Si tú supieras 96. Una Fabiola en París, una scooter, un padre en apuros y una huida innecesaria
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96. Una Fabiola en París, una scooter, un padre en apuros y una huida innecesaria

Una Fabiola en París, una scooter, un padre en apuros y una huida innecesaria

Fabiola

U N DÍA ANTES DE SU HUIDA

—Agárrate fuerte, no vayamos a tener una desgracia en estas tierras.

Hace tres horas de reloj que hemos llegado a París, ese destino que no estaba en los planes iniciales y en el que, por la alineación de los astros, hemos acabado únicamente Izan y yo.

Nada más aterrizar y activar los datos móviles, su teléfono se ha iluminado con un mensaje de Marc en el que le ha dicho que en esta ocasión nos pillemos un taxi para irnos al hotel, ya que no contábamos con un coche de alquiler.

Con lo que sí contábamos era con una scooter que estaría esperando a diez minutos a pie desde donde nos hospedamos.

Y aquí estamos, paseando por la ciudad del amor mientras me engancho como buenamente puedo a su cintura.

Ambos coincidimos en que queremos miles de fotos con orejas de ratón en la cabeza, pero que dejamos el plan para mañana a primera hora. Por eso estamos yendo hacia el barrio en el que está el Moulin Rouge, ya que pone nombre a una de mis películas favoritas.

Aparcamos la moto y caminamos por estas calles que están a rebosar de turistas como nosotros que no dejan de inmortalizar momentos para luego recordarlos cuando vuelvan a sus hogares. Mi mano va cogida de la de Izan y sé que nota que estoy algo inquieta.

Después de hacernos muchas fotos, paramos a comer en un restaurante muy Gabriel de Emily en París y me obligo a disfrutar de la jornada.

—¿Te lo has pasado bien? —me pregunta Izan mientras me tiene prisionera bajo su cuerpo.

—Sí, de verdad —respondo con una sonrisa un tanto impostada.

—Sé que estás preocupada por lo que pueda pasar, pero todo está bien.

—¿Qué? ¿A qué te refieres? —pregunto aturdida.

—A que tu tía está en las mejores manos y que su hija ya está con ella. Además, estoy seguro de que, cuando le expliques las cosas a tu madre, lo entenderá perfectamente.

No contesto, tan solo me tiro a su boca como si tuviese la mayor de las necesidades y él se deja llevar. Nuestra ropa empieza a volar por la habitación y sus manos exploran mi cuerpo como acostumbra a hacer.

No puedo, me falta el aire, la cabeza me da vueltas y la saliva no pasa bien por mi garganta porque tengo un nudo que no puedo deshacer. Miro el reloj de mi muñeca, que marca las tres y once minutos de la madrugada.

Creo que me está dando un ataque de pánico por primera vez en este viaje, a pesar de que no haya ningún funicular.

«¿Qué te pasa, Fabiola?». Parece que la que me está preguntando en estos momentos es la voz de mi conciencia y, por lo que veo, no está muy contenta conmigo.

«No lo sé, no sé qué me pasa, pero lo que sí sé es que me muero por hacer una llamada a pesar de que sé que voy a escuchar cosas que van a ser dolorosas para mí».

Izan tiene una de sus manos posada sobre mi ombligo y su respiración acompasada está instalada en el hueco de mi cuello. Me muevo sigilosamente para evitar que se despierte; busco mis bragas, una camiseta y mi móvil, y me dirijo hacia el baño, me meto dentro y cierro la puerta con pestillo.

¿Estás despierto?

Este es el mensaje que he mandado y que, dadas las horas que son, no sé si obtendrá respuesta.

Mi móvil empieza a vibrar y lo cojo al instante.

—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? —oigo una voz alarmada.

—No puedo... Papá, lo he intentado, pero no puedo...

—Cariño, me estás asustando. ¿Qué sucede?

—Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero tengo que irme.

—¿Qué estás diciendo, Fabiola? He hablado con tu prima después de que haya estado pegada a tu tía como una lapa durante dos horas de reloj.

Y cuando te digo «pegada», me refiero a que se ha abrazado a ella y ni las enfermeras han logrado que le dejase un poco de aire durante ese rato.

Luego me la he llevado a la cafetería y le he pedido que me contase sobre su viaje. ¿Sabes lo que me ha dicho?

—No... —contesto mientras las lágrimas no dejan de caer por mis mejillas.

—Tito, Marc y yo hemos visto esto. Marc y yo hemos hecho lo otro.

Marc y yo... Hasta que le he preguntado: «Pero ¿tú te has ido de viaje con tu prima o con ese tal Marc?

». Se ha empezado a reír y me ha soltado: «Tito, tu hija estaba muy ocupada encontrándose por fin gracias a la ayuda de su amigo Izan».

Ahí lo he entendido todo. Has descubierto la vida que tendrías que estar viviendo desde hace mucho tiempo, pero que no te has permitido experimentar por lo exigente que eres contigo misma.

Sé que si no has venido corriendo con Candela ha sido porque ella está segura de que estás en buena compañía y tú opinas lo mismo.

¿De veras quieres dejar a ese chico tirado en plena madrugada?

Yo no te crie así, Fabiola. Yo te he educado para ser una mujer trabajadora, autosuficiente, que afronta los problemas que la vida le va poniendo en el camino, no para que escapes de una ciudad por miedo a lo que sientes.

—Esto es demasiado para mí, papá. Me duele aquí... —digo poniendo una mano sobre mi pecho, a sabiendas de que mi padre no me está viendo.

—No me hace falta ver dónde está tu mano para saber el punto exacto.

No te voy a juzgar, hija mía, pero quiero que entiendas que, si tomas una decisión que yo no considero correcta, te lo voy a hacer saber.

Mi deber como padre es decirte las cosas buenas, pero también las malas.

Solo quiero decirte que, si decides venir, espero que lo hagas bien.

Se merece una explicación. Y yo un mensaje en el que queden claras tus intenciones y la hora de tu llegada para ir a recogerte en caso de que lo necesites.

—¿Te he decepcionado?

—Jamás. Pero creo que, con el tiempo, la única decepcionada serás tú misma. Todo pasa, todo tiene solución. Consúltalo con la almohada e intenta poner tus pensamientos en orden, ¿de acuerdo?

—Gracias, papá, por estar siempre ahí.

—Daría mi vida por ti. Te quiero, cariño.

—Te quiero, papá.

Diez minutos después le mando a mi padre la información con mi billete de vuelta y le pido que me vaya a recoger, como bien me ha dicho. Y le pido perdón, a pesar de no ser la persona que se merece esa palabra.

Lo he intentado. No he podido. He fallado. No sé si me lo perdonará algún día. No sé si me lo podré perdonar a mí misma.