Si tú supieras 105. Una multitud agobiante, un padre abanicador, una distracción peliculera y una conversación pendiente
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105. Una multitud agobiante, un padre abanicador, una distracción peliculera y una conversación pendiente

Una multitud agobiante, un padre abanicador, una distracción peliculera y una conversación pendiente

Izan

Tardo unos segundos en aclarar mi mente una vez que entro en el local y otros tantos en divisar la multitud que está alrededor de Fabiola. Me dan igual su madre, su padre, los míos y el mundo en general.

—¡Apartad, que la estáis agobiando! —grito nada más llegar hasta ella y me agacho para estar a su lado.

Su frente tiene un buen corte y la sangre no deja de brotar de él.

—¿Qué ha pasado? —pregunto mirando a Candela.

—Se ha resbalado —me informa frotándome el brazo con una sonrisa en señal de que agradece que haya venido corriendo a pesar de que ambos sabemos lo que ha pasado hace una media hora. Yo le respondo dejando un beso en su mano.

—Por favor, apartaos, dejadla respirar —repito.

—¿Y tú quién eres, joven? —oigo una voz a mi espalda.

Cuando me giro, me doy cuenta de que quien pregunta es su padre, que está abanicándola con lo primero que ha pillado.

A su madre la están «atendiendo» varias de las aquí presentes, entre las que se encuentran mi madre y mi madrina, como si la que tuviese el problema fuese ella.

Sí, lo sé, seguramente esté un tanto aturdida viendo así a su hija, pero permitidme que no sea el mayor fan de esta señora.

—Me llamo Izan, señor.

—Izan... Es un placer, hijo; he oído hablar mucho de ti —admite con una sonrisa reconfortante—. Gracias por cuidar a mi pequeña durante tantos días, y espero que se solucione todo. Tú ya me entiendes.

—Ojalá... Nada me gustaría más, se lo aseguro.

—Estoy convencido de que así será.

No sé qué más decirle porque creo que es la conversación más extraña que he mantenido en mi vida y considero que no es el momento, pero me alegro de que haya sido en este tono conciliador.

Vemos cómo Fabiola abre los ojos y lo primero que ve es a su padre, que con un leve movimiento de cabeza señala en mi dirección.

—Izan... —susurra mientras se le humedecen los ojos.

—Mambita, no me llores, que eres de hierro. Recuerda que la Mamba Negra, la Novia y Beatrix Kiddo son tres en una y pueden con todas las macetas del mundo. Ahora vamos a esperar unos minutos a que te despejes del todo y te llevo al hospital para que te cosan la herida y te miren ese tobillo.

—No, no, mi niña se va en una ambulancia —interviene su madre acercándose a nosotros.

—Señora, tengo el coche aquí al lado y llegaremos antes si la llevo yo. Si fuese un asunto más grave, tenga por seguro que esperaría a los sanitarios, que son los profesionales —le rebato.

—¿No has visto que ha perdido el conocimiento? Tienen que venir a por ella.

—No me he desmayado, mamá. Simplemente tenía los ojos cerrados porque estaba mareada, pero en ningún momento he dejado de estar aquí. He oído todo lo que ha pasado a mi alrededor —dice Fabiola alternando su mirada entre su padre y yo.

—De todos modos, no me parece bien que te vayas con un desconocido. Nosotros te llevamos.

—Amor, con este muchacho va a estar a las mil maravillas. Eres la anfitriona: tú mejor que nadie sabes que no te puedes ir de aquí.

Creo que la baza que ha usado su padre ha sido la mejor del mundo.

—Es mi hija, por el amor de Dios, es más importante que todo lo demás.

Todos nos sorprendemos ante la respuesta de su madre.

—Lo sé, y para mí tampoco hay nada más importante, pero sé que va a estar bien con este chico.

—Me suena tu cara, pero no sé de qué. —Me observa como esperando a que su cabeza le dé alguna pista.

—Es mi hijo Izan —aclara mi madre—. Puedes estar tranquila, que, aunque no conozca a tu hija, no la va a dejar sola ni un momento.

—Bien, vamos a ir por partes —hablo para todos—. Punto uno: Fabiola, ¿estás bien?

—Sí, ya estoy menos mareada. Eso sí, no creo que pueda apoyar el pie —responde mirándome fijamente.

—Eso no es problema. Tienes a unos buenos tiarrones a tu disposición.

El primero, tu padre. Luego también tenemos a Marc, a Jon e incluso a mi padre.

Y estoy yo, por supuesto. Así que hay brazos de sobra para llevarte al coche.

Podría decirte que hasta Gisela podría cargarte, no he visto tía más fuerte que ella.

