Si tú supieras 83. Una espectadora de lujo, Antoñita la Fantástica, un Muro de Berlín y un beso famoso
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83. Una espectadora de lujo, Antoñita la Fantástica, un Muro de Berlín y un beso famoso

Una espectadora de lujo, Antoñita la Fantástica, un Muro de Berlín y un beso famoso

Fabiola

—¿Qué hay de nuevo, Fabs? —me pregunta mi prima sentada en la cama mientras observa cómo me preparo.

Hoy he vuelto a rebuscar en su maleta algo que ponerme.

La prenda elegida ha sido un vestido corto vaquero de tirante fino que he combinado con mis deportivas negras.

He dejado de lado mis pendientes de perlas y le he «robado» también unos aretes morados a juego con un pañuelo del mismo color que me he colocado en el cuello.

—Pensé que me ibas a preguntar: «¿Qué hay de nuevo, viejo?».

—De momento no tienes arrugas gracias a las mierdas de cremas de baba de caracol que te compra mi tía.

—No uso de eso.

—Tiempo al tiempo. ¿Novedades al frente?

—¿Novedades? Oye, ¿puedes hacerme unas trenzas?

—Claro, ven. Sí, novedades, como por ejemplo contarme dónde os metisteis ayer tú y el objeto de tus sueños más húmedos mientras yo le soplaba los ojos a Marco porque se le habían metido polvos de esos.

—Mira que eres insistente. Pues lo manché, vino hacia mí, eché a correr y él vino detrás.

—¿Y ya? ¿Nada jugoso que ofrecerle a tu pobre prima?

—Siento decepcionarte.

—Para nada. Decepcionados, vosotros. Os quedáis todas las noches en pasillos de hoteles solitarios escuchando no sé qué canción.

Cuidado, que cualquier día se os aparecen las gemelas de El resplandor y ya veréis la gracia que os hace.

Luego os dedicáis algunos días a hacer piececitos en la cama mientras veis películas.

Muy buenas, por cierto; Izan me ha comentado el listado.

Veo que te he enseñado bien. El muchacho te defiende, te venera, te idolatra, te come con los ojos, se muere por introducirte. ..

—Ya. Basta. ¿Qué te pasa? ¿Por qué tanto interés en que pase algo entre Izan y yo? ¿Tienes algún tipo de fetiche con nosotros?

—Lo que me pasa es que eres gilipollas y no me queda otra que aguantarte porque, para mi desgracia, compartimos genes, aunque no lo parezca. Alabado sea Belcebú por ello. Vamos a ver, Fabiola...

—Madre mía, ¿a qué viene esto?

—Contesta.

—Mucho.

—¿Siete meses?

—Ocho.

—Bien. ¿Y cuál crees que es la razón para estar ocho meses de sequía?

—Pues que ya sabes que no me van los aquí te pillo, aquí te mato.

—Cosa que sí que sucedió con él. Ejem. Bien, prosigamos. Si estuviésemos en casa, ¿te comportarías así con él?

—Candela, di lo que tengas que decir porque no pillo por dónde vas.

—Que este chico te gusta de verdad, pero estás tan ciega que no lo ves.

Siento repetirme, pero lo voy a hacer. Ya os habéis acostado.

Que yo sepa... No, espera, que no te acuerdas y no sabes las penetraciones que cayeron, pero ya me entiendes.

Follasteis el día de la fiesta y estoy segura de que en este viaje han pasado cositas.

La cuestión es que hacéis cosas de novios cuquis que están viviendo los inicios de una relación.

¿No te das cuenta de que me paso la mayor parte del tiempo con mi Marco Polo y que incluso he dormido con él un montón de días?

¿Cuándo has dormido tú con esta confianza y complicidad con un tío que es prácticamente un desconocido para ti?

Nunca, Fabs, porque nada de lo que has tenido le ha llegado a la suela de los zapatos a lo que Izan y tú habéis creado en menos de un mes.

