76. Un chaleco vaquero, un discurso cultural, un mirador y un permiso bucal
Un chaleco vaquero, un discurso cultural, un mirador y un permiso bucal
Izan
—¿Crees que se han dado cuenta de nuestras intenciones?
—Me importa una mierda lo que piensen —suelto.
¿Dónde nos encontramos? En el callejón oscuro que ha mencionado antes.
¿Cómo hemos acabado aquí? La culpable ha sido Fabiola, que se ha vuelto a morder el labio intencionadamente y ha provocado que yo me volviese loco.
Eso ha sucedido hace unos diez minutos, cuando les hemos dicho a nuestros amigos que íbamos a una cafetería para que ella pudiese ir al baño mientras ellos hacían cola.
En la vida hay mentiras piadosas que son necesarias. Y aquí estamos.
—¿Qué estamos haciendo? —pregunta entre beso y beso a pesar de saber la respuesta al cien por cien porque es parte implicada.
—Besarnos.
—Ya lo sé...
—Entonces no hagas preguntas de las que ya tienes las respuestas.
Parecemos dos adolescentes un sábado noche a las puertas de un baño de mala muerte, besándose sin tregua, sin pensar en que los cubículos están ocupados, o que la palabra intimidad brilla por su ausencia porque las ganas son inmensas. Vamos, sin vergüenza ninguna.
—No puedo seguir. —Se separa cortando el beso, pero sin soltarme de las solapas del chaleco vaquero que llevo puesto—. No puedo acostarme contigo en un callejón en medio de Praga. Y juro solemnemente que me apetece mucho, pero es que no puedo. Aquí y así, no.
—Vale, lo entiendo —claudico en un jadeo.
—¿Sí?
—¿Qué clase de pregunta es esa? Por supuesto. ¿Dudabas de mi respuesta?
—No, pero...
—Yo creo que sí, pero no te juzgo por ello. A los que juzgo es a los capullos que han hecho que te sorprenda mi «vale» como contestación.
—Lo siento. —Agacha la cabeza y yo se la elevo cogiéndola cariñosamente del mentón.
—No tienes que sentir nada, Fabiola. Estamos en una calle sin nada de iluminación en un país que no es el nuestro.
Nos hemos magreado un poco y ya está. Me siento como un quinceañero hormonado, así que todo está bien.
Que hayas querido parar no cambia nada. No te creas, a mí tampoco me convencía mucho hacerlo aquí; está todo lleno de mierda.
Miramos a nuestro alrededor y comenzamos a reírnos al ver que estamos rodeados de un montón de contenedores.
—Es que nos has metido en el callejón de la basura de los restaurantes. —Mueve la naricilla como un perro olfateando su premio y a mí me parece de lo más adorable.
—Ya me parecía a mí... Venga, vamos con esos dos, que me muero por meterme en el coche y ver cómo tu prima nos suelta su discurso sobre pelis y libros que se han ambientado en esta ciudad. Además, como sigamos mucho tiempo aquí, igual pillamos alguna enfermedad infecciosa.
—¿De verdad que no os aburro? No quiero que por dentro estéis pensando: «Ya está la pesada esta soltando el rollo».
—Cande, cariño mío, ¿no crees que te lo hubiésemos dicho antes?
Has hecho esto ya cuatro veces, cinco con la que viene ahora.
Hazme caso: si fuera así, te lo habríamos dicho.
Pero es que creo que hablo por los tres cuando digo que nos resultan interesantes todos los datos que nos aportas.
—Me encanta que Marc haya dicho lo que todos pensamos.
—Te lo agradezco un montón, Marco Polo de mi corazón. Aunque, de no ser así..., yo... os hubiese dicho que os jodieran y os lo hubiese contado igualmente. Eso sí, ahora lo hago con más alegría, así que, amigos míos..., ¿por dónde queréis que empiece?
—Pelis —salto rápidamente antes de que alguien se me adelante.
—Veamos... Esto va a ser más extenso que Verona o Viena. Aunque no lo creáis, aquí se han rodado pelis como La liga de los hombres extraordinarios , El caso Bourne , Casino Royale , Van Helsing , Hellboy , Blade 2...
—Cande, me flipa lo fan que eres de las pelis de antes.
Me llama mucho la atención que siempre hable de películas que no son de actualidad.
—Ay, Izan, es que las pelis de hoy en día no les llegan ni a la suela de los zapatos a las de hace décadas. Muchos efectos especiales y toda la parafernalia, pero... bah. Me quedo con el cine de los noventa y los dos mil. Bueno, voy a meter una actual porque su prota es uno de mis crushes .
—¿Y cuál es? —La curiosidad me puede.
— Spider-Man: Lejos de casa.
—Tom es muy crack. Y Zendaya ni te cuento.
