Si tú supieras 97. Un abandono, un aroma en la almohada, una rescatadora y una vuelta a los infiernos
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97. Un abandono, un aroma en la almohada, una rescatadora y una vuelta a los infiernos

Un abandono, un aroma en la almohada, una rescatadora y una vuelta a los infiernos

Izan

Sé que la decisión de venir a París no fue fácil para Fabiola. Sé que dejar que su prima se fuese con Marc para España, y más aún a un hospital, la ha mantenido en vilo desde que se han separado. Sé que, desde ayer, cuando pisamos de nuevo suelo francés, su mente no estaba aquí. Pero no es excusa.

Estoy impaciente por que llegue el momento. Tan solo en unos minutos llamará a mi puerta y yo ya me sentiré en casa de nuevo. Ella siempre está ahí para mí y lo estará hasta mi último aliento.

Mientras eso sucede, mi mente divaga con las respuestas que nos estaría dando ahora la chica mariposa sobre famosos, películas y demás datos relacionados con esta ciudad.

Estas semanas de viaje han sido maravillosas a pesar de sus luces y sus sombras, aunque yo ahora mismo vuelva a estar metido de lleno en la oscuridad, esa de la que me costó huir hace tantos años.

Toc, toc.

Respiro. Respiro de la manera en la que respiraba hasta que me desperté esta mañana y me di cuenta de todo. Son las cinco y treinta y dos minutos de la tarde.

—Izan... —me dice abrazándome fuerte nada más abro la puerta.

Ella es lugar seguro. Ella es la calma en mis tempestades. Ella es los pensamientos tranquilizadores luchando contra los intrusivos. Ella es la persona que necesitaba en un momento como este.

—¿Qué ha pasado?

—Se ha ido.

Se ha ido. Esta mañana me he despertado acompañado solamente por su olor en la almohada.

.. y en mi cuerpo... No estaba ella, ni sus maletas, ni una nota de explicación.

Se ha esfumado como si todos estos días de viaje hubiesen sido realmente una película y yo solo un secundario.

Qué digo «secundario», un extra que se creía que tenía más papel del que le ha tocado.

—Cuéntame qué ha pasado. Te va a venir bien desahogarte.

—Después de enterarse de que su tía estaba en el hospital, se quiso ir con su prima.

Esta le pidió, por favor, que se quedase y Marc se ofreció a ir con ella y hacerle compañía.

Decidieron dormir juntos para no despertarnos, ya que su vuelo salía mucho antes que el nuestro.

Nos pasamos toda la noche enredados en la cama mientras veíamos pelis. ..

Necesito parar. Los recuerdos de lo sucedido me están destrozando por dentro. Me aclaro la garganta y prosigo.

—Llegamos a París, nos vinimos al hotel a dejar las cosas y recorrimos la ciudad. Hoy íbamos a ir a Disney...

—Chist, tranquilo —me anima frotándome la espalda.

—No quiero sentir esto que siento, pero no puedo evitarlo.

—Los demonios han vuelto, Izan, pero ahora tienes el poder y las herramientas para exterminarlos.

—Ella sabe lo mal que lo pasé hace años.

Le confié algo que no he exteriorizado nunca con nadie que no fueseis vosotros, Gisela.

Le entregué mi corazón en bandeja y lo ha acuchillado.

No entiendo por qué ha hecho esto, le dejé bien claro que no se trataba de amor, que se trataba de confianza. Confié en ella con los ojos cerrados.

—Te has enamorado de ella.

—No la conozco ni siquiera desde hace un mes; eso no puede ser.

—Yo me enamoré de Jon en cuanto posé mis ojos en él.

¿Suele pasar? Probablemente no. ¿Es posible?

Ya te digo yo que sí. Si estuvieses jodido porque te ha dejado aquí tirado sin ninguna explicación en plan «vaya mamona, se ha pirado sin decir nada», pues vale.

.., pero estás en modo «ha roto el corazón que tanto me ha costado arreglar». Eso, por una amiga de un mes, no pasa.

—¿Me he enamorado de ella?

—No soy la persona que tiene que responder a esa pregunta, pero mi hermano ya me lanzó sus sospechas en los primeros días de aventura.

Me contó que la mirabas con cara de tonto, que estabas todo el rato pendiente de ella.

.., que le declaraste una guerra que duró medio segundo.

No está mal enamorarse, Izan. Lo que está mal es que hayas tenido la mala suerte de que las dos veces te la hayan jugado.

Aunque de momento quiero dejar en cuarentena a Fabiola porque me dolería tener que meterla en el mismo saco que a la otra hija de Satán.

—Me ha dejado tirado en París, Gi.

—Sí, pero algo me dice, llámalo intuición femenina, que la decisión tampoco ha sido fácil para ella.

Me encantaría saber la explicación, Izan, y, aunque ahora mismo la odie por el estado en el que te he encontrado, creo que no está muy feliz con lo que ha hecho.

Es más, me huele que incluso esto le va a acarrear consecuencias con su prima. He estado hablando con ella...

—¿Con Cande?

—Sí. Durante vuestro viaje, cada vez que mi hermano me hacía alguna videollamada, hablaba también con ella. Y ayer fui yo la que los fui a buscar al aeropuerto y la acompañamos al hospital. Estuvimos allí dos horas hasta que nos obligó a marcharnos.

—¿Y dónde estaba yo en esas videollamadas?

—Creo que ya sabes la respuesta.