Si tú supieras 92. Unos lados oscuros, unos holandeses besados, una lloradita de acera y una cruda verdad
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92. Unos lados oscuros, unos holandeses besados, una lloradita de acera y una cruda verdad

Unos lados oscuros, unos holandeses besados, una lloradita de acera y una cruda verdad

Izan

Son las cinco y cuatro minutos de la mañana y aquí seguimos.

Hace una hora que nuestros cuerpos no prueban el alcohol (excepto el de Fabiola), pero seguimos pasándolo de puta madre.

Verla disfrutar así está ayudando mucho.

Eso y que ya nos hemos metido mano en cada lugar oscuro que pillamos, y aquí, amigos míos, la iluminación es muy escasa.

Ahora mismo vamos a entrar de lleno en la última actuación, la del asesinato en el Zeedijk, pero antes de eso necesito hacerle una pregunta a Candela.

—Cande, ¿con qué películas compararías todo esto?

Ay, pobre, que se le han aguado los ojos por la emoción de mi pregunta.

—Joder, llevo toda la noche pensando en ello, pero me daba cosa soltaros aquí mi mierda wikipediana.

Pues... siempre hay que tener como referente La matanza de Texas .

Luego podemos irnos por Km 666 o La casa de cera .

Las tres entrarían en lo denominado como serie B, aunque la primera sea una peli de culto por excelencia.

—Pero tampoco tienen nada que ver con esto.

—No, pero, en cuanto hemos puesto un pie aquí, son las que se me han venido a la mente, así que digo yo que algo de razón tendré. Joder, con la niña, esa parece que está metida en Mary Poppins , hay que ver lo feliz que está aquí. No sé yo cómo la vamos a llevar de vuelta al hotel.

Pues nos está costando lo nuestro. Cincuenta y seis minutos después, esto echa el cierre y esta pobre gente está deseando irse a su casa a descansar, que es lo que deberíamos estar haciendo nosotros para poder disfrutar mañana a tope.

Estamos esperando a que Fabiola bese mucho a Paul, Gerrit, Manfred, Berg, Jodocus.

.., otra vez a Paul, a su mujer Neske...

y vuelta a empezar. ¿Solución? Arrastrarla entre risas mientras ella les sigue diciendo a Paul y a su mujer que seguirán en contacto.

A todo esto, la pobre holandesa riéndose mientras su marido le ha tenido que explicar por qué la chica española lo llamaba por un nombre que no era el suyo.

Y nosotros pensando que en cuanto supiese el pasado de estos hombres huiría rauda y veloz. ..

Nos queda un cuarto de hora de caminata hasta el hotel y, en vez de parecer que hemos salido de una especie de atracción del terror, es como si hubiéramos salido de un after amenizado por David Guetta y Chimo Bayo.

—A mí mañana que nadie me mande un puto mensajito diciéndome la hora en la que tengo que estar listo para irnos por ahí porque puedo comerle el alma —advierto muy en serio.

—Principeso, mañana iremos de tranquis. Nos hidrataremos y nos nutriremos como buenamente podamos y, si acaso, vamos a última hora a ver cualquier sitio. Paseamos, cenamos en algún lado que encontremos y de vuelta a descansar...

—¿Qué te pasa, cuqui? —le pregunta Marc cuando nota el cambio de voz en Cande.

—¿No os dais cuenta? Nos queda solo Bruselas y todo habrá terminado. Sin desmerecer el resto, ha sido el mejor viaje de mi vida. Sin vosotros no hubiese sido posible.

—Ay, que la choni poligonera se nos pone sensible —bromea mi amigo tocándole el pelo.

—Marco, necesitaba esto como el comer. Así que os quiero dar las gracias, chicos, porque habéis resultado ser unos amigos extraordinarios para las dos. ¿Verdad, Fabs?

Miramos hacia atrás y la vemos parada en medio de la acera mientras las lágrimas recorren su cara.

Me está mirando fijamente y me acerco a ella despacio, valorando si quiere mi cercanía o si prefiere que le dé su espacio.

La respuesta llega en forma de abrazo. Me abraza con todas sus fuerzas, metiendo su cara en mi cuello y llorando más fuerte.

—Tomaos vuestro tiempo; vamos yendo nosotros al hotel —murmura Marc alejándose con Candela, dándonos intimidad.

—Chist, tranquila, no pasa nada.

—Pasa todo, Izan..., y no sé cómo gestionar esto.

—¿El qué?

—A ti, no sé cómo gestionarte a ti. No sé cómo hacerte un hueco en mi vida cuando lleguemos a casa y eso me está reconcomiendo por dentro.

