Si tú supieras 102. Una aparición inesperada, unos modales perdidos, un limbo y un «quiero desaparecer»
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102. Una aparición inesperada, unos modales perdidos, un limbo y un «quiero desaparecer»

Una aparición inesperada, unos modales perdidos, un limbo y un «quiero desaparecer»

Fabiola

A NTES DE SU ENCUENTRO CON I ZAN

—No puede ser...

—¿Qué pasa, cariño? —pregunta mi madre con la sonrisa que lleva instaurada en la boca desde que ha comenzado la fiesta de celebración del veinticinco aniversario de nuestra empresa.

Sí, ha llegado el momento que mi madre tanto ansiaba: la celebración del cuarto de siglo a la cabeza de una de las compañías textiles más importantes de ámbito nacional.

Debería sentirme parte importante del imperio familiar, pero yo no soy ni Serena van der Woodsen ni Fallon Carrington.

Y esto no es ni Gossip Girl ni Dinastía (la versión moderna de 2017, por supuesto).

Aunque, pensándolo mejor, desde hace unos meses, en ocasiones me siento más bien Jenny Humphrey.

Sobra decir que estoy segura de que sabéis quiénes son.

—Nada, me había parecido ver a un amigo, pero me he debido de confundir.

—Pues no sé qué clase de amigo has creído ver, pero te has puesto muy nerviosa.

—Mamá, no empieces.

—Tan solo era una apreciación, querida. Mira, ahí viene tu prima.

—Hola, tita —saluda Candela con una sonrisa.

—Hola, pequeñuela —responde mi madre mientras la abraza amorosamente.

—¿Calificación?

—Siempre mejorable, pero con esa cara que tienes siempre estás bellísima. Vale, el vestido es apto para la ocasión, así que te doy mi notable.

—¿Y por qué no el sobresaliente? —Candela pone los ojos en blanco antes de la respuesta de mi madre.

—Por esos pelos de colores que me traes. Con lo guapa que estarías con un color chocolate y unas mechitas rubias...

—Tita, así parecería una pijolis . Sin ofender.

—Porque eres mi sobrina y te adoro, pero, si fueses una persona ajena a la familia, ya estaría llamando a seguridad para que te echaran de aquí.

No creáis que miente; es lo que haría. Así es mi madre: poderosa, empresaria de éxito, clasista...

«Lo he vuelto a ver. Tiene que ser él».

—Mamá, la conversación está siendo muy distendida, pero tengo que irme —las corto de repente ante la atenta mirada de mi prima, que está extrañada.

—¿A dónde?

—Es que creo que sí que es mi amigo. Voy a comprobarlo.

Ni siquiera espero a que me responda; yo ya me estoy alejando mientras oigo cómo mi madre le pregunta a mi prima dónde están mis tíos y esta le responde que ella la acompaña para que los vea.

«Sí, es él. Qué guapo está. ¿Eso que lleva es un Armani de tres piezas?

No puede ser... ¿Esos mocasines son unos Prada de mil euros?

No entiendo nada. Tienen que ser de imitación, pero de las buenas, las cosas como son.

Él no podría permitirse vestir esas firmas con el sueldo que cobra.

¿Qué hace aquí? Tampoco sé contestar a esta pregunta».

A lo tonto y a lo bobo, llevo casi dos horas intentando acercarme a él, pero lo que tiene ser la hija de la dueña de la empresa que organiza el fiestón es que no me dejan dar dos pasos sin pararme para hablar conmigo y decirme lo maravilloso que está todo. Vamos, para hacerme la pelota.

—Si me disculpan, tengo que saludar a alguien.

—Por supuesto, vida, vete sin problema...

«Claro que me voy, es lo que llevo deseando desde hace un buen rato, pero no me habéis dejado», pienso.

Justo cuando estoy llegando a él, veo cómo José María Aguilar y Aurora Villanueva se le acercan con familiaridad.

¿Los conoce? Las siguientes palabras me lo confirman y mi cerebro entra en cortocircuito.

