Si tú supieras 72. Un desayuno para llevar, un montón de museos, un laberinto envenenado y unos pasos lentos
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72. Un desayuno para llevar, un montón de museos, un laberinto envenenado y unos pasos lentos

Un desayuno para llevar, un montón de museos, un laberinto envenenado y unos pasos lentos

Izan

No he podido evitarlo, ha sido verla y pensar que tenía que volver a enredarme entre sus piernas. Y eso he hecho. En la cama... y en la ducha también.

—Empezamos mal el día, llegáis tarde —nos recrimina la chica mariposa nada más poner un pie en la cafetería—. Pero os vamos a perdonar porque tenéis cara de recién follados. Y contra eso, amigos míos, nadie puede luchar.

—Candela, por el amor de Dios. —Fabiola se pone roja de la vergüenza y a mí me parece adorable.

—Prima, no mientes al Todopoderoso en estos momentos. Nos ofendes.

—A mí me ofendes tú y llevo sufriéndote toda la vida —contraataca Mambita, poniéndose el dorso de la mano en la frente.

—Pues anda que yo a ti...

—Haya paz, queridas. Venga, que este momento es glorioso, pero ya vamos tarde con los tiempos estipulados —interviene mi compañero de viaje tratando de poner orden mientras observa su cuaderno de ruta.

—Marc, no me jodas.

—Izan, quien te jode, pero bien, en esta mesa no soy yo.

Recuérdalo y no me toques los cojones. Gracias —sentencia con una media sonrisa de suficiencia—.

Tenéis dos minutos de reloj para pedir vuestro desayuno y que os lo sirvan.

Por supuesto, os lo comeréis de camino; no pensamos estar aquí esperando por vosotros todo el día.

Diez minutos después estamos sentados en el coche, procurando no manchar nada, en dirección al Sisi Museum Hofburg. La única integrante del grupo que quiere ir es Cande y, por la mirada asesina que nos echa, más nos vale decirle que estamos igual de ilusionados que ella.

Unos cuantos euros menos en nuestras carteras después, que hemos pagado Fabiola y yo porque todavía no hemos gastado nada de nuestro premio, pisamos un museo en el que yo solo veo vestidos que agradezco que no sean de esta época.

—Si estuviésemos en los tiempos de Sissi, me volvería loco —le susurro a Fabiola.

—¿Por qué?

—Porque tardaría mil años en quitarte un vestido así y me pondría de muy mala leche.

Una hora y media más tarde estamos entrando, previa compra online y por un «módico» precio de veintitrés euros, en la casa de Strauss. La verdad, entiendo a quien le gusten este tipo de cosas turísticas, pero a mí el día me está pareciendo un auténtico coñazo y prácticamente no hemos hecho nada.

Lo que más me llama la atención es que fue donde compuso «El Danubio azul» y que los instrumentos y el mobiliario son los originales. Por lo demás, no deja de ser la casa de un señor. Fin.

De aquí nos vamos al Museo de la Literatura, que nos hace muy felices a Cande y a mí.

A ella, porque es una lectora empedernida, y a mí, porque podemos seguir gastando nuestros mil euros en este viaje —léase la ironía—.

No penséis que soy un rácano de manual que mira hasta el último céntimo que gasta, pero es que me da rabia hacerlo en cosas que no me aportan nada.

Cande está como una niña con vestido nuevo de leopardo, ya que solo le falta llorar de emoción cuando ve el manuscrito del fragmento de la novela de Franz Kafka El desaparecido . Solo por esto ya ha merecido la pena la visita.

Aún con la sonrisa en los labios, decidimos buscar un sitio para comer y reponer fuerzas, ya que de tarde visitaremos el Madame Tussauds y el laberinto de Schönbrunn. Dios nos pille confesados.

