Si tú supieras 99. Unos sesenta y siete días, un dúplex, unas respuestas sinceras y un piel con piel
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99. Unos sesenta y siete días, un dúplex, unas respuestas sinceras y un piel con piel

Unos sesenta y siete días, un dúplex, unas respuestas sinceras y un piel con piel

Izan

—No te preocupes... No, estaré ahí mañana a las dos como un reloj... Hay que ver la poca fe que tenéis en mí... Os prometí que iría... Ay, perdona...

El «ay, perdona» no se lo digo a la persona con la que voy hablando por teléfono, sino a una que no se merece nada por mi parte.

—Tengo que dejarte, me he encontrado con alguien. Mañana nos vemos a las dos en la puerta. Te quiero.

Digo estas palabras mientras la miro fijamente y siento que no le han sentado bien. Estamos parados en medio de la acera, sin quitarnos los ojos de encima y sin nada que decirnos. Justo cuando estoy decidido a irme y dejarla ahí, noto cómo su mano rodea mi muñeca.

—Me alegro mucho de verte. Yo...

—Tengo prisa —la corto, queriendo marcharme cuanto antes.

—Por favor, Izan. Si me dejas explicarte...

—¿Explicarme cómo me dejaste tirado como el perro que crees que soy? Juraría que llegas más de dos meses tarde, Fabiola. Ni quiero ni necesito tus explicaciones. Ya no.

—Pero yo quiero dártelas. Por favor.

Ahora son sus dos manos las que hacen contacto con mi piel y yo estoy empezando a flaquear. Qué coño, ya he caído con todo el equipo.

—Vivo en ese portal de ahí. Si quieres, podemos subir a mi casa.

—¿Vives aquí?

—Te sorprende que viva en un barrio tan exclusivo como este, ¿no? Quién lo diría, con la mierda de trabajo que tengo, ¿eh?

—En ningún momento se me ha pasado eso por la cabeza, pero puedes pensar lo que quieras.

—Por supuesto que puedo pensar lo que me salga de los cojones y no tengo que darte explicaciones sobre mi vida.

Me estoy pasando con ella, pero es que estoy tan dolido que creo que, si me muerdo ahora mismo, me enveneno.

—¿Subes o no?

Me sigue y nos metemos en el ascensor, en el que no articulamos palabra.

Si la situación fuese distinta, seguramente invertiríamos estos momentos en besarnos y en avergonzarnos cuando las puertas se abriesen y hubiese algún vecino al otro lado de estas.

Pero lo que hacemos es estar cada uno en una esquina del cubículo para que no se rocen ni nuestras respiraciones.

Llegamos al último piso y, cuando las puertas se abren, la invito a que salga primero. Me dirijo a mi puerta y abro. Su cabeza debe de estar cavilando cómo es posible que sea el inquilino de un dúplex como este.

—¿Quieres tomar algo?

—Agua está bien. Gracias.

Agua... El agua para los peces. Si vamos a hablar como adultos, vamos a necesitar algo de ayuda, ya que está demostrado que uno de nuestros puntos fuertes no es precisamente la comunicación.

Me dirijo a la cocina a por un par de vasos y vuelvo al salón para ir hacia el armario donde tengo el agua, pero con misterio.

Siento su mirada posada sobre mí y sé que está estudiando mis movimientos.

Sabe perfectamente lo que pienso hacer. Dejo los vasos y las botellas en la mesa a la que está sentada y voy a por el artilugio que descubrió el día que nos conocimos.

—Veo que agua no te queda.

—Creo que los chupitos son parte fundamental de nuestra historia.

—¿La tenemos? ¿Tenemos algo nuestro?

—Estábamos empezando a crearla y tú la destrozaste, pero aún es pronto para hablar de ello. Ya sabes cómo funciona esto.

—¿Bebemos y ya está?

—¿No queremos respuestas? Pues nos hacemos una pregunta, respondemos con sinceridad y bebemos lo que toque.

—¿Y eso es todo?

—Yo beberé para que duela menos lo que salga de tu boca.

—Izan...

—Comienzo. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me dejaste tirado en París?

—Porque tenía miedo.

—Eso no me despeja ninguna duda.