—Mamá, estás preciosa, como siempre.

—Gracias, cariño. Tú estás guapísimo, como no podía ser de otra manera.

Esto sí que es un giro de los acontecimientos que no me esperaba para nada. Si esto fuese una película, sería el momento en el que te tapas la boca con ambas manos como producto de la incredulidad. Los oigo hablar sobre una comida familiar y yo... no pienso, actúo.

—¿Podemos hablar?

¿Dónde he dejado mis modales esta noche? Pues seguramente estén con mi dignidad, eso que pienso que voy a perder antes de que termine la velada. Los he interrumpido sin saludar, por el amor de Dios. Esto no es nada propio de mí.

¿Que si me esperaba una negativa por su parte?

Por supuesto. Si no hubiese sido así, me habría llevado una gran decepción.

Así es él: decidido, con las ideas claras, sin pelos en la lengua y diciendo las cosas como las siente.

Y yo soy muy persistente cuando realmente quiero algo, y lo que quiero ahora mismo es hablar con él.

Ha accedido a venir conmigo porque sé que no tenía pensado perder los papeles delante de sus padres.

En esta ocasión, el que ha hecho las cosas bien ha sido él.

Bueno, casi siempre las hace, aunque me duela reconocerlo y eso no me deje en muy buen lugar.

Viene detrás de mí y saco de mi bolso de mano la llave de una de las salas que hay al fondo, donde tenemos guardados los detalles que daremos más tarde a todos los asistentes.

No todos los días se cumplen veinticinco años de éxito en el imperio de la confección y la moda.

Pañuelo de raso para ellas y corbatas y pajaritas para ellos, todo con la mejor calidad del mercado y de todos los colores, estampados y géneros. Vamos, para todos los gustos.

Nos metemos dentro y cierro con llave. Necesito pasar tiempo a solas con él y que escuche todo lo que quiero decirle, todo lo que necesito decirle. Tengo que redimirme con él y, sobre todo, conmigo misma.

El problema es que de mi boca tan solo sale una palabra de seis letras: perdón . Esto no está yendo bien, reconozco que mi disculpa ha sido escueta, pero es que estoy tan nerviosa que temo desmayarme de un momento a otro. Eso o que el corazón me explote debido a la velocidad a la que bombea.

No penséis mal de mí por lo que voy a hacer, pero es una de las armas que usamos tanto mujeres como hombres cuando queremos conseguir algo y sabemos que la persona que tenemos enfrente puede caer con tal cosa.

Lo beso en la comisura de sus labios y sé que está usando todas sus fuerzas para aguantar.

Lo conozco; aunque él no lo crea, es así.

Lo hago de nuevo, esta vez en el otro extremo de su boca.

Lo que pasa a continuación es que nos besamos con ansias, bruscamente, con mucha saliva y con mucho calor.

No nos desnudamos, pero dejamos descubiertas las partes del cuerpo que necesitamos para tener el sexo más impuro, sin sentimientos y vergonzoso que he tenido en mi vida.

«No llores, no llores... NO LLORES».

Soy humana, no un robot, y, a pesar de que me esfuerzo por cumplir lo que me digo, las lágrimas empiezan a rodar por mi cara en el momento en el que me doy cuenta de que me ha utilizado para echarme un polvo por despecho, ese que siente por cómo lo he tratado.

Ni veo, ni siento, ni padezco. Mi cuerpo y mi mente se han ido a una especie de limbo del que ahora mismo no quiero salir. No quiero sentirme parte de esta sala en la que solo estamos él, su ira, mi tristeza y yo.

—... no querrás que nadie te encuentre con estas pintas.

Esto es lo último que oigo antes de verme sola. Corro hacia la puerta y me siento en el suelo, pegada a ella para evitar que nadie pueda verme en esta situación. Si entrase alguien ahora mismo..., que los jodan. Lo siento, pero es que en estos momentos me da todo igual. Solo quiero desaparecer.