—Zendaya es una diosa. —Fabiola lo dice sin un ápice de duda y yo no puedo estar más de acuerdo—. Incluso me casaría con ella.
—Ostras, prima, ya sabía por qué me sonaba de algo el nombre de Karlovy Vary. No me puedo creer que no cayese antes en la cuenta.
—Suéltalo ya, que lo estás deseando.
—¡Pues es que allí tienen su propio festival de cine!
—¿Tipo el que tenemos en Málaga? —pregunta Fabiola toda inocente. Pobrecilla...
—Decidme que sabéis que en España tenemos más aparte de ese...
Silencio absoluto.
—No me jodáis, bitches . Tenemos en Gijón, San Sebastián, Las Palmas, Huesca, también el de Sitges...
—Querida, no sigas. Ya lo hemos pillado. —Marc siendo Marc.
—Es que no me puedo creer que me relacione con gente tan inculta. Muchas carreras y muchos billetes, pero, hijos de mi vida, no se os puede sacar de casa. Menos mal que vais con la tita Cande...
Y, enfrascados en una conversación sobre cine —en la que me doy cuenta de que soy más cinéfilo de lo que pensaba—, llegamos a Karlovy Vary, un lugar que me sorprende y encanta a partes iguales.
—Muchas gracias por añadir un nuevo funicular en mi lista. —Fabiola me dedica una cara de fastidio, pero sé que está feliz por mí.
Son las nueve y media de la noche y estamos sentados en una mesa del restaurante del hotel, donde vamos a cenar.
—No saquemos el tema... Esta no te la perdono.
—No ha sido culpa mía.
—Me has engañado. —Está empeñada en que le hemos hecho el lío, pero se lo ha hecho ella solita.
—Has entendido como el culo. Te he dicho que con el funicular íbamos a ver la torre mirador de Diana, que tiene cuarenta metros de alto. Lo que has entendido tú es que el viaje en funicular para ver dicha torre era de solo cuarenta metros.
—No mientas, eso no ha sido así —responde haciéndose la digna, pero sabe que no tiene razón.
—¿Crees que íbamos a pagar noventa coronas para un trayecto de cuarenta metros? Eso se hace en un minuto a pie. Piénsalo.
—Deja de confundirme, bandido.
—Te confundes tú sola. Es que me miras y se te va el santo al cielo.
—No te soporto.
—Ya te digo yo que me soportas. Sobre todo, en la cama... —susurro por lo bajo.
—Cállate.
—Esa es mi chica.
—Creo que está algo mejor, ¿no?
—Sinceramente, no lo sé, Izan. No le brillan ni los ojos ni la sonrisa como acostumbra a hacer.
Aquí estamos una noche más en un pasillo de hotel. Es la primera vez que nada más sentarnos no nos ponemos los auriculares, sino a hablar de cómo hemos pasado el día y de las sensaciones que hemos tenido.
—Creo que el minizoo le ha gustado: la he visto reírse un montón.
—Eran unos cuantos cerdos, Izan. Fin.
—No te olvides de las mariposas. Ahí sí que estaba en su hábitat.
—¿Vas a llamarla «chica mariposa» toda la vida? —pregunta sonriendo.
—Hasta que decida darme una paliza por eso.
—¿Vamos a ello?
—¿A la paliza? —digo frunciendo el ceño para hacerme el tonto.
—Eres insoportable.
Saco los auriculares de la caja y le tiendo uno.
Después de escuchar la canción tres veces seguidas, Fabiola empieza a bostezar.
—Venga, ya ha sido suficiente por hoy.
Me levanto y le tiendo una mano para ayudarla. Se coge a ella y la impulso hasta que se queda de pie, con nuestras manos aún unidas y con la mirada del uno puesta en el otro.
—Mañana va a ser un día duro —afirmo con conocimiento de causa, ya que caminaremos muchísimo.
—Vamos a ir a tu querido Ice Bar.
—Va a ser muy guay, ya verás.
—No lo he dudado en ningún momento.
—También vamos a ir a ver el Muro de Lennon.
—Pienso sacarme miles de fotos. —Y, al decirlo, se le ilumina toda la cara y yo le beso en la punta de la nariz.
—¿Alguna conmigo?
—Ya veremos...
—Buenas noches, Mambita.
—Buenas noches.
Nos despedimos, pero ninguno se mueve y nuestras manos no se separan.
—Puedes hacerlo. —Se empieza a morder el labio hasta que se da cuenta de que mi mirada va hacia su boca.
—¿El qué? —Mi voz es casi imperceptible, pero sé que me ha oído perfectamente.
—Besarme. Pero ya te he dicho que no me tienes que pedir permiso. No lo necesitas.
—Pienso pedírtelo siempre.
—¿Por qué?
—Por si algún día cambias de opinión y no quieres que lo haga.
Y yo solo rezo para que eso no ocurra.