Si tú supieras 100. Una misma moneda, un alma rota, una visita temprana y un pastel descubierto
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100. Una misma moneda, un alma rota, una visita temprana y un pastel descubierto

Una misma moneda, un alma rota, una visita temprana y un pastel descubierto

Fabiola

El sonido de mi teléfono me despierta y me siento desubicada al no saber dónde me encuentro. Miro la mesilla donde tengo mi iPhone y veo ahí una de las pulseras de cuero de Izan. Estoy en su casa. Me siento bien, muy bien.

Ayer fue una sorpresa chocarme con él en plena calle.

Estos dos meses... digamos que han sido los más duros de toda mi existencia.

Dos meses en los que mi prima ha tomado algo de distancia conmigo, en los que me he volcado en el trabajo y en los que me he distanciado un poco también de mi madre por mi propia salud mental.

Mi padre sabe todo lo que sucedió. Llegó una mañana a mi casa y me dijo que de allí no se iba hasta que le contase lo que me pasaba. Se lo conté, obviando ciertos detalles. Es mi padre, no un amigo.

La cuestión es que he reflexionado mucho sobre mis errores y me he dado cuenta de que llevo toda la vida escudándome en que desde pequeña me han enseñado a ser así.

No es cierto. En casa siempre he tenido al ángel y al diablo, cada uno apoyado en uno de mis hombros.

Claramente, el de las alas blancas es mi progenitor.

He tirado por el lado más fácil a mi modo de ver y cada mala acción que he realizado a lo largo de los años la he querido maquillar con el aspecto de mi madre, pero la única culpable aquí soy yo.

Me levanto y busco a Izan. Tengo el móvil en la mano y veo que son las cinco y cuarenta y cinco minutos de la mañana.

¿Quién manda un mensaje publicitario de telefonía a estas horas?

Lo busco por todo el dúplex y no está. No me lo puedo creer.

.. Me ha pagado con la misma moneda. Ha hecho que sienta lo humillante que es despertarse solo después de una noche como la que pasamos.

Estoy probando de mi propia medicina y es la más amarga que he saboreado nunca.

Últimamente me pasa casi a diario, pero estoy llorando de nuevo.

Recojo toda mi ropa y me visto. Compruebo que tengo todas mis cosas y me voy corriendo de este lugar en el que volví a ver la luz.

No podía irme a otro sitio; necesitaba verla.

Un vecino ha abierto el portal para salir a pasear con su perro en el instante en el que yo he llegado.

El trayecto ha durado veinticinco minutos en los que no he dejado de llorar.

Me duele el alma. Llego al quinto y pulso el timbre, a pesar de no haber pensado que quizá, siendo estas horas, la persona que me tiene que abrir termine infartada.

Me abre la puerta y yo, que creía que no podía quedarme más impactada esta noche, compruebo que nunca es demasiado.

La estampa es la siguiente. Yo, destrozada mientras sigo llorando. Mi prima, en bragas y con una camisa que no es de su propiedad mal abrochada. Alguien que conozco muy bien y que no sé qué diantres hace aquí, en paños menores.

—Fabs...

Lloro más fuerte. Lloro por todo lo que he hecho mal.

Lloro por ese sentimiento de culpabilidad que se aferra a mi pecho.

Lloro por haber sido yo esta vez la abandonada.

Lloro por la deslealtad de mi prima y de mi amigo.

Lloro porque me siento insignificante. Lloro porque me siento sola.

Lloro porque me siento una incomprendida.

Lloro y echo a correr mientras la gente que estaba frente a mí me llama a voces mientras bajo las escaleras sin mirar atrás.

Lloro porque quiero encerrarme en casa y no salir jamás.

Lloro porque soy consciente de que el karma me está devolviendo todo lo que me merezco.