Si tú supieras 104. Un abrazo de osa amorosa, un kit de supervivencia, una amiga nueva declarada y una maceta porculera
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104. Un abrazo de osa amorosa, un kit de supervivencia, una amiga nueva declarada y una maceta porculera

Un abrazo de osa amorosa, un kit de supervivencia, una amiga nueva declarada y una maceta porculera

Fabiola

M IENTRAS I ZAN ESTÁ CON M ARC

—Fabs, cariño, déjame entrar, por favor.

No puedo dejar de llorar y no puedo moverme de donde estoy.

No estoy preparada para que nadie me vea en estos momentos, ni siquiera mi prima.

La he necesitado prácticamente todos los días desde lo sucedido y no la he tenido a mi lado.

La culpa es mía, pero, si no llega a ser por Marc y Gisela, no sé qué hubiese sido de mí.

—Fabs, abre. Necesito saber que estás bien y que me cuentes qué ha pasado. Si tu madre me ve aquí hablándole a una puerta, se va a enterar y nos va a dar la vida mártir.

Esa es la señal que necesito para hacerme a un lado y abrirla desde atrás de tal modo que es imposible que nadie pueda verme. Candela, en cuanto puede echarme un vistazo, se lleva las manos a la cabeza y comienza a sollozar.

—Cierra con llave —digo como buenamente puedo.

Hace lo que le pido y me envuelve en uno de sus característicos abrazos, esos que yo necesitaba como el comer.

—Tranquila..., chist..., ya estoy aquí contigo. No pienso irme nunca más, te lo prometo. Lo siento mucho.

No la saco de su error diciéndole que la culpa es exclusivamente mía (aunque el tema de que no me haya contado nada de su historia con mi amigo no sea muy normal tampoco), pero es que solo quiero llorar entre sus brazos y que me diga que todo se va a solucionar.

—¿Quieres contarme qué ha pasado?

Los minutos han ido corriendo y yo me he ido calmando poco a poco.

—Lo he visto ahí fuera... ¿Sabías quiénes son sus padres?

—Sí, lo sé casi desde el principio. No quiénes eran ellos en concreto, pero sí lo que significan sus figuras. Al igual que los de Marc y Gisela.

—Entiendo. —Trago saliva—. Me he acercado a él cuando te has ido con mi madre y le he pedido que habláramos.

Me ha concedido dos minutos, pero pensaba que era un decir.

Nos hemos metido aquí y solo he podido pedirle perdón, pero me he quedado en blanco y no he añadido nada más.

No quería que se fuera y... lo he besado.

Suspiro mientras cojo fuerza para contar lo que ha pasado a continuación.

—Me ha follado de una forma... Ni me ha dejado acabar.

Me he sentido como una furcia a la que usan a su antojo para satisfacer sus necesidades.

Solo le ha faltado escupirme —digo y, sin darme cuenta, estoy llorando de nuevo—.

Sé que no me he portado bien, pero... pero no me he sentido más humillada en toda mi vida.

Lo ha hecho sabiendo a la perfección que me estaba haciendo daño.

—Pedazo de cabrón... Cuando ha salido de aquí ha venido a darme la llave y me ha pedido perdón por lo que acababa de hacer.

Se ha pirado y Marc ha ido detrás de él.

Ha dicho textualmente: «Voy tras él antes de que haga alguna tontería».

Estaba muy preocupado, así que creo que os habéis hecho daño gratuitamente ambos.

—¿Y por qué lo ha hecho?

—Porque está muy dolido y a veces en la vida tomamos decisiones incorrectas con las que luego tenemos que apechugar.

—¿Vas a contarme qué pasa con Aitor?

—No es el momento, pero te juro que pienso hacerlo.

—Me dijo que vendría.

—Pues espero no cruzármelo —suelta con bastante mala leche—. ¿Ya estás mejor?

—No, pero estoy un poco más tranquila contigo a mi lado.

—Bien. Voy a escribir a Gisela para que venga, que en ese bolso que tiene hay de todo. Seguro que lleva maquillaje y podemos arreglar esa cara. Ahora mismo eres igual que el prota de Kung Fu Panda y, oye, Po es monísimo, pero no es la apariencia que queremos ahora mismo para ti.

Al minuto oímos que alguien llama a la puerta y Candela pregunta para asegurarse de que es Gi la que está al otro lado.

—Cielo, ¿qué ha pasado? —pregunta preocupada mirándome de arriba abajo—.

No, no, mejor no me lo digas porque igual cometo una atrocidad que haga que no puedas tener descendencia en un futuro.

Porque una cosa te digo: ahora mismo lo ves todo muy negro, pero yo sé que seré la tía de unos churumbeles a los que malcriaré y que llevarán tus apellidos y los de mi hermano.

.. Y, lógicamente, no estoy hablando de mi hermano de sangre gay, estoy hablando de mi hermano de vida hetero.

No me juzguéis, que me he bebido demasiados cócteles en el intervalo de veinte minutos.

Entre todos vais a acabar conmigo. Imagino que me habéis llamado por si tengo algo para arreglar el maquillaje de esa cara preciosa que tienes.

—Imaginas bien —afirma mi prima.

—Gisela, gracias por todo lo que has hecho por mí. —No puedo ser más sincera al verbalizar esto.

—Fabi, desde el primer chupito que nos tomamos juntas en junio te declaré mi lealtad mentalmente.

Y mi hermano es mi hermano, pero yo lo que quiero es que los dos seáis felices y sé que eres buena persona.

No como otras, vamos. La cuestión es que haré todo lo que esté en mi mano para que estés lo mejor posible.

Diez minutos después me estoy mirando en un espejo que Gi se ha sacado de su bolsillo y veo que estoy prácticamente igual que cuando he llegado a la fiesta. Por lo menos, lo que se ve por fuera.

—¿Lista? —pregunta mi prima.

—Lista.

Salimos las tres y, cuando estamos a punto de llegar a la mesa donde está Jon, siento que resbalo, se me dobla el tobillo y me caigo hacia delante. Cuando creo que voy a estamparme contra el suelo de cara, no lo hago porque mi cabeza impacta lateralmente con una maceta de hierro.

En ese momento, dejo de sentir.