98. Una reina en decadencia, una aparición estelar, una sala de espera de hospital y un adiós
Una reina en decadencia, una aparición estelar, una sala de espera de hospital y un adiós
Fabiola
Lo único que oigo es el repiqueteo de mis tacones sobre el suelo. Mi corazón está desbocado por varias razones. Una de ellas es que no sé cómo va a reaccionar cierta persona cuando me vea aparecer aquí. La otra, que no sé cómo va a hacerlo él cuando no me vea allí.
—¿Qué haces aquí?
Bueno, entre todos los escenarios posibles que había recreado en mi cabeza, este era uno de ellos.
—¿Por qué no estás ahora mismo paseando de la mano con el tío que te gusta? ¿Qué has hecho, Fabs?
Las lágrimas empiezan a correr por mi cara y yo espero un abrazo reconfortante que no llega.
—Vamos a otro lado, que no quiero que mi madre se despierte y se encuentre con esto.
Sí, creo que está algo molesta.
Salimos y me dirige hacia una sala de espera que en estos momentos está totalmente vacía.
—Explícamelo, Fabiola. Cuéntame que habéis vuelto juntos porque no os sentíais bien allí solos.
Dime que estabais cansados de tanto viaje y que preferíais seguir jugando a los exploradores aquí en casa.
Asegúrame que vuestra historia ha sido una comedia romántica con un final feliz épico.
Y, sobre todo, no me digas que te has convertido en la mala del cuento, en la más villana de todas.
—No puedo...
—¿Qué no puedes, Fabiola? No me lo puedo creer... ¿Lo has dejado allí tirado? Por favor, dime que no lo has hecho.
—Yo... —Las palabras no me salen debido a la angustia que siento.
—Tú, tú, tú... Solo tú. Solo piensas en ti.
Crees que no, e incluso yo lo pensaba. Podría decirte muchas cosas en este momento, pero prefiero guardármelas porque estoy segura de que serían bastante hirientes.
Pero esto sí que necesito decírtelo: nadie te amenaza con ningún arma para que hagas o digas las cosas.
Toda la vida has hecho lo que has querido, no lo que te han impuesto, así que por una vez debes responsabilizarte de tus malos actos.
—Sabes que eso no es así. Sabes lo que tengo que aguantar casi a diario.
—¿Tu madre te ha dicho que dejases a Izan tirado en París? Dime que por lo menos te has despedido. —Mi silencio la anima a seguir—. ¿En serio? ¿Ni siquiera le has dado una explicación? Joder, Fabiola, ni siquiera me apetece verte ahora.
—¿Qué?
—Que no puedo gestionar esto ahora mismo.
—Cande, por favor..., solo te tengo a ti.
—No —me espeta soltando suavemente la mano que acabo de cogerle con la mía—.
Soy tu prima y siempre voy a estar para ti, pero ahora mismo me siento muy mal con lo que has hecho.
Y siento ser dura, pero a la gente que se quiere hay que decirle las cosas buenas, pero, sobre todo, las malas.
Y me avergüenzo de ti y de lo que has hecho, porque es incluso demasiado para ti.
—Yo no me avergüenzo de ti.
—Voy a obviar lo que me acabas de decir porque ambas sabemos que lo has hecho en alguna ocasión.
De verdad que no te juzgo por ello. Voy a decírtelo bien claro: no me gusta esta Fabiola y, hasta que no vuelva a la que yo amo por encima de todas las cosas, te pido que me dejes centrarme en mi madre y su recuperación.
—Vendré mañana a ver a la tía.
—Genial, Fabiola. Hasta mañana.
Y con esas cuatro palabras se da la vuelta y me deja sola, hundida y consciente de lo mala persona que soy en medio de una sala de espera de hospital.