Si tú supieras 101. Una información relevante, dos minutos de reloj, una llave y una crueldad terrible
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101. Una información relevante, dos minutos de reloj, una llave y una crueldad terrible

Una información relevante, dos minutos de reloj, una llave y una crueldad terrible

Izan

Estoy apoyado en una de las mesas altas que hay llenas de todo tipo de canapés y postres variados.

La ocasión lo merece; no todos los días eres invitado a una de las fiestas a las que la mitad de los empresarios de la ciudad matarían por asistir.

Qué digo de la ciudad, del país. Yo no soy uno de ellos, pero en este caso me debo a mi familia, a pesar de que desde el minuto uno en el que puse un pie aquí sabía que la noche no iba a acabar tranquila.

Ahora mismo estoy con mis padres, con los que no he podido hablar desde que he llegado porque han estado ocupados conversando con unos y con otros.

Es lo que tienen los negocios. Estamos charlando sobre una comida familiar que celebraremos el próximo viernes cuando alguien nos interrumpe.

—¿Podemos hablar?

«Esa voz...». Antes de verla y oírla, ya sabía que está aquí.

Y no es solo porque su perfume inunde ya completamente mis fosas nasales, sino porque mi cuerpo debe de tener algunas terminaciones nerviosas conectadas a las suyas.

Llevo unas dos horas de reloj en esta fiesta, durante las que he intentado por todos los medios no acercarme y que no estemos con el mismo grupo de gente, cosa bastante difícil, ya que Candela, Marc y Gisela están aquí.

Y por otro lado están mis padres, que resulta que hacen negocios asiduamente con los suyos.

Lo que son las casualidades de la vida..

., pero de esto ya estaréis sacando vuestras propias conclusiones.

No contesto. Me he quedado callado porque lo que me gustaría decirle no veo apropiado soltárselo delante de mis padres.

—Dios mío, discúlpenme, señora Villanueva y señor Aguilar; he sido una maleducada.

—Cariño, el día que nos llames por el nombre montaremos una fiesta como esta —dice el «señor Aguilar» con una sonrisa—. Llámame José. Recuerda que te conocemos casi desde que eras una cría. Por cierto, creo que no os conocéis, pero este es nuestro hijo...

—Nos conocemos, papá. Parece que tienes algo importante que decirme, ¿verdad? —Ella tan solo asiente con la cabeza shockeada por la información que acaban de facilitarle—. Pues, si nos disculpáis, voy a ver qué es lo que quiere esta linda dama. Luego os veo. Vamos.

—Hasta luego —se despide de ellos como buenamente puede. Parece que está un tanto ida.

Me sigue hasta una esquina en la que solo hay una mesa alta, como el resto, pero que está llena de copas de cava. Me bebo una de un trago y cojo otra.

—Contestando a tu pregunta, no, no podemos. Bueno, qué narices, poder, podemos, pero no quiero. No quiero ni mirarte. Es que no puedo ni pronunciar tu nombre, joder —siseo y luego apuro las últimas gotas que aún quedan en la copa, de la que no levanto la vista.

—Si me dejas explicarte...

—Es que el tiempo de las explicaciones ya pasó.

Tienes suerte de que me hayas pillado con mis padres y que haya tenido que salir del paso y hacer como que tu presencia me es indiferente.

—Ahora sí, ahora ya estamos cara a cara.

Y no ha sido buena idea, porque ese vestido violeta oscuro le sienta demasiado bien—.

Tú no te juntarías jamás con chusma como yo.

Tranquila, aunque no te lo creas, me lo dejaste claro en numerosas ocasiones.

Otra cosa es que yo quisiese hacer oídos sordos porque me negaba a pensar que realmente eras así de clasista.

No me gusta eso de ti. Creo que a estas alturas sobra decirlo.

Alguien tan formada, inteligente y majestuosa como tú seguro que tiene las suficientes neuronas para no cagarse encima y entender esto. No te quiero cerca.

—Por favor...

Su mano hace contacto con la mía y veo cómo sus ojos empiezan a estar vidriosos. No puedo con esto... Cierro los míos y suspiro profundamente.

—Dos minutos. Solo te pido dos minutos a solas.

—Hay que ver las paradojas de la vida. Hemos acabado en el mismo sitio y con la misma gente.

He visto la cara que has puesto cuando me has visto en este ambiente y ahora entiendo que quieras hablar conmigo.

Qué casualidad, ha sido descubrir quién soy y, de pronto, interesarte.

.. Pues siento decirte, princesita, que este que tienes delante ahora mismo no soy yo, así que estás perdiendo el tiempo.

