82. Una no fiesta de primavera, unos cañones coloridos, unos polvazos echados y un clic imperceptible
Una no fiesta de primavera, unos cañones coloridos, unos polvazos echados y un clic imperceptible
Izan
Hace una tarde de verano calurosa en Berlín y aquí estamos esperando a que dé comienzo la celebración de una fiesta que simboliza el inicio de la estación pasada.
¿Tiene explicación? Pues imagino que lo que está a punto de iniciarse es una actividad como cualquier otra y que los organizadores no lo hacen pensando ni en el comienzo de la primavera, ni en un nuevo comienzo en el que las personas dejamos el pasado atrás, ni porque el bien haya podido contra el mal.
Tampoco estamos en la India ni en Nepal.
Yo es que, a lo que ha sucedido desde que dejamos Barcelona, no le busco respuesta. ¿Para qué?
Estamos en una plaza rodeados de gente vestida de blanco cuando los altavoces se activan y una voz sale por ellos.
No entendemos nada, pero la gente aquí congregada empieza a prepararse para que se inicie una batalla campal de dimensiones épicas en forma de polvos de colores.
Sí, estamos en medio de una holi party y preveo que nos lo vamos a pasar muy bien, incluso Fabiola, que se ha comprado todo lo que lleva puesto esta mañana en el mercadillo que yo quería visitar.
Las chicas se han traído unos minibolsos de color negro en los que han metido el móvil y poco más.
Marc ha claudicado y lleva colgada en el pecho una de mis riñoneras.
La más decente, según él. Y yo llevo la más grande colocada también en el pecho para poder guardar una de las inseparables cámaras desechables de la chica mariposa.
—¿Preparados, chicos? —pregunto entusiasmado mientras reparto las bolsas de polvos de colores que acabo de comprar para todos.
—Yo estoy más que preparada para exprimir esto a tope y poder llegar a casa y tachar con mi rotulador una cosa más de la lista —contesta Candela mientras mira ensimismada la imagen que tenemos ante nosotros.
—¿En serio tenías puesto esto?
—Sí, siempre he querido asistir a una y nunca he tenido la oportunidad. La tengo escrita justo encima de hacerme un escape room.
—¿Nunca has hecho un puñetero escape room ? —Marc está igual de sorprendido que yo.
—Negativo, Marquito, con lo que soy yo y la de planes chulos que he hecho.
—Eso es porque tus amigos no salen de «esos baretos» de mala muerte que frecuentáis —apunta Fabiola, haciendo que su prima arrugue la frente.
—Mira la pija, la que se ha acabado ochocientos escape rooms . ¿Cuántos has hecho, prima? Ah, no..., que tampoco has ido a ninguno.
—¡No jodas! —Marc cada vez está más ojiplático.
—No, querido, es que los pijos redomados no salen de «los baretos de postín» que frecuentan. ¿Ya no dices nada, Fabs? Ya me parecía.
—Cuando lleguemos a Barcelona os prometo que lo primero que haremos será ir a uno. Gi, Marc y yo vamos siempre que ponen alguno nuevo. —Lo digo en serio: pienso llevarlas al mejor de la ciudad—. ¿Verdad, Marc?
—Sí, la verdad es que a los tres nos flipan.
—¿Siempre lo hacéis todo juntos? ¿No hay nada que hagan los demás que a uno de vosotros no le guste? —Cande cada vez está más maravillada con nuestro trío.
—Bueno, nos guste o no, con que uno quiera hacerlo, el resto ahí estamos. Pero en este caso sí que nos gusta.
—Me encanta la relación que tenéis; es muy bonita —dice Fabiola.
—Pues como la tuya con tu prima. —Le sonrío.
—Bueno... en este viaje es un ser un poco más oscuro y por eso me está cayendo mejor, pero cuando va de alma puritana... no la soporto —suelta Cande—. ¡Chicos, que empiece el espectáculo! —chilla emocionada.
Es en ese momento cuando empiezan a salir polvos de colores de una especie de cañones que rodean la plaza y varias personas, armadas con un tipo de extintores, comienzan a apuntarlos hacia la gente.
Noto cómo algo me cae sobre el pecho y cuando levanto la cabeza veo a Fabiola sonriendo a unos metros de mí mientras tiene la mano de color amarillo, el color que ha impactado en mí.
Salgo tras ella y esta comienza a correr, lo que hace que acabemos en la otra punta de la plaza, sin nuestros acompañantes a la vista, y, justo cuando está a punto de escapárseme de nuevo, la cojo por la cintura y la aprieto contra mí.
—Quita, que me vas a manchar toda la espalda —dice riéndose como hacía muchos días que no la veía hacerlo.
—Ni de coña; esta me la vas a pagar.
Cojo uno de mis paquetes, el de color morado, de uno de los bolsillos de mis pantalones, lo abro como puedo con una sola mano y lo elevo para dejar que el contenido caiga sobre nosotros.
—Anda, mira, te he echado unos bonitos polvos.
—Mira que eres tonto.
—Mira que eres guapa.
La giro con el brazo con el que la tengo sujeta y la pongo cara a cara conmigo.
—Estás muy guapa con esa ropa de mercadillo. Creo que aún no te ha salido urticaria por ello, ¿no? ¿Te pica algo?
—Muy gracioso, Izan. Creo que deberías dejar la furgoneta de reparto y meterte a humorista; así quizá conseguirías comprarte una casa con piscina.
—La prefiero con jacuzzi y, si es contigo dentro, mejor.
—Cállate.
—¿Te lo estás pasando bien?
—La verdad es que sí.
—¿Nos hacemos una foto? Tengo aquí la cámara de tu prima.
—Venga, vale.
La dejo libre y abro la riñonera para sacar la cámara de Cande.
—Aleja el brazo todo lo que puedas, que, si no, vamos a salir demasiado cerca. ¿No prefieres que nos la saque alguien?
—No, sacándola uno mismo tiene más encanto.
Acerco mi cara a la de ella hasta que nuestras bocas quedan unidas y antes de darle al botón me giro un poco y ella hace lo mismo.
—Lo decía en serio: estás preciosa.