86. Una fábrica cervecera, un ligue patrañoso, una comida tensa y una escapada en tropa
Una fábrica cervecera, un ligue patrañoso, una comida tensa y una escapada en tropa
Izan
—Chicos, rectifiquemos: creo que será mejor que vayamos cuando sea tarde-noche, así podremos ver mejor el alumbrado del barrio —dice Cande—. ¿Os parece bien si empezamos por el cinturón de canales y las cervezas?
Después de decirle que nos parece perfecto, esta se pone a mirar y cotejar precios para hacernos un paseo en barco.
¿Resultado? Un pack de entradas a la Heineken Experience con la consiguiente travesía en «velero» de una hora, después.
Todo por un módico precio de treinta y seis euros con cincuenta y cinco céntimos gracias al quince por ciento de descuento que ha encontrado. Vamos, un chollo.
Viendo que nos pasan cosas no muy normales, antes de entrar a un mundo lleno de cerveza, decidimos ser gente responsable y evitar tener más tarde un accidente en el barco debido al alcohol.
Puesto que hemos venido en el coche de alquiler y, como digo, somos gente seria (o lo intentamos), decidimos que, en caso de que la cosa se desmadre más de la cuenta, dejaremos el coche aquí aparcado y vendremos mañana a por él.
La visita a la Heineken dura aproximadamente unas dos horas, por lo que la hemos reservado para la una. Una vez que salgamos de allí, nos iremos a comer y, después de eso, nos subiremos al barco.
Acabamos de pisar la antigua cervecería Heineken alemana y yo ya me siento dentro de la película La fiesta de la cerveza . Si no la habéis visto, hacedlo. Aquí, cosa lógica, consideran su cebada la más famosa del mundo, aunque, puestos a ser sinceros, no está muy arriba en mi lista de favoritas.
Nos enseñan el proceso de elaboración y embotellado o cómo ser unos expertos a la hora de servirla.
Todo esto nos lo está explicando una tía que está buenísima y que no me quita los ojos de encima.
¿Debería hacerme el tonto? No veo el porqué.
¿Debería tener Fabiola esa cara de mala hostia viendo cómo esta chica se me insinúa todo el rato?
Pues tampoco. Que yo sepa, solo somos amigos, ¿no?
Bueno, realmente, no tengo claro qué es lo que somos, pero ninguno de los dos ha querido hablar sobre ello y sé que, cuando volvamos a casa, a pesar de tener en mente un montón de planes, probablemente las cosas cambien mucho entre nosotros.
Por lo tanto, si me voy con otra, ¿tengo que sentir que la estoy traicionando?
Otra pregunta de la cual no tengo respuesta.
Lo que sí que puedo afirmar es que creo que está un tanto celosa y para mí eso significa que le importo más de lo que me quiere hacer creer.
Como viene mucha gente a este lugar, disponen de audioguías en español que todos hemos cogido para no perder detalle, ya que Zoe, la tía buena, nos lo está explicando todo en inglés.
En un momento dado, mientras estamos degustando una de las dos consumiciones que vienen con la entrada, esta se me acerca y empieza a hablar conmigo.
En cuanto abro la boca, Fabiola descubre que hablo el idioma tan bien como ella.
Su cara se transforma totalmente, pasando de una expresión de mala leche a una de no entender nada.
Sé lo que está pensando: ¿cómo un simple repartidor puede dominarlo así?
Aunque, puestos a decir la verdad, admito que las veces que alguien nos ha hablado en inglés yo me he hecho el sueco.
Tras unos diez minutos de conversación, Zoe se va y yo me acerco a mis amigos. Nota mental: no flirtear con otras estando Fabiola delante o moriré víctima de un sinfín de miradas asesinas. Quién me lo iba a decir...
—Ya estoy aquí. Me está encantando esta visita —comento al llegar hasta ellos.
—Como para que no... —masculla Fabiola.
—¿Decías algo, Fabiolita?
¿Su respuesta? Un gruñido, como los de nuestros orígenes.
—Con pedazo jamba te has juntado tú, ¿no, principito? —interviene Cande con una sonrisa maliciosa. Está claro que ella también ha notado la reacción de su prima y la está disfrutando enormemente.
—¿Principito? —le pregunto muerto de risa.
—Sí, solo te falta mover tu melena mientras montas a caballo. Chico, no sé qué les das a las mujeres, pero todas las buenorras suspiran por ti.
—Tú no —replico con total sinceridad. Y, todo sea dicho, la chica mariposa es de las tías más espectaculares que he visto jamás.
—Míralo él, cómo me piropea. Sí, estoy muy buena, pero es que me van otro tipo de tíos. No preguntes, por favor te lo pido.
—No tenía intención. —Le guiño un ojo.
—Chico listo. Volviendo a la guía, hacéis buena pareja... ¿Tú qué opinas, Fabs?
—¿Nos podemos ir ya? —suelta mirando hacia otro lado con los brazos cruzados.
