Si tú supieras 103. Un cara a cara, una expulsión de sentimientos, unos silencios necesarios y un grito de socorro
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103. Un cara a cara, una expulsión de sentimientos, unos silencios necesarios y un grito de socorro

Un cara a cara, una expulsión de sentimientos, unos silencios necesarios y un grito de socorro

Izan

—¿Dónde te crees que vas? Eres un pedazo de gilipollas. —Marc sale tras de mí a toda prisa.

—No me toques los cojones tú ahora.

—¿Qué le has hecho?

—¿Que qué le he hecho yo? Cojonudo, Marc, cojonudo... Ahora la culpa de todo es mía, ¿no?

—Recuerda que nos conocemos como los Rugrats, desde que teníamos aventuras en pañales. Conozco perfectamente tu lenguaje corporal y conozco perfectamente lo que significa esa cara de mierda que tienes ahora mismo. Así que desembucha o te meto una hostia para que espabiles.

—Repito: no me toques los cojones... —siseo acercándome a él con mucha rabia contenida.

—Puto gilipollas... —se encara conmigo haciendo que nuestras frentes se toquen.

Estoy seguro de que desde fuera la gente puede pensar que estamos a punto de comenzar una batalla campal. No va a pasar bajo ningún concepto.

Noto cómo una de sus manos se posa en mi nuca y yo ya estoy a punto.

—No me seas imbécil. Suéltalo todo.

—No... —susurro con un nudo en la garganta.

—No me hagas sonsacártelo a las malas, hermano.

Suspiro, cierro los ojos y me derrumbo.

—Me la acabo de follar como si fuese una cualquiera; ni siquiera la he dejado llegar a... La he dejado llorando. Le he dicho cosas hirientes y la he tratado fatal. Soy un mierda.

—Joder... Izan, mírame. Quiero que me escuches atentamente, ¿vale?

No lo has hecho bien, y estoy jodidamente cabreado por lo que me acabas de contar, pero yo no te pienso juzgar nunca, solo te puedo aconsejar, cuidar y comprender en la medida de lo posible.

¿Lo has hecho mal? Fatal. ¿Puedo entenderlo?

Pues no puedo contestar a eso porque nunca he estado en tu posición.

Lo que sí que puedo decirte con total sinceridad es que creo que Fabiola no se merece esto.

—Me cago en la puta...

—No he terminado. Ella no se lo merecía, pero tú, pasar por lo que ella te hizo, tampoco.

A lo que voy es a que si os hacen tanto daño las malas acciones que lleváis a cabo el uno hacia el otro es porque hay sentimientos de por medio; de lo contrario, os la soplaría.

Creo fervientemente que estáis locos el uno por el otro, pero los dos tenéis culpa de esta situación.

También sé que, si por ti fuera, hubieseis vuelto a casa de la mano.

No pudo ser porque ella hizo que no se pudiese cumplir, pero tampoco la dejaste explicarse.

—No lo intentó. Ni una llamada, ni un mensaje, ni el más mínimo acercamiento para arreglar las cosas. No voy a cargar yo con todo el peso de esto, Marc.

—Y no lo pretendo. Pero cada persona es un mundo. Quizá lo único que necesitaba era que tú aparecieses en su puerta.

—Esto es alucinante.

—Lo que intento decirte es que yo no estoy dentro de su cabeza, pero ambos sabemos la forma de pensar que tiene esa muchacha.

Es algo que te ha echado para atrás en varias ocasiones.

Ella no está acostumbrada a ir detrás de la gente; siempre se lo han dado todo mamado.

¿Entiendes lo que quiero decir? —Asiento—.

Bien. Y, por otro lado, sigo sin entender, y perdona que diga esto, pero creo que podría haber evitado muchos males, por qué le hiciste creer que eras un repartidor de paquetería cuando eres el dueño de la mismísima empresa.

Estás forrado, joder. Tienes por lo menos el doble de pasta que ella.

—Sí, hubiese evitado el cien por cien de las cosas que han pasado.

Me hubiese visto con otros ojos, me hubiese presentado alegremente a su familia, me hubiese llevado de buena gana con sus amigos.

.., pero no habría llegado a conocer esa parte de ella que no me gusta.

Y a la larga te aseguro que habríamos tenido problemas por culpa de eso.

Sabes cómo soy, sabes cómo visto, sabes cómo me relaciono.

.. Estoy a cinco minutos de que se me llene el cuerpo de ronchas, pues ya llevo mucho tiempo con esta ropa.

Me muero por arremangarme las mangas de la camisa; se me están cociendo las muñecas y las pulseras.

Me siento desnudo sin mis anillos y ya sabes que, cuando me pongo nervioso, me da por darle vueltas al arete de la nariz.

Este no soy yo, soy la versión que tengo que interpretar delante de esta gente.

Si ella quisiese estar conmigo, tendría que entender que mi verdadero yo es el que se fue de viaje con ella.

—Creo que lo intenta con todas sus fuerzas... Ven, vamos a sentarnos en ese banco de ahí. Voy a avisar a Gi de que estamos aquí fuera para que no se preocupe.