Hemos decidido probar platos típicos austriacos. Está todo buenísimo y luego, con la barriga llena y la batería de nuestros teléfonos a tope —gracias a mis cargadores portátiles—, nos dirigimos a sacarnos cientos de fotos con todo tipo de famosos que encontremos.

Tras pagar veintiséis euros de entrada cada uno, y gracias a ello va bajando «el bote», accedemos a uno de los mejores museos de cera del mundo.

Sí, pagar esto no me ha dolido tanto porque debo admitir que este lugar es una auténtica maravilla visual.

El Madame Tussauds es esa clase de sitio en el que todo amante de la música o el séptimo arte querría quedarse a vivir por los siglos de los siglos.

¿Primera foto? Subido a un unicornio naranja.

No preguntéis. Luego vienen Katy Perry, Obama, One Direction, el dalái lama.

.. Aquí hay para todos los gustos. Me hago una dentro de una bañera con Hitchcock a mi lado, otra poniéndome fuertote junto a Chris Hemsworth —aunque este vaya en traje y sin martillo—, una con Johnny Depp y otra con el inigualable Freddie Mercury.

—Fabiola, mira. —Señalo un lugar mientras me río.

—Venga, chicos, que os hago una foto —propone Cande poniéndose delante de nosotros. Ahí nos tenéis a Fabiola y a mí en una especie de capilla con unos testigos de excepción: Elvis y Marilyn.

—Uy, uy, uy, uy, uy... No quiero decir nada, pero, como esto sea premonitorio, ya os digo yo que me pagáis vosotros el viaje a Las Vegas. —Marc está desternillado viendo la estampa de la que soy en parte protagonista.

—No somos Ashton Kutcher y Cameron Diaz... —puntualiza Fabiola queriendo quitarle hierro al asunto.

—Desde luego que no, tú estás más buena... —añado por lo bajo pegado a su oído.

Después de este momento, Cande y Marc se van raudos y veloces a buscar al pequeño hombre araña mientras nosotros seguimos en esta capilla. Me arrodillo haciendo el paripé y Fabiola, en el momento en el que me ve hacerlo, no sabe dónde meterse.

—¿Qué haces? Levántate de ahí pero ya.

—Mambita, cuando nuestro amor loco y prohibido esté harto de vivir en las sombras, nos convertiremos en un par de temerarios que cogerán un avión en dirección a la Ciudad del Pecado.

Acabaremos con más alcohol que sangre en las venas, luciendo en nuestros dedacos unos anillos bien vistosos.

El tuyo será de unos dados, y el mío, de una ficha, en honor al casino en el que, con anterioridad a la unión, nos habremos hecho ricos.

Y nos casaremos en gananciales, para que no nos hagamos el lío después.

—Digo todo esto riéndome mientras sigo arrodillado ante ella, cosa que me está pareciendo maravillosa.

Me encanta estar a su merced—. Y aún hay más.

Esa noche, entre chupitos y bailes, y antes de formalizar nuestro amor legalmente, formaremos un grupo bueno de gente que serán los testigos de nuestra boda soñada.

Nos silbarán mientras estos dos de aquí —comento señalando las estatuas de cera que están presentes— nos declaran marido y mujer.

¿Y sabes lo mejor? —le pregunto mientras me pongo en pie.

—¿Qué?

—Que gritarán como locos: «¡Vivan los novios!», y Elvis dirá eso de «ya puedes besar a la novia», aunque yo ya lo estaré haciendo a mitad de la frase.

En ese momento, y sin que me importe que nuestros amigos nos vean, poso mis manos en su cintura, la acerco a mi cuerpo y la beso, haciendo que ella suelte un gemido de aprobación.

—Se nota que ves muchas películas románticas, Izan.

—Recuerda que las hay que se pueden convertir en realidad.

Salimos del museo casi dos horas después entre sonrisas, viendo las fotos que hemos hecho con nuestros móviles.

—Vais a flipar cuando revele este carrete. Acordaos de este momento y de cómo os digo que ni de coña os voy a dar ninguna de las fotos, que luego os veo venir.

