuatro y cuarenta y seis de la mañana. Antes de que el brazo deje de tener contacto con mi cuerpo, lo atrapo con ambas manos.

—No, no, por favor.

—Chist, tranquila, todo está bien.

—No quiero que te vayas. Quiero que te quedes conmigo.

—No iba a irme a ninguna parte, pero necesito quitarme el traje. Me pongo más cómodo, voy al baño y vuelvo contigo, te lo prometo. Sigue durmiendo.

No lo hago hasta que cinco minutos después noto que me vuelve a rodear.

La persiana no está bajada del todo y entran algunos rayos de sol que hacen que me despierte. Estoy sola en la cama. El reloj ahora marca las nueve y trece de la mañana y presiento que lo que está a punto de suceder va a doler.

Me levanto como buenamente puedo, cojo las muletas que tengo apoyadas a mi lado y salgo de mi dormitorio.

Hay un silencio que me taladra las sienes como si estuviese metida de lleno en un after .

Izan se ha ido. Me dejo caer en la alfombra que cubre buena parte de mi salón y en ese momento las lágrimas comienzan a salir, expulsando todo lo que tengo dentro; todo lo que me he ido guardando durante estos meses; todo lo que no me he permitido exteriorizar a pesar de haber llorado mares y océanos.

Lloro por la pena que siento. Lloro por un nuevo abandono. Lloro porque, si hubiese hecho bien las cosas, ahora mismo estaría desayunando con el chico al que quiero, con el que quiero despertarme cada mañana.

Lloro tanto, y tan fuerte, que no oigo que alguien entra en mi casa, corre hacia mí y me abraza.

—¿Estás bien? ¿Te has caído?

«Esa voz».

—¿Izan?

—El mismo que viste y calza.

—Pensaba que te habías ido...

—¿Estabas llorando por mí? Joder... —Me abraza más fuerte y me coge en sus brazos—. Yo no me voy sin avisar, Fabiola. Te he cogido las llaves y he ido a por el desayuno.

—La vez anterior te fuiste. Me desperté sola en tu casa.

—No es cierto. Sí, pero no. Cuando llegué, te habías ido tú.

—Porque sentí que me estabas haciendo lo mismo que...

—Ese día hice lo mismo que hoy. Salí a correr y a comprarte una caja entera de dónuts rellenos.

Conozco al chaval que los hace de madrugada y quería llevarme los primeros del día.

Pero entonces... te fuiste porque te sentiste abandonada.

.. —Un silencio nos acompaña y lo que veo en la expresión de Izan no me gusta—.

Lo siento, tengo que irme. Tengo que pensar. Tengo que alejarme de aquí.

—¡No, no te atrevas a dejarme sola ahora mismo! Te necesito...

Estas dos últimas palabras tan solo las oigo yo, porque la puerta de mi casa se ha vuelto a cerrar y la única que queda dentro soy yo.