Si tú supieras 77. Un pánico atroz, un muro pintado, un montón de fotos juntos y una llamada inesperada
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77. Un pánico atroz, un muro pintado, un montón de fotos juntos y una llamada inesperada

Un pánico atroz, un muro pintado, un montón de fotos juntos y una llamada inesperada

Fabiola

—Ya estás tardando en contarme todo lo suculento de este viaje, lo que se traduce en que vayas contándome de una santa vez cuántos polvos has echado con ese tío bueno y cuántas palabras bonitas te ha susurrado.

Mucho ha tardado mi prima en pillarme de nuevo por banda y ponerme contra la pared.

—Ya te dije hace días que no había pasado nada, y así siguen las cosas.

—¿Y yo me lo tengo que creer?

—Candela, siento decirte esto tan bruscamente, pero que te lo creas o no no es asunto mío. Si te digo que no ha pasado nada es que no ha pasado. ¿Tan difícil es de creer?

—Pues sí, Fabiola, sí. Veo cómo te mira Izan y cómo lo miras tú a él y no se parece en nada a como nos miramos Marc y yo.

Ahora es cuando me dices que Marc es gay, que no es lo mismo, bla, bla, bla.

Marc es mi amigo. Se supone que Izan es el tuyo, con lo cual, querida, sí que es lo mismo.

Otra cosa es que tú quieras decorarlo con que es una amistad solamente, que ya sé que no es tu tipo y demás gilipolleces que sueles soltar por esa boca que tienes, que, por cierto, cada vez es más sucia.

—Yo tendré cada vez la boca más sucia, pero tú cada vez dices más sandeces.

—No vas a cambiar nunca, ¿verdad?

—¿Hay algo que no esté bien en mí? —pregunto un tanto cabreada.

—Me encantaría decirte lo contrario, pero, sí, tienes mucho que cambiar. Llegó una parte del viaje en la que pensé que era posible, que podrías enamorarte de alguien como Izan.

—¿Enamorarme de alguien como Izan? No me hagas reír —espeto con una risa falsa que ella interpreta como sincera.

—No sé si a ti te hace gracia, pero a mí desde luego que no. Es un chico excepcional, pero estás tan ciega que no lo ves.

—¿Crees que lo conoces más que yo? —inquiero a la defensiva.

—¿Te molestaría que así fuera?

No respondo.

—Ahí lo tienes. Ese silencio es la respuesta que ambas estábamos esperando.

Mis muros cada vez están más derribados y no hay persona que me lea mejor que mi prima. Nadie.

—No sé cómo actuar, Candela. Tengo pánico —confieso de repente porque estoy harta de toda esta mierda.

—Nadie sabe, Fabs, no hay un manual para enamoramientos.

Se acerca a mí acogiendo mis manos entre las suyas.

—Yo no estoy enamorada de él, eso quiero que lo tengas claro.

—Y estoy segura de que estás siendo sincera, pero ¿no crees que puedas llegar a estarlo?

—No lo sé...

—Pues ahí tienes otra respuesta. Hace un mes hubieses dicho que estoy loca solo por insinuarlo. Vuélvete crazy , desmelénate, sé libre, ¿recuerdas?

—No quiero hacerle daño.

Esa es una de las mayores verdades que he dicho en mi vida.

—No es una obligación hacérselo. Solo depende de ti el llevarlo a cabo o no. Y ahora, venga, vayamos a pintarrajear ese bonito muro y a dejar nuestra huella.

Acabamos de aparcar y yo no puedo apartar la vista del muro a través de la ventanilla. No me lo puedo creer, es más impresionante que en los miles de fotos que he visto por internet.

El Muro de John Lennon es una especie de lugar de peregrinación para todo amante de Los Beatles o para gente que quiera conocer lugares con encanto.

Este desde luego que lo tiene. Bajamos del coche y me acerco al muro, pintado de todos los colores del mundo en una total armonía.

Yo, la persona más sosa sobre la faz de la tierra, me llevaría esta pared para tenerla en mi propia casa.

El lugar está muy concurrido; todo el mundo mira esta pared de un extremo a otro.

Hay firmas, cuentas de usuarios de redes sociales, corazones con nombres dentro, números de teléfono, dibujos dispares, caras del mismísimo John.

.. Me gustaría quedarme a vivir en él. Algo similar me pasó cuando vi la calle de Brick Lane de Londres.

—¿Te gusta? —me pregunta Izan colocándose a mi lado.

—Me encanta.

—A mí también —comenta mientras me mira—. ¿Nos hacemos una foto juntos?

No me da tiempo a contestar, ya que la gacela de mi prima se nos acerca sigilosamente, nos grita «patata» y le da al botón de su cámara desechable.

—Estoy segura de que habéis salido la mar de bien, pero, por si las moscas, luego os hago una posando de verdad.

Una hora después seguimos en ese mismo lugar, haciéndonos millones de fotos, dejando las huellas de nuestras manos impresas con pinturas de colores, que hemos traído expresamente, y atesorando recuerdos difíciles de olvidar. Yo no lo haré.

Decido subir una foto de los cuatro a mis historias de Instagram y a mi estado de WhatsApp.

En ella Marc sale dándole un beso en la mejilla a mi prima e Izan hace lo mismo en la mía mientras el sol nos ilumina.

Dejo el móvil en mi bolso y no lo miro hasta varias horas después.