»Punto dos... A ver cómo digo esto lo más suave posible. Conozco a Fabiola perfectamente, ya que me pasé tres semanas viajando con ella. Vio una foto de su hija con dos chicos, por lo que tengo entendido. Estoy seguro de que la recuerda, ¿verdad?

—Sí, la recuerdo. —Se sonroja y traga saliva.

—Antes de que preguntes, mamá, sí, ella es Fabiola. Sé que entiendes lo que te digo.

—Sí, cariño, claro que lo entiendo. Alto y claro —responde mi madre sonriéndome.

—Pues, aclarado todo esto, me la llevo. Voy a estar allí hasta que la atiendan y, si luego quiere que la traiga de vuelta, lo haré. Y si quiere que la deje en casa, pues lo mismo.

Nada más llegar la pasan a un box y yo me quedo en una sala de espera. Es lo que tiene no pisar un hospital público, que no te comes nueve horas para una simple radiografía. Estoy trasteando con el móvil cuando oigo que me llaman.

—Sí, soy yo. ¿Pasa algo? —pregunto mientras me levanto del asiento.

—No se preocupe. Es que van a coserle la herida a la paciente y ha preguntado si usted podía estar presente. Por lo visto, su novia no lleva bien este tipo de cosas y la verdad es que está bastante alterada.

Novia . Palabra de cinco letras que significa «mujer que mantiene una relación amorosa con otra persona». También «persona que va a casarse o acaba de hacerlo». Y también... «Uma Thurman en el papel de su vida, aunque en esa secuencia no llevase un mono amarillo». Todo son señales.

—Claro, sí, mi novia... Sí, siempre le ponen nerviosa estas cosas.

—Nos ha contado la historia de la cicatriz de su mandíbula y cómo la tuvieron que sujetar entre varias personas. Pobrecita.

Cierto. Recuerdo que el primer día, cuando nos hicimos el escáner visual en el tren, ya me fijé en esa marca que tiene en la parte derecha, tocando la barbilla. Es pequeña, pero igualmente reparé en ella. Nunca llegué a preguntarle cómo se la había hecho.

Sigo a la enfermera hasta donde se encuentra Fabiola y nada más verla compruebo que está hecha un manojo de nervios.

La verdad es que la estampa podría estar sacada de cualquier película de terror adolescente de los noventa en la que en la última escena se enfoca a la única superviviente, a la prota, a la final girl , cubierta de sangre, pero con más pulso que el resto de sus amigos.

.., que han acabado asesinados. No sé la cantidad que le ha salido por la brecha que tiene, pero tanto la piel que no le tapa el vestido como este están cubiertos de rojo.

—Hola —saluda mientras no deja de mover una pierna, realmente inquieta.

—Tranquila, que no va a ser nada.

—Me han dicho que me tienen que poner cuatro puntos. Esto es terrorífico.

—Terrorífica es la media neurona que tienen las personas que suben las escaleras en vez de salir por la puerta principal cuando el malo las persigue. Incluso Sidney Prescott lo hizo en alguna ocasión, cosa que sigo sin entender.

—Vamos a empezar a coser, Fabiola —nos interrumpen mientras ponen el instrumental a nuestro lado.

—¿Cuál es tu película de terror favorita? —Quiero entretenerla para que no piense en lo que están a punto de hacerle.

—¿Sabes que así es como comienzan las conversaciones con las víctimas?

—No con todas. Recuerda que hay supervivientes y que una de ellas es Monica Geller en versión Gale Weathers.

—Sé que estás intentando distraerme. Enhorabuena, lo estás consiguiendo. —Sonríe.

—Y la respuesta es...

— Scream está en el top one . Es mi saga de terror favorita. Luego está Sé lo que hicisteis el último verano. Sarah Michelle Gellar, que es la prota de Buffy, cazavampiros , y Freddie Prinze Jr., que es el de Alguien como tú , se enamoraron en el set de rodaje.

—Lo sé. Luego rodaron las pelis de Scooby-Doo . ¿Sabes que Marc quería ir a la fiesta en la que nos conocimos como Fred? —le cuento.

—No hubiese tenido gracia. Es muy él.

—Eso le dije yo.

— Destino final también me encanta. También es verdad que Devon Sawa tiene mucho que ver.

—Está genial en El diablo metió la mano .

—Seguro que Jessica Alba no tuvo nada que ver...

—Qué le voy a hacer. Es guapísima.

—Sí que lo es.

—No tanto como tú... —Trago—. Bueno, ¿alguna más?

—¿ The Faculty cuenta como peli de terror?

—Para mí, no. Además, ver a Frodo ahí como un estudiante de secundaria me saca totalmente de la historia.

—A mí me gusta por Josh Hartnett.

—Estás quedando un poco mujer gata, que lo sepas. Quieres arañar a todos los protas de esas pelis.

—Culpable.