Es que esto es una comedia romántica en toda regla, y yo, que estoy siendo una espectadora de lujo de esta historia, me he dado cuenta.

Ahora falta que os deis cuenta vosotros.

Mientras, Marco y yo nos estamos hinchando a palomitas viendo todo lo que nos estáis mostrando.

Pero cuidado, que también estamos viéndolas venir.

Y, spoiler , estamos sufriendo por nosotros, y, cómo no, por vosotros.

—¿Sufriendo por nosotros?

—Como buena cinéfila que sé que eres, y lectora ocasional, sabes que en toda historia de amor hay un conflicto que hace que estemos como almas en pena viendo cómo los protagonistas sufren lo indecible por salvar su amor.

Yo no quiero ser mala persona, y menos contigo, pero sé que eso va a llegar en cuanto volvamos a Barcelona y solo espero que abras los ojos y no suceda.

Por lo menos que no sea por la razón por la que creo que va a ser.

Y antes de que preguntes, sí, pienso que la que lo echará todo a perder serás tú.

Zorry, not zorry. Prima, solo quiero cosas saladas mientras disfruto, no pañuelos de papel para secar mis lágrimas.

—Eres demasiado dramática y demasiado Antoñita la Fantástica.

—Sé que no te refieres al libro, sino a Ana Obregón. Pues soy muy fan, que salió en El equipo A . Ya quisieran muchas. Y además es bióloga y sabe bailar en una barra de striptease .

—Sí, yo me hubiese muerto del gusto si Murdock me hubiese dado una vuelta en helicóptero.

—Chica, estás desatada. Ahora hasta blasfemas haciendo referencia a una serie de culto. Nunca nadie los superará.

—Lo que tú digas. Mucho me preguntas por mí, pero ¿cuándo piensas contarme qué pasa contigo? ¿Qué pasó realmente en Verona?

—Mi prima está muy insistente preguntándome todo el rato que estamos solas si tú y yo hacemos cositas.

—¿Y tú qué le contestas? —me pregunta Izan sonriente.

—Pues que no ha pasado nada. ¿Qué le voy a decir?

—Pues no sé. Que aparecieron tres condones usados la primera noche.

—¿Estás seguro de que finalmente fueron tres? —Maldito alcohol, que en ocasiones hace que no te acuerdes de hechos importantes. Él dice que fue así, pero nunca lo sabré realmente.

—Sí, Mambita. Tres. Podrías decirle también que hemos estado a punto de besarnos demasiadas veces y que lo hemos hecho otras tantas más. También que hemos follado y que te he comido el...

—Lo pillo, lo pillo.

—No te ruborices, mujer, que no pasa nada. No sé, podrías haberle dicho un montón de cosas. No te juzgo, ¿eh?, estás en tu derecho de contar lo que creas conveniente.

—¿A ti Marc no te ha preguntado nada al respecto?

—Por supuesto, es un cotilla con patas.

—¿Y qué le has contestado?

—Lo siento, Fabiola, pero no acostumbro a hablar de mis conversaciones privadas con otra gente.

—Eres un capullo. ¿En serio no vas a decirme si tú también le has mentido?

—Creo que la pregunta aquí es otra. ¿Te molestaría que le hubiese contado la verdad?

—Para nada.

—Pues entonces quédate con la duda.

—Ni que me fuese a quitar el sueño.

—Ya...

—¡Chicos, vamos!

Hoy es nuestro último día en Berlín y, como no podía ser de otro modo, acabamos de llegar a East Side Gallery, la parte más grande que se conserva del famoso Muro de Berlín. Y, sí, lo que queremos ver es el famoso beso.

—Estás guapísima con esas trenzas, pero creo que se te va a quemar la cabeza y te va a quedar una raya roja en medio que lo va a atestiguar.

—Debería haberme hecho el moño de la señorita Rottenmeier. O, bueno, siempre puedes dejarme tu gorra, como buen caballero que sé que eres.