Quien no se haya enterado de que Cande no regala fotos es porque no quiere.

Media hora más tarde aparcamos el coche en la entrada de la última visita del día: el famoso laberinto. Debo decir que el plan no me disgusta, pero estoy algo molido y me da por saco tener que ponerme a buscar una salida. Qué paradojas de la vida.

—¿Qué mierda es esta? —suelto mientras observo lo que hay ante mis ojos.

Lo que tengo delante es un laberinto minúsculo en el que se ven las cabezas del resto de las personas que están en él.

—Tranquilo, Izan. Esto está dividido en tres zonas: dos laberintos y una zona de juegos para los más pequeños. Imagino que este laberinto será más bien para los peques, y aquel que se ve allí al fondo, para gente de nuestra edad —me explica Marc.

Dicho y hecho, el otro laberinto es de los que me gustan, de esos en los que sientes que te atrapan y que llega a angustiarte porque no sabes qué camino elegir para salir de él.

—Cande y yo creemos que puede ser guay que nos dividamos en dos grupos para ver quién es más listo y logra encontrar antes la salida.

Lógicamente, nosotros nos vamos por un lado, y vosotros, por otro.

Nos encontraremos aquí. —Nos muestra una foto en su móvil—.

Los últimos que lleguen pagan la cena de hoy. Que gane el mejor.

Y así, sin tiempo a réplicas —que tampoco iban a llegar—, se van por la izquierda dejándonos en la más estricta soledad, ya que, aunque desconozco la razón, aquí no hay ni un alma.

—Me gustaría llegar a Barcelona habiéndome gastado hasta el último céntimo del premio —admito—. No sé qué opinas tú.

—Opino lo mismo.

—Mambita, parece que tenemos muchas cosas en común. ¿Les sale la cena gratis?

—A pesar de que sé que no voy a poder aguantar a mi prima mientras celebra su victoria, sí, vamos a dejar que ganen.

Comenzamos a recorrerlo a paso lento en un silencio cómodo que rompo yo al rato.

—Ya llevamos varios días de viaje. ¿Qué balance haces?

—Muy positivo. Me están encantando los lugares que estamos visitando, su gastronomía, su gente... Y me cuesta admitirlo, pero sé que mi prima y yo no lo estaríamos disfrutando tanto si no estuvieseis vosotros. Pero, si cuentas que he dicho esto, lo negaré hasta la muerte —suelta entre risas.

—Con que me lo hayas reconocido a mí me doy por satisfecho.

Giramos a la derecha y nos encontramos con un pasillo más largo que el anterior con dos opciones para continuar adelante.

—Y a ti, ¿qué te está pareciendo?

—Insuperable. Con Marc uno nunca se aburre, pero es que nos conocemos desde hace siglos y pasamos mucho tiempo juntos. Es el mejor compañero de viaje que podría tener, pero ha sido muy gratificante poder disfrutarlo con vosotras dos.

—Gracias por la parte que me toca.

—Las que tú tienes. Bueno, ¿qué?, ¿derecha o izquierda?

—No quiero ser la responsable de una mala elección.

—Ya ves tú, Mambita; la cosa es que ellos salgan primero de este sitio.

—Izquierda.

Seguimos por el camino que ella elige y me fijo en que comienza a cojear ligeramente.

—¿Te pasa algo?

—Este pie me está empezando a doler horrores. Creo que me estoy haciendo una herida en la planta del pie.

—¿Quieres sentarte?

—Aquí no hay bancos, Izan.

—No, pero hay huecos como ese que tienes ahí delante.

Me hace caso porque creo que está deseando no tener que dar un paso más en estos momentos, y yo encantado de poder estirar un rato más el tiempo que estaremos a solas y lograr saber más cosas de su vida.

—Y bien, ¿algo que te gustaría contarme?