87. Una nuca refrescada, un vendaval, un cubículo público y un empotramiento de baño
Una nuca refrescada, un vendaval, un cubículo público y un empotramiento de baño
Fabiola
No me lo puedo creer. Realmente pensaba que Izan era distinto, que no era el típico tío que tontea con una y con otra a la vez.
No debería molestarme lo que haga o deje de hacer porque no tiene que darme ningún tipo de explicación.
Entonces, ¿por qué me ha molestado que se trajese a esta chica a comer con nosotros? O, peor aún, ¿por qué me ha dolido?
Si he sentido esto es porque Izan me importa de verdad, y no quiero.
Acabo de meterme en el baño y abro el grifo para refrescarme la nuca. Me arde el cuerpo entero, como cuando tuve cuarenta de fiebre a los siete años, aunque en esta ocasión no deliro: sé lo que he visto. Lo he visto tonteando con ella.
Me mojo también la cara y, cuando voy a entrar en uno de los cubículos que hay, alguien entra como un vendaval en el baño arrasando con todo a su paso.
Me coge de la muñeca, tira de mí para meterme dentro con él y pone el pestillo.
Yo, para sentarme y pensar. Él..., no tengo claro con qué intenciones.
—¿Se puede saber qué haces? —pregunto elevando la voz.
—No sé qué coño hago, porque me confundes todo el rato —contesta exasperado.
—¿Que yo te confundo?
—Sí, a todas las putas horas.
Nuestras respiraciones están aceleradas y siento cómo mi cuerpo se enciende, pero no de la misma manera en la que lo estaba hace apenas dos minutos.
—Vete.
—No me voy a ir. Quiero que hables.
—¿Cómo que quieres que hable? ¿Quieres que te cuente mi vida en verso?
—Muy graciosa, Mambita.
—No me llames así.
—No voy a dejar de hacerlo nunca, quiero que te quede claro. Quiero que me cuentes a qué viene la actitud que tienes desde que Zoe se ha acercado a mí.
—No me importa quién se te acerque, Izan. No te creas tan importante.
—¡Y una mierda!
—¿Esta conversación se va a resumir en palabras malsonantes?
—Quizá. Habla de una vez, porque no vamos a salir de aquí hasta que lo hagas.
—¿Vas a retenerme en contra de mi voluntad? Siento decirte que eso es secuestro en cualquier país del mundo. Además..., ¡¿de qué quieres que te hable si el que ha venido hasta el baño detrás de mí has sido tú?! —grito con la misma exasperación con la que lo ha hecho él segundos atrás.
—No te veo muy a disgusto.
—Eso es porque te tengo que tolerar aún durante muchos días.
—¿Está siendo un suplicio para ti tenerme cerca?
«Sí, Izan, sí. Estás siendo un suplicio, un castigo, una prueba diaria, un recordatorio de lo que podría tener y no tengo. De lo que me gustaría tener, pero no puedo. Eres muchas cosas que me salvan y me ahogan al mismo tiempo».
—No sabes cuánto —respondo finalmente sin más explicación.
—Pues cuando te follo no te quejas tanto.
—Han sido unos pocos polvos sin importancia. No se la des tú tampoco.
¿Cuándo se han ido estrechando las paredes para que cada vez sintamos más el uno el aliento del otro?
—Vale, lo capto. Te he hecho daño.
—Solo me pueden hacer daño unos pocos privilegiados.
Soy una mentirosa.
—Claro, doña Fabiola, yo nunca seré de ese grupo de gente porque nunca estaré a la altura. Nunca seré un señorito al que le salgan los billetes por las orejas y, por consiguiente, no soy merecedor ni de tu amor ni de tu compañía.
—No metas la palabra amor en esta conversación.
—No, tienes razón. Ni amor, ni amistad, ni hostias en vinagre. Estoy hasta los cojones ya de esta situación. Estoy harto de tener que agradar a todo el mundo porque lo que soy no es suficiente.
—No vayas por ahí...
—Sí, claro que voy por ahí. Tú misma lo dijiste: el problema soy yo. ¿O no recuerdas esa conversación?
—Sí, sí que la recuerdo, pero no pierdas de vista que no fui yo la que te rompió el corazón hace años. Cuando me lo contaste, lo que te dije fue con total sinceridad. En ese caso el problema era ella, no tú.
—Ya veo... Pero en este caso todo lo malo soy yo.
Pues, como no me gusta hacer daño a nadie, te pido perdón por intentar arroparte, hacerte sentir mejor, apoyarte, animarte, pasar tiempo contigo, protegerte.
.. También por hacértelo pasar mal, defraudarte.
Por no ser lo que esperabas de mí, aunque cada vez tengo más claro que esperabas muy poco.
O quizá no esperabas nada. No quiero incomodarte más, así que puedes estar tranquila, que este viaje se acaba para mí.
Miraré si hay alguna manera de que pueda volver hoy a casa y, si no es así, lo haré a primera hora de la mañana.
Ha sido un placer, Mambita, para mí ha sido muy bonito descubrirte.
Se rinde. Veo cómo se aleja de mí, dejándome sola, sin aire, destrozada, y, cuando va a abrir la puerta, lo agarro, lo giro, salto y me encaramo a él, dejándolo esta vez yo sin respiración. No me aguantaba más las ganas de besarlo. Los humanos somos contradicciones constantes.
¿Sabéis eso que me dijo mi prima cuando empezaba este viaje de que esperaba que practicase sexo del bueno en un lugar público? Pues espero que este baño de restaurante se considere así (aunque un callejón también vale).
—Parece que empezamos a entendernos... —digo entre jadeos.
—Joder, me vuelves completamente loco —responde contra mi boca.
No podemos dejar de besarnos con ganas y con mucha rabia contenida del día y de la discusión que acabamos de tener.
La primera de nuestra historia, esa que aún no está definida.
Sigo con las piernas alrededor de su cintura y sus manos pasan de mis muslos a mi culo, que aprieta y acerca a su cuerpo.
Está muy duro y yo solo quiero que se baje la bragueta, me aparte las bragas y me la meta hasta el fondo.
Noto cómo una mano abandona mi cuerpo y se dirige a su riñonera, esa que tiene colgada en su pecho. La abre y busca un condón en un compartimento interior. Se quita el complemento y lo tira al suelo para que nuestros pechos se unan.
—Quiero que te quede claro que no pensaba usarlo con nadie más que contigo —murmura sobre mis labios.
—Quiero que te quede claro que si hago esto contigo es porque sé que vales mucho.
—¿De verdad lo piensas?
Gimo en señal de afirmación y mi lengua continúa moviéndose en un baile rápido con la suya.
Una vez que se pone el preservativo, me pregunta si estoy segura y le contesto con un beso con muchas ganas.
Se ríe y se introduce dentro de mí. Empieza empujando fuerte, empotrándome contra una de las paredes de azulejo del baño.
Fuerte, fuerte y más fuerte. Y yo quiero mucho más y que esto no se acabe nunca.