94. Una nueva conversación sentimental, una bruja, un aviso de salida y un teléfono con malas noticias
Una nueva conversación sentimental, una bruja, un aviso de salida y un teléfono con malas noticias
Izan
Hace diez minutos que hemos llegado a Brujas y ya estamos maravillados. Sus calles, su arquitectura..., su magia. Este sitio debería poder visitarlo todo el mundo. Veo cómo las chicas van por delante observándolo todo a su paso mientras Marc intenta volver a sonsacarme información.
—Entonces, ¿no hay nada que contar?
—Ya te he dicho que no. La otra noche ya te conté cómo me sentía.
—Sabes que no...
—Sí, lo sé —lo corto—. No quieres que lo pase mal, pero entiendes que no hay nada que evite eso si tiene que pasar, ¿verdad?
No será culpa tuya por no consolarme o aconsejarme bien.
Tampoco de Gisela. Con el paso de los años, entendí que en cierto modo os culpasteis de lo que me pasó, pero no es así.
Intentasteis advertirme miles de veces y yo no lo quise ver.
Y, pase lo que pase ahora, sé que vais a estar al pie del cañón de nuevo si hace falta, pero es que la cuestión es esa, que no hay nada a pesar de todo. Es jodidamente difícil de explicar.
—Pues yo, que lo veo desde fuera, te lo explico en un santiamén.
—¡Chicos, patata! —grita Cande unos cuantos metros más adelante y nos dispara con su cámara. Una vez que lo hace, sigue caminando.
—Lo que veo es que os gustáis un montón.
Y no precisamente como me gusta Cande a mí.
Creo que os encontrasteis por obra del destino en una fiesta de disfraces y que este quiso seguir ayudándoos, poniendo vuestros cuerpos sabrosones en el mismo tren.
Todo pasa por alguna razón, Izan. Y quizá, y entiendo que esto pueda doler, la mamona de Celeste pasó por tu vida para enseñarte una de las lecciones más importantes de esta: la de saber lo que mereces y lo que no.
—Creo que me merezco más de lo que Mambita me da.
—Aquí no te estoy pillando.
—Lo de siempre, que no me cree suficiente para ella.
—Sí, eso es algo que tendrá que trabajar, pero contigo y con todo el mundo en general. Pero al final somos parte de lo que nos hacen y de lo que creemos, y ya nos ha ido diciendo cómo es su madre.
—Sí, y que su padre es totalmente lo contrario.
—También es verdad. Ahí no puedo rebatir nada, pero sabes que desde una posición de poder siempre gana lo que gana, que no es otra cosa que seguir siendo el amo del lugar.
Y también creo, y Dios sabe que no conozco de nada a ese pobre hombre, que el padre de Fabiola es un tanto calzonazos en cuanto a su mujer se refiere.
—A ti te sale el dinero por las orejas y no eres así.
—Sí, bueno, soy el hijo maricón de unos empresarios de éxito.
Y sabemos que gran parte de su entorno dedica el tiempo libre a ir a comer con sus amigotes mientras tienen a sus mujeres esperando en casa para ponerles las zapatillas al llegar.
Permíteme que me den asco del bueno y no quiera parecerme lo más mínimo a ellos.
—No todos son así y lo sabes.
—Con que haya uno ya es repulsivo y no me refiero a lo que acabo de decir expresamente.
Tú mismo ves cómo tratan a veces a las camareras de los caterings de las fiestas; solo les falta tirarlas a los leones y que gane la mejor.
Casi siempre son tías, ¿no te has dado cuenta?
Lo hacen para sentirse más poderosos y enseñar al mundo lo tiarrones ricos y poderosos que son.
Así que agradezco el tener una mente privilegiada y saber que eso no es en lo que me quiero convertir.
Con todo esto lo que quiero que entiendas es que para ella tiene que ser muy difícil sentir lo que está sintiendo porque creo realmente que tú también le gustas.
Pero, claro, como eres repartidor y vas con esas pintas de andrajoso, pues la muchacha está sudando la gota gorda pensando en cómo puede presentarte a su madre.
La gente rica de más de cincuenta no cambiará su opinión sobre la plebe. Hay que asumirlo.
Cande llama a Marc y este se une a ellas, dejándome atrás solo, pensando en todo lo que me acaba de decir.
¿Qué es lo que quiero realmente? ¿Casarme con ella?
¿Tener hijos juntos? No, lo que quiero es que se permita conocerme realmente.
Sin prejuicios. Sin pensamientos intrusivos. Sin su madre en la ecuación.
—Creo que podría venir a este lugar todos los años que me queden de vida.
Hemos decidido cenar aquí antes de coger el transporte hacia el hotel y llevamos un buen rato dando nuestras impresiones del día. Como se puede apreciar, Fabiola se ha enamorado perdidamente de Brujas.
—Fabs, ya te digo yo que las fotos que te he hecho con el Palacio Provincial al fondo van a ser gloria bendita.
—No te preocupes, cuquita, que yo también te he hecho con mi cámara por si las de tu prima no te gustan —informa Marc metiendo el dedo en la llaga.
—Llorarás del gusto y de la pena cuando las veas, chaval. Del gusto, porque te encantarán. Y de la pena, porque, por más que te arrastres y me lamas los pies, no te pienso dar la que te he sacado a ti.
—Creo que deberían cambiar «Brujas» por tu nombre. Hay que ver lo chunga que eres en ocasiones. Me encantas.
—¿Sabéis ya lo que queréis pedir, chicos? —pregunto al ver a un camarero acercarse a nuestra mesa.
Hacemos la comanda y, mientras esperamos a que nos sirvan, Marc vuelve a hablar.
—Bueno, el avión sale mañana a las once y diez minutos de la mañana.
Recordad que esto no es como coger un tren, tenemos que estar con bastante antelación allí.
El aeropuerto está a una media hora de donde nos encontramos y para poder facturar deberíamos estar como mínimo una hora y media antes de que salga nuestro vuelo.
Ya sabéis, podemos tener la jodida mala suerte de que nos toque que nos abran las maletas o cualquier imprevisto de última hora.
Por el coche de alquiler no hay problema.
He llamado antes y me han dicho que podemos dejarlo allí.
Toda esta retahíla es para que os quede claro que mañana no se le pueden pegar las sábanas a nadie y que habría que dejar el hotel sobre las ocho de la mañana. ¿Cómo lo veis?
Yo ni siquiera contesto; solo puedo mirar la cara de preocupación que se le ha puesto de golpe a Fabiola mientras no puede apartar la mirada de su teléfono.