Izan se la quita e intenta ponérmela al segundo.

—Era una broma. No pienso ponérmela.

—Juro solemnemente que no tengo piojos.

—Mira que eres tonto...

Seguimos caminando cuando vemos a un montón de gente congregada con cámaras en la mano y sabemos que hemos llegado al lugar que queríamos conocer.

Delante de nosotros tenemos el beso entre dos hombres de avanzada edad.

Uno de ellos es Leonid Brézhnev, líder de la Unión Soviética, y el otro, Erich Honecker, presidente de la República Democrática Alemana.

—¿Qué es lo que pone debajo? —pregunto.

—Dice «Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este beso mortal» tanto en ruso como en alemán. Lo he buscado antes.

—Gracias, Candela.

—No sé vosotros, pero yo necesito tomarme algo o me voy a derretir aquí mismo —dice esta.

—Cuqui, es que los bombones al sol se derriten.

—Marco, qué pena que seas gay. Seguro que funcionaríamos muy bien en la cama y en la vida en general.

—Si algún día decido probar, tú serás mi única opción.

—Encima me dices cosas bonitas. El mundo es muy injusto. ¿Vamos a por algo?

—Sí. ¿Vosotros queréis tomar algo? ¿Qué os traemos? —nos pregunta Marc.

—Sí, lo que sea —asiento. Realmente, me vale cualquier cosa para paliar el calor.

—Lo mismo que Fabiola —les dice Izan.

—Volvemos en menos de lo que canta Troy Bolton. — High School Musical siempre será un referente en nuestras vidas.

—Tu prima y sus referencias cinéfilas... Me encanta —comenta Izan mientras los ve alejarse.

—Lo hace desde pequeña. Es parte de su encanto. ¿Te hago alguna foto?

Izan acepta tendiéndome su teléfono para que se las haga. Ya he dicho que hoy está muy guapo, ¿verdad? Realmente, no sé si lo he hecho o no, pero, vaya, que siempre lo está. ¿Cómo puede parecer modelo en cada foto que le hago? Hay que ver.

—Venga, Mambita, ponte aquí a mi lado y nos hacemos un selfi. Tranquila, que, como ya sabes, no voy a morderte.

—No me fío de ti ni un pelo, que lo sepas.

Le devuelvo el móvil para hacernos las fotos. Miramos las que ha hecho y, a pesar de que me gustan, me encantaría tener alguna desde otro ángulo.

—¿Y si le pedimos a alguien que nos saque otra?

—Bueno, bueno, qué morbosilla.

—Cállate —le digo entre risas.

—¿Sabes? Me encantaría que Marc tuviese su cámara en mano y posásemos para él. Enmarcaría esa foto y la pondría en el techo de mi habitación para poder verla cada vez que me tumbase en la cama.

—Eso sería sumamente extraño.

—Tienes razón. Creo que lo mejor sería poner un espejo para poder verte de todas las maneras cuando retocemos entre mis sábanas.

—Te veo demasiado seguro con que hay una mínima posibilidad de que eso pueda funcionar.

—Estoy seguro de lo que me gustaría que sucediese, pero está claro que no soy la única persona dentro de la ecuación con poder de decisión. ¿Alguna vez te has visto mientras lo hacías?

—No... —susurro con un poco de vergüenza por el rumbo que está tomando la conversación—. ¿Y tú?

—Jamás. ¿Y quieres que te diga una cosa? Que me encantaría que mi primera vez fuese contigo. Pero, bueno, ahora estamos aquí, en este lugar mágico en el que me tendré que conformar con inmortalizar la imagen en modo fotográfico y con ropa de por medio... con todo el pesar de mi corazón.

—No te voy a decir que eres tonto porque ya lo sabes.

—Lo que sé es que esa señora tiene cara de buena gente y de hacer buenos encuadres. Vamos a por ella.

A continuación, le pedimos a una señora que nos la haga.