—Por supuesto que no, merluza —le espeta su prima, risueña—. Aún nos quedan cuarenta y cinco minutos y una consumición. Incluso creo que Izan puede ser nuestro putito y conseguirnos algunas más por la cara —añade subiendo y bajando las cejas, picando todavía más a su compañera de viaje.
—Izan no hace ese tipo de cosas, seguro que le ha hablado por educación, pero estaba deseando quitársela de encima —puntualiza Marc con total convencimiento.
—De eso nada... Espero que no os importe, pero le he dicho que si se quiere venir a comer con nosotros.
Y así es como un tío con sentimientos por alguien hace la mayor de las cagadas por el simple hecho de ver al objeto de sus deseos morirse de celos. Ahora mismo me he convertido en una red flag de manual.
Mierda.
Una hora y cuarto después estamos en el restaurante en el que vamos a almorzar antes de irnos de paseo en barco. Zoe ha venido con nosotros y está conmigo en la barra interior tomando algo mientras Marc, Cande y Fabiola están en el comedor en el que no tardarán en tomarnos la comanda.
Marc, que lleva toda la vida a mi lado, no se ha equivocado del todo al decir que no hago cierto tipo de cosas.
Ligar sí es una de ellas, pero no lo es hacerlo delante de una chica que me importa y que se está convirtiendo en una especie de salvavidas para mí.
Me ha hecho abrirme de nuevo, explicarle un momento traumático de mi vida y crear intimidad cuando pensé que nunca la volvería a experimentar.
¿Qué hace Zoe aquí entonces? Es lo que se dice venirse arriba y luego caer a los infiernos.
Cuando esta buena mujer se me ha acercado en un momento en el que yo estaba alejado del grupo, no es que se me haya insinuado, es que directamente me ha dicho si quería quedar con ella de noche en un pub en el que van a tocar unos amigos suyos que tienen un grupo.
Una valiente en toda regla. Y kamikaze, eso también.
He declinado la oferta como buen caballero que soy —podría decirse que como el príncipe al que ha hecho alusión Cande— y le he confesado que esa chica que estaba conmigo, la del moño de bailarina y el vestido rosa claro, estaba metida en mi cabeza día y noche desde el día en que la conocí.
Me ha preguntado si éramos pareja y yo le he explicado, como buenamente he podido, que no, que era un tema complicado.
A Zoe, que se ve que le va la marcha, no se le ha ocurrido otra idea que ofrecerme un plan para ver la reacción de Fabiola.
El resto es historia, y aquí me tenéis en su compañía.
Vamos a la mesa y el silencio en esta ocasión sí que es incómodo. Cande chapurrea el inglés, por lo que el resto le vamos traduciendo lo que mi invitada dice.
La colocación de comensales está tal que así: Marc y yo, a un lado, Fabiola y su prima, al otro, y Zoe, presidenta de nuestra mesa.
Estamos manteniendo una conversación distendida sobre nuestro viaje cuando Marc se pone a hablar con mi invitada sobre un tema que a mí no es que me importe mucho: los maromos. Y todo ello, conmigo en medio.
—No tenía ni idea de que hablabas tan bien el inglés —me dice Fabiola de repente en voz baja y con sarcasmo.
—¿Y por qué no iba a hacerlo?
—No has dicho nada al respecto.
—¿Tengo que darte un informe completo de mi vida?
—Dios me libre. Solo era una apreciación.
—Pues, para ser solo eso, lo has dicho con un poquito de mala baba.
—Mala baba será la de otras.
—Vaya, vaya...
—Vaya, ¿qué?
—Aquí no hay playa, no te jode.
Nos miramos con las respiraciones agitadas y veo con el rabillo del ojo cómo Cande le hace una señal a Marc, y este, a la muchacha que nos acompaña, que sonríe maliciosamente sabiendo que su plan ha surtido efecto.
No nos hemos dado cuenta, pero a medida que nos hemos ido soltando pullas hemos ido elevando el tono de voz haciendo partícipes de nuestra conversación a las tres personas que nos acompañan en la mesa.
—Chicos, eh..., aquí hace mucho calor, ¿no? Vamos a buscar una terraza para tomarnos algo fresquito. Vosotros seguid aquí. Sin prisa. Ya pago yo al irnos —comenta Marc mientras se levanta y les hace un gesto a Cande y a Zoe.
—Gracias, hermano. No tardamos.
—No hay prisa, arreglad lo que tengáis que arreglar.
—No tenemos nada que arreglar —escupe Fabiola enfadada.
Después de decir eso se levanta con brusquedad, casi tirando la silla, y se va directa hacia el baño. Menos mal que en este comedor solo hay cuatro mesas y las únicas ocupadas son la nuestra y otra con un par de ancianos que no se están enterando de nada.
—Venga, ve tras ella —me apremia mi amigo.
—No creo que...
—Ve.
En cuanto Marc sale de mi vista, mis pies me llevan hacia los servicios.