90. Una gata peleona, una cervecería con sorpresa, una happy hour y cinco armarios empotrados
Una gata peleona, una cervecería con sorpresa, una happy hour y cinco armarios empotrados
Izan
El día está siendo muy tranquilo, visitando sitios por aquí y por allá hasta que hemos llegado al lugar donde yo quería ir sí o sí. No había opción. Y no la ha habido.
Estoy todo a gustito acariciando un gato persa que se ha instalado sobre mi pierna mientras me tomo la mejor limonada con jengibre que he probado en mi vida.
Bueno, realmente es la primera vez que me la tomo con esa sustancia.
Sigo atento al felino mientras mis tres acompañantes hablan del siguiente lugar al que ir.
—Veamos..., teniendo en cuenta la hora que es... —Marc mira su reloj y frunce el ceño, cosa habitual en él—, las ocho y veinticinco, no tenemos muchas opciones.
—A mí me apetece algo de tranquis, porque no hemos parado: hemos visto las letras gigantes, la Biblioteca Nacional, la Casa de Ana Frank y el Museo Van Gogh antes de venir aquí para ver cómo Izan acaricia a gatas en celo. Aunque algo me dice que no es la única a la que ha tocado en este viaje...
Veo cómo Fabiola taladra a su prima con la mirada y a mí me entra la risa.
—Entonces, ¿qué? ¿Queréis que nos vayamos a cenar tranquilamente y nos volvemos ya para el hotel? —inquiere mi amigo.
—A mí me apetecía tomarme algo, la verdad —dice Mambita.
—Fabiola, ya lo estás haciendo.
—Me refería a algo con alcohol. Aquí no hay nada de eso.
—Mira mi prima, que hoy quiere acabar piojo. Me encanta.
—No, Candela, solo estoy diciendo que me apetece tomarme algo chisposo, pero en plan tranquis.
—Eso dije yo el día que acabé en el baño del Gomaespuma con... Nada, dejadlo —se reconduce Cande, que ha estado a punto de desvelar el gran secreto de su vida.
—Sí, mejor... ¿Os apuntáis? —pregunta Fabiola.
—Claro que sí, cuqui. En cuanto tu amigo Izan consiga que esa gata salvaje guarde sus uñas, nos podremos ir —suelta Marc con sarcasmo.
—Mira que sois malos... Si es adorable.
—Me ha metido un zarpazo nada más llegar —replica Fabiola, que muestra el arañazo en su pierna que lo atestigua.
—Eso, cosa guapa, es porque te ve como competencia —le vacilo con una sonrisa, guiñándole un ojo.
Diez minutos después estamos caminando por una calle transitada de día, aunque, visto lo visto, no lo es tanto a estas horas.
—¿Qué os parece este sitio? —Fabiola señala el letrero de una cervecería.
Optamos por entrar y, nada más hacerlo, y creo que hablo por los cuatro, nos sentimos dentro de la peli de El bar Coyote ; lo único es que la barra está llena de hombres corpulentos y tatuados hasta las amígdalas.
—¡¡¡Uuuh, happy hour !!! —grita a todo pulmón Cande mientras corre hacia la barra y anima a un tipo que está subido en ella mientras se tira una cerveza por dentro de los tejanos.
Ya no hay marcha atrás: Cande levanta cuatro dedos y señala las jarras más grandes que se encuentra a su paso.
Mientras, saca cinco euros de su bolso y los menea por delante del hombre que nos está deleitando con su movimiento de pelvis y que acaba gateando en dirección a nuestra amiga para que le ponga el dinero donde ella crea conveniente.
¿Fabiola? No sé qué decir al respecto. Llevamos aquí un solo minuto de nuestras vidas y presiento que vamos a estar unas cuantas horas.
La miro con cautela para ver su reacción y lo que hace me deja perplejo.
Se quita la chaqueta vaquera, se la ata a la cintura, se va hacia su prima y sube los brazos para empezar a animar también a este tipo que lo está dando todo.
¿Marc? Ese ya está en modo relaciones públicas sonriendo a todo el que se cruza a su paso y buscando mesa para poder sentarnos y beber tranquilamente el tiempo que estemos en este garito.
—Tú puedes, Mambita, acaba con él.
No penséis cosas raras: Fabiola se está jugando otra hora de cervezas gratis a los dardos, juego que maneja a la perfección y cuyo mérito se atribuye Candela diciendo que es gracias a los tugurios a los que la lleva.
Cinco minutos después, Fabiola es la flamante ganadora mientras se bambolea en medio de la cervecería con dos jarras en las manos. Nosotros tres estamos sentados en una mesa y ya vamos todos bastante perjudicados.
—¿No es raro que todo sean camareros y todos tengan el mismo «tipo»? —cuestiono al darme cuenta de ese detalle.
—Sí, bueno...
—Sí, bueno, ¿qué? Casca lo que sepas, cuqui. —Marc se me ha adelantado.
—Prometedme que no se lo diréis a mi prima bajo ningún concepto.
Marc y yo asentimos y es cuando Candela abre la boca y nosotros con ella al oír lo que nos confiesa.
—Es un bar de inclusión. Vamos, que todos los muchachotes que vemos aquí se han pasado una temporadita en el talego.