Visto lo visto, habría preferido perderlo, o quemarlo, o que hubiese venido un ladrón de los chungos y me lo hubiese robado a punta de pistola.

—Hola, mamá. ¿Cómo va todo por ahí?

No es una conversación que me muriera por tener, pero es tenerla o que mi pobre padre tenga que aguantar a mi madre en su máximo esplendor...

—Quiero que me expliques lo que se supone que está pasando en ese viaje vuestro. Vamos a ser el hazmerreír de la ciudad.

—¿Se puede saber de qué demonios estás hablando?

No tengo ni idea de por dónde van los tiros.

—De esa foto que has subido sin vergüenza ninguna.

—¿Foto?

—Sí, Fabiola, foto. Esa en la que posas hace unas horas con cara de felicidad plena junto a tus compañeros de viaje.

Esa en la que sale un tipo con greñas y la nariz agujereada dándote un beso.

Esa por la que tu madre pensará que vendrás con un embarazo no deseado o una venérea.

Esa que... esa que no deberías haber subido. ¿O sí?

—Mamá, por favor, no es lo que piensas. Son dos chicos de Barcelona que conocemos y con los que coincidimos casualmente en el primer tren.

Resulta que Candela y ellos habían preparado exactamente el mismo viaje y, bueno, decidimos hacer el Interrail juntos.

Así nos sentimos más acompañadas y protegidas.

—Este tipo de comentarios hacen que mi madre entre mejor por el aro.

—¿Desde cuándo conocéis a esos muchachos?

—Pues...

—Dime la verdad —suelta de forma autoritaria.

—Un día antes de que esto empezara.

—¿Me estás diciendo que estáis las dos solas, a cientos de kilómetros de casa, con dos hombres que conocéis desde hace menos de dos semanas, de los que no sabéis si sus intenciones son buenas, sinceras?

¿Se supone que con esos datos tengo que quedarme tranquila?

En todas las veces que hemos hablado desde que os fuisteis no me has dicho nada al respecto. Mañana os quiero aquí.

¿Sabéis lo que hubiese hecho la Fabiola de hace quince días?

Volver con el rabo entre las piernas. Habría buscado unos billetes para volver ipso facto nada más cortar la llamada.

Habría llegado a casa, aguantado la regañina y prometido que no volvería a pasar.

Y le habría dicho a su madre que no se preocupase, que no llegaría a oídos de nadie y que no sería jamás una deshonra para la familia.

Sin embargo, la Fabiola de hoy...

—¿Está papá contigo? —pregunto cortante, cosa que la pilla de improviso.

—Sí, pero...

—Quiero hablar con él.

—Dime, pequeña —oigo al cabo de unos segundos mientras mi madre no deja de soltar pestes por detrás.

—¿Qué tal, papi? ¿Todo bien?

—Ya sabes, capeando el temporal. —Se ríe y me relajo considerablemente.

—¿Quieres que vuelva?

—Ni por asomo. Ni se te ocurra —susurra contra el teléfono intentando que mi madre no lo oiga.

—¿Está ahí escuchando lo que dices?

—Afirmativo.

—Si he hecho algo que te haya hecho sentir mal...

—Negativo, siempre negativo. Ella tampoco. —Sé que se refiere a mi prima.

—No quiero volver, papá. Estoy intentando encontrarme a mí misma, a la de verdad. No sé si lo estoy consiguiendo del todo, pero quiero intentarlo con todas mis fuerzas. Son buena gente, te lo juro.

—No lo he dudado lo más mínimo. Sé que tenéis buen olfato y sois inteligentes. Se los ve de perfil y ambos llevan gorra, pero parecen bastante guapetes.

—Eso, tú azúzalas... —oigo a mi madre de fondo.

—No hagas caso a tu madre, conmigo también se hacía la dura y estaba loca por mis huesos.

—No puedo más con esto... —Mi madre lo ha dicho lo suficientemente alto para asegurarse de que la oiga, y su afirmación va seguida de un portazo.

—¿Se ha ido?

—Sí, se ha ido al despacho. Mira, cariño, confío en tu instinto y en el de mi sobrina.

Lleváis mi sangre, no es para menos. Entiende un poco a mamá.

Sabes que es muy desconfiada y que no lleva bien ciertas cosas.

Se ha puesto como loca cuando ha visto ese arete en la nariz del muchacho.

Piensa que es un drogadicto de esos que te pondrá algo en la bebida y se aprovechará de ti.

Del otro también ha soltado alguna perla, pero dice que en este caso se fía más de tu prima que de su propia hija.

—Gracias por la confianza. Pues puedes decirle que en la foto no se ve, pero que la gorra del chico que está besando a Candela es de Purificación García, pero el logo está por el otro lado.

Y de imitación, nada. Aunque para ella eso será calderilla.

.. Pero mejor decirle eso que mencionar un mercadillo.

—Lo único que quiero es que lo paséis bien y que lo exprimáis todo lo que podáis.

Tu madre ha llamado a tus tíos toda loca y, bueno, ya sabes que tu tía tiene muy buena mano con ella.

Me recuerdan mucho a Cande y a ti. Tan distintas, pero a la vez tan unidas.

No te preocupes, tesoro, todo está bien.

Dale muchos besos a tu prima y saluda a esos chicos de mi parte.

Diles que me encantaría conocerlos algún día.