El que soy de verdad es el que parece no ser lo bastante bueno para ti ni para tu familia ni para tus amigos.

—Quería hablar contigo antes de saber de quién eres hijo. Si tengo que rogártelo, lo voy a hacer. Pero tengo que hablar contigo. Lo necesito.

—No quiero que te rebajes tanto, tranquila.

—Por favor..., dos minutos.

—No voy a regalarte más tiempo que ese —claudico.

Sí, soy débil y, en ocasiones, un tanto imbécil. No me gustaría ser juzgado por ello, por lo menos no en estos momentos.

Coge mi mano y me dirige hacia una puerta al final del salón.

Esto está lleno de gente, pero parece ser que nadie repara en lo que pasa entre nosotros dos.

Mejor: no quiero tener que dar ningún tipo de explicación más tarde.

Cuando estamos llegando a ella, saca una llave de su minúsculo bolso.

Una vez que pasamos a la sala, apoya la cabeza sobre la puerta cerrada y yo permanezco de pie, estático, mientras no le quito la vista de encima. Respira hondo y se gira hacia mí.

—El cronómetro ya está en marcha. Te queda un minuto y cincuenta segundos —apunto mientras me paso la mano por el pelo y hago crujir mi cuello. Estoy muy tenso.

—No sé si será suficiente para todo lo que te tengo que decir.

—No es mi puto problema, ya no, así que no te voy a regalar ni un mísero segundo más de mi tiempo. Te lo he dejado muy claro antes de que nos metieras aquí, así que o empiezas o me voy.

—Vale... Perdón.

¿Qué? Clavo mi mirada en ella esperando a que diga algo más, pero de su boca no sale nada.

—¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? Me decepcionas; creí que tenías más poder de oratoria. Aunque, pensándolo bien, ya estoy acostumbrado a que no seas lo que espero de ti.

—Te estás pasando.

—Que yo me estoy pasando, dice la señorita.

—Me río por la incredulidad—. Me lo dices tú, que me dejaste tirado como un perro, sin flauta, por cierto, y sin ningún tipo de explicación.

Mira, imagino que la gente de tu especie y tú estáis acostumbrados a chuparos el culo los unos a los otros, pero yo no se lo chupo a nadie.

A mí lo que me gusta es que me chupen otras cosas. Tú misma lo sabes bien.

—Vale ya —dice mientras una lágrima le cae por la mejilla. Una lágrima que yo me muero por borrar.

«No. Aguanta, campeón».

—Pues lo siento, pero tengo mucho más que decirte.

Recuerda que has sido tú la que ha querido hablar.

Sufrí tus desplantes iniciales cuando no me conocías de nada.

Luego acepté tus disculpas a pesar de que siempre quedó claro que sentías lástima por mi vida de mierda y por mi situación financiera.

Spoiler : mi poder adquisitivo es mayor que el tuyo, pero es que yo no evalúo a la gente por su dinero, sino por su corazón, y el tuyo no me gusta nada porque está podrido.

A eso le sumamos que pensé..., te juro que de verdad lo pensé, que me empezabas a valorar por cómo era, pero de nuevo me equivoqué.

Me abrí contigo y te conté cómo me habían aplastado el corazón.

¿Sabes que nunca lo había hablado con nadie que no fuesen mis hermanos?

Aparte de mis padres y mi terapeuta, claro.

Ya ves para lo que me ha servido, para que me hagas lo mismo. Si es que soy gilipollas.

—Yo no te he aplastado el corazón; ni siquiera se asemeja a eso.

—¿Y qué coño sabrás tú de lo que siento o dejo de sentir? No vayas por ahí, porque entonces vamos a acabar muy mal.

—Dios... Vale, sé que no lo he hecho bien, pero quiero enmendar mi error. No contaba con encontrarte aquí, pero ha sido verte y... darme cuenta de que quiero estar contigo.

—No, no es así. Te recuerdo que no es la primera vez que nos encontramos desde que me dejaste sin una explicación en una habitación de hotel a cientos de kilómetros de aquí, como tampoco ha sido una única vez la que me has dejado tirado.

.. Pero, claro, ahora ya sabes de qué familia procedo y resulta evidente que esta versión de mí es mucho más acorde a las necesidades que tenías montadas en tu cabeza.

No te esperabas que fuese hijo de quien soy. ¡Sorpresa! —suelto sarcásticamente.

—Eso no es así. Solo te dejé tirado en París y lo sabes. Y creo que ya estamos en igualdad de condiciones.

—No sé a qué coño te refieres, pero, sin duda, sigues llevándote el triunfo.

