69. Unos pies molidos, una expulsión de aposentos y unas ansias desmedidas
Unos pies molidos, una expulsión de aposentos y unas ansias desmedidas
Fabiola
Digamos que la llegada a la ciudad no ha sido como las veces anteriores. En esta ocasión no ha habido entusiasmo por ver qué planes había. Ni siquiera rapidez o ganas para llevarlos a cabo.
Llevamos media hora sentados en una cafetería contigua al hotel y, a pesar de que el diario de viaje de mi prima y el cuaderno de ruta de Marc están sobre la mesa, siguen igual de cerrados que cuando los han dejado ahí.
El ambiente está enrarecido y yo solo pido que alguien nos saque de este incómodo silencio de una vez por todas.
—Bueno, veamos nuestras opciones. No somos la alegría de la huerta en estos momentos, pero... algo hay que hacer, chicos. Tenemos tres días por delante en Viena y no pienso pasármelos aquí pasmado. Vuestra actitud me está dando mucha pereza —comienza a hablar, poniendo las cartas sobre la mesa.
—Izan... —lo interrumpo con tono de advertencia.
—Ni Izan ni Izon ; sabéis que tengo razón. Cande —la mira con cara de circunstancias por lo que está a punto de decirle—, entiendo que algo te pasa y me parece bien que no lo quieras compartir con nosotros, pero...
—No estoy preparada para compartirlo con nadie todavía —lo corta mi prima con cara de arrepentida. Sabe que estamos preocupados por ella.
—O sea, que sí que te pasa algo. Muy bien, gracias por la confianza —manifiesto enfadada, dolida y frustrada, sin poder controlarme.
Y así es como Candela y yo nos enfrascamos en una discusión, durante unos diez minutos de reloj, que juro que no quería que se produjera.
—Bien, ahora que ya habéis acabado de echaros caquita, ¿podemos mirar qué cojones vamos a hacer en esta ciudad? —Izan, siempre tan elocuente.
De todas las opciones que barajamos, las que salen ganando son la casa de Strauss, el laberinto de Schönbrunn, el Museo Hundertwasser, el Madame Tussauds, el Museo de Literatura, la casa de Mozart, el Museo de Arte Moderno, el del Prater, la Gran Sala de la Biblioteca Nacional Austriaca, el Museo del Teatro y la noria gigante. Como veis, diversión a raudales...
¿Seremos capaces de ver todo esto en tres días? Probablemente, sí.
¿Me apetece pasarme setenta y dos horas de museo en museo? Ya te digo yo que no. Ya me he acostumbrado a darle vidilla al cuerpo, ese que llevaba mustio prácticamente toda mi vida, pero parece ser que en esta parada no va a suceder.
O quizá sí...
Son las diez de la noche y no me siento los pies.
Mi prima se ha animado porque hemos ido al Museo del Teatro, al de Arte Moderno, a la casa de Mozart y a la Gran Sala de la Biblioteca Nacional Austriaca.
Mucha visita cultural, lo que no hemos hecho en los anteriores países.
.. A esto sumémosle que, como buena cinéfila y lectora que es —aunque, realmente, creo que lo somos todos los de este grupo—, hemos tenido que pasar por varias localizaciones de películas.
Hemos pisado localizaciones en las que se han rodado pelis como Misión: Imposible (imposible es que os diga cuál de ellas), Gorrión rojo , Antes del amanecer o Sissi . Repito: no siento los pies.
Al salir de la ducha, me encuentro con que Candela no se ha metido en la cama todavía; parece que me está esperando.
—¿Qué pasa?
Me pongo en modo alerta porque conozco esa mirada. Es la que pone cuando va a decirme algo que sabe que puede que no me guste.
—¿Te importa si me voy a la habitación con Marc? Tengo que hablar unas cosas con él.
—¿Vas a contarle lo que te pasa?
—Fabs...
—Tranquila, no me enfado. Me alegro de que tengas alguien en quien confiar.
—Confío en ti ciegamente. Quiero que lo sepas —pronuncia mientras intenta acercarse a mí y yo disimulo con que tengo que coger algo de mi maleta.
—Ya... venga, ve. Y ya podéis hacernos un buen planning para mañana.
—Prima, eres la mejor.
Aún siento el besazo que me ha dado en la mejilla hace unos minutos cuando llaman a la puerta.
Me miro y siento un tanto de pudor cuando veo el minúsculo pijama que llevo puesto. Creo que llamarlo «pijama» es un insulto. ¿Dejémoslo en trozos de tela que vale muchos euros? Vale, lo estoy empeorando.
Pongo la mano en la manija y suspiro antes de abrir.
—Lo siento, pero me han echado vilmente.
Cande dice que tienen que hablar de unas cosas y mi presencia no está permitida.
Estaba barajando la posibilidad de irme en busca de algún bar para ahogar las penas debido a la expulsión de mi propia habitación, pero luego he pensado que me encantaría besarte.
.. y aquí me tienes —explica Izan recorriendo mi cuerpo con la mirada.
Entra en la habitación sin pedir permiso y cierra la puerta tras de sí.
—¿Quieres besarme? —pregunto con un hilo de voz, y me muerdo el labio inferior.
—Quiero hacerte muchas cosas. Besarte, quitarte eso que llevas puesto, lamerte, tocarte... y follarte. Quiero hacértelo todo el día y esto está empezando a ser insoportable.
—Lo sé, ya me lo has dicho en varias ocasiones —susurro acercándome a él—. ¿Te gusta mi pijama?
—Eso no es un pijama, eso es un pecado mortal. Estás muy buena.
—Creo que nunca te lo he dicho, pero tú también.
—Vaya..., no oía eso desde la adolescencia. Seguro que tú estás acostumbrada a que te lo digan a todas horas.
—Pues te equivocas: nadie lo hace.
—Todos y cada uno de los hombres que se hayan cruzado contigo y no te lo hayan dicho son unos auténticos imbéciles. Y deberían ir a graduarse la vista.
—Quizá es que tú me ves con buenos ojos.
—Te veo con ojos de graduación perfecta y que saben apreciar un buen monumento.
—¿Así que soy un buen monumento?
—Sí, y deberías regalarme un diccionario, porque al verte me he quedado sin palabras.
Yo ya no puedo más porque sé lo que está intentando hacer.
—Venga, no pares. Sigue.
—¿Me he subido al Hogwarts Express? Porque estando contigo me encuentro en un lugar mágico.
—Más.
—Debes de estar agotada... porque llevas todo el día dando vueltas por mi cabeza.
—¿Eso es todo lo que tienes?
—Me sentía muy apagado..., pero tú me acabas de encender.
—Izan —suelto entre risas—, ese es muy malo.
—Pero he conseguido mi cometido: te he hecho sonreír. Me ha dado la impresión de que contigo no lo había hablado, así que he supuesto que estarías un poco triste. Y he pensado en cómo podría animarte..., así que aquí me tienes, soltando comentarios tontos para ligar. Y me ha salido bien la jugada.
—Vaya...
—¿Qué pasa? —pregunta acercándose a mí y posando sus manos en mi culo.
—Que me has hecho reír, pero también me he llevado una desilusión al descubrir que nada de lo que me has dicho es real.
—En ocasiones eres una mala pécora. Tú solo quieres que te vuelva a decir que me muero por follarte y que estás buenísima. Te lo repetiré las veces que haga falta, pero es que prefiero dejártelo claro mientras lo hago, no mientras lo digo.
—Pues hazlo; ya hemos perdido mucho tiempo.