81. Unas lágrimas retenidas, una hermosura épica, un tenedor comunitario y un tablón de anuncios
Unas lágrimas retenidas, una hermosura épica, un tenedor comunitario y un tablón de anuncios
Fabiola
La visita guiada por el barrio judío me ha parecido muy interesante, una sacudida histórica, pero también me ha resultado muy dura emocionalmente, y en ocasiones he tenido que aguantar las lágrimas. No quiero volver a pensar en las atrocidades que se vivieron en esas calles.
—¿Estás bien, Mambita?
Él, la persona que no me ha quitado el ojo en todo el día y que, cuando me ha visto cara de circunstancias, me hacía alguna monería para que me saliese una mínima sonrisa.
—Sí, no te preocupes, pero creo que esta ciudad me va a destrozar un poquito por dentro.
—Eso hasta que lleguemos al lugar del beso e intercambiemos fluidos salivales.
—Eres consciente de que eso no va a pasar, ¿verdad?
—No subestimes nunca a un hombre guapo con riñonera.
«Guapo, dice. Guapo es quedarse corto».
El día que lo conocí, como bien sabéis, lo que menos le vi fue la cara.
Y no me refiero a que estuviese borracha y tuviese la vista un tanto nublada.
No. Con la cara con foam latex y la pintura verde, imposible verlo bien.
.. Al día siguiente, al despertarme en su cama, estaba tan nerviosa que poco lo miré.
Luego, cuando cogimos el Interrail, mi primer instinto fue odiarlo.
No me preguntéis por qué, pero estaba enfadada con él y conmigo misma.
Tampoco tiene explicación. Cuando por fin lo vi de verdad por primera vez, con detenimiento, a pesar de no querer tener ningún tipo de vinculación con él, lo encontré extremadamente atractivo.
¿Qué ha pasado con el paso de los días? Que hasta sus riñoneras roñosas me parece que tienen rollazo, como él.
A pesar de que la suya sea de mercadillo y yo tenga una de Loewe que cuesta mil ochocientos euros.
A ojos ajenos somos claramente la definición de polos opuestos.
Pero a lo que iba... Hoy lo veo tremendamente cautivador.
No sé qué emana de él, pero ya he pillado a unas cuantas mujeres girando el cuello para observarlo.
¿Lleva algo especialmente llamativo? Se lleva a sí mismo, que es más que suficiente.
Su outfit hoy son unos pantalones cortos vaqueros con un montón de rotos que ha combinado con una camiseta blanca, que resalta más aún el bronceado de su piel, un collar negro, del que cuelgan sus gafas de aviador, y unas deportivas del mismo color.
¿En la cabeza? Una gorra total black colocada del revés.
¡Yo derritiéndome por un hombre con esta indumentaria! ; ¡me pinchan y no sangro!
—¿Me estás escuchando, prima?
—No —respondo a Cande, que se ha puesto cara a cara conmigo.
—Mírala: ahora sumamos a la lista que es sincera.
—¿Cuándo no lo he sido?
—¿Respecto a Izan? Nunca.
—No empecemos... Además, ¿qué tiene que ver él ahora?
—Hija mía, lo estabas mirando como si fuese la última Coca-Cola del desierto.
Solo te falta babear un poco más para poner los pies en remojo.
Follad de una santa vez si no lo habéis hecho ya.
Y disimula, que al final vamos a pensar todos que te has enamorado de él y eso sí que sería una sorpresa.
No voy a darte las razones. Venga, vamos a buscar un sitio para cenar, que a este paso te muerdo a ti.
—Le queda bien esa barbita de tres días, ¿a que sí?
—Ya la hemos perdido... —dice Candela mientras se aleja, dejándome sola.
Sí, definitivamente, la barba de varios días le queda muy bien.
—Pues esto está riquísimo. Prueba.
Izan ha acercado su tenedor a mi boca y la abro sin pensar, cogiendo lo que me está ofreciendo con los dientes..., todo ante la atenta mirada de nuestros acompañantes, que no pronuncian una palabra, pero que lo dicen todo con sus sonrisillas.
—Buenísimo.
Hemos decidido venir a un pub que tiene música en directo en forma de micrófono abierto y en el que puedes tomarte algo y cenar mientras disfrutas del espectáculo.
Ahora mismo hay tres amigas que, cantar, no cantan un pimiento, pero pasárselo bien, las que más.
El volumen no está excesivamente alto y se puede hablar sin perder el oído o la voz en el intento.
—Mañana, entonces, ¿a dónde queréis ir? —pregunta mi prima.
—A mí me encantaría ir a ese mercadillo que has comentado antes. —Algo me dice que Izan lo tiene en mente desde que se ha enterado de su existencia. Creo que ahí encontrará muchas de las baratijas que adornan su cuerpo.