Se acerca a mí, pone sus brazos alrededor de mi cuello y me mira los labios. Yo solo puedo decirme a mí mismo que no puedo caer; no se lo merece. Y yo tampoco. No me merezco que me traten así.

Me da un beso en la comisura de la boca y cierro los ojos.

—No... No puedes hacerme esto —siseo.

—Es que no quiero que te alejes de mí.

—Tú te has alejado. Me has alejado. Nos has alejado. Te lo has buscado tú solita. No me has dejado tirado una sola vez: lo has hecho todas las veces.

—Sabes que eso no es así; tú también me dejaste sola. Me pagaste con la misma moneda y de verdad que...

—Mira, Fabiola —la corto —, te repito que no sé de qué coño estás hablando, pero no estás en la tesitura de pedirme explicaciones después de lo que me hiciste.

—Siento lo de París... —Un nuevo beso, esta vez en el otro lado de mi boca.

Cuando voy a hablar de nuevo para decirle que no solo fue esa vez y aclararlo definitivamente, me acalla con un beso en la boca, y la poca cordura que me quedaba se va de la habitación.

La beso con todas las ganas contenidas que he ido guardando el tiempo que no la he tenido cerca y la llevo hasta una de las mesas que hay al fondo de la sala.

La siento sobre ella y me cuelo entre sus piernas mientras no dejamos de besarnos.

Me quita la chaqueta del traje y yo le bajo el único tirante de su vestido para verla en todo su esplendor.

Es perfecta. Siempre me lo ha parecido. Y, cómo no, me corta la respiración.

Veo cómo sus manos se dirigen a mi pantalón y me desabrochan el cinturón y el botón para luego comenzar a bajarme la cremallera.

Antes de que este caiga al suelo, saco la cartera y, de ella, un condón.

Me mira con una sonrisa que ilumina el mundo mientras me lo pongo, y sin decir nada le subo el vestido, le aparto el tanga y me hundo en ella.

Sin miramientos. Esto va a ser un polvo rápido.

Nada de caricias, ni de preliminares. Sexo puro y duro con una única finalidad.

Intenta besarme y no se lo permito. Es ahí cuando hago contacto visual con ella.

Con solo mirarla sé que se está dando cuenta de lo que está pasando y me quiero meter una paliza a mí mismo por ello.

Sigo follándomela como nunca me he follado a nadie, sin ninguna delicadeza, sin ninguna palabra bonita y sin ningún gesto de cariño.

No quiero regalarle nada de eso. Los jadeos se intensifican y sé que está igual de cerca del orgasmo que yo a pesar de todo.

Esta vez me adelanto y hago lo peor que se puede hacer.

Una vez que llego y he saciado mi propio placer, salgo de ella, sin permitir que ella llegue a culminar.

La beso con furia, tirando un tanto fuerte de su labio inferior, me saco el condón y me subo los calzoncillos y los pantalones.

Ella sigue quieta encima de la mesa mientras me mira y las lágrimas, ahora sí, no dejan de correr por sus mejillas.

Me coloco bien la camisa, me abrocho el cinturón, me saco la americana y me la pongo al hombro mientras alcanzo la llave que antes ha dejado al lado de una de sus manos.

Me dirijo hacia la puerta y la introduzco en la cerradura.

Ahora mismo solo oigo el ritmo frenético de mi corazón, sus sollozos y la canción que suena bajita en el hilo musical.

La vida es muy puta, ya que esta no es otra que «Terriblemente cruel», de Leiva. Así es como me siento.

—Te he regalado un tiempo de descuento. Siéntete afortunada.

Espero que hayas disfrutado del polvo de despedida, porque es lo único que tendrás de mí —suelto sin ni siquiera darme la vuelta—.

No quiero volver a verte en la vida. Y ponte bien el vestido; no querrás que nadie te encuentre con estas pintas —hago énfasis en esta última palabra.

Trago como buenamente puedo y salgo de la sala sin mirar atrás.

Antes de irme de aquí tengo que buscar a alguien. La veo junto a mis amigos.

—Necesito que vayas hacia esa puerta de allí y la cruces.

—¿Qué? —pregunta desconcertada mientras mi amigo me asesina con la mirada. Me conoce a la perfección; es toda una vida juntos. Sabe que algo no está bien, sabe que yo tampoco lo estoy.

—Hay alguien que te necesita. Sé que te va a costar, pero no me odies, por favor —pido sinceramente para después depositar un beso largo en su mejilla—. Ha sido un placer conocerte y me ha encantado pasar tiempo contigo y hablar de nuestras cosas. Eres maravillosa.

Dicho esto, me voy. Solo, hundido, odiándome a mí mismo y odiándola a ella por llevarme a convertirme en alguien que no me gusta.