—Cambiemos de tercio. ¿Peli romántica favorita?

Ya le han cosido la mitad y yo necesito seguir hablando hasta que terminen.

— 10 razones para odiarte . Y, antes de que digas algo de Heath Ledger, diré que siempre he sido muy fan de Julia Stiles. También me encanta otra peli de ella que se titula Espera al último baile .

—Esa no la he visto.

—La tengo en deuvedé. Cuando quieras, te la presto. ¿Y la tuya?

—Me encantan La proposición y Tenías que ser tú .

Las he visto tantas veces con Gisela que se han convertido también en mis preferidas.

—Has elegido muy bien.

—Pues ya está. Lo has hecho genial. —La enfermera le sonríe a Fabiola una vez que la herida ya está cosida.

La miro y, a pesar de tener todo eso en la frente, sigue estando jodidamente preciosa. Antes ya le han vendado el tobillo, así que tan solo queda esperar a que actualicen la receta electrónica y le den el informe para que nos podamos ir.

—¿Hacia dónde me dirijo? ¿Quieres volver a la fiesta?

Acabo de ayudarla a meterse en el coche. No sé cómo finalizará la noche para nosotros dos, pero antes he dicho en serio lo de que la llevaría a donde ella me pidiese.

—Estoy llena de sangre... Necesito meterme en la ducha. ¿Puedes llevarme a casa?

—Claro, dame tu dirección, que la meto en el Waze.

Veinte minutos más tarde estamos saludando al portero de una de las urbanizaciones más exclusivas de la zona. Nos abre el paso y Fabiola me guía hasta la puerta de su casa. Una vez que aparco, el silencio nos vuelve a envolver.

—Yo ya me...

—¿Quieres sub...?

Ambos nos reímos.

—Tú primero.

—Te preguntaba que si querías subir, pero he oído que decías que ya te ibas.

—Pensaba que era lo que querías.

—Izan, necesito que me ayudes a subir, por favor. Pero también necesito que hablemos de lo que ha pasado hoy. Tenemos que hacerlo.

—Vale...

Estoy en medio del recibidor de su casa y me quedo sin palabras. Es un lugar sin alma. Incluso los pisos piloto tienen más vida que esta.

—Voy a ducharme, ponte cómodo. No tardo.

—No te preocupes. Tómate tu tiempo. Fabiola —se queda parada, sin moverse—, no me voy a ir.

—De acuerdo.

Veo cómo se mete en el baño y yo me voy al sofá. De todo lo que veo, lo único que me saca una sonrisa es una foto de ella y Cande cuando tendrían unos siete u ocho años.

—Izan, ¿puedes venir? —me llama Fabiola.

—¡Claro!

Me quito la americana y el chaleco y me subo las mangas de la camisa. Voy hacia el baño y, antes de abrir la puerta, me cercioro para no meter la pata.

—Me has pedido que entre, ¿verdad?

—Sí, por favor.

Una vez que lo hago, una nube de vaho me da de lleno en la cara. Aquí hace mucho calor y presiento que el ambiente se va a caldear todavía más.

—¿Puedes bajarme la cremallera?

—Seguro que esto es un cliché romántico en toda regla.

—Lo es —afirma riéndose—. Ahora es cuando el vestido cae a mis pies y tú descubres que no llevo sujetador y que tan solo me cubre un tanga de hilo.

Es justo lo que pasa y a mí ya me sobra toda la ropa que llevo.

«Izan, stop ».

—Pero no era esto para lo que te necesitaba. ¿Puedes limpiarme la sangre de la frente? Es que me da pánico hacerme daño tocando la herida.

—¿Y quieres que el daño te lo haga yo?

—Tú nunca me lo harías...

«Claro, como que no te lo he hecho esta misma tarde. Los dos nos hemos dado cuenta de ello».

—Yo te lo limpio, tranquila.

Coge una toalla y se cubre con ella. Una vez que está tapada, se gira y se queda frente a mí. Miro el material que tiene el botiquín que me entrega, pillo una gasa, la empapo en suero y delicadamente le voy eliminando poco a poco la sangre reseca que encuentro en esa zona.

—Eres una derrochadora de agua. Muy mal.

—Ay —dice cayendo en la cuenta y estirándose para cerrar el grifo de la ducha.

Justo cuando se da la vuelta, se apoya en el tobillo malo, suelta un alarido, deja caer la toalla y su pecho desnudo se pega al mío.

Ambos estamos jadeantes y antes de que nos demos cuenta nos estamos besando. Esta vez es con amor, con amor del bueno. No con rabia contenida.

Decido separarme de ella y poner distancia porque creo que lo que ha pasado hace unas horas tenemos que solucionarlo con diálogo, no con sexo.

—Te espero fuera.