—Tú lo que quieres es una riñonera nueva y unas cuantas pulseras de cuero para tu colección.
Sonrío porque me encanta lo bien que lee Marc a Izan.
—Cómo me conoces. Además, quiero comprar algo original para tu hermana —le dice Izan.
—Ya sabes que siempre le chifla lo que le llevas.
—Normal, le compro cosas majestuosas.
—Come y calla, anda —suelta Marc con una sonrisa.
Sinceramente, me da igual a dónde nos lleven los pies (y el coche) mañana; yo solo quiero ir a ver el Muro, y no por las razones que mi prima cree, sino porque sería una herejía estar aquí y no visitarlo.
—Bueno, chicos, el viaje cada vez se acerca más a su fin. —Lo que acaba de soltar Candela cae sobre todos como una losa.
En este momento siento varias cosas. La primera: tristeza por lo que ha dicho. La segunda: que me arde el muslo porque la mano de Izan se ha posado ahí, y ese es el efecto que me produce su contacto.
—Podríamos hacer planes juntos una vez que volvamos a casa... ¿No os parece una idea maravillosa? —A Marc los ojos le hacen chiribitas pensando en que, cuando esto acabe, seguiremos viéndonos.
Yo solo sonrío a mi prima mientras que Marc se pone a enumerarle sitios a los que podríamos ir e Izan hace presión con sus dedos en mi piel.
—Sí, amigo mío, será genial ir de vez en cuando a cenar o a ver una obra de teatro. Conozco un par de sitios en los que hacen sesiones amateurs que no están nada mal. Por supuesto, en el plan entran tu hermana y Jon. Hay que ver, menudo grupito bueno formamos los seis. —Candela y su don de gentes.
Mi mente está divagando sobre si realmente algún día seremos lo que mi prima dice: un grupo de varios amigos que de vez en cuando hacen algo en común.
Mientras me pierdo en esos pensamientos, la mano de Izan se desliza con suavidad en dirección ascendente por mi pierna.
No sé qué pretende, pero empiezo a notar cómo cada vez tengo más calor y cómo mis pezones están luchando contra las copas de mi sujetador.
—¿Qué opináis?
—¿Qué? —pregunto a mi prima, que me está mirando con cara extraña.
—Decía que si te parece una buena idea hacer quedadas cuando volvamos, para vernos todos. ¿Estás bien, Fabs? Te noto acalorada. ¿Quieres que salgamos a tomar el aire?
—¡No! —chillo sobresaltándolos a todos. Bueno, la persona que está piel con piel conmigo ni se ha inmutado.
Es más, sigue con su trabajo. «Por qué no me pondría hoy un pantalón.
.. Qué narices, menos mal que no me lo he puesto»—.
Digo... sí y no. Sí a las quedadas y no a lo de salir a airearme. Estoy realmente bien.
—Si tú lo dices...
Candela deja de mirarme y se centra en la conversación con Marc, que le comenta que también hay una serie de estrenos cinematográficos que no se quiere perder.
De repente, cuando noto los dedos de Izan sobre mis bragas, se para.
Giro la cabeza bruscamente hacia él y me guiña un ojo.
Aparta la mano y la posa sobre la mesa. Me ha dejado cachonda perdida.
¿Quería que me masturbara en un sitio público rodeados de gente?
No, pero sí. Maldito sea... No pienso, actúo.
Esta vez soy yo la que mete la mano bajo la mesa y la posa sobre su pierna.
Me mira de reojo y medio sonríe, como queriendo dar a entender que no soy rival para él.
Esta vez se equivoca y por eso pongo la palma de mi mano en su abultada.
.. ya sabéis a lo que me refiero, haciendo que me mire fijamente con ojos de sorpresa mientras hago presión sobre lo duro que está.
Sigo tocando y él se pone tenso. Miro hacia el escenario, en el que ahora hay un octogenario cantando «Runaway Baby», para disimular lo que está pasando debajo del mantel.
La mano de Izan rodea mi muñeca y me hace parar.
—Fabiola, necesito que me hagas un favor —dice con la voz entrecortada.
—¿Estáis bien? —se preocupa Marc, mirándonos alternativamente.
—Sí, no te preocupes. Es que Fabiola y yo antes hemos hecho una especie de apuesta que no podemos contar, pero ahora mismo necesito que me acompañe un momento a hacer una cosa.
—Eh... ¿Vale?
No sé a qué se refiere...
—¿No nos vais a explicar de qué se trata? —intenta sonsacarnos Marc.
—Déjalos, Marco... Son tan monos... Son como dos pequeñuelos a los que te apetece estrujarles los mofletes todo el rato. Id en paz, hermanos, a lo que narices tengáis que hacer. Yo intentaré que me pongan una canción de la Pantoja para darlo todo por España.
