Si tú supieras 89. Una ladronzuela de pacotilla, un testigo cedido, una casa flotante con gatos y una noche de «p. m.»
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89. Una ladronzuela de pacotilla, un testigo cedido, una casa flotante con gatos y una noche de «p. m.»

Una ladronzuela de pacotilla, un testigo cedido, una casa flotante con gatos y una noche de «p. m.»

Fabiola

Ayer Izan hizo lo que le pedí: puso la canción, me besó durante unos veinte minutos y esperó a que me metiese en la habitación, y todo ello sin decir ni una sola palabra sobre todo lo que le había dicho en un impulso de sinceridad.

Amanece un nuevo día y la verdad es que sigo con la cabeza tan embotada con todo lo que ha acontecido en las últimas horas que no tengo ni la más remota idea del planning que tenemos para hoy.

Mi prima está ahora mismo en la ducha y yo me dirijo nuevamente a su maleta para volver a robarle algo.

Me estoy convirtiendo en algo así como una Robin Hood, aunque sea una rica que roba a una que no lo es tanto (no pienso referirme jamás a mi prima como una persona pobre).

Justo cuando estoy revolviendo un poco sus cosas, la puerta del baño se abre y me pilla infraganti.

—Fabs, no seré yo quien te diga que está mal robar porque es un delito y tiene pena de cárcel. Tranquila, en tu caso solo te enchironarían en un calabozo durante unas cuantas horas, pero... ¿vas a estar todo el viaje usando mi ropa?

—Perdona.

—Qué perdona ni qué armario de Narnia. Coge todo lo que quieras. Lo mío es tuyo y lo tuyo..., nada, es tuyo.

—Ja, ja, qué graciosa.

—Es que no me pondría tu ropa ni loca. Sería como llevar un funeral en mi propio cuerpo. Solo de pensarlo creo que me está subiendo la fiebre. Si ya sabía yo que tenía que traer más modelitos de la cuenta.

—¿Sabías que te cogería ropa?

—No, pero dicen que la esperanza es lo último que se pierde y ya iba siendo hora de que vistieses como una chica de tu edad, no como las coleguis rancias de tu madre.

Si quieres, cuando lleguemos a casa te pasas por la mía y miras cosas que tengo preparadas para donar.

Y si vas a decir ahora mismo la frase «¿te crees tú que voy a ponerme ropa que vas a darle a otros?

», ahórratelo. De verdad, hoy quiero que me caigas bien.

—No pensaba decir eso. Lo que iba a decirte es que gracias por el ofrecimiento y declinar la oferta.

—Qué raro... Bueno, volviendo al tema de Izan...

—¿Qué dices? Si no hemos hablado de Izan para nada.

—Has picado, pequeña diminuta. Nadie sabe dónde están esos pequeños seres bondadosos que están viviendo con nosotros, pero yo sí, igual que sé que ayer tuviste un orgasmo en un váter de restaurante.

De verdad espero que al menos estuviese limpio.

Yo una vez eché un polvazo en los baños del Fomento y poco más y cojo una enfermedad, y no por el que me la estaba metiendo.

—¡Candela!

—¿No me vas a cascar nada? Acabo de desvelarte un gran secreto.

—Ya sabía que Gonzalo y tú os acostasteis en ese baño.

—Acostarnos, no, Fabs, follamos como descosidos mientras un montón de curiosos nos oían gemir más alto que la música del local.

Digamos las cosas con propiedad. Pero ese no es el tema.

Venga, soy tu prima, puedes contarme cualquier detalle digno de mención.

Y me imagino que el principeso la maneja muuuuuuuuuuy bien.

—¿Ahora vas a llamarlo «principeso»?

—Si de todo lo que acabo de soltar por la boca solo tienes interés en el mote que le he puesto, ya me lo has dicho todo. La no negación es la nueva confirmación.

—Eso no es así.

—En este caso, y siendo tú, ya te digo yo que sí. Una pena, prima, quizá hubiese dado el paso para contarte lo que realmente me pasó en Verona, pero viendo que somos una caja de secretos... ¿Qué digo «caja de secretos»? Cajón de mierda al más puro estilo Estela Reynolds.

—Puede que haya pasado algo, pero no pienso decirte nada más que esto. Ahora ya puedes contarme lo que te ocurrió a ti.

—Lo siento, querida, pero no me has dado salseo suficiente como para que yo te cuente el mío. Cuando decidas hacerlo, aquí me tienes. Por cierto, ponte este vestido naranja, que seguro que te queda genial con el tono de piel que tienes ahora mismo. Estás toa güena .

—Bien, muchachos, voy a deciros unas cuantas opciones para ver qué hacemos hoy —comenta Marc una vez que nos sentamos a desayunar.

—Sí, hoy le cedo el testigo a mi socio —nos comunica mi prima.

—Gracias, cuqui. Tenemos la casa-museo de Ana Frank, podemos pasearnos por un lugar llamado las Nueve Calles, ir al STRAAT Museum, al Foodhallen, al Electric Ladyland, que es un museo fluorescente, a una casa flotante que está llena de gatos, al Museo Van Gogh, a ver los tulipanes en Keukenhof. .. ¿Qué os apetece?

—¿Has dicho «casa flotante llena de gatos»? Mi primera opción es esa. —A Izan se le ha puesto una sonrisa en la boca nada más oír esta opción—. De verdad, quiero ir ahí ya.

—Lo está diciendo en serio... —me digo a mí misma en voz alta.

—Sí, Mambita, me encantan los sitios en los que hay animales y siempre he querido estar en una casa flotante, así que es la combinación perfecta.

—Apúntalo, Marc, no vayamos a dejarlo sin su deseo más querido. —Se ve que tiene ganas reales de pisar ese lugar.

—Ay, si yo te dijera cuál es mi deseo más...

—Sí, vale. Siguiente cosa —lo corto sin dejar que termine de decir lo que estaba a punto de salir de su boca.

No sé cómo hemos acabado aquí. Lo juro por lo más sagrado. Incluso lo juro por todos mis bolsos de firmas y todos mis pendientes de perlas.

Son altas horas de la madrugada y estamos metidos en una mazmorra de Ámsterdam rodeados de expresidiarios.

Os prometo que es verídico. Y lo que también es verdad es que me lo estoy pasando de «p.

m.» y que si mi madre me viese en estos momentos no es que me desheredase, es que sobornaría a alguien para que desapareciera la partida de nacimiento donde consto como hija suya.

Pero tranquilos..., que esto tiene una explicación.