Si tú supieras 91. Un embarazo doble, un tiempo en chirona, una mazmorra y una mujer plurilingüe
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91. Un embarazo doble, un tiempo en chirona, una mazmorra y una mujer plurilingüe

Un embarazo doble, un tiempo en chirona, una mazmorra y una mujer plurilingüe

Fabiola

Hubiese apostado todo mi dinero a que hoy no nos pasaría nada relevante y acabaríamos cenando cerquita del hotel, pero.

.. ahora mismo estamos en medio de un cántico del que no entendemos nada, mientras un expresidiario tiene cogido con camaradería a Izan por el cuello.

Yo, por mi parte, intento beberme un vaso de cerveza de un solo trago, y Marc y mi prima gritan que están orgullosos de mí.

¿Dónde estamos metidos? No sé ni cómo explicarlo. ¿Cómo hemos acabado aquí? Esta es la historia.

Creo que esta experiencia la recordaré de por vida, pero probablemente sea gracias a las fotos que están haciendo mi prima y Marc. Incluso he visto a Izan sacar su móvil en algún momento.

Hace un rato, cuando estábamos en la cervecería, me he puesto a hablar con uno de los camareros y le he preguntado directamente si allí no trabajaba ninguna mujer y me ha contestado que no.

También me ha contado la razón y por qué estaban todos allí.

En otro momento de mi vida me hubiese dado un soponcio, hubiese gritado, hubiese usado la jarra de cerveza como escudo o hubiese corrido a lo Forrest Gump.

Pero no: le he pedido, si no era indiscreción, que me explicase cómo había acabado él en la cárcel y cómo se sentía al ser aceptado de nuevo en una sociedad a la que no es fácil volver después de pasar una temporada privado de libertad.

Una sociedad, como la mía, en la que no solemos dar cabida a gente de este calibre.

Lo he pillado por sorpresa y me ha contestado que era la primera vez que alguien se interesaba por su historia y, mientras me ponía una nueva cerveza en la barra, me lo ha explicado.

Que a su mujer y a él les vino un embarazo no esperado en el mejor momento de sus vidas y que tenían miedo a no poder darles un buen futuro a sus bebés, porque eran gemelos.

Que a ella la despidieron de su trabajo al enterarse de que iba a ser madre y que el sueldo de él no iba a dar para alimentar cuatro bocas.

Que un supuesto amigo le habló de un hurto sin importancia en un chalé de gente adinerada, que estaba todo controlado.

Y así, en una noche oscura, las únicas luces que se encontró encendidas fueron las de los coches patrulla que iban a por ellos.

Que su amigo se largó, dejándolo a su suerte, y que fue el único arrestado con una bolsa llena de joyas valoradas en mucho dinero.

Que se perdió el nacimiento de sus hijos y la primera etapa de sus vidas, pero que iba a luchar con uñas y dientes para recuperar el tiempo perdido y darles el mejor futuro posible.

Que llevaba ya dos años trabajando en ese bar y que había conseguido acabar como encargado.

Que nunca había faltado ni un céntimo en la caja y que sus jefes tenían total confianza en él.

Que sus padres y sus suegros eran una gran ayuda para su familia y que no quería volver a separarse de sus pequeños ni de su mujer, con la que llevaba desde el instituto.

Mientras me estaba contando este episodio de su vida, ha abierto su cartera y me ha mostrado la foto de dos niños preciosos de los que me he enamorado al instante.

Y, mientras miraba esa imagen con un nudo en la garganta, me ha preguntado si quería conocer a su mujer, a lo que he contestado que por supuesto.

Y esta es la historia de que estemos una noche de nuestro viaje en Ámsterdam en una mazmorra.

Resulta que la mujer de mi querido «Paul» trabaja aquí.

Nos encontramos en una especie de casa encantada en la que somos testigos de excepción de la caza de brujas, las ejecuciones, las torturas y los experimentos que sucedieron hace décadas.

Yo lo estoy disfrutando, cosa rara en mí, aunque la cantidad de alcohol que llevo en sangre está siendo de gran ayuda.

Ahora mismo estamos en medio de una cámara de tortura en la que nos sentimos humanos de la Edad de Oro neerlandesa. Se supone que aquí nuestra vida corre peligro, pero yo no puedo hacer más que reírme todo el rato.