—¿Quieres hacérmelo?

—Mi cabeza me aconseja que no, pero mi corazón está empezando a decirme que sí.

—No sé qué quieres decir con eso; vas a tener que ser más específica.

—Pues... que... me gustas, me gustas mucho.

Nos conocemos desde hace menos de tres semanas, pero no nos hemos separado apenas.

He hecho cosas contigo que no haría con nadie.

Ya sabes que yo no soy así. No soy decidida, ni temeraria.

.. Soy todo lo contrario con un montón de adjetivos más.

Tengo miedo de que aquí te hayas hecho una imagen de mí que no es real.

Es que no me conoces; ni siquiera me conozco yo. ..

—¿Lo que más te preocupa es que mi supuesto estilo de vida no se pueda complementar con el tuyo?

—Quita el «supuesto». No conoces a mi madre: si llego diciéndole que me gusta un repartidor de paquetería con el que me he acostado después de conocerlo en una fiesta de disfraces y con el que he repetido en un viaje por Europa... Es imposible.

—Así que el problema es siempre el mismo desde que nos conocimos. Las apariencias. Y si yo fuese el dueño de la empresa de paquetería, en vez del repartidor, ¿cambiaría las cosas?

—Lo cambiaría todo.

Se supone que este «lo cambiaría todo» debería reconfortarme de alguna manera, pero me ha roto un poco más el corazón, me ha puesto de muy mala hostia e incluso me ha producido mucho rechazo.

Vuelvo a darme cuenta de que no es suficiente que la haga reír, que me preocupe por ella, que sea atento, que le dé cariño y un sinfín de cosas más que hago día a día.

Ahora mismo vuelvo a sentirme como ese Izan de hace unos años cuando salió de ese piso después de encontrarse a su novia follándose a otro y tiró la caja de bombones a la papelera más cercana.

Y juré que no volvería a pasar por eso nunca más, y pienso cumplirlo.

Lo mío con Fabiola no es que tenga fecha de caducidad porque ni siquiera la tiene de producción.

Le paso un brazo por detrás de los hombros y nos guío de camino al hotel mientras saco mis auriculares y escuchamos la canción que nos acompaña todas las noches. Lo hago durante el trayecto porque no quiero pasar más tiempo a solas con ella en estos momentos.

Una vez que llegamos, me despido en la puerta de su habitación con un beso en la frente y me voy para la mía. Nada más llegar me encuentro con que mi hermano me estaba esperando.

—¿Qué haces despierto todavía?

—Quería asegurarme de que estabas bien —me dice con cara de preocupación.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Se ha puesto a llorar en medio de una acera mientras no te quitaba la vista de encima. Está claro que algo no va bien.

—No va bien en ella. Se siente mal consigo misma porque no sabe qué hacer conmigo una vez que lleguemos a Barcelona.

—No lo pillo... ¿No quiere una relación contigo?

—No quiere una relación con alguien como yo.

—Alguien como tú. Sigo igual de perdido.

—Yo, un perroflauta mileurista que trabaja como repartidor de paquetería. ¿Cómo va a presentar ella a un novio así en sociedad, con mis pintas y mi trabajo? Sería una deshonra. Así que eso es lo que le pasa, que se avergüenza de mí.

—¿Y se puede saber por qué cojones piensa esas cosas?

—¿Te das cuenta de que lo que importa no es que no sepa qué soy, sino que lo que cree que sí no es suficiente para ella?

No quiero que me quieran por lo que tenga o por cómo vaya vestido, Marc.

.. Quiero que me quieran por mi personalidad, por mí mismo.

Y está claro que no es suficiente. Una vez más, no lo soy.

—Eh, no me toques los huevos. Claro que eres lo suficientemente bueno para ella y para todas las tías de este puto universo.

Pero siento ser yo el que te diga que, por lo menos, ella está siendo sincera, te guste o no.

Tú, por el contrario, no le has contado las cosas como son, has dejado que ella saque sus propias conclusiones.

—Y no me he equivocado con ella. Es clasista y ya sabes que a mí esa gente no me gusta.

—Diría que Fabiola es la excepción a tu regla. Te gusta y mucho.

—Pues tiene que dejar de gustarme. Tranquilo, si me repuse del hachazo de Celeste después de tantos años con ella, me repondré de Fabiola, de la que ni siquiera estoy enamorado.

—¿Sabes que este tipo de cosas no se miden en tiempo, sino en intensidad? Consúltalo con la almohada. Venga, a dormir. Buenas noches. Te quiero, tío. Sé que te lo digo poco, pero te quiero con toda mi alma. Hermanos hasta la muerte.

—Hermanos hasta la muerte.