Si tú supieras 67. Una ruptura, unas cartas sobre la mesa, un cobarde y un beso de despedida
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67. Una ruptura, unas cartas sobre la mesa, un cobarde y un beso de despedida

Una ruptura, unas cartas sobre la mesa, un cobarde y un beso de despedida

Candela

—Estás aquí...

—Vete. Por favor, vete.

Estoy sentada sobre el césped bajo un árbol que hay en la parte trasera de la feria y por aquí no pasa ni un alma, así que me sorprende que Aitor me haya encontrado.

—Respecto a lo de antes...

—Te he dicho que te vayas. Eso se traduce también en que no quiero que me hables, ni que me mires, ni que me toques. Ya no, Aitor. Se acabó.

—Entiendo que estés molesta, pero...

—¿Molesta? Espera, que me descojono. Querrás decir que no me he cagado en la estampa de tu padre porque, aunque él crea lo contrario, estoy muy bien educada.

Me ha llamado «puta» a la cara y no has tenido los santos cojones de pararle los pies.

Has dejado que me humillase gratuitamente porque te ha dado igual.

Me has dejado irme hecha una mierda porque, oye, no vaya a ser que papi decida cortarte el grifo por ir detrás de una choni barriobajera.

No te lo voy a repetir más. Vete. No quiero saber nada más de ti y no quiero volver a verte en la vida.

Veo cómo se agacha frente a mí. Sé que está sufriendo por si se le manchan los pantalones de hierba y yo solo espero que le cague un pájaro en la puñetera cabeza.

—Sé que no he hecho lo que esperabas que hiciera.

—Lo que esperaba que hicieras, no: lo que tenías que hacer. Empecemos bien, ya que veo que no te vas a ir.

—No, no me voy a ir. Quiero estar aquí contigo y quiero explicarme.

—No te va a servir de nada.

—Por lo menos déjame intentarlo.

Me pone una mano en la cara y sus dedos se posan en mi barbilla para girarla de tal modo que nuestros ojos hagan contacto visual.

—Cande, yo te quiero.

—Ya, eso me lo dices siempre. «Cande, yo te quiero, pero...» —comienzo la frase que sé que viene a continuación.

—Pero ya sabes que estoy pillado por los huevos.

—No, Aitor, cada vez me dejas más claro que tú de eso no usas.

—Ya sabes cómo es mi padre. Joder, lo vives en tu propia familia. Tu tía es igual que él; solo quieren aparentar ante quienes ellos consideran de su misma categoría.

—¿Y qué hay de lo que quieres tú? ¿Por qué, cuando nos ven juntos, me sueltas alguna fresca para dejarme en evidencia?

¿Por qué no me coges de la mano cuando vamos por la calle?

¿Por qué nos tenemos que ir a barrios alejados para evitar que nos vean juntos?

¿Por qué nunca me besas si no es en un sitio cerrado en el que solo estamos nosotros? No puedo más. Me merezco otra cosa.

—Te mereces el mundo entero, pero yo no puedo dártelo.

—¿No puedes o no quieres?

—No lo sé. Realmente, no lo sé —contesta abatido.

Se hace el silencio mientras pienso que llevo toda mi vida esperando a que dé el paso definitivo y decida quererme bien, porque sé que me quiere, pero no de la manera que debería.

Estoy cansada de que me juzguen por mi apariencia, porque mucha gente ni siquiera se molesta en conocerme tal como soy.

No la gente de la que se rodea. Me toleran porque soy prima y sobrina de quien soy, pero no por mí misma.

Me enfado mentalmente conmigo misma por haberme enamorado de un borjamari que no tiene nada que ver conmigo. En nada.

Él, tan pijo; yo, tan choni. Él, tan adinerado; yo, tan en bancarrota...

Podría decirse que Aitor, en este caso, es Freddie Prinze Jr., y yo, Rachael Leigh Cook en Alguien como tú .

Es decir, él el guapo popular y yo el patito feo invisible, aunque en nuestro caso lo que nos separa, primordialmente, son los ceros de nuestras cuentas corrientes.

«Mierda, ahora solo pienso en su canción “Kiss Me”».

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—No lo sabía. Me ha llamado Fabi preocupada preguntándome si por casualidad te había visto.

—Joder, mi prima y los chicos... ¿Qué le has dicho?

—Pues que no te había visto y que seguro que estabas dándole al vino porque te sale gratis.

Otra vez el silencio. Otra vez la diferencia entre nosotros.

—Aun así, no has respondido mi pregunta. Con lo grande que es el recinto, ¿cómo sabías que estaba aquí?

—Por tu teléfono.

—Ya...

Soy una persona que ama demasiado su libertad, su privacidad y su intimidad como para que alguien sepa en todo momento dónde me puede encontrar.

Pero debo reconocer que me sentí especial en el momento en el que Aitor me propuso que nos compartiésemos nuestra ubicación en los teléfonos.

No la tengo con nadie más que con él. Ni siquiera con mi prima, a pesar de habérmelo pedido en innumerables ocasiones por lo que pudiese suceder.

—Creo que es hora de que me vaya. Y esta va a ser nuestra despedida, Aitor.

Me voy a ir en busca de mis amigos para disfrutar lo que me queda de viaje, aunque sé que seré un alma en pena.

Tú te quedarás aquí con tu papaíto y, en cuanto acabes lo que quiera que estés haciendo, volverás tan tranquilo a Barcelona y saldrás con tus amigotes y te acostarás con un montón de tías.

Yo solo seré un vago recuerdo en tu vida.

—¿Crees que esto es fácil para mí? Joder, Cande, que yo te quiero. No ando follándome a otras por ahí y lo sabes.

—Yo solo sé que si esto está sucediendo es porque no has apostado por nosotros. No has apostado por mí.

Nos quedamos mirando en silencio mientras las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos. Me duele el corazón. Literalmente.

—No llores, por favor... ¿Nos veías futuro?

—Contigo lo veía todo.

—No voy a olvidarme de ti. Nunca voy a dejar de quererte. Dime que lo sabes. Cande, dime que lo sabes. Por favor. Esto no es nuestro final...

Me acerco a él y lo beso sabiendo que es la última vez que lo hago.

Me doy la vuelta y me alejo.

Ya no habrá más besos, ni más caricias, ni más «te quiero».

Ya no habrá más conexión, ni siquiera la de nuestra ubicación.