—Mambita, ¿lo estás pasando mal?

—Me lo estoy pasando muuuuuuuuuuuuuuuy bien. ¿No es genial que Paul nos haya invitado a venir? Nos hemos ahorrado unos buenos euros y esto es apoteósico. Raro me parece que ni mi prima ni Marc diesen con este sitio. Y tú, ¿cómo te lo estás pasando?

—Pues la verdad es que la experiencia está siendo cojonuda. Estas fotos de tu prima sí que me muero por verlas.

Cande sigue haciendo fotos a diestro y siniestro a todo lo que pilla, cosa que me hace gracia porque hoy ha salido del hotel con una cámara más que el resto de los días. Ella va del brazo de su querido Marc todo el tiempo.

—Queríamos decirte una cosa que hemos descubierto antes de venir, pero hemos preferido arriesgarnos a morir viniendo aquí a ciegas antes de contártelo, por lo que pudiese pasar.

—Vais tarde. Ya sé que estos hombretones corpulentos que son como Winnie the Pooh en versión con más pelo, y eso que el susodicho es un oso, son personas que han estado en la cárcel.

Mi buen amigo Paul estuvo preso por asaltar una casa y pillarlo con joyas.

Su supuesto amigo se la lio y se comió él solo el marrón. Maldito pendejo...

—¿«Maldito pendejo»? ¿Ahora estamos en una telenovela?

—No, estamos aquí, pero es que me cabrea un montón. ¿Sabes que mi Paul estaba a punto de tener gemelos y que tenían tan pocos recursos que lo hizo por su familia?

—No... no tenía ni idea. Veo que habéis hecho buenas migas.

—Muchas, Izan, es lo mejor que me llevo de este lugar. Lo quiero tanto...

—Fabiola, pero ¿qué coño te has tomado?

—Pues yo qué sé, un montón de cosas, ni siquiera sé cómo sigo en pie.

He estado a punto de vomitar en el consejo de sangre, en los campos de la horca y en la Inquisición española.

¿No es muy chido que seamos españoles y tengan aquí nuestra Inquisición como espectáculo?

Es una señal del destino; teníamos que entrar en esa cervecería.

Dejo a Izan ahí plantado y me voy con mi nuevo mejor amigo, que está de cháchara con su mujer. Sí, ella es una de las malotas en estos momentos, pero, sabiendo la historia que llevan detrás, me parece un ángel. Y yo solo quiero llegar a casa y mandarles a sus niños un montón de regalos.

—Híjoleeeeee, ¿cómo están ustedes?

—Y esto, amigos míos, era lo que no echaba de menos de mi prima borracha.

—¿El qué? —le pregunto.

—Pues esto, Fabs, que cuando vas pedo te da por hablar como la persona con el poder de hablar todos los idiomas del mundo. Es decir, lo mismo nos hablas como Frijolito que como Tiziano Ferro. La verdad es que estás muy graciosa, pero es que te acabas viniendo arriba y no hay quien te soporte.

—No recuerdo que la noche que nos conocimos hablases en otro «idioma», y te recuerdo que ibas bastante perjudicada —me dice Izan al oído.

—Quizá era porque tenía la lengua ocupada dentro de tu boca.

Me quedo mirando hacia él fijamente con una sonrisa en la cara y empiezo a pensar que, probablemente, desde fuera se me está viendo como una desequilibrada al más puro estilo Joker, pero el de Jack Nicholson.

—¿Te pasa algo? Das un poco de canguelo. —Por la cara con la que me mira Izan, quizá sí que parezca un tanto desequilibrada en estos momentos.

—Eres imbécil, pero me encantas —confieso.

—Ah, ¿sí?

—Sí, pero saboréalo esta noche, porque creo que mañana no me acordaré de nada de lo que está sucediendo.

Izan se acerca a mí sigilosamente y me lleva hacia una de las esquinas de la mazmorra, la que más oscura está.

—Te recuerdo que estamos rodeados de gente y que nos pueden ver —le digo con una sonrisa.

—Déjate llevar. Seguramente, mañana tampoco se acuerden de este momento.