—Tenía miedo de empezar a quererte, de necesitarte diariamente en mi vida, de que acabases siendo la persona que me complementase. Y preferí huir antes de que eso pasase.

—Porque quererme, necesitarme y complementarte está mal. Yo estoy mal. Bebe.

Le acerco el vaso de tequila y se lo toma de un trago sin dejar de mirarme. Le hago un gesto para que lance su pregunta.

—¿Qué sentiste cuando descubriste que me había ido?

—Que eras una hija de puta y que te odiaba.

Veo cómo empieza a respirar más fuerte y gira la rueda para ver qué chupito me toca a mí.

A partir de aquí la cosa transcurre así. Sigo.

—¿Me has echado de menos en algún momento? —pregunto sin ni siquiera ser consciente de qué respuesta quiero que me dé.

—Los más de dos meses que no nos hemos visto.

Los tiene contados al igual que yo. Chupito.

—¿Te he hecho daño?

—Más que ella... —Mucho más.

Chupito para mí y lágrima cayendo para ella.

—¿Has querido venir a buscarme en algún momento?

Si dice que sí, la odiaré aún más por no haber sido valiente.

—En muchos...

Chupito.

—¿Me sigues odiando?

—Más que a nadie en este mundo.

—¿Más que a ella?

—Es mi turno.

Chupito.

—¿Eres feliz?

Necesito que me diga que sí para que al menos mi corazón se alegre por ella.

Ha comenzado a llorar y no contesta, solamente observa cada milímetro de mi cara como comprobando que sus recuerdos sobre mí son acertados.

Niega con la cabeza. Me está costando sudor y lágrimas —aunque no exteriorizadas— no cogerla, subirla en mi regazo y consolarla.

Coge la botella de tequila y le da un trago. Creo que ahora mismo están todas las cartas sobre la mesa.

—¿Tenemos alguna posibilidad?

Esta pregunta... Esto me está superando.

Me levanto y voy hacia la cocina. Me apoyo en la encimera e intento controlar la respiración.

Estoy muy cabreado ahora mismo. Esto no debería estar pasando.

No deberíamos estar sufriendo cuando está claro que hay algo entre nosotros que aún sigue ahí, aunque no sepa ponerle un nombre concreto.

Noto un peso contra mi espalda y unos brazos que rodean mi cintura.

—Lo siento... lo siento mucho...

Pongo una de mis manos sobre las suyas y cojo su mano derecha, subiéndola hacia mi boca para depositarle un beso.

Me giro y nos quedamos cara a cara. Ella tiene la suya completamente mojada y yo estoy como si me hubiesen dado la paliza de mi vida.

Le miro los labios y no me creo que haga dos meses que no los beso.

Ni que haga dos meses que no la toco. Ni que haga dos meses que. .. que me abandonó.

—No puedo... —digo tratando de alejarme de ella, cosa que no consiente.

Se abraza a mí y me besa en el cuello, justo en el punto estratégico que me desarma.

Le huelo el pelo, y el olor me transporta a todos esos momentos en los que nuestros cuerpos solamente eran uno, en los que no importaba nada más que nosotros.

Su boca empieza a trepar por mi mandíbula, y sus manos ahora mismo están rodeando mi cara.

Su mirada va de la mía a mis labios como esperando a que yo le dé permiso para devorarlos.

¿Debo hacerlo? Probablemente, no, pero soy un hombre con un gran listado de debilidades y ella es la número uno.

No quería que esto fuese así, pero soy yo el que me lanzo a por ella.

La beso con las ganas retenidas de estos meses y la alzo para sentarla en la encimera.

La ropa empieza a volar por toda la cocina y yo empiezo a lamer ese cuerpo que me moría por volver a tener entre mis brazos.

Es aquí, en mi cocina, un 13 de septiembre, cuando me doy cuenta de que estoy perdidamente enamorado de ella.

No, no es cierto: siempre lo he sabido. Pero ahora me lo acabo de reconocer a mí mismo.

Y es en este mismo instante en el que mi corazón empieza a cicatrizar, mis pulmones se llenan de aire renovado y mi cabeza empieza a expulsar pensamientos que van en contra de todo lo que valgo.

Cuando me vuelvo a sentir feliz. Cuando siento que todo vuelve a tener sentido.