84. Una dublinesa, un book fotográfico, un besuqueo presenciado y un hechizo roto
Una dublinesa, un book fotográfico, un besuqueo presenciado y un hechizo roto
Izan
—Espero que no salgas demasiado guapa, que entonces estropearé la foto. Déjalo, estando yo a tu lado la estropearé de todos modos.
Tenemos delante a Alana, una señora de Dublín que muy amablemente nos está haciendo un book fotográfico diciéndonos que cambiemos de postura, que sonriamos más y que no dejemos tanto espacio entre ambos.
Cuando hace diez minutos Fabiola se ha acercado a ella con su perfecto inglés, esta le ha preguntado nuestra procedencia y le ha dicho que conocía nuestro país por un viaje que hizo con su marido una década atrás.
Seguimos posando para esta buena señora cuando le dice a Fabiola que el móvil ha avisado de que solamente queda un quince por ciento de batería.
—Pues saca el tuyo —le digo.
—Lo tengo sin batería; se me olvidó cargarlo. ¿No tienes ahí tus baterías portátiles?
—Déjame mirar, pero creo que las he metido en la mochila de Marc.
Abro mi riñonera y lo que me encuentro no son mis baterías, sino la cámara de Cande, que tengo en mi poder desde ayer.
—Mira lo que tengo aquí —exclamo mostrándosela.
—Genial, pero no podemos hacernos muchas o mi prima nos comerá el alma por ello.
—He visto que ha traído ella también.
—Sí, y me ha dado a mí algunas para que las utilice si quiero.
—Pues venga, dásela a la buena de Alana y que nos las saque. Mira, quedan para hacer las dos últimas fotos.
Fabiola se la da y le explica que solo hay dos oportunidades de foto.
—Me ha dicho que no se pueden desperdiciar y que, siendo una pareja tan guapa y feliz, nos merecemos el mejor recuerdo.
—¿No le has dicho que no lo somos?
—Me he puesto nerviosa, le he sonreído y ahora estoy aquí plantada contigo.
—Vale. ¿Confías en mí?
—Siempre.
Nada más decirme esta palabra de siete letras que están llenas de significado, me pongo detrás de ella, la abrazo por la cintura y apoyo la cabeza en su hombro para mirar al objetivo.
Noto cómo ella pone una de sus manos sobre las mías por encima de su estómago y cómo la otra me acaricia la mejilla.
Vemos cómo Alana nos encuadra con la cámara y le da al botón.
Nos sonríe como solo una abuela orgullosa puede hacerlo.
— Hey, guys, kiss! —nos grita con voz cantarina.
—¿Está diciendo lo que creo que está diciendo?
—Sí, quiere que nos besemos.
—Ya puedes decirle que no somos novios para que la pobre deje de sufrir por miedo a que se estropee la última oportunidad que tenemos de inmortalizar este momento.
—Qué exagerado eres... No hay problema: tu móvil aún tiene carga.
—Vaya, así que sí que quieres esa foto con beso incluido. Podías haberla pedido directamente; ya sabes que no te la negaría jamás.
Dejo de rodearla con mis brazos y poso mis manos en su cintura, moviéndola de tal modo que quedamos frente a frente.
—Voy a hacerlo —le anuncio.
—Me parece bien.
Le echo un último vistazo a Alana, le guiño un ojo, me sonríe con dulzura y vuelvo a posar mis ojos en Fabiola.
En el último momento muevo mis manos en dirección ascendente y le cojo la cara con ellas.
La miro intensamente y ella hace un leve asentimiento con la cabeza.
Ya no hay marcha atrás: vamos a recrear la foto que tenemos detrás, aunque seamos dos desconocidos a los que el destino ha querido juntar.
No necesitaré ver la foto para recrear este instante, ya que sé que lo recordaré hasta el fin de mis días.
La beso. Empieza siendo un beso casto, labio con labio, y, no sé por qué, creo que la cámara aún no ha usado su último cartucho.
Me abro paso en su boca y meto la lengua ligeramente haciendo que se encuentre con la suya.
Es ahí cuando las ganas ganan y el beso pasa de ser tierno a ser urgente, con ansias, como si fuese el último que le fuera a dar en la vida.
Me da igual quién esté siendo testigo de él, me da igual tener posibles miradas curiosas alrededor.
Lo que no me da igual es el tiempo de descuento que le queda, porque sé que tan solo me separan unos segundos de tener que finalizarlo.
Es justo ahí cuando unos niños chocan con nosotros y el hechizo se rompe.