—Esta vez me da igual. —Lo digo con total convencimiento.
—Me parece bien.
Hace cinco minutos que hemos salido del establecimiento, hemos cruzado la acera, nos hemos metido en un callejón de mala muerte y ahora estamos a punto de hacer cosas impropias en una calle no transitada.
—Has jugado sucio —me susurra Izan mientras me besa cerca de la oreja.
—Has empezado tú.
—He cumplido mi objetivo.
—¿Que era?
—Que te murieses de ganas de mí.
Lo cojo por el cuello y busco su boca con urgencia, porque no ha dicho más que la verdad.
Necesito que se introduzca ya en mí y que me haga ver las estrellas mientras miro al cielo.
Hago que me aúpe y paso mis piernas por su cintura; él pega mi espalda a la pared para tener mejor acceso a mí.
Como llevo falda, sus manos ya están apretándome el culo mientras seguimos besándonos ferozmente.
Dirige una de sus manos al bolsillo de sus pantalones y con una destreza que me deja atónita rasga el envoltorio del condón que acaba de coger, se baja los pantalones, se lo coloca y me la mete lo más adentro que puede.
Follar en esta postura pasa a ser una de mis cosas favoritas de la vida.
Soy consciente de que puede vernos alguien en cualquier momento, pero tengo tal nivel de excitación que me daría igual que me arrestasen por escándalo público.
Jadeos, jadeos y más jadeos que acaban de la mejor manera posible: con un orgasmo que hace que se me encojan los dedos de los pies y que la cabeza me dé vueltas.
Me deja delicadamente en el suelo y se sube los pantalones, tan solo quitando las manos de mi cuerpo para deshacerse del preservativo. Una vez que lo hace, me arrincona de nuevo contra la pared y me besa.
—Juro por lo más sagrado que este momento no lo voy a olvidar nunca. Este callejón sí se lo merecía. Voy a atesorar este recuerdo por los siglos de los siglos. —Un nuevo beso.
—Y yo, Izan. Y yo...
Volvemos dentro y, por suerte, nuestros amigos no hacen ningún tipo de pregunta. Me subo al escenario obligada por mi prima para cantar por Las Grecas y decidimos acabar la velada.
Estamos saliendo por la puerta del pub cuando Candela se acerca a ver una especie de tablón de anuncios que hay a la entrada.
—Ni se te ocurra... —la amenazo.
—¿Cuál es el problema? Quizá encontremos un planazo que no hubiésemos sabido de no echarle un vistazo. Si me he parado aquí es porque el destino nos lo tenía preparado.
—Lo que me faltaba por oír. ¿No tuviste suficiente con el festival de vinos de Verona?
—No quiero hablar de eso —suelta tajante.
—Ya, ya sé que aún no quieres hablar de eso. Me refiero a que fue una mala idea y no quiero que pase algo similar que arrastre de nuevo tu alegría.
—Te aseguro que eso no va a pasar.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque lo digo yo —evade el tema—. Mirad... Esto no puede estar pasando. ¿Estáis viendo lo mismo que yo? Los astros se han alineado para que pueda tachar una de las cosas de mi lista de cien cosas que hacer antes de morir.
—He leído esa lista y casi me desmayo —puntualizo a los presentes.
—Prima, no me seas exagerada. Fíjate, esto es de lo más suave.
Me acerco al cartel y noto cómo Izan apoya su cabeza sobre mi hombro para poder mirarlo también.
—Mambita, no sé qué opinas, pero la verdad es que esto promete. Me apetece un montón y creo que nos lo podemos pasar genial. —Su cuerpo no puede estar más pegado al mío.
—Viendo lo que nos pasa en cada sitio al que vamos, podemos acabar muertos por intoxicación, ¿no opináis lo mismo? —Mi preocupación por nuestras desgracias es real.
—Ya estamos. Prima, no nos seas agorera, que no. Qué coño nos vamos a intoxicar. ¿No ves que también van niños?
—No sé, creo que tendría que comprarme algo porque no quiero que se me estropee nada de lo que tengo.
—Pues lo compras, hija mía, ni que tuvieses tú problemas. A veces tienes unas cosas... Marco, ¿te hace?
—Cuqui, ya te darás cuenta con el paso de los años de que yo no me pierdo ningún sarao. Además, esto no lo he hecho nunca —responde.
—A mí me flipa la suerte que estamos teniendo, encontrando cosas molonas en cada ciudad que visitamos.
—La verdad es que parece que las ponen para nosotros. De cabeza, ¿no, Izan? —le pregunta Marc.
—¿Cuándo te he fallado yo?
—Jamás de los jamases, y ya van más de dos décadas. Bueno, cuquita number two —Marc se gira hacia mí—, entonces, ¿qué?, ¿vamos a saltar entre colores?