Este trabajo es la forma que les han buscado para que tengan un futuro como el de cualquier persona.
Seamos realistas: cuando uno acaba en la cárcel, nadie vuelve a mirarlo igual y la mayoría de los empresarios no le darían una oportunidad por miedo a saber qué.
La madre que me parió. Son las doce y treinta y seis minutos de la noche y me acabo de enterar de que estoy rodeado de hombres que probablemente me podrían romper un brazo con solo mirármelo.
—¿Qué clase de delitos han cometido?
—Pues no lo sé, principeso. ¿Crees que en internet van a salir sus fichas policiales?
—Yo qué sé.
—Tranquilo, tonto, que no te quiero ver sufrir. Según pone aquí, fue idea de un empresario y su amigo policía. Es más, esto es una antigua comisaría. Todos estos hombretones que están aquí tienen sus manos limpias de sangre, solo estuvieron en la cárcel por hurtos o tráfico de drogas.
—¿Sabes que los traficantes a veces matan?
—Sí, y la vecina de puerta de mis padres resultó ser una hija de Satán y se cargó a su pobre perro con matarratas. Y a conciencia... Hay que ver lo maligna que resultó ser la Charo. Ya de pequeña veía algo raro en ella...
Lo que ocurre después de esta conversación es que otras dos parejas que están en el bar y que resultan ser de los nuestros, aunque sean de Sevilla, acaban sentadas con nosotros cuando el local se va vaciando.
Seguimos bebiendo mientras los trabajadores se ponen a recoger, barrer y levantar sillas, diciendo que estemos tranquilos.
—Chicos... —salta Cande con un poco de lengua de trapo—. Y si ahora nos encierran aquí, ¿qué hacemos? Yo sé dar patadas voladoras, pero no me siento muy ágil en estos momentos.
—No digas tonterías —contesta Marc a duras penas.
—Marco, no quiero morir en un bar en medio de Ámsterdam; aún tengo que ver Deadpool 3 , que sale Lobezno y me gusta mucho.
—¡Hooooooooooliiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
Fabiola no es que esté borracha, es que está desatada en modo canción de Alaska con su «a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga», más que nada porque creo que no es consciente del pedal que lleva y mañana no se acordará ni de la mitad.
—Me ha comentado Rudd, bueno, yo lo he bautizado como «Paul», ya sabéis, por Paul Rudd. Ant-Man —especifica cuando ve que no pillamos por dónde va.
—Ya veo que os van los superhéroes de Marvel —apunto.
—¿Qué?
—Nada, sigue.
—Bueno, pues que lo he bautizado así. Aunque me ha explicado que su nombre y el apellido de Paul no se escriben igual y que el suyo es un diminutivo de Rudolf, pero es que me ha dado la risa porque me lo he imaginado con la nariz roja.
Tampoco he entendido por qué su diminutivo lleva dos úes si su nombre completo no lo lleva y. ..
—¿Siempre habla tanto cuando está borracha? —le pregunto a Cande.
—Pues no sé qué decirte. En la adolescencia sí que le daba por darle al pico, pero es que hace como casi una década que esta mujer no se despendola de lo lindo. Hasta el día que os conocimos, claro.
—Es muy comestible así.
—Claro, cuando está sobria no te lo parece. Manda cojones las tonterías que tiene que oír una.
También tiene razón.
Fabiola sigue con su discurso sobre el nombre del holandés de ciento veinte kilos que ha mantenido una larga conversación con ella hasta que nos informa de que le ha dicho que nos invitan a ir con ellos a un acontecimiento que solo pasa dos noches al año.
Ahí ya me empiezo a acojonar y estoy por pedirme un litro de agua bien fresquita para que se me pase el colocón, por lo que pueda ocurrir.
—¿Y qué se supone que es? —pregunto.
Prefiero saber dónde me llevan por si tengo que avisar a alguien de mi ubicación si dentro de tres días aún no hemos vuelto al hotel, a no ser que aparezca antes mi cadáver.
—Pues, según me ha contado, es un sitio que abre siempre de día, pero que justamente hoy abre de noche. Creo que se llama Amsterdam Dungeon... o algo así.
—Joder, menudo análisis más completo.
—Izan, yo qué sé. Nos ha invitado a ir con ellos; dice que va a ser una experiencia que no vamos a olvidar jamás, pero que no quiere darme muchos detalles para que sea más sorprendente.
Dios mío, vamos a ir de lleno y por nuestros propios pies a una muerte segura en un país desconocido y no nos encontrarán jamás.
—Y le he contestado que por supuesto y que me encantaría conocer a su mujer. Me ha dicho su nombre, pero no me acuerdo.
—¿Hablas holandés?
—No, tonto, hemos hablado en inglés. Venga, coged las cosas, que nos vamos ya.
Dicho y hecho. Cogemos las cosas, apuro lo que queda de mi bebida —al final prefiero el alcohol para que mi cuerpo sienta menos lo que esté a punto de pasar—, nos despedimos de los andaluces, que declinan la oferta de acompañarnos (espero que, cuando los entrevisten en los informativos, comenten que éramos buena gente y no nos merecíamos un final así), y nos vamos a saber dónde, con cinco armarios empotrados de los cuales dos van con sus brazos enlazados con los de Mambita. Esta chica no deja de sorprenderme.