73. Unas canciones variadas, una moneda al aire y un interrogatorio
Unas canciones variadas, una moneda al aire y un interrogatorio
Fabiola
—¿Te apetece que te enseñe lo que yo suelo escuchar? Nos pasamos las noches enfrascados en tu misteriosa canción, pero me apetece que tú lo hagas en la música que me suele acompañar en mi día a día.
—Estaré encantado.
Izan saca su móvil, enchufa los auriculares y me lo pasa para que yo misma haga la selección en su aplicación.
La primera que pongo es «Allá arribita», de Rodrigo Cuevas, seguida de «Por el bulevar de los sueños rotos», versionada por Lúa Ríos, y «Chiquilla», de Seguridad Social.
Izan me hace una señal para que ponga más y, cuando están empezando a sonar los primeros acordes de «Estoy enfermo», de Pignoise y Melendi, unos adolescentes pasan corriendo a nuestro lado y me dan un susto de muerte.
Levanto la vista y me quedo mirando sus ojos antes de bajarla hacia su boca. Carraspeo y me pongo de pie, después de devolverle el auricular que tenía en la oreja.
—Ya hemos descansado bastante; ¿seguimos?
—Por supuesto, pero te advierto que vas a seguir tomando tú las decisiones importantes. Tú eliges por dónde girar.
Miro a ambos lados y, de nuevo, no sé qué hacer.
«Decídete, Fabiola. ¿Izquierda o derecha?».
«Left, Right», dichosa canción que se me mete en la cabeza cada vez que me hago esta pregunta. Saco una moneda bajo su atenta mirada para hacer un cara o cruz. Sin comentarios.
—Cara, derecha. Cruz, izquierda.
Una vez que la lanzo al aire y cae en mi mano, avanzo. Esta vez giramos a la derecha y presiento que cada vez estamos más cerca de dar con la salida a pesar de no llevar mucha distancia recorrida.
—Creo que, si me pasase algo aquí dentro, serías como una especie de perroflauta convertido en príncipe de cuento que lograrías salvarme de un maléfico laberinto.
—¿A qué viene esto?
—A que me siento segura contigo. Gracias por no dejarme sola.
—No tienes que darlas. Cuéntame algo sobre ti —dice de repente.
—¿Algo sobre qué?
—Pues no sé, más cosas de tu vida. Me has dado algún que otro detalle, pero me encantaría saber más.
—No te creas que hay mucho que contar sobre mí. Me paso la vida trabajando, no suelo tener mucho tiempo de ocio y la persona con la que más tiempo de calidad paso es mi prima.
—¿Y en qué consiste tu trabajo?
—Si te lo contase, tendría que matarte —suelto entre risas—.
Digamos que tomo algunas decisiones importantes en la empresa en el proceso de diseño o producción, aunque muchas veces no se llevan a cabo porque mi madre hace cambios que no consulta.
Ya estoy acostumbrada, pero al principio me daba muchos quebraderos de cabeza.
—Eso no la deja en muy buen lugar.
—Desde fuera puede parecer una Cruella de Vil, pero realmente es más como Miranda Priestly. En el fondo tiene un corazón de oro.
—¿Como quién has dicho? —pregunta desconcertado. No tiene ni idea sobre quién estoy hablando.
—Como la prota de la película El diablo viste de Prada . Dime que la has visto.
—Sí, Gi nos obligó... y nos gustó, pero no me quedé con ese dato; discúlpeme usted.
—En estos momentos no me pone nada que seas sarcástico.
—¿Y en otros sí? —me pregunta riéndose.
—Cállate.
—Hacía mucho que no me lo decías.
Su mirada va a mi boca y pienso en cómo responde mi cuerpo cuando sus ojos se posan en ella.
—¿Y qué hay de tus amigos? —cambia de tercio acercándose cada vez más a mí.
—¿Qué quieres saber?
—Me has dicho que no tienes muchos, pero imagino que no solo tendrás a Candela y a tu amigo Aitor.
—Nunca te he hablado de ella, pero también tengo a mi amiga Cami. Nos criamos juntas; es la hija del chófer de la familia.
—¿Se lleva bien con la chica mariposa?
—No pueden vivir la una sin la otra. En honor a mi prima, la adora todo el mundo. Es una tía genial. Si no existiera, habría que inventarla. Es la única persona por la que mataría.
—Eso es muy bonito.
—¿La exaltación de la violencia?
—El quererla tanto y tan bien.
—Quererla, la quiero a rabiar, pero debería quererla mejor.
—¿Por qué dices eso?
—Pues porque admito que en ocasiones me paso con ella. Me ha dolido mucho darme cuenta de que no tiene la suficiente confianza en mí para contarme lo que le ha pasado.
—¿Y por qué no se lo dices?
—Porque por una vez quiero respetar sus tiempos y esperar a que esté preparada para contármelo.
—Y respecto a tus no novios...
Agradezco que no me haga ahondar más en cómo se siente mi corazón con todo esto de mi prima.
—Buena forma de cambiar de tema. No tengo mucho que contar.
Me enamoré por primera vez a los doce años de un tío de dieciséis que le metía la lengua en la campanilla a toda adolescente que pillaba.
Lógicamente, yo era una niña aún y me veía como tal.
Luego me besé con él cuando tenía diecisiete y, hoy en día, es mi amigo.
Está casado y su mujer es encantadora. Están esperando a su primer bebé.
Mi primera vez fue a los quince en una explanada al lado de una discoteca.
—Izan me mira con una expresión que no soy capaz de descifrar—. ¿Qué?
—Cuando he dicho la palabra amores no me esperaba esta respuesta tan detallada. Pero sigue, quiero más.
—El que yo creía que era mi primer novio se llamaba Felipe.
—¿Creías?
—Sí, digamos que yo pensaba que sería algo para toda la vida, pero no fue así.
Dos semanas —añado riéndome—. Éramos unos críos inexpertos, pero a los que se les ocurrió experimentar juntos.
Tenía dieciséis años cuando me acosté con él.
La cosa es que no fue como la anterior, y claro, esta vez sí que lo hicimos bien y yo me puse a sangrar. ..
—No sé si quiero saber más detalles.
—Has preguntado tú. Gritó cuando vio que sangraba como una condenada y repetía una y otra vez que era culpa suya porque me había hecho daño con su... cosa.
—Polla, Mambita. No es una palabra prohibida.
—Eso. Éramos unos críos inexpertos, pero a los que se les ocurrió experimentar juntos.
Días después me dijo que estaba un poco traumatizado y que lo mejor era que fuésemos solo amigos.
Luego, a los dieciocho, conocí a Beltrán y estuvimos unos meses juntos.
Resulta que estaba conmigo y con media Barcelona. Y hasta ahí mis relaciones.
—¿Así que es verdad que no has tenido un novio formal? Tu madre debe de estar mirando notarios para desheredarte.
—Me amenazó una vez, pero le dije que, si lo hacía y yo acababa siendo madre en algún momento, no podría ejercer de abuela consentidora, y ahí se le quitó la tontería. Bueno, ya sabes cosas sobre mí. Ahora es tu turno. Cuéntamelo todo.