Si tú supieras 70. Una avalancha, una medalla, un tocamiento de piel y dos pecadores saciados
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70. Una avalancha, una medalla, un tocamiento de piel y dos pecadores saciados

Una avalancha, una medalla, un tocamiento de piel y dos pecadores saciados

Izan

Sus deseos son órdenes para mí. No lo pienso ni un segundo y me abalanzo sobre su boca, esa que he deseado besar durante todo el día.

Reconozco que, cuando Cande ha aparecido en mi habitación y me ha invitado a irme, me ha apetecido hasta hacerle la ola.

Y más cuando me ha preguntado si no me importaría quedarme en su cama porque era consciente de que a Marc y a ella les iban a dar las tantas contándose lo que solo Dios sabe.

Le aprieto más el culo y la levanto para que pueda rodear con sus piernas mi cintura.

Le recorro el cuello con la lengua y me llevo un ligero toque de su perfume en mi boca.

Huele jodidamente bien. Y sabe infinitamente mejor.

La inmovilizo contra la puerta del baño mientras me tira con suavidad del pelo y mi lengua ahora le explora la boca sin miramientos.

La polla empieza a dolerme dentro de los pantalones y creo que voy a estallar.

No sé qué hace esta mujer conmigo, pero hacía mucho tiempo que nadie me excitaba tanto como ella.

Qué digo «mucho tiempo»: nunca nadie lo ha hecho como ella.

Y eso me hace preguntarme cosas que ahora mismo no quiero plantearme.

Al notar mi erección, empieza a frotarse contra mí deliberadamente, provocando que incluso ponga los ojos en blanco. Jamás en mi vida me he controlado tanto. No soy de tirarme a las tías salvajemente, pero juro que estoy a nada de hacerlo con Fabiola como si se me fuese la vida en ello.

Se quita la parte de arriba y deja sus pechos al descubierto. Y yo me muero por deleitarme en ellos.

La llevo hasta la cama y la tumbo para luego ponerme encima con todo el peso de mi cuerpo. Me separo y la observo. Ella hace amago de taparse, pero se lo impido.

—No hagas eso. Conmigo, no —exijo muy en serio.

No pienso dejar que se esconda de mí de ninguna de las maneras.

—Vale... —contesta jadeante mientras dirijo la mano desde su tobillo en sentido ascendente.

—Eres jodidamente preciosa, Mambita.

Mis dedos han llegado al inicio de esos pantaloncitos de pijama que deseo arrancarle con todas mis fuerzas. Cuelo la mano por debajo y lo único que toco es piel. Dios, solo de pensar que lleva tanga me estoy poniendo frenético. Le aprieto el culo y me acerco de nuevo a ella para besarla.

—No te imaginas cómo me pones, joder...

Vuelvo a estampar mi boca contra la suya y yo ya no puedo más. Le bajo de forma brusca lo que queda de su pijama y la ropa interior y llevo mi mano al centro de su placer.

—¿Te gusta esto? —le pregunto sobre su boca mientras atrapo su labio inferior entre los míos.

—Sí...

Me vuelvo a separar de ella y bajo hacia sus pies.

He dicho que quería lamerla entera, y no estaba bromeando.

Empiezo besándole los tobillos y poco a poco voy subiendo por sus piernas mientras su respiración se acelera más y más.

Llego a la cara interna de los muslos y me paro ahí.

Necesito tomar aire y concentrarme, porque estoy a punto de perder la cabeza.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta cuando ve hacia dónde me dirijo.

—Creo que sabes de sobra cuáles son mis intenciones.

—Vale...

—¿Pasa algo? —pregunto extrañado. Al segundo me doy cuenta—. ¿Nunca te habían hecho sexo oral hasta que te lo hice yo?

«Maldita sea, esto no es bueno. O sí...».

—La verdad es que no. Y sé que el otro día no puse objeción, pero ahora mismo estoy un poco nerviosa. Lo siento.

—¿«Lo siento»? El que lo siente soy yo, porque no sé con qué clase de tíos has estado, pero dejan mucho que desear. No me lo puedo creer... ¿Y tú se lo has hecho a ellos? Mierda, no contestes, no debería haberte hecho esa pregunta.

—Sí, lo he hecho —afirma con un hilo de voz.

—Menudos hijos de puta.

Me quedo mirando sus muslos y vuelvo a besarlos. Levanto la vista hacia ella y me hace un gesto de confirmación.

Lo que pasa después es que yo estoy disfrutando de lo lindo, pero ella, más.

—¿Quieres que pare? ¿Te gusta cómo te lo hago?

—Ni se te ocurra... —contesta soltando un gemido—. Mucho... —Otro gemido—. No pares... —Y explota retorciéndose debajo de mí.

—No pensaba hacerlo.

Y vaya si no lo hago.

Tres gloriosos polvos después nos quedamos profundamente dormidos, no sin antes ponernos los auriculares y escuchar nuestra canción. Acabamos cansados, saciados y bien follados.