Nos sentamos y transcurren casi diez minutos en silencio. Un silencio necesario. Un silencio reconfortante entre hermanos que se apoyarán todos los días de su vida. Soy yo quien lo rompe con una pregunta que me lleva reconcomiendo mucho tiempo.

—¿Has sabido de ella en estos meses?

—Sí, he sabido mucho —responde mirándome fijamente.

—Nunca me lo has contado.

—Tampoco tú a mí lo del 13 de septiembre.

Solo le falta tatuarse esa fecha en la piel.

Pero voy a empezar por el principio. Cuando te dejó tirado en París y apareció en el hospital, mi cuqui no estuvo muy amigable con ella.

Ya sabes que tu chica mariposa no lleva muy bien ese tipo de actitudes de su prima, por lo que se puso en tu piel y lo sintió como si se lo volviesen a hacer a ella. Lo ha vivido en sus carnes.

—¿Aitor?

—Esa rata de cloaca. Hoy en día han pasado varios meses y están retomando la relación. Pero, volviendo a Fabiola, ella se ha sentido bastante desamparada desde que regresó. La única persona que siempre ha estado para ella es su prima y estaba un tanto desubicada con la situación.

—El indeseable es su amigo.

—Sí, pero volvemos a que no se sentía bien contando que sentía algo por alguien supuestamente como tú.

A eso le sumamos que, cuando se marchó de tu casa en septiembre, fue a la de su prima y le abrieron los dos con poquita ropa.

Ahí descubrió el pastel y se sintió traicionada por ambos.

Esto igual no te sienta bien, pero te jodes, porque sus paños de lágrimas hemos sido Gisela y yo.

El día que fuimos a comprarles el regalo de aniversario a tus padres íbamos por la calle y la vimos dentro de una cafetería llorando.

Yo ya me había mensajeado con ella muchas veces, pero no la había vuelto a ver desde que me fui con su prima de Bruselas.

Hacía tres días que habíais estado en tu casa y estaba destrozada.

Ya sabes cómo es nuestra hermana: nada más verla en esa cafetería, entró, se sentó a su lado y la envolvió en un abrazo que duró hasta que dejó de llorar.

Y lloró mucho. Nos pidió perdón por cómo había hecho las cosas y por el dolor que te había causado.

Nos dijo que no se lo iba a perdonar en la vida y que. ..

—¿Y qué?

—Que se sentía un ser despreciable y que quería desaparecer.

—Joder...

—Lo ha pasado muy mal. Creo que sigue pasándolo. Así que todo este tiempo Gi y yo hemos intentado estar con ella para que se sintiera lo más acompañada posible, pero no es ni la sombra de esa Mambita tuya que yo conocí.

—Mambita... Hacía mucho que no pronunciaba ese nombre. Ahora me siento como la peor persona del universo.

—No se trata de eso porque no lo eres, al igual que tampoco lo es Cande.

Os sentís dolidos con ella y está totalmente justificado.

Hemos intentado mediar entre primas porque se ve que se faltan la una a la otra y, bueno, poco a poco han ido acercando posturas y se han entendido un poco más.

Has hecho bien en pedirle a Cande que fuese con ella.

—Yo ya no sé si he hecho algo bien con ella.

—Has hecho muchas cosas, melón. Ay, Izan..., para una vez que te enamoras y mira cómo sufres.

—No es la primera vez que lo hago.

—Sí, sí que lo es. Lo de la zorra de Celeste fue una auténtica customización de tu persona.

Te hizo a su imagen y semejanza. Te moldeó como ella quiso y tú te enamoraste de una rutina con una tía que era un pibón y de una idealización de vida perfecta junto a ella en vuestra futura casa con cancela, perro y cinco hijos.

Ahora eres un hombre con las ideas claras entrando en la treintena, que no permite que nadie se meta con esos complementos roñosos que llevas.

¿Que yo te digo que menuda riñonera más horrorosa?

Pues te la pones cinco días seguidos para tocarme la moral.

Porque ambos sabemos que ese comentario es de cosecha propia.

Lo que pasó hace años es que te metiste en una espiral destructiva porque, aparte de encontrarla con otro, te sentiste gilipollas porque ese no eras tú.

Fue lo que ella creó y, aun así, te dio la patada.

Ahora estás en la mierda porque eres tú al cien por cien y crees que la chica de la que te has enamorado se avergüenza de ti.

Hay un gran abismo entre una relación y otra, aunque ahora mismo no seas capaz de verlo.

De nuevo el silencio, en el que reflexiono sobre las grandes diferencias entre Celeste y Fabiola. A una no quiero volver a verla en la vida. A la otra me moriría por verla hasta mi último aliento.

—Tampoco estuvo bien que le pagases con la misma moneda.

—No sé a qué te refieres. Ni a qué se ha referido ella ahí dentro —digo con franqueza, extrañado.

—A que tú también te largaste para que, cuando se despertase en tu casa, se sintiese igual de sola que te sentiste tú.

—Eso no fue lo que pasó...

—¡Chicos, venid corriendo! —nos llama a voces Gisela desde la puerta del local—. ¡Fabiola se ha torcido un tobillo y se ha abierto la cabeza!

No necesito ni una milésima